sábado, 18 de agosto de 2018

No hay lugares sin tumbas




La fiesta en la Trucha Dorada fue un desahogo para todos. Los aldeanos podían olvidar por un rato que la guerra estaba golpeándoles la puerta y la hermandad se tomaría un respiro en el asunto de mantener a los visitantes lejos de los poblados. Aunque fuera difícil decir cuanto éxito estaban teniendo muchos habían comprendido que esta manera se había convertido en la manera. Las últimas batallas habían absorbido las fuerzas y la iniciativa de los hermanos. Había mucho que ignoraban de las tierras que protegían.
La noche se había caldeado con el generoso hidromiel que circulaba por tripas vacías y el hecho de que el jabalí que asaban fuera de la taberna se demoraba. Había llevado un poco más de fuego de lo habitual. Sin embargo estaban extenuados como para empezar alguna riña sin sentido. Mientras el juglar tocaba las canciones más alegres que se le habían escuchado nunca, las historias empezaron a circular entre los concurrentes. Las primeras fueron de guerra, de campos de batallas imposibles en donde dudosos conocidos de conocidos habían realizado proezas o sobrevivido milagrosamente.

─Te digo que el amigo de mi primo estuvo en la batalla de los Tres Arroyos, se trajo una hermosa herida en la barriga...

─Deja de mentir Olaf, tu ni siquiera tienes primos en el norte.

─Cómo que no si tengo a...este...¿como se llamaba?...

─Estás borracho simplemente...en cambio yo sí estuve en una batalla, cuando los bandoleros de Pico de Plata se alzaron contra el reino y fueron varias partidas a cercarlos. ─alardeó Tibus ─Yo estuve ahí, lo vi todo...

─Escondido en un arbusto seguramente...─retrucó Olaf y todos desataron carcajadas.

Los hermanos miraban la escena divertidos. No se atrevían a desmerecer a nadie. Estos fanfarrones ni siquiera mencionaban que hace unas horas habían desafiado a soldados imperiales. Todavía no entendían la magnitud de sus actos. Sin embargo no todo eran vítores y exageraciones alcohólicas. Había algunos que desentonaban con la escena. Gente de Mesón de la Viuda, una aldea camino a las montañas que había sido castigada repetidamente por titanes. Lucían preocupados a pesar de la victoria. Kurz se acercó a ellos con algo de bebida para animarlos.

─¿Que pasa muchachos? esta fiesta es también para ustedes.

─Perdónanos hermano pero sentimos que solo alargamos nuestra agonía. ─comenzó a decir el más anciano ─Aún antes de esta batalla ya llorábamos a los nuestros. Tenemos a ese viejo demonio de las cuevas llevándose a nuestras muchachos. Hace años que está allí, desde que vinieron las bestias y nunca pudimos echarlo. 

─¿A quién te refieres anciano? ─preguntó el guerrero florido que no sabía que hubieran bestias tan antiguas en la zona.

─Dicen que toma forma de mujer, que te vuelve loco allí dentro, que si la miras a los ojos pierdes la cabeza y ya nunca sales de las cuevas.

Espinal se acercó cuando vio que Kurz estaba entretenido con los aldeanos, no quería perderse nada.
Pronto eran varios hermanos los que hicieron ronda alrededor de la gente de Mesón de la Viuda. Como era una bestia pequeña que atacaba sólo a ese poblado se les había pasado por alto. Parabel conocía la historia, había escuchado relatos en otras tabernas y visto la aflicción que causaba en los pobladores. Estaba dispuesto a hacer una visita al engendro. Los moradores se negaron de lleno. La misión más importante de la hermandad estaba en la frontera. Haru ofreció sus gatitos para la expedición en ciernes pero el anciano que llevaba la voz cantante la frenó.

─Llevamos perros entrenados una vez, buenos animales. Pero no la atacaron. Ella los sometió con la mirada, temo por sus bestias señorita. ─advirtió.

Crow se acercó a Leo para hablar. No necesitarían una partida demasiado numerosa. Sólo los más experimentados. El líder estuvo de acuerdo, siempre y cuando lograran llevar algún mago. Eso que moraba allí no se oía muy terrenal y necesitarían alguna protección. Muchos pidieron ir a buscar a Davan pero Barbeta negó con la cabeza...

─El maestro tuvo que hacer y no estará por unos días, venía a decírselos.

─¿Y tu?...¿que experiencia tienes con la magia? ─interrogó Raluk

─Poca mi señora, jamás he cazado una gorgóna...

─Si sabes como se llama ya sabes más que cualquiera de aquí. Eres voluntario desde este momento. ─sentenció la Llama Negra.

Barbeta tragó saliva pero no pudo negarse. Raluk podía ser muy persuasiva, sobre todo con sus dagas.
Leo se acercó a Crow que se había sumado a la partida. Habló un rato y le explicó detenidamente quién sabe que cosa. Crow se levantó e hizo un anuncio frente a todos.

─Señores, iremos de caza, sólo un pequeño grupo, misión de tres días...Barbeta, Raluk, Wonder, Parabel, Chaban, Arlorg, Kurz, Espinal, Javensen y quién les habla. Para los nuevos será una prueba, para el resto un poco más de trabajo. Ahora bebamos, ya podremos dormir en los caballos.
Todos vivaron al hechizado y alzaron sus jarras de hidromiel.

─Abran paso ─gritó la mesonera...─¡Ha llegado la comida!

La noche terminó temprano para los voluntarios. Estaban ansiosos de enfrentar un enemigo nuevo. así que moderaron los festejos. Para el resto la velada se extendió hasta que los sorprendió el día. Casi nadie perdió oportunidad de encontrar calor en el seno de alguna pareja ocasional. El pacto de amistad se había sellado de múltiples maneras.
La fila de los diez ya cabalgaba hacia el albor desde temprano, los seguían los moradores de Mesón de la Viuda. El camino era largo y perderían un día en la marcha pero llevaban comida y algo de ese hidromiel que tanto gustaba en la hermandad. El anciano de la aldea venía delante con Crow que lideraba. Buscaban la opción más rápida sin confiarse demasiado. El camino alto seguía siendo peligroso después de tantas tropas yendo y viniendo por él. La alternativa era el viejo camino de las caravanas hacia el oeste. Allí donde se encontraban las tierras muertas. La región donde no hubo quién detenga a los titanes y estos moraban a sus anchas. El regalo de los magos no había dejado indiferente a nadie en las tierras de Mediamar.

─¿Hubo noticias del oeste desde que se desataron las bestias anciano?

─ Pocas. No había grandes fortificaciones. Todo era un gran mercado, ya sabes que eran las tierras de los reyes de la moneda. Tampoco ejércitos de calidad. Todo se resolvía contratando mercenarios pero ninguno se atrevió a ir allí, temían más a la represalias del este que a los titanes. Fue tarde para esa pobre gente. Todo es un gran cementerio. Tanto oro y tan inútil les resultó. ─relataba el anciano con lágrimas en sus ojos ─El imperio no permitió siquiera que esa gente escapara de sus fronteras. Nunca entenderé tanto odio.Yo se que no hay lugares sin tumbas pero allí... dejaron morir la tierra. Las ciudadelas están intactas, los tesoros siguen en las cámaras pero el imperio mantiene el lugar como el primer día. Quieren que el mundo olvide que alguna vez existieron. Enterrado junto a su oro.

─¿Tú eras del oeste verdad? ─preguntó Crow. El anciano asintió con la cabeza.

─Vine de joven al sur siguiendo una caravana, era apenas un muchacho aprendiendo a comerciar. Traje mi carreta cargada de pieles para vender aquí y juntar la dote. Iba a pedir la mano de una muchacha. ─el anciano suspiró e hizo silencio por un instante ─No puedo recordar su nombre. Una pena, era muy hermosa. Una noche en las montañas todos vimos las luces violáceas y rojas en el cielo. Fue la noche que lograron abrir el portal. Recuerdo que vi muchos aprendices de la magia correr por el camino, y recuerdo los rugidos. Primero cruzaron los pequeños y se escondieron entre las piedras o se internaron en las cuevas pero luego...luego vinieron los grandes.

─Los magos siempre dijeron que fue un accidente ─replicó Crow y el anciano rió por lo bajo.

─Pues nunca vi intentar tanto equivocarse a nadie. Querían que esas bestias los protegieran. Pero la magia no fue suficiente para contenerlos. Lo único que desee del imperio fue que hiciera arder el Templo del Ocaso, pero ya ves, sigue allí.

─No han destruido el templo de ninguna fe. Guardianes de la llama, magos oscuros, verdes, hermanas de la luz, el ojo del cuervo, todas siguieron sus rutinas como si la guerra les fuera ajena. Te quitan la tierra pero lo demás te lo dejan anciano. Sólo quieren ver ondear su estandarte en cada palacio y ciudad. No se que ganan con eso. La gente no los aceptará jamás.

─Si solo eso te quitan están tomando todo muchacho. Ellos quieren la tierra porque en definitiva todo viene con ella. Y en algo más te equivocas, la gente tiende a acostumbrarse a todo. Si logran sobrevivir, si hay una mínima posibilidad de mantener cierto tipo de vida, de alguna manera se amoldaran. Ustedes son los únicos que se han levantado, no son parte de una resistencia mayor, siempre han sido la excepción, solo están ustedes, al menos por ahora.

─Debería ser lo contrario anciano, pero si de nosotros depende le enseñaremos a otros a hacer lo que hacemos. ─dijo Crow con vehemencia. El había sido desplazado de su tierra y reclutado a la fuerza por su credo, pero no duró demasiado y desertó en cuanto pudo. Su destino era combatirlos, al menos eso había creído siempre.

Ese día transcurrió con calma. Algunas charlas con los aldeanos que por primera vez mostraban sonrisas aliviadas. Demasiado tiempo abandonados a su suerte parecía haberlos cambiado. Un marcado fatalismo los embargaba. Miraban a los hermanos con extrañeza. Tanto optimismo y determinación los maravillaba. Estaban aprendiendo a creer, de nuevo.
Al anochecer habían encontrado la aldea, que parecía un lugar abandonado si no fuera por los innumerables ojos temerosos que se adivinaban en las ventanas. Realmente algo muy malo había pasado allí. Había sido un error dejar tantas vidas libradas a su suerte pero eran demasiado pocos para cubrir tanto terreno. Sólo se habían dedicado a matar a los grandes pero nada sabían de los pequeños seres que habían cruzado. Habría que interrogar a Barbeta sobre el asunto y preparar un plan para matar a la bestia. Crow tenía una idea para inspirar a los aldeanos. Alguna especie de orden a la cual sumarlos, o al menos mostrarles que no eran tan diferentes a los que peleaban en Valle Dragón. Demasiados sueños pasaban por la cabeza de Pluma de Cuervo, pero no había que olvidar lo importante, para cumplirlos debían ocuparse primero de ella. Debían acabar con la pesadilla.










lunes, 13 de agosto de 2018

Batallas hermanas, parte cinco, la larga noche





Leo se reunió con los aldeanos y les relató el resto del plan. Habían sido obedientes a las órdenes y se habían mantenido tras las barricadas simulando ser soldados. Los más diestros habían tomado el arco para darle a las vasijas. Carlos había tomado los recaudos necesarios. Por cada vasija había dos arqueros aunque en la mayoría de los casos habían acertado a la primera oportunidad. Luego de un par de actuaciones notables les restaba un último encargo.

─Sólo les pido que jueguen un rato más a la guerra, aquí les dejo las espadas de los caballeros, hagan todo el ruido que puedan ─los instruyó Leo mientras la hermandad lo esperaba reunida. Habia sido una noche de duro trabajo pero aún no habian vencido. Todavía tocaba enfrentar a la infantería pesada que acampaba en las alturas. Davan fue el primero en hablar...

─Si no lo han hecho todavía será por falta la luz, pero sepan que en la mañana comenzaran a construir un fuerte y a esperar refuerzos. Una vez que fortifiquen su posición  será casi imposible penetrarlos, es ahora hermanos que debemos abordarlos. Si empezaron todavía no han concluido y si no lo hicieron todavía es mejor.

Davan se mostraba ansioso para sorpresa de muchos, pero su premura estaba justificada. Tenían un par de horas hasta que despuntara el alba y su oportunidad se extinguiera. Ya tenían cinco hermanos llevando pertrechos a la cresta del gigante. El mirador natural desde donde se podía vigilar bien el campamento imperial. Hiperion y los suyos más Raluk irían por el bosque. Algunos soldados curiosos habían descendido unas yardas para espiar como iba la batalla y serían presa fácil. El resto empezaría el penoso ascenso por la ruta de las cabras para quedar por encima de la encrucijada. Posición inmejorable para un rápido ataque sorpresa.

─Debemos intentarlo. Lo único que no pueden hacer las tortugas es dormir con las corazas puestas. Han marchado por millas desde el fuerte del templo. Están agotados. Es la única noche en que se relajarán. Todavía escuchan la batalla en el valle...─dijo Crow con vehemencia. Los aldeanos estaban haciendo un buen trabajo, se oían gritos y espadas entrechocar por doquier. A la primera señal de silencio el campamento de Paño Morado sería puesto en alerta. Sólo descansaban cuando otros peleaban por ellos. El grupo de Hiperión ya estaba vestido como zorro negro...

─¿A quién le toca herida? ─preguntó el líder. Todos miraron a Raluk con su cara inmaculada pero esta acarició su daga...

─A mí nadie me toca la cara. ─dijo y disipó toda duda, no sería voluntaria.

Baraqz levantó la mano y dio un paso al frente. Wonder tomó su cuchillo y se acercó a él...

─Verás que guapo te dejo ─susurró mientras hacía cortes precisos sobre la ceja y en la frente. Pronto la sangre le cubría el rostro y parecía haber sido desollado vivo. Los demás pasaron la mano sobre el rostro del misionero y se mancharon las caras. Servía como iniciación, y también para ahorrarse los cortes. Raluk miró con asco la situación y se calzó el yelmo. No solía participar en ese tipo de ritos, ya los había superado en otros tiempos. Hiperión se calzó el yelmo de Marión y le quedó perfecto. Todos hicieron una reverencia entre risitas...

─Oh mi general...mande usted. ─dijo Carlos socarronamente pero la mirada torva de coraza roja rompió el clima de burlas.

─Vamos ─se limitó a decir y empezó a marchar como lo hacía el extinto líder de los Zorros Negros,  tratando de imitar su prestancia. Todavía debían pasar el puesto de guardia para entrar al campamento. La suerte estuvo de su lado ya que en el puesto estaban en su ronda habitual de apuestas esperando ver quién volvía herido. Las mayores sumas estuvieron del lado del Mayor de los Zorros a juzgar por los vítores que hubo cuando vieron a Hiperión subir la cuesta. Las tortugas habían saboreado el momento en que los zorros cayeran en desgracia. Muchas veces habían soportado el peso de un ataque durante días para que ellos tuvieran posibilidades de ataques furtivos durante la noche. Y fueron muchas las mañanas en que el pabellón del Zorro Negro ondeó sobre los enemigos sin dar reconocimiento al trabajo sucio de Paño Morado. La gloria siempre era para ellos.
El hecho de que se extendiera la batalla hablaba de que la resistencia en el valle era importante. Pero ver volver a Marión era la confirmación de la derrota. El sargento de guardia despachó enseguida a  uno de los suyos que salió raudo a contarle las novedades a su capitán. Nunca llegaría. Valkiria lo abatió con su arco apenas se perdió de vista.
El grupo de Hiperión se acercó despacio. Llevaban entre dos a Baraqz mientras Wonder y Raluk cerraban la marcha a prudente distancia. Los cuchillos arrojadizos de ambas eran la última opción si se desmadraba el asunto. La única ventaja de los mercenarios era que podían llevar las espadas en la mano mientras los demás observaban. Marión les pidió ayuda con una seña. Al principio ninguno se movió, luego el sargento hizo un gesto y dos tortugas bajaron sin mucho entusiasmo hacia ellos.

─Ahora comienza ─dijo por lo bajo Hiperión ─nadie puede llegar al campamento o estamos perdidos.

Marión rengueaba marcadamente pero no perdía la compostura, típico de los oficiales que siempre le tocaba interpretar. Casi no se sabía otro papel.

─Mayor...quiere que lo ayude ─dijo uno de los guardias que se acercaron.

─ayude a los otros. ─contestó con altivez, pero su acento lo delataba, por un momento el guardia lo miró fijo pero luego siguió bajando. Si lo hubiera mirado mejor hubiera visto que bajo su yelmo había alguien de cabello oscuro. Marión era rubio. Al menos manejaba con fluidez la lengua imperial así que podía acercarse más al puesto. La meta era estar a cinco pasos, espada en mano, la daga en la manga, una carrera corta, y nadie demasiado diestro para desenvainar rápidamente.
Apenas se acercó el dúo a ellos todos se pusieron en ronda para que no se viera demasiado. Dentro del círculo el herido apuñalaba a los voluntarios con sorprendente rapidez. Esto impresionó a la mayoría. A diferencia de Carlos, Baraqz parecía más diestro con los filos. La ronda se fue acercando, entre todos mantenían de pie a los guardias pero pronto deberían soltarlos. Sólo se moverían cuando Coraza Roja atacara y este se estaba demorando demasiado.

─Mayor ─dijo finalmente el sargento, ─ya fueron a dar aviso al capitán, ¿quedan más soldados abajo?

─Están cubriendo la retirada, pronto se unirán a nosotros, esto todavía no ha terminado soldado.

─A mi me parece bastante terminado...señor...─dijo y se oyeron algunas risas que pronto se apagaron. El mayor venía corriendo hacia ellos. La mayoría pensó que se había ofendido con el sargento pero este ya tenía otra idea, ese no era el mayor, faltaba su acento damirio y ahora era más alto que cuando bajó a la lucha. El sargento hizo rápido las cuentas. No tenía tiempo de desenvainar así que preparó el puño para su mejor golpe. Los demás todavía no atinaban a leer la situación y la armadura de Marión ya estaba a dos pasos. Vendría por él entendió el sargento, era el único que sabía dar órdenes rápidas. Los demás cayeron en cuenta del ataque cuando vieron al resto del grupo correr hacia ellos.
La espada de Hiperión se clavó profundo en el sargento pero tuvo que soportar un terrible puñetazo. El resto de la partida era pura confusión así que dio cuenta de otro antes de que se movieran. Luego cayó en cuenta de que el golpe le había dejado sentido, pero para ese momento los demás se habían abalanzado sobre el resto. Había contado seis pero restaban tres sentados en ronda jugando a las cartas, más uno que había ido a dar aviso al campamento. Diez soldados para un puesto de guardia era señal de que el capitán Barcas no era un tipo confiado. El mínimo eran cinco y él había doblado el número..
Wonder recibió otro puñetazo y cayó de espaldas de parte del más corpulento de ellos, también se desembarazó de Carlos con el revés de su mano aunque este lo había apuñalado dos veces, luego hechó a correr subiendo la cuesta. Raluk le lanzó sus cuchillos pero la armadura de un tortuga deja pocos resquicios así que se lanzó tras él. La diferencia de peso entre ambos era abismal pero ella se había criado manejando tipos más grandes que ella. Saltó hacia adelante y abrazó ambos pies mientras apartaba la cara para no ser pateada. El hombretón trastabilló y cayó pesadamente. Se pudo escuchar su nariz quebrarse por el impacto a pesar de su yelmo o a causa de el. Cuando quiso reincorporarse ya Raluk le había hecho un par de tajos estratégicos, el primero en el talón, el segundo en la rodilla, luego clavó su cuchillo en la ingle y saltó hacia atrás para verlo desangrarse. A pesar de lucir inestable pudo pararse pero vio que sus piernas temblaban y solo atinó a un...

─Perra!

─¿Cómo sabías? ─respondió Raluk arqueándole las cejas, pero él había vuelto a caer.

Los hermanos llegaron hasta ella pero ya no necesitaba ayuda. El hombre había partido hacia la llama como le gustaba decir a Carlos.

─Listo, hay que moverlo, dejen los cuerpos acomodados por si alguien más aparece. ─Ordenó Hiperión pero ellos ya estaban haciéndolo. El mercenario tuvo que sentarse un momento. Hacía rato que no le daban un puñetazo de esos.

Por el otro lado de la montaña la hermandad subía presurosa arañando las piedras por la ruta de las cabras. Desde Cresta del Gigante los hermanos con arco clavaban flechas en el suelo desechando los carcaj. Estaba provistos de la mezcla incendiaria de Carlos que había hecho suficiente como para incendiar los cinco reinos.
Todo funcionaría si el ataque por lo alto resultaba, aún quedaba una hora de oscuridad pero los que trepaban llegarían extenuados, necesitaban un milagro para no perder la sorpresa. El campamento de Tortuga de Hierro estaba callado, sólo un par de hogueras en sus extremos con algunos guardias, había una veintena de tiendas con el grueso de la soldadesca divididas en dos grupos con un claro en medio. La tienda del capitán no estaba marcada, era idéntica al resto, otra de las previsiones que tomaba Barcas.
Alex y Brian hicieron un reconocimiento y volvieron con caras poco felices.

─Pusieron guardias vigilando esta cima, están entre los dos grupos de tiendas, no tienen fuego ni parecen estar bebiendo. ese capitán parece haber leído nuestras mentes. ─sentenció Alex mientras Brian asentía.

La cara de Leo lo demostraba todo. No había tiempo para buscar otro lugar desde donde atacar, y no había manera de que no los vieran cuando destreparan la pared de granito.

─Podemos intentar incendiarlos ─dijo Chabanito pero Davan lo interrumpió...

─Miren las carpas con atención, están más oscuras de lo normal, las han mojado antes de que anochezca, ese Barcas duerme con un ojo abierto. Apuesto que llevaron agua dentro de las tiendas también...─advirtió el anciano misterioso.

─Nuestro principal problema es la guardia que vigila éstas alturas. hay que crear una distracción ─dijo Leo a personas que se las habían arreglado para mantener en penumbras a dos compañias de caballeros negros. Habían logrado la mayoría de lo que se habían propuesto pero este último acto se había vuelto complicado de interpretar. Parecían haberse acabado las ideas. Sólo media hora de oscuridad más y despuntaría el alba. El tiempo los empezaba a derrotar.

─Preparen rocas, lanzas, todo lo que puedan, la mayoría bajaremos como sea mientras ustedes se lo lanzan. Con suerte crearemos algo de confusión. Al menos quiero pelear con algunos magullados. Además...¿pero que?─dijo Leo pero se calló por un momento. Se escuchaban algunos gritos lejanos. algo de vibración en el suelo. Algo venía...

La guardia empezó a hablar en voz alta. No se entendía bien lo que decían pero comentaban algo entre risas. Desde Cresta del Gigante Valkiria hacía señas de cuernos hacia el resto de los hermanos. Lo único cierto es que el murmullo crecía y los guardias que vigilaban la cima donde ellos estaban se empezaron a mover hacia el frente del campamento.

─Es todo lo que necesitamos...¡bajemos ahora hermanos! ─gritó Leo. ─No se que pasa y no hay tiempo de averiguarlo.

Los guardias de la entrada veían a los aldeanos arrear ganado por la cuesta y reían entre ellos.

─Parece que no se han enterado del asunto de la guerra ─comentó uno

─ya estaba necesitando un poco de carne asada Ulnat, mira tú lo que es la hospitalidad por aquí ─contestó el compañero

Vacas mezcladas con algunos toros y hasta cabras venían en tropel. Los tortugas habían cerrado el camino con una empalizada improvisada por esa noche pero no había demasiado impedimento para los animales. La guardia decidió salir a parlamentar con los aldeanos, después de todo el puesto más adelante había decidido dejarlos pasar.

─Alto ¿quién vive? ─preguntó el sargento de guardia.

─Mi buen señor ─se presentó un aldeano ─sólo queremos pasar para salvar lo poco que nos queda mi señor, les dejaremos buena carne para que ustedes hagan banquete mi gran señor, ustedes ya han hecho una gran matanza abajo, sabemos que estaremos más seguro en el camino alto mi excelente señor...

─No soy ningún señor y no voy a dejar que tus malditas vacas destrocen el campamento, déjalas por allí y te aseguro que estarán bien.

─Pero mi buen señor...─intentó pero el sargento alzó la mano dando por terminado el asunto.

─¡maldito gordo miserable! ─dijo entre dientes el aldeano pero suficientemente alto como para que  el sargento oyera y reaccionara.

 ─¿Que has dicho campesino mugriento? ─masticó yendo a buscarlo entre las vacas en las que se había mezclado el vocero. El resto de la guardia se reía mientras su sargento se perdía entre el ganado.

─¡Ve a ayudarle idiota!...deja de reírte o nos castigaran ─dijo el más sensato.

Otro guardia se adentró en el ganado y ya no se lo vio más. El resto empezó a inquietarse. Los aldeanos miraban impasibles como en estado de trance y no sabían responder preguntas simples, señalaban hacia atrás como respuesta a todo Había pocas opciones posibles. O no entendían la lengua imperial. O eran idiotas. O estaban ganando tiempo. Y esto último tardaron en descubrirlo. Pero en cuanto los guardias abrieron la empalizada y desenvainaron, los aldeanos desaparecieron por arte de magia.
Las barricadas que habían usado en el claro fueron el piso improvisado que pusieron sobre los lomos de los animales. De pronto los aldeanos aún disfrazados de caballeros se lanzaron por sobre los animales y cayeron sobre los soldados imperiales. Podrían no tener la pericia pero eran numerosos. Ellos habían comenzado el ataque.
Valkiria que observaba desde Cresta del Gigante mandó a los suyos a montar sus arcos. Estaba enfurecida con los aldeanos, los iban a masacrar por jugar a ser guerreros. Había que hostigar el campamento en cuanto los tortugas salieran de sus tiendas o los atacantes improvisados no tendrían oportunidad. Leo y los suyos bajaban en sogas la pared de granito con temeridad, pero éstas no tenían el largo suficiente así que debían descender todo lo posible y volver a asegurarlas. El tiempo apremiaba, el horizonte lanzaba los primeros colores del día. Los guardias de los otros puestos hicieron una línea de escudos dando por perdidos a los de la entrada principal. Los aldeanos los habían superado en número e ímpetu y venían en loca carrera, pero no dejaban de portar armaduras livianas. Dentro del campamento ya se oían voces de alarma. Si había algún tipo de orden de batalla se había perdido.
La multitud de granjeros chocaron violentamente contra la línea de escudos y aún siendo más numerosos empezaron a caer diezmados ante la pericia guerrera de los curtidos soldades del este. Una voz se oyó entre los animales y ordenó la retirada. Era Oscar, demasiado identificado con ellos al provenir de una aldea destruida. Siempre viajaba a los poblados invitando jóvenes a unirse a la hermandad. Era el héroe más cercano que ellos tenían, casi sin formación militar se había ganado el respeto de los hermanos con sus proezas en el campo de batalla, este plan improvisado no podía ser de otro más que de él.

─¡Apártense ahora, vuelvan a la retaguardia! ─gritó Oscar mientras con un azote movía a los toros al frente, pronto logró lo que buscaba, los animales empezaron a correr hacia adelante y poco a cpoco comenzaba la estampida. La linea de escudos clavó sus lanzas contra el suelo para intentar contenerlos  pero no había resistencia posible. El ganado pasó sobre ellos y entró al campamento.

─¡Maldita sea! ─dijo Valkiria colgándose el arco. ─somos inútiles aquí...desenvainen hermanos, allí está el premio ─agregó señalando el campamento y emprendió la carrera seguido por Vallekano, Garlick y otros.

El ganado se encontró de frente con los tortugas saliendo de las tiendas. Vociferaban mientras se calzaban las corazas. Los animales, lejos de aminorar la marcha entraron en pánico y embistieron todo lo que se cruzaba en su paso. En el medio del campamento estaba un guerrero corpulento dando órdenes por doquier. Estaba reuniendo a los tortugas lejos de los animales que ya habían pasado el campamento y corrían por el sendero alto.

─Barcas ─dijo Davan a los otros mientras se sujetaba de la cuerda. ─tomemos tierra cuanto antes hermanos.

Aunque había perdido varios hombres aún mantenía un número considerable de caballeros. Estaba con sus armaduras incompletas pero portaban sus famosos escudos largos de placas, rematados con púas. Cuando cargaban con ellos era parecido a la estampida que acababan de sufrir. Barcas los había mandado formar en anillo, hombro con hombro en una fila concéntrica donde los primeros escudos protegían su frente y los últimos cubrían sus cabezas. la famosa tortuga de hierro hacía su presentación. Barcas y su segundo se movían dentro espiando por los resquicios. Todavía no sabían desde donde vendría el ataque pero se sentían rodeados.
Oscar le gritó algo mientras se mantenía a distancia con sus aldeanos guerreros. Valkiria desde el otro extremo del campamento había vuelto a disponer a los suyos con sus arcos pero no había blanco posible y se mantuvo oculta. No eran suficientes para cargar pero si darían cuenta de quién intentara escapar. Leo y el resto de la hermandad tocaron suelo finalmente. Pero ya no había sorpresa así que se dispersaron hasta rodear por completo a los tortugas mientras revisaban las tiendas. Encontraron algunos que se habían escondido. No hubo piedad para ellos.

─¡Capitán Barcas! ─gritó Leo mientras mantenía su escudo en alto y la espada apoyada sobre él. ─no tengo que decirle lo que ya sabe. No tiene oportunidad aquí más que la rendición, respetaremos su vida.

─Dime como terminó Marión de los zorros aldeano. Muéstramelo y podré creerte.

─Su caso fue distinto capitán, pidió la muerte del soldado. No era un hombre que pudiera sobrevivir a la verguenza.

─Que comprensivo fuiste con él sureño. Permiteme dudar de tu honorabilidad. ─contesto Barcas

─No soy sureño capitán, nací en el este como usted ─dijo Leo sorprendiendo a más de uno. ─pero la vida de la espada no siempre es tan recta como su filo.

─Pues acabaste liderando una banda de campesinos sureño, el camino de tu espada si que estuvo torcido.

─Mi realidad no es muy distinta a la suya capitán Barcas, yo se de donde reclutan ustedes su infantería. ¿Digame si tiene un gran apellido entre los suyos?

─Nah...los grandes apellidos los despachaste allí abajo sureño, aquí solo tenemos lo mejor de cada taberna, de cada muelle, de cada mercado...¿no es así?...

Los tortugas gritaron su sordo grito de guerra. Y ese grito sonó en las alturas, eran muchos todavía para la hermandad. Aunque los aldeanos habían engrosado sensiblemente sus filas y pertrechados como guerreros daban la sensación de ser un buen número. Pero si contabamos guerreros la cuenta se volcaba peligrosamente hacia el lado del enemigo.

─No puedo dejar que se quede capitán pero no evitaré que se marche, ha venido a las fauces del dragón y se va con sus armas y defensas, el Paño Morado mantiene su honor y podrá contar que sobrevivió donde los zorros negros cayeron. O podemos batirnos en este camino hasta que no quede nadie vivo y la gloria de haber terminado con los fantasmas será de Marión que lideraba esta expedición.

─Eres persuasivo sureño, pero tu problema es que ya no tienes más vacas para tirarnos encima. No se cuantos de aquí saben realmente pelear...

Una flecha aprovechó un resquicio y se coló en la formación. un tortuga cayó de bruces y su escudo hizo ruido metálico al caer al suelo. Valkiria volvió a montar su arco. El tiro había sido perfecto.

─No me subestime capitán, hemos peleado contra todo tipo de soldados del este, si llegamos a la puerta de su tienda desde todos los flancos es porque sabemos lo que hacemos. Mi oferta no durará mucho. Queremos ir a beber y comer un poco, esto de matar imperiales nos abre el apetito.

Los hermanos hicieron sonar sus dientes dando dentelladas, alimentando la fábula de que se comían a los vencidos. Esto molestaba mucho a los soldados imperiales. en el fondo les hacía recordar los cuentos de los Bóreos, el pueblo de los hielos que se comía a sus adversarios.
 Barcas consultó algo con su segundo y se escucharon murmullos. Los soldados parecían estar dando su opinión. Todo debate servía a las intenciones de la hermandad. Si había disenso había voluntades que se negaban a pelear. Y si no era unánime el esfuerzo la victoria se plagaba de sombras. Barcas estaba atrapado en su propio juego, como en el día anterior. No sabía a que se enfrentaba. Ni tenía posición fortificada. Estaba a descubierto bajo la mira de arqueros y guerreros que de alguna manera habían probado ser diestros en batalla. Sus hombres confiaban en su juicio. La mayoría le debía la vida de ocasiones anteriores pero notaba que vacilaban. Las fábulas que se contaba de la hermandad fantasma terminó haciendo mella en sus mentes simples. Eran buenos hombres...y el no era Marión para sacrificarlos estúpidamente.

─Armas, corazas y estandartes son nuestros sureño, te dejo este camino polvoriento y estas montañas de mierda, disfrútalas ─se limitó a decir Barcas y mandó desarmar la formación lentamente  ─que tus arqueros se muestren o no hay trato.

─Valkiria, saca a los tuyos y vuelve a la cresta.

Valkiria se asomó al camino e hizo un gesto a Leo, después silbó. Los hermanos y aldeanos que estaban con ella empezaron a retirarse colgándose sus arcos y recogiendo las flechas, ya no habría acción por ese día.

─Dime una cosa sureño...¿donde está el ejército de Lurzt? ustedes no tienen pinta de ser la guardia real...

─Calentándose en el castillo capitán...¿dónde más? ─le contestó Leo guiñándole un ojo, dejando a Barcas pensativo. Uno de los tortugas se acercó a ellos y se quitó el yelmo

─Supongo que ya no necesito esto ─dijo Javensen y le lanzó el casco a Barcas, ─tuvo suerte hoy capitán. ─le susurró al corpulento guerrero. Leo disimuló la sorpresa y palmeó al hermano que se retiró rapidamente esperando tener suerte en que los hermanos no lo ejecutaran

─¿Así que también tienes espías sureño? Permíteme sorprenderme.

─Nada mal para un puñado de aldeanos capitán, ¿no le parece? ─dijo y se fue, aún tenía que interrogar al recién llegado. Tenía muchas preguntas que hacerle.

Los hermanos ayudaron cargar las carretas y los tortugas emprendieron el retorno cansinamente. Ya era de mediodía cuando tomaron la curva del ciervo por el sendero alto y se perdieron de vista. Los aldeanos se abrazaron con los hermanos. Lo más difícil había sido recuperar el ganado. Javensen estaba custodiado pero no era tiempo de preguntas aún. Esa tarde habría fiesta en la taberna Trucha Dorada, se armarían los mesones como en las viejas épocas y por una noche olvidarían la guerra. Parabel cantaría canciones acompañado de algunas voces que el hidromiel animaba. Haru daría de comer a sus bebés que estarían decepcionados de no tener su ración de caballero. Davan se retiró a su mirador como siempre a examinar los hechos del día. El ya no participaba de fiestas. Se asomó al mirador en la montaña, esa noche cambiaba la luna y habría un hermoso paisaje plateado para contemplar...Barbeta lo esperaba con algo de vino y una ración de liebre asada.

─Todavía recuerdas mis gustos, ¿te golpearon mucho los imperiales?

─Nadie que venga de las mazmorras del templo oscuro vuelve a sentir caricias semejantes Davan, tu lo sabes mejor que nadie. A propósito de lo de hoy...¿no piensas que dejamos escapar a quienes volveremos a enfrentar?

Davan miraba en silencio el valle, meditando la respuesta.

─No son frecuentes las batallas que se ganan sin luchar, el imperio sigue sangrando en el sur, esa espina ya hizo llaga Barbeta. Y ahora los aldeanos nos siguen. Yo brindaría por eso y olvidaría el resto por un rato... ¿Ya preparaste todo para mi viaje?

─Está todo listo, el caballo donde me pediste con las alforjas cargadas...¿estás seguro de que irás solo?

─Es mejor así Barbeta, digamos que debo ir a visitar a un viejo amigo...

─Tú no tienes amigos Davan.

─Cierto, cierto, tengo aliados...y enemigos

─¿Y él sería? ─interrogó Barbeta.

─Eso me lo dirá el Alto Sacerdote ─contestó Davan, observando como caía la noche.



 










Batallas hermanas cuarta parte



Marión reunió a los suyos para una breve charla. Los gestos eran adustos. Todos habían tenido roces con las tortugas y sabía que en cualquier momento estallaría el conflicto. Pero todos apoyarían a su líder si decidía avanzar por su cuenta. Habían ganado más gloria en una noche que en semanas de marcha. Ya estaban acostumbrados a moverse rápido y sorprender a sus enemigos en sus propias camas.

─mis hermanos, ya saben lo que nos toca, no he logrado un acuerdo con nuestros compañeros de Paño Morado. Ellos quieren esperar refuerzos...y ustedes ya saben lo que pienso de regalar tiempo, nuestras páginas se han escrito en la soledad del frente, hombro con hombro ganando terreno cuando los otros ejércitos descansan...─arengó mientras sus hombres lo vivaban. ─¡hemos hecho huir a los fantasmas! ¡Ahora toca batir a los sureños y terminar de abrir la puerta a la victoria! ¡que no nos sorprenda el alba sin tener las botas manchadas de la sangre enemiga!

Los vítores llegaron a oidos de Barcas que se hallaba en su tienda recién montada. Su segundo miraba por la abertura con atención.

─¿Piensa que tendrán éxito capitán?

─No van tras una posición fija. Están acostumbrados a tomar castillos cuidados por un puñado de guardias somnolientos. Pero los que sean que estén abajo les han salido al encuentro, así sean un par de escuadrones de soldados con alguna leva improvisada, siguen estando en posición y esperándolos. ─dijo Barcas acercándose a la entrada ─Tú ya sabes como es avanzar bajo una lluvia de flechas hostigándote, cuando te atacan desde posiciones altas mientras estás hundido en el fango...en esas situaciones una tortuga tiene más posibilidades que un zorro, sobre todo cuando el dueño de las gallinas te está esperando...─completó mientras sonreía con sus dientes manchados.

El segundo al mando entendió la visión de Barcas. Estaban acostumbrados a caminar sobre seguro para nunca tener que retroceder. Sin embargo si la fortuna le sonreía una vez más a los Zorros Negros sería un duro golpe para los suyos. Era impropio desear la muerte a tus propios compañeros de armas pero con los zorros nunca habría camaradería. Eran demasiado altivos y nunca se mezclaban con ellos. Eran una tropa de bajo rango acostumbrada a caminar sobre el fango. Pronto se sabría la verdad. La gloria para unos sería la verguenza para otros, pero para los zorros la verguenza vendría después de la muerte.

La noche sin luna dio marco a la marcha forzada de Marión, que se dio en relativo silencio. La mayoría de los suyos usaba pecheras de cuero endurecido y las corazas que portaban algunos era más delgada y rematada con cuero. Suficientemente liviana como para no perder velocidad de maniobra. Marión les mandó ponerse las capuchas de sus capas para que los yelmos con orejas puntiagudas típicos de ellos no brillaran.
Descendieron por el bosque evitando el camino y avanzaron en pequeños grupos siempre manteniendo contacto visual. Cuando ya estaban a cerca de donde se veía la claridad de las antorchas Marión mandó a la columna detenerse. Llamó a su guardia personal. Si debía tomar riesgos sería él quien los afrontara. Iría un poco más adelante a reconocer al enemigo reunido. Los que estaban detrás tenían la orden de guardar posición. Tenían prohibido correr en su rescate si caían en alguna trampa, el enemigo guardaría su vida por si tenía que negociar su rendición, eso decían las reglas de la guerra. Con las órdenes ya dadas, el líder de los zorros avanzó al abrigo de la noche. Iba tranquilo, todos conocían su papel. No se permitiría el desbande de las filas ya que en el orden estaba siempre la victoria. Había avanzado lo suficiente como para saber que el enemigo no era tan numeroso. Una súbita confianza lo embargó, como tantas otras veces, al sentir que nuevamente la fortuna le sonreía.
Pronto tuvieron que arrastrarse por la hierba para acercarse a la luz. Desde donde estaban se veía una larga fila de pequeñas barricadas que él conocía muy bien. Se montaban para dar refugio a los arqueros y la infantería liviana, él mismo las usaba para organizar sus cargas. detrás se divisaban siluetas y algunas corazas. Al fondo se adivinaban algunas lanzas, nada demasiado impresionante.

Una sombra se movía de una barricada a la otra dando órdenes. El plan era elaborado pero sería simple si los intérpretes se ceñían a su papel. Le puso la mano en el hombro a cada uno y les señaló el blanco. Vasijas de barro suspendidas entre las ramas de los árboles que tenían un lado pintado de blanco con cal y el opuesto de negro, además de una buena capa de grasa de cerdo que las hacía brillar a la luz de las antorchas. Carlos tenía todo planificado y saboreaba ese final que tanto le animaba. Se acercó al extremo de las barricadas y se encontró con Vallekano. Su cara era de preocupación. El incendiario le sonrió y solo le dijo...

─sólo tienes que acertar una mi amigo, no te preocupes.

Un búho ululó en la noche y todos se prepararon. Hasta Marión presintió que quizás eso fuera una señal y ordenó retroceder pero ya era tarde. Cuando el búho volvió a cantar todos escucharon las flechas silbar. Se escuchó en el bosque el sonido claro de la cerámica estallando y una lluvia fina empezó a caer sobre los zorros negros. Nadie alcanzó a ver de donde venía esa llovizna pero sabía a aceite, a sal y a grasa de cerdo entre otras cosas. Las capas negras empezaron a empaparse y a todos se les dibujó el miedo en el rostro, sobre todo cuando Carlos hizo su declaración solemne...

─Parte hacia la llama mi ofrenda, recíbela señor del fuego...rezó soltando suavemente la cuerda.

La flecha encendida describió un suave arco y viajó en búsqueda de su destino cayendo en medio de ellos. Al principio todos esperaron alguna orden pero empezaron a retroceder instintivamente. Marión, olvidando toda precaución corrió para alertarlos. Rompió el silencio dando un gritó que se oyó en todo el bosque...

─corran!...

La cara del mayor se iluminó de pronto. Un fogonazo cegador seguido de una oleada de calor intenso le dio de lleno en el rostro. Como una danza macabra de gigantescas antorchas la compañía de los Zorros negros imperiales ardió mientras todos corrían envueltos en llamas. Chocaban unos con otros encendiendo a los que todavía no ardían hasta que los gritos inundaron el bosque. Soldados de elite seleccionados cuidadosamente y preparados para el asalto desde su juventud fueron emboscados de la manera más infame, y el responsable de ello contemplaba la escena horrorizado. Marión siguió corriendo, quitándose la capa para intentar apagar a los que pudiera pero ya era tarde. Los pocos que aún respiraban sufrían en terrible agonía pidiendo que los mataran. El extremo cerca del río era donde un puñado de ellos había logrado desembarazarse de sus atuendos y pecheras, y fueron presa fácil de los arcos de la hermandad que ya avanzaba desde ambos flancos. Cuando las flechas se acabaron desenvainaron dispuestos a terminar con el sufrimiento de los que quedaban hasta encontrarse con Marión en el centro. Estaba junto a sus guardias tomando de las manos a un par de moribundos con lágrimas en los ojos. Los guardias rodearon a Marión con sus espadas en mano pero eran demasiado pocos para defenderlo.

─bajen las espadas y sálvense, todo esto es mi culpa ─dijo el mayor completamente derrotado.

─los Zorros Negros viven y mueren juntos ─contestó un guardia y se lanzó hacia los hermanos. Sharra le dio la razón a la última parte. Hiperión y Valkiria hicieron lo propio con otro par. Solo Alex y Brian pidieron que suelten las armas, la negativa fue inmediata y el resto corrió la misma suerte. Sólo Marión permanecía de pie esperando su final. Leo hizo un gesto para que se detuvieran.
Bajó la espada y se acercó al mayor que entendió que el que se acercaba era el líder.

─diga su última voluntad señor. ─fue todo lo que dijo Leo

─...¿ustedes son los fantasmas verdad?...son sólo un puñado, no se cómo lo lograron...espero que no olviden quemar a los de arriba...mi último deseo es morir como un soldado...¿hay alguien que haya servido y entienda lo que pido?

─Lo entendemos perfectamente.

Marión le dio la espalda a Leo y se arrodilló. se sacó el yelmo y descubrió su nuca mientras miraba a sus hombres consumidos por el fuego.

─no merecían morir así ─dijo y cerró los ojos. Ya no pudo decir más nada.










domingo, 12 de agosto de 2018

Crow "hechizado" pluma de cuervo





Mucho se habló en su momento del Ojo del Cuervo, un culto afianzado en el reino sureño de Yurzhani, frente a las costas del mar oscuro. Vino de la mano de la profecía que anunciaba el ocaso del mundo y el comienzo de la noche de los hombres. Sus creencias estaban influenciadas fuertemente por la magia oscura que esperaba con ansias a la noche que devora al mundo. Se decía que al profeta del culto le era manifestado el porvenir de los hombres desde la cuna. Así fue como mandó secuestrar a niños elegidos desde el vientre materno. Esos que las "hermanas nido" cuidarían hasta la edad en que pudieran empezar su entrenamiento. Luego serían preparados en todas las destrezas necesarias para asegurar el cumplimiento de las ejecuciones que el Ojo designara.
El Ojo marcaba desde su infinita sabiduría el destino de los hombres. Los que propiciarían la llegada de la noche, y los que serían apartados para impedir que lo evitaran. El culto prosperó notablemente y se expandió por todo el sur, sus filas se engrosaron con voluntarios que serían tomados ya en edad adulta, si ostentaran posiciones notables en los reinos. Luego se agregaron los oficios y pronto toda actividad desarrollada en la región contaba con un representante en las asambleas. Muchos huérfanos fueron tomados de los callejones del reino para ser entrenados. Ellos ya sabían sobrevivir por su cuenta y eran excelentes ladrones. El entrenamiento era más acotado y preciso, sólo debían aprender a matar.
Crow siempre se destacó entre sus pares. Era rápido y ágil, tanto de cuerpo como de mente.Vestía de  género negro con pechero negra de cuero endurecido. La capucha calada ocultaba su rostro todo el tiempo, los cuchillos arrojadizos eran su debilidad. Solía perfeccionar su técnica diariamente y les adosaba una pluma de cuervo para que silbara mientras viajaban hacia su blanco. Ese sonido de muerte fue su firma, y sus cuchillos eran cuervos llamados a la matanza. Lo conocieron como Pluma negra. Era un excelente estratega. Analizaba situaciones y trazaba planes para las distintas misiones del culto. Solía mirar fijamente los mapas como si entrara en un trance misterioso, como si estos le hablaran. Pronto se ganó el mote de Cuervo Hechizado, por sus raras costumbres de ver en los mapas lo que nadie más. Ganó renombre gracias a su talento y su reputación excedió los limites de Yurzhani, pero así como lograba ver en los mapas cosas ocultas, no le costó descubrir que el Ojo del Cuervo profetizaba por encargo y que cobraba por ello. Tuvo que huir cuando fue culpado de apostasía por el mismo profeta para cubrir sus propias faltas y tuvo que vender sus servicios a quien estuviera dispuesto a pagarlos. Siempre encontró trabajo.
Con el tiempo se encontró con otros renegados del culto, entre ellos una fina y elegante asesina llamada Wonder que reclutaba para un mercenario conocido como coraza roja, "la daga de los reyes", y empezó a trabajar para él. Siempre con su atuendo negro y sus dagas voladoras, con sus habilidades para la matanza, su efectividad era casi profética. Si él posaba los ojos en un blanco, el destino ya estaba escrito, con una pluma de cuervo.



Haru "domadora" reina de los tigres




En las montañas de la tormenta existe una tribu que jamás ha tenido que empuñar una espada, y que sin embargo permanece a salvo de salteadores y bandidos. Este pueblo, los Bechas o nación de la primavera, nacen y crecen rodeados de la más temible raza de felinos. Los tigres de la niebla. Esos que han dominado las montañas de la región por siglos. Y que hoy, en tiempos de guerra, han sido confinados a las cercanías de este pueblo, quienes han decidido protegerlos. La unión entre los felinos y los Bechas es notable, y cada generación designan un rey o reina de ambas razas que encabeza las ceremonias. El monarca designado debían tener la fortaleza para controlar el temperamento de los animales y la destreza para blandir la espada que alejara a sus enemigos. El año de la gran matanza, los tigres atacaron una caravana imperial de suministros que cruzaba la región y despertaron la ira del general a cargo que organizó una campaña contra ellos. Cuando los soldados imperiales avanzaron sobre la montaña, la tribu luchó encarnizadamente junto a sus felinos para repelerlos, pero las tropas eran demasiadas y aunque causaron grandes estragos fueron diezmados.
El rey Koshachy resultó herido y su hermana Haru asumió el control. Ella desechó todo cargo y ayudó a su pueblo a encontrar un nuevo lugar para vivir, más profundo aún en las montañas sin sol, para luego partir en busca de aliados que ayudaran a la tribu a sobrevivir junto a sus tigres. Haru intentó ganar para su causa a varios pueblos pero la mayoría temía demasiado a la fuerza invasora. Cuando ingresó en el sendero alto del espinazo del dragón, un cordón montañoso que desembocaba en el sur se encontró con los domadores de dragones, un grupo de guerreros que se dedicaba tanto a combatir titanes como a resistir los intentos de invasión del imperio del este. Supo que mientras estos reinos no cayeran, el imperio estaría demasiado ocupado como para continuar su campaña en otros lugares. El tiempo le dio la razón, cualquier otra región se convirtió sólo en lugar de paso. El imperio sólo miraba el lugar donde su bota no lograba pisar con libertad. Entonces fue que Haru decidió unirse a la hermandad. Su hermano ya estaba repuesto y ahora entrenaba una guardia que vigilara las montañas, todo gracias a las iniciativas de ella.
Es común verla en batalla junto a sus gatitos, Haru y Arashi, dos enormes ejemplares de 300 kilos, criados por ella desde cachorros, a los que les confeccionó sus propias corazas de cuero, y cuando ellos lo permiten, hasta cabezales tienen. Sin embargo prefiere no exponerlos la mayoría de las veces. Su talento con la espada es igualmente admirable y ha sido uno de los puntales de la hermandad cuando los fundadores se fueron. Hoy es requerido su consejo en las decisiones importantes, ya que ha tenido que rescatar a su propio pueblo de las dificultades en el pasado. Dicen que cuando suena el rugido de un tigre en la montaña debes prestar atención a que un enorme animal no te esté acechando pero si acaso ves a una guerrera con un yelmo de cabeza de felino debes temer igualmente, quizás haya sido ella la que ha rugido dándote aviso de que estás en dominios y que no es aconsejable desafiar a la reina de los tigres.

viernes, 10 de agosto de 2018

Sharra, "silenciosa" los ojos llenos de muerte





En los inviernos más crudos, cuando más se sufría la falta de alimentos, las tribus, bandoleros y a veces mercenarios del este, entraban al valle para saquear los pequeños poblados de frontera. No sólo buscaban provisiones para sobrevivir el frío. También había quienes gustaban de hacer daño a los habitantes del valle del dragón. La guardia del reino no cuidaba demasiado las fronteras pero cuando el daño era grande enviaban alguna partida destinada a castigar los desmanes.
En unos de esos ataques fugaces, la victima fue el pequeño poblado de Hua. Los moradores eran gente aguerrida y decidieron defenderse, se desató entonces una verdadera carnicería. Sólo un puñado de niños de la aldea sobrevivieron y fueron llevados para ser vendidos en el gran mercado. Durante la segunda noche de viaje un niña flacucha y fibrosa que solía pastorear cabras en las alturas se levantó en silencio. Acostumbrada a defender su rebaño de los lobos, matándolos si fuera necesario, decidió proteger a los últimos de su aldea dando cuenta de la partida de mercenarios. Los mató uno por uno, sin hacer ruido. Tuvo dificultades con el último, el más fuerte, ya que este le cortó el rostro justo bajo el ojo en una herida que llegaba hasta el  mentón. Pero ella no retrocedió y cortó el muslo del hombre justo donde la sangre sale como torrente. Allí perdió toda fuerza el último de ellos. Ella le pidió el nombre de su líder y éste para intentar salvarse nombró al emperador del este, pero esto no impresionó a la niña. Nada lo salvó de ser degollado.
El resto de los niños tuvo miedo de la muchacha, de su destreza, de que estaba cubierta de sangre y de su mirada, furiosamente serena. Ella los dejó a todos en una granja de cerdos en un valle cercano. Se presentó cubierta de sangre y restos y le dijo al granjero que los cuidara, que un día volvería. Aceptó que la esposa de este le cubriera la herida con un emplasto pero no se quedó. Dijo que aún le faltaba mucho camino, que iría en busca de un maestro que le enseñara a luchar. Uno de quién se contaban leyendas pero que nadie conocía. Dicen que este maestro que todos llamaban Saukendar realmente existía y que lo encontró finalmente. Que este muy a su pesar le enseñó el canto del cuchillo, y la danza de la espada. Junto con el resto de la música de guerra. Y que aunque llevaba años viviendo como un ermitaño lloró por su partida. Un día ella se despidió diciendo que ahora tocaba volver por los suyos y refundar su aldea. Que ya no necesitaba ir a buscar al emperador porque este venía finalmente hacia ella. Y aunque reunió a los suyos y los trajo de vuelta, entendió que su vida ya no estaba allí.
Una partida fronteriza que buscaba bandoleros se encontró con un grupo de aldeanos reconstruyendo su hogar. Al mando y cuidado de ellos sobresalía una mujer atlética, delgada y fibrosa con mirada fiera. Una cicatriz le surcaba el rostro. Estaba vestida de guerrera, aunque varias de sus prendas parecían ser masculinas. Al principio no emitió palabra a la partida y todos asumieron que era muda. La líder de esa expedición se llamaba Rebecca y la tomó como escudera al conocer su destreza. Pronto se destacó entre los demás soldados y aún siendo mujer derrotó a la mayoría de los hombres que enfrentó. Fue guardia de Rebecca cuando ascendió a capitana y muchas veces libró su vida en batalla.
Podía hablar elocuentemente pero prefería no hacerlo. Herencia de su vieja promesa de no volver a hablar hasta cumplir con su juramento. Prefiere los gestos a las palabras y las batallas a las reuniones de taberna. Dicen que si le preguntas a quién espera te señalará hacia las montañas, pero no dirá nada. Y si preguntas que hará cuando lleguen se encogerá de hombros y tampoco dirá nada. Pero si observas bien entenderás que la verdad siempre estará en sus ojos, en la intensidad de su mirada, llena de muerte.

jueves, 9 de agosto de 2018

Batallas hermanas, tercera parte


Marión, líder de los Zorros Negros no atinaba a dar un pronóstico de la situación. Sus exploradores habían vigilado el sendero alto por días. La noticia de que la resistencia en las montañas había cesado fue el impulso para empezar a marchar. También sabían que el principe de Lurtz se había desentendido de ellos hace tiempo dejando la vía libre a sus hombres para que avancen por el valle y los ataquen, de ser necesario. Era demasiado cobarde para salir de su fortaleza y pronto tomarían su castillo sin demasiada dificultad. El general Turbarión sólo les había advertido que no dejaran de vigilar a los que peleaban en la montaña, esa hermandad sin nombre ni líderes de renombre que sembraba corazas de caballeros muertos por el camino alto a manera de advertencia. La que plantaba trampas y había emboscado a los que habían sido demasiado incautos. Ellos no serían problema ya que escaparon dejando todo atrás y llevándose lo puesto. Había mandado una segunda partida para asegurarse de que esto fuera así. No hay nada como un buen desfile del ejército imperial para llenar los corazones enemigos de miedo. Había otro hombre junto a él, uno con una armadura diferente, hecha de varias placas superpuestas, el casco también era distinto. Mas voluminoso y elaborado, con un cuerno en la frente, le decían tortugas los que nunca habían visto un rinoceronte pero nunca se había aclarado el punto, además de que solían marchar al frente con los escudos en la cabeza a manera de caparazón. Su nombre era Barcas, y estaba visiblemente molesto de no estar al mando.

─Puedes explicarme eso zorro? dijiste que teníamos la vía liberada...

─no hubo ningún informe de que el ejército de Lurzt haya salido del castillo, mis exploradores tienen órdenes de capturar algunos locales para saber que está pasando.

─Y donde están esos hombres tuyos ahora? ─dijo Barcas que era enérgico y decidido. Creía que perdían tiempo allí detenidos cuando podrían estar armando campamento en las alturas. A él todo le sabía a emboscada.

─no vamos a refugiarnos tras una empalizada capitán ─contestó secamente Marión. ─Tenemos el castillo a unas horas y sabemos que es lo único importante, no me interesa una chusma organizada intentando resistirnos.

─tu no sábes que es lo que hay allí abajo y pretendes cargar contra ellos a ciegas. Después querrás que saque tu culo acomodado del fango zorro.

─le recuerdo que quién me comisionó a cargo fue el general, y que debe referirse a mí en los términos de mi rango capitán...

Ambos quedaron frente a frente por un momento. Marión era delgado y atlético y a pesar de su edad madura mantenía una prestancia que imponía respeto. Barcas era robusto, de hombros anchos y mayor talla. Aún sin su casco le llevaba una cabeza. La oportuna llegada de un soldado rompió la tensión entre ambos.

─Mayor!...ha vuelto un explorador, trajo a alguien.

Marión cruzó las filas dando grandes zancadas. Las líneas de soldados detenidas por horas empezaban a desorganizarse. No les habían permitido encender fuego ni beber vino, oficialmente seguían marchando. se crearon pequeñas rondas donde todos opinaban sobre lo que los había detenido.

─te digo que son ellos..la hermandad fantasma...─dijo un lancero de las tierras de Atros

─que sabes tu provinciano?...todos son cuentos de viejas ─contestó otro del reino de Paten

─demasiadas corazas negras vimos por el camino, esos hombres no murieron solos. ─contestó un tercero con algo de inquietud.

─a mí denme un poco de vino y díganme a quién matar, me estoy congelando ─agregó otro que se restregaba las manos mientras daba pasitos para mantenerse en calor.

Marión se encontró con el prisionero atado a un poste y terriblemente golpeado. Los tortugas se habían divertido un rato con él.

─dije que no tocaran a los prisioneros, marchaos o yo mismo los ejecuto ─dijo llevando la mano a la espada, los hombres de Barcas hicieron una venia socarronamente y se retiraron disimulando las risas.

Pronto uno de los hombres de Marion se acercó a su líder disculpándose...

─perdón mayor, mandé buscarlo pero ellos llegaron a provocarnos, si desenvainábamos teníamos una batalla aquí mismo. Exploré la zona hasta un camino que baja desde las alturas por detrás de la montaña, dí con un grupo de guerreros que se escapaban apurados.

─identificaste estandartes? alguna señal de si eran tropas sureñas? Marion estaba ávido de información sobre quienes eran los que se agrupaban.

─nada señor, corazas distintas, acentos distintos, ni siquiera parecían seguros de lo que estaban haciendo, creo que eran la resistencia de las montañas, pero muy desorganizados.

─gracias cabo, retírese ─dijo mientras tomaba un cuenco y lo llenaba de agua. Se acercó al prisionero, a simple vista un aldeano miserable. Estaba con la ropa hecha jirones, se le notaba el olor a estiércol y estaba sangrando por su boca.

─dime tu nombre ─le dijo ofreciéndole el agua, que el otro tomó con desesperación...

─Barbeta, mi señor.─dijo entre borbotones.

─ ¿De donde eres...Barbeta?

─Era...mi aldea fue destruida hace un tiempo y traté de ir al castillo pero me echaron como un perro, ahora soy un vagabundo señor...hasta que usted me rescató.

─¿que sábes de la hermandad de las montañas?...

─malditos, malditos sean ─dijo Barbeta golpeando el poste. ─robaron nuestros animales, quemaron nuestras granjas, todo por no querer unirnos a ellos, malditos!

─hay muchos cuentos de que nadie puede vencerlos, cuéntame todo, dime la verdad Barbeta ─insistió el mayor ofreciéndole más agua.

─el reino los detesta, el castillo no los apoya ya que han hecho más daño que bien, sólo los hicieron enojar a ustedes pero siempre atacan como bandoleros que son...malditos...─tomó aire, bebió otro trago y continuó ─se llevaron mi cerda señor, era todo lo que tenía, se la llevaron para hacer un banquete, viven como animales durmiendo al aire libre, nunca hacen campamento, por eso nadie puede encontrarlos.

─que es todo ese tumulto ahí abajo ─preguntó mirándolo fijamente.

─no quiero mentirle general, no lo sé, vinieron desde el río, yo corrí, eran muchos y si me encontraban me obligarían a pelear contra usted señor.

─tropas del palacio?

─vi muchos con lanzas, y antorchas, muchos con fuego, y detrás brillaba algo, creo que era metal...si, corazas, señor, vi muchas corazas pero tuve miedo...perdón, yo corrí señor, sólo corrí...

Marion lo observaba callado, notaba sus lágrimas, la voz quebrada, le pareció demasiado elaborado para ser un espía. Además nadie sabía que eran ellos quienes venían, ningún montañés podía distinguir sus estandartes, quizás las tropas del castillo.

El mayor lo tomó firmemente de la barbilla y lo hizo mirarlo de frente.

─¿sábes lo que pasará si mientes verdad?

Barbeta asintió con insistencia y no dejaba de mirarlo con miedo.

─sólo déjeme quedarme aquí señor...le serviré, vaciaré su letrina, lo que usted me pida pero déjeme quedarme ─rogó juntando sus manos en señal de súplica.

Marion lo miró con repulsión pero no contestó y apartó la vista. La duda es de donde había conseguido pelotas el príncipe para salir a enfrentarlos. ¿Había conseguido refuerzos del sur? Ese hombre no tenía pasta de héroe, era sólo una alimaña de palacio.  Lo peor es que ahora no sabía si tendría el apoyo de Barcas para avanzar. Las tropas estaban inquietas, tenían que ponerse en movimiento pronto o sería el caos. Barcas lo esperaba, el gesto seguía siendo desafiante. era hora de trazar un plan y de retazearle información.

─Vamos a iniciar el avance capitán, no dejaremos que...

─¿pretende engañarme capitán mayor?...¿creyó que no interrogaría a ese hombre antes que usted?

─no se que le habrá dicho él a sus hombres, que sólo se dedicaron a golpearlo

─no está prohibido tener conversación con los locales, además estaba ansioso por hablar ─dijo con un sonrisa de dientes ennegrecidoss Barcas.

─le ordeno que marche conmigo capitán ─empezó a decir Marion pero luego bajó el tono...─necesito que salgamos de aquí, ya sabemos que no habrá ataques desde la montaña, la resistencia se ha dispersado. No tendremos ventaja si no bajamos a terreno plano...

─yo no tendré ventaja luchando allí abajo sin poder fortificarme capitán mayor, aquí puedo hacerme fuerte y esperar las armas de asedio, los arqueros y mis escuderos.

─pues bajaré sin las tortugas si es necesario, y créame capitán que esto llegará a oídos del general.

─pues vete a morir allí si eso ansías zorro, pero no me moveré a ciegas sólo porque has sido inservible para esta tarea. No has dado la talla...permiso...mi capitán mayor ─le escupió con desprecio Barcas y se retiró.

Marion tuvo el impulso de sacar su espada, pero eso sería el final de todo, así que se contuvo. Ahora debía iniciar una marcha forzada sin la pesada protección del Paño Morado. Sólo lo motivaba la idea de vencer en soledad y arrojar la tortuga de hierro a la mayor de las verguenzas. De ese pensamiento se aferró, no tenía mucho mas, sabía que era un error pero su honor había sido puesto en cuestión y pretendía defenderlo, aunque eso fuera su ruina...