jueves, 11 de abril de 2019
Cartas nuevas, baraja gastada
Hiperion odiaba tener que atravesar los húmedos pasadizos en el interior de la montaña para llegar hasta el infame balcón de piedra donde Davan se refugiaba. Nunca había compartido la idea de que el anciano misterioso se mantuviera aislado del resto, pero era un pacto antiguo con la hermandad. Con los antiguos líderes, y no tenía potestad para romperlo.
Había pospuesto la charla lo más posible pero llegaba el momento de tenerla. Era el único escollo en su plan. Y el único con suficiente poder para frustrarlo.
Davan ya tenía bastante información del asunto pero mantuvo las apariencias apenas vio aparecer a coraza roja. Cambiar el balance de poder en el reino echaba sombras sobre sus propios planes. Ahora mismo sabía que esperar de cada uno de los que tomaban decisiones. Sería un error perder esa certeza. Lurzt era adversa pero inofensiva. Muy temerosa como para llamar la atención del general Turbarión. El imperio no temía por su retaguardia. ¿Por qué llamar a las fuerzas del este al valle?
─¿Debo sorprenderme de tu visita?
─Para nada mago, ya sabes que nos debemos esta charla. Pero podrías haberte acercado al campamento.
─Demasiados oídos mercenario. Aquí tendremos algo de privacidad.
Hiperión miró en dirección a Barbeta que aplastaba hierbajos en un mortero de piedra pero supuso que esa sería toda la privacidad que se podía encontrar allí.
El mercenario sacó un paño de seda con un emblema bordado de su chaqueta de cuero endurecido. Era un escudo. De una casa muy famosa y antigua. Desenvolvió lo que resultó ser una daga ornamentada. Davan se puso a examinarla con detenimiento. Empuñadura con incrustaciones de piedras preciosas y la hoja grabada con runas negras que contrastaban con el acero bruñido.
─¿Hace cuanto que la tienes?
─Lo suficiente como para saber que llegó el momento de usarla.
─¿Sábes lo que dice aquí?
─Mi antiguo meridio está un poco oxidado pero entiendo lo suficiente,
─¿Que te hace pensar que es verdadera?
─He saqueado ciudades sureñas y conozco sus emblemas. Quién hubiera querido falsificar la daga hubiera optado por su escudo de armas más conocido. El dragón sobre la montaña, pero si conoces la historia de los Oren sabes que al principio era un escudo cruzado por un hacha. La marca de los defensores se perdió cuando empezó a correr esa profecía de que el dragón vivía en la montaña y velaba por el valle. Y pocos conocen el lema original...
─Debería contratarte como escriba Hiperión ─dijo con un dejo irónico Davan mientras giraba la daga entre sus dedos.
─Todos repiten sin saber "el nacido del dragón viene" Davan ─continuó explicando el mercenario sin prestar atención a las burlas. ─Lo han traducido mal o lo han cambiado por conveniencia, tú sabes que originalmente decía "el que ha vencido al dragón viene" ya que esperaban que Vikan descienda del fuerte para expulsar a los corruptos del trono
─Supongamos que tienes a un heredero de la casa Oren Hiperión. Y que tu gran plan es sentarlo en el trono de Lurzt... ¿Y luego que? ─preguntó mirándolo fijamente...¿que piensas que hará Turbarión cuando peligre su retaguardia, cuando el valle se vuelva una amenaza? ¿crees que seguirá jugando a la guerra con nosotros, que seguirá usando voyanas y mercenarios para mantenernos ocupados?
Porque la imagen más real será la de muchas más compañias bajando por el camino alto dispuestas a convertir todo esto en un yermo.
─¿Yo soy el ingenuo? estoy tratando que una de las ciudades con más ejército de todo el sur se proponga defender el valle. Estoy hablando de sostener una línea de frontera ya que el terreno nos favorece. Hacer al enemigo dudar y que deba negociar con nosotros en igualdad. Pero tú dices que confiemos en el enemigo. Que no estamos en sus planes cuando ya han muerto tantos de nosotros que no sabemos si estaremos aquí el próximo invierno.
¿Seguir a merced de los caprichos de un tirano que espera que sus hermanos mueran en el oeste para tomar el poder?
─Cuarenta y cuatro Hiperión. cuarenta y cuatro.
─¿Que significa eso?
─El número de compañías destacadas del otro lado del Espinazo. Al final del camino alto.
─Muchas están en el norte Davan, nadie tiene el número exacto. Además de que en la retaguardia no todas son campañías guerreras. Hay rastreadores, porteadores. Hasta los que cocinan tienen la suya.
─Cierto. Nadie lo tiene. Y puede que no todas sean tan diestras como los zorros negros o los tortuga pero ponte un momento en su lugar. Tiene la fuerza del número. ¿Por qué desperdiciar esa ventaja?
─¿Si tuviera en mente invadir el sur Davan...como piensas detenerlo?
─No detienes a un enemigo así Hiperión. Lo infiltras, los carcomes, lo disminuyes día a día...conviertes su tamaño en su debilidad.
─¿Eso no es acaso lo que hemos estado haciendo hasta ahora, mientras morimos aquí?
Las últimas palabras hicieron eco en la montaña. Ambos habían alzado la voz. Barbeta se levantó. Pacientemente dejó el mortero a un lado mientras hacia ese gesto tan característico en él de cansancio y tomó la palabra.
─Señores míos, ambas estrategias son maravillosas...pero incompletas. Uno busca engordar la resistencia, el número, mientras el otro pretende seguir sin llamar la atención. Perseguir a los que entren al valle pero no mucho más. De alguna manera ambas han funcionado juntas hasta ahora. Hemos reclutado y hemos mantenido en tinieblas al enemigo. Hemos estado ensayando en base a lo que creemos que el enemigo hará. La guerra sigue en el oeste y si empeora para ellos Turbarión deberá responder y movilizar el grueso en apoyo. La respuesta no está en Lurzt, aunque un cambio de mando podría quitar presión sobre toda la región. Estar a merced de un millar de compañías tampoco se ve demasiado apetecible. Debemos intentar acercarnos a ese poder que se cierne sobre todos y viene del portal.
─¿Estás borracho Barbeta? ¿quieres reclutar dragones?
─No solo son bestias sin mente las que cruzan. Imagina que son distintas razas escapando de un gran peligro. Si un incendio se desatara en el valle ahora mismo verías animales correr, antes de divisar nuestras carretas por el camino. Todo lo demás es válido, asaltar el trono mientras mantenemos en secreto nuestra fuerza. Pero la diferencia estará en conseguir un aliado que verdaderamente pese en la balanza.
Por un instante Davan contempló a Barbeta como algo más que un ayudante. A veces olvidaba que era uno de los más importantes sabios del portal. Desterrado del mismo templo del ocaso por tener demasiada cercanía con las criaturas que habían cruzado a los llanos. Por algo había arriesgado la vida para sacarlo de una oscura mazmorra meridia.
─¿Que has descubierto en la biblioteca del templo Barbeta?...¿y por qué te has guardado todo esto? ─preguntó Davan sintiéndose traicionado.
─Porque no estaba seguro de que fuera realmente posible. Sólo puedo decir que es una idea que he llevado por años en mi cabeza pero...finalmente dí con ellos. Hay ciertos escritos que han permanecido ocultos. Pergaminos antiguos que hablan de un pacto. Y nombran a uno que venció al dragón.
─¿Vikan Oren? ─preguntó Hiperión. Barbeta asintió.
─Estos escritos estaban disimulados entre miles de pergaminos sin traducir, las llamaron "crónicas del alba" y hablan del hombre que pudo vencer a una poderosa bestia para luego sentarse de igual a igual con sus amos y negociar un pacto. Este pacto permitía cruzar a ciertas bestias pero no a toda la manada. Sería un proceso lento que aseguraría la supervivencia de ellos y de nosotros. Equilibrio era la clave del pacto. Equilibrio que el este rompió al invadir los llanos meridios. Cuando el portal peligró los magos oscuros decidieron quitar toda barrera mágica y ya sabemos que pasó. Nadie sabía lo que vendría del otro lado.
─¿Quienes son esos amos? ¿dónde podemos encontrarlos?...ya hemos vencido a suficientes bestias como para que nos presten atención. ─Reclamó Hiperión con intensidad.
─No es tan fácil. Esas criaturas aún permanecen del otro lado. Y allí no somos bienvenidos. Además sólo hemos vencido a una criatura realmente poderosa. No son los dragones ni nada parecido. Hay algo en los pergaminos que pude traducir como el poder incontestable. solo nos hemos topado con una criatura de ese tipo. Yo participé de esa misión, y me traje su cabeza. Con ella podremos sentarnos a negociar me parece.
─¿Hablas de la gorgona? ¿acaso no matamos muchas como ella?
─Esa era especial. Podía encantar a hombres y bestias por igual. La encontramos antes de que se vuelva demasiado poderosa. Pero hay muchos otros seres con igual o mayor poder que todavía no han cruzado. Esperan que las bestias sin mente les allanen el camino. Luego vendrán. Esa será la noche que se come el mundo. La profecía de la magia oscura.
Por un momento Hiperión y Davan sintieron que sus planes eran vanos. Demasiados frentes de guerra atentaban contra sus planes. Quizás Turbarión no era la principal amenaza que se cernía sobre ellos, aunque si era la más real y palpable. El anciano misterioso tomó la palabra finalmente.
─Has lo que tengas que hacer en Lurzt. Yo no interferiré. Debemos unir fuerzas si pensamos inclinar la balanza. Todavía no estoy seguro de que podamos negociar con las criaturas del abismo. Nunca fueron muy confiables.
─Yo tampoco quiero tratos con ellos Davan. Pero en un futuro quizás sean lo único que nos quede. Dile a tu ayudante que siga investigando.
Se despidieron fríamente. Cada uno tenía sus propios planes y las revelaciones de Barbeta sólo habían traído cartas nuevas a una baraja gastada. Cada uno seguiría con la mano que le había tocado jugando su propio juego. Ninguno se caracterizaba por trazar alianzas duraderas pero estaban allí. Atrapados entre las alturas y el valle buscando ganar la partida, tratando de aparentar que la fortuna les había sonreído. Y los dos sabían que estaban mintiendo.
viernes, 22 de marzo de 2019
El buen humor de los dioses
Parabel había pensado en todos los detalles. Las compañías grandes de teatro y variedades eran demasiado conocidas, además de que estaban bien defendidas por mercenarios, pero una que estuviera haciendo sus primeros pasos podía ser fácilmente reemplazada por ellos. Conocía a todos los taberneros de la región así que dejó su promesa de oro para quién tuviera información de los artistas que estuvieran viajando y se cruzaran con ellos. No tuvo que esperar mucho para empezaran a llegarle mensajes. Era querido por todos y además solicitado para cantar alguna vez en lugares donde la alegría no reinaba. El juglar solía intentar cumplir los pedidos en agotadoras jornadas, presentándose en distantes lugares. Pero era algo que la hermandad siempre había permitido. El verdadero motivo era recabar información sobre las intrigas del reino y los movimientos de bandas armadas. Hasta las acciones de los hijos del mar llegaban a él. Los saqueos de piratas en las ciudades costeras eran comunes en el sur. Quequir era testimonio de ello.
Esa mañana Parabel llegó después de haber pasado la noche recorriendo tabernas. Estaba visiblemente demacrado cuando Vallekano lo recibió. También traía una incipiente borrachera que hizo temer a sus hermanos que hubiera olvidado el motivo de su misión.
─Vallekano...mi hermano preferido...¿como está tu rebaño?
─Se lo comió un dragón, juglar...pero gracias por preguntar
─¿Y cuando pasó eso? vayamos tras él y hagámoslo sangrar un poco
─Tranquilo, que ya lo he matado yo.
─Buen trabajo Vallekano, buen trabajo...
Lo ayudó a sentarse, sacó un poco de tallo amargo y se lo puso en la boca para que lo mastique.
El juglar arrugó la cara y pretendió escupirlo pero Vallekano le aconsejó que lo saboreara un rato ya que tendría que presentarse con Hiperión.
─Es mejor que te aclares antes de dar tu parte juglar, hazme caso.
Después de una noche fría, el arquero había tenido que beber un poco para soportar la guardia y mascaba eso para despejar su cabeza. Era un viejo truco de los pastores de montaña, obligados a pasar el frío bebiendo pero necesitados de todos sus sentidos para no terminar rodando montaña abajo.
Sharra que entrenaba temprano para no tener que compartir demasiado con los demás se acercó al puesto y contempló al espía en su momento menos favorable.
─Veo que ha sido una dura noche cantor. Envidio la pasión que le pones a tus misiones. ─dijo y se alejó riendo.
Pronto fue el mismo coraza roja el que se acercó al puesto. Seguramente informado por alguno de los que había visto llegar al juglar. Sabía que a veces debía beber pero no era frecuente que llegara a emborracharse. Algo más debía haber pasado para que tuviera que caer en ello. Bastó con una mirada a Vallekano para que este los dejara solos.
─¿Que ha pasado Parabel? ¿por qué llegas en este estado?
─Hola mercenario ─dijo haciendo una reverencia. ─resulta que me he cruzado con una banda de piratas que escolta una compañía de espectáculos sureña. Andaban en busca de un guía que sepa de estas tierras como ninguno y beba como marino...¿y quién mejor que yo para esas lides?
─Lo más seguro es que te hayan subestimado juglar y piensen matarte luego de llegar a Lurzt
─Seguramente. Hasta allí no eran más que unos simples bravucones tratando de sacar provecho. Pero cuando empezaron a hablar de la tumba de Vikan Oren me dio curiosidad...
Hiperión se sentó junto al juglar que lucía bastante mejorado. Sabía que el juglar bebería solo cuando tuviera información valiosa. Esa que obliga a estar cerca del alcohol, cuando las lenguas empiezan a aflojarse.
─¿Y para que quieren encontrar la fortaleza abandonada? ─dijo Hiperión, consciente de que allí habían decidido enterrar al mítico capitán.
Parabel se encogió de hombros. Aquel lugar se había vuelto un cementerio. Ya nadie vivía en la ciudadela. Era última morada de los guerreros más renombrados del sur. Que te entierren allí era un honor reservado a los verdaderos defensores del reino. Hacía mucho que ninguno terminaba allí. Hubiera sido el destino lógico del capitán cavernario pero nunca encontraron su cuerpo. Sin embargo era un lugar que al producir veneración se volvía un escondite ideal. Se podía controlar una vasta porción de los llanos meridios y tener acceso privilegiado al valle del dragón. Lo que quedaba oculto era el camino alto que no existía como tal cuando la ciudadela se fundó. En ese tiempo era solo un sendero de cabras, estrecho y sinuoso.
─No encuentro más motivo que el de vigilarnos a nosotros juglar. Tenemos que atacar a esa compañía antes de que llegue a Lurzt, no podemos darle la ciudadela en bandeja...
─Esa es la cuestión Hiperión. No hay artistas allí. Son mercenarios actuando mal simplemente. Supongo que debemos trabajar para vernos mejor que ellos si queremos engañar a alguien . Sólo es un grupo interesado en viajar sin levantar sospechas. Creo que no irán a las fiestas, al menos no a presentarse. He visto un laúd con tres cuerdas Hiperión...¡con tres cuerdas! ¿me entiendes? Y si no estuviéramos pensando en hacer lo mismo no nos hubiéramos cruzado con ellos...
Hiperión asintió sin saber muy bien cuál era el problema de que le faltaran cuerdas a un instrumento pero entendió que para un músico era escandaloso.
─A veces los dioses están de buen humor juglar. Aprovechemos eso. Duerme un poco. Por la tarde tenemos que planear muy bien todo esto. Recuerda que en un par de días debes ir a Lurzt a hacer tu presentación.
─Lo se, lo se, después no habrá manera de detener esto. Es tiempo de hacerlo...
lunes, 4 de marzo de 2019
Entre lunas
Sucedía todos los años. Grandes festividades se organizaban en aquel páramo olvidado de frontera. Entre la luna de la cosecha y la del cazador, el castillo de Lurtz habría sus pesados portones y en la gran plaza de los mártires todo se volvía fiesta.
La plebe se arremolinaba bulliciosa mientras artistas de toda calaña presentaban sus números en el gran escenario que preparaba el señor para que el pueblo se deleitara. Era costumbre que el príncipe diera su pomposo discurso la mañana después de la primer luna festiva, la de la cosecha. Esa que marcaba el tiempo de la siega y la que definiría cuan duro sería el próximo invierno. Luego del discurso, el noble volvería temeroso a la seguridad de palacio. No era popular ni amado por los suyos. Nunca se había destacado por ser un gobernante justo o un buen administrador, tampoco era diestro para la guerra. Parecía que su único talento consistía en poseer y disfrutar las comodidades de un título y ser protegido por su implacable madre. Sólo un improbable heredero, perteneciente a la familia que supo ostentar el principado de Lurzt cuando esta se fundó. Llegado al trono por la buena fortuna de sobrevivir a la plaga, sin más mérito que ser aislado oportunamente por su madre en la seguridad de una torre. Allí lo educó como pudo y lo mantuvo vivo, suicidándose el mismo día en que descubrió que también había enfermado, luego de que encontró en su cuerpo manchas violáceas, signo común de la enfermedad. Antes de ello reunió a todos los sirvientes que trabajaban para ella en la torre, y les ofreció un banquete. Sabía que su hijo no estaba seguro si las fiebres habían llegado hasta ella por lo que tomó medidas para remover a la servidumbre. Todos perecieron entre grandes estertores al ser envenenados. Ella también comió aquel día, sellando así su destino.
Seremanor, tío del pequeño continuó con la crianza y vio en la débil figura y carácter del heredero, el modo de controlar el reino. Siguió alimentando los temores e inseguridades de su sobrino sabiendo que las decisiones importantes pasarían siempre por su sello, pero una enfermedad se lo llevó apenas unos años después de que su hermana se quitara la vida. Un adolescente asustadizo y temeroso fue coronado ciento cuarenta y ocho años después del arribo. Así los infames Astrim, recuperaron el trono, después de que las grandes fiebres diezmaran el sur y rompieran la línea sucesoria. Luego de que la muerte visitara a todos sin perdonar ni a campesino ni a noble. La fría dama se llevó ese otoño a la mitad de los pobladores, en su mayoría campesinos y a casi la totalidad de la casa Oren. Los descendientes directos del mítico Vikan Oren, comandante de la guardia, conocido como el "guardián del sur". El mismo que sostuvo aquel viejo fuerte en la frontera, y defendió el reino hasta el último instante de su vida. Como también defendió el sur cuando los Astrim intentaron pactar con los reinos del este que ya mostraban apetitos imperiales.
Austeros y aguerridos, los Oren sostuvieron su linaje con tanto ahínco como aquel ancestro resistió a la traición, a los bárbaros y al crudo invierno. Pero nada puede resistirse a la muerte. Ni a quienes se sirven de ella. Aunque muchas lenguas dijeron de que no fueron las fiebres la causa de la muerte prematura de la familia real, ningún testigo llegó a afirmarlo ante la corte. Seremanor se aseguró de ello. Y cuando el último cadáver fue puesto bajo tierra, bajo ella fue a dar también el legado de los Oren. No hubo más rastro de la enfermedad, pero la felicidad no era completa en las calles de Lurzt ya que se seguiría hablando de la peste y afirmando que la plaga nunca se había ido del todo sino que ahora estaba sentada en el trono.
Parnasio de la casa Astrim, subió al trono un otoño en el que todos lloraban a los Oren. No hubo festejos y el jóven príncipe saludó apenas, sacando una mano por la ventana de la torre, lugar que casi nunca abandonaba. La peste todavía asolaba y los campos sembrados se quedaron sin manos que lo sieguen precipitando el caos y la hambruna entre los sobrevivientes. El frío se llevó a los que todavía estaban sanos pero famélicos por la falta de grano. Todos miraron a la torre del príncipe implorando por su auxilio ese terrible invierno pero este, con las provisiones suficientes, solo miró como Lurzt sucumbía.
Los años no hicieron efecto en un hombre que tenía más aprecio por las cortesanas y el vino que por las obligaciones del trono. Daría de mala gana su discurso como cada luna de la cosecha. Una de las pocas obligaciones que cumplía, obligado a demostrar que seguía vivo, para luego refugiarse nuevamente en su infame torre. La que todos llamaban "del cobarde". Se sentaba allí a disfrutar del otro espectáculo. Uno de carácter privado. Nobles y cortesanos asistían junto a él, lejos del bullicio exterior. Bailarinas y músicos. Bufones y trovadores. Allí se presentaba la selección que hacían sus mayordomos. Y Cuando la luna del cazador marcaba el fin de ese mes de excesos, el mejor espectáculo que se hubiera presentado en la plaza de los mártires se ganaba el derecho de presentarse en la torre del príncipe a manera de premio. Todos pugnaban por presentarse allí ya que se aseguraban una invitación para el próximo año. El príncipe solía ser generoso durante ese mes y el oro que recibían bastaba para sobrevivir el resto del año.
Ese año los mayordomos recibieron a los postulantes en la plaza unos días antes de que comenzaran las festividades. Eran metódicos y perseverantes. No toleraban actos que no fueran suficientemente atractivos pensando en una posible presentación ante el mismo príncipe.
Era temprano la primer mañana en que se colocaron mesones en orden. La cabecera estaba precedida por Amadir, jefe de mayordomos y quién tenía la confianza del príncipe para estas lides.
Bastaba un traspié o un desliz para quedar fuera de la selección. Llegar a presentarse suponía ya un triunfo. Muchos artistas amanecían golpeados o muertos para frustrar un número, por lo que cada compañía teatral tenía su propia escolta armada. La guardia de palacio solía vigilar celosamente estas audiciones ya que no podían prohibir las armas. No hacía falta mucho para que desenvainen y dieran cuenta de un postulante que no les agradaba. Era parte de las presentaciones tener actores de reemplazo por si algún artista pasado de copas o demasiado pasional terminaba muerto en la plaza. Todo era bestial y cotidiano en esos días. La amenaza estaba en el aire. Así era la vida en la frontera. Expuestos a todo tipo de peligros. Una invasión, una peste, o simplemente un crudo invierno invitaba al exceso. Nadie sabía si sobreviviría la estación fría.
Era el primer día de audiciones aunque no fuera más que presentaciones sencillas. Era frecuente que las grandes compañías llegaran una semana después. Casi nadie se acordaba de los que se presentaban demasiado temprano. Pero para esa primera presentación debían darlo todo. Los candidatos que pasaran la prueba se llevarían el ansiado listón púrpura que deberían defender en el escenario. El listón dorado los haría dignos de llegar ante la presencia del príncipe, pero entre ambos había mucho camino que recorrer, y peligros que sortear.
Los portones chirriaron por el esfuerzo. Habían permanecido cerrado por meses. La guardia salió con las espadas desenvainadas y tomaron posicion mientras arqueros llenaban las almenas y los lanceros formaban un muro de lanzas en la puerta. La gente permanecía a prudente distancia conciente de que ponerse al alcance de los aceros ansiosos podían ser peligroso. Solo cuando el capitán entendió que la situación estaba controlada, la guardia hizo un pasillo y la gente comenzó a ingresar al castillo.
Había numerosos postulantes para las presentaciones, mezclados con mendigos y aldeanos deseosos de vender sus magras cosechas. Todos se habían dado cita allí. A las puertas del castillo.
Amadir, el jefe de los mayordomos estaba allí con su bastón vigilando a los postulantes. Sus criados entrevistaban a todos mientras la mañana transcurría.
─¿Nombre? ─preguntaron a uno que tenía una túnica harapienta con la capucha calada. Adivinaron que era artista por el laúd que colgaba de su hombro. Por lo demás estaba apenas calzado y bastante sucio.
─Oregaen, el bardo. Mi compañía viene hacia aquí. Me tomé el atrevimiento de venir a conocer vuestro hermoso castillo y darles apenas una muestra de nuestro arte.
─Esperemos que tu muestra sea suficiente como para valer nuestro tiempo mendigo. Rápido que no tenemos toda la mañana.
Parabel sonrió mientras descolgaba su laúd, comenzando a afinar. Era tiempo de hacer lo que verdaderamente le gustaba. Apenas terminó lanzó las primeras tres notas al aire. Volvió a repetirlas mientras el patio del castillo se iba quedando en silencio. Era una canción sencilla pero potente por todos conocida que hablaba de un caudillo que tendría la sangre del dragón. Aquella era una tierra conocida por los portales que los traían a este mundo y quien domaba dragones podía vencer a un ejército. Era una canción amada por la plebe. Harta de los atropellos de los nobles y soldados. Era casi un acto de desafío pero el juglar confiaba en llamar la atención de los presentes aunque quizás le costara pasar el resto del día en una celda. El mayordomo que lo entrevistaba pareció no reconocerla al principio ya que mantuvo la pluma en el pergamino un rato hasta que vio la gente acercándose a ellos y empezando a vivar al juglar.
─Amigos míos, en honor a esta mágica tierra de bestias errantes y corazones guerreros entonaré algo que espero les plazca...
En vano el mayordomo intentó detenerlo. Cuando empezó a cantar caminó entre la multitud que cerró filas tras de él y no dejaban a nadie acercarse. Eran demasiados y la guardia al ver el tumulto empezó a formarse oliendo problemas.
«Nuestro héroe, nuestro héroe, clama el corazón de un guerrero...»
«Te lo dije, te lo dije, el Sangre de dragón ya viene...»
«Con una voz que empuña el poder del antiguo arte del norte...»
«Cree, Cree, el Sangre de Dragón ya viene...»
«Es el fin para el mal, de todos los enemigos de aquí...»
«Ten cuidado, ten cuidado, el Sangre de dragón ya viene...»
«Porque la oscuridad ha acabado, y la leyenda aún crece...»
«Lo sabrás, Lo sabrás, el Sangre de dragón ya viene...»
Aquí el juglar ejecutó un puente melodioso que todos aplaudían esperando por la parte final que todos entonaron desafiantes.
«Sangre de Dragón, Sangre de Dragón, juramento en su honor
para que el mal de nosotros, se aleje
Al oír el grito, todos tiemblan de pavor
Sangre de Dragón, Sangre de Dragón, tu bendición nos protege...»
Los vítores se alzaron mientras todos cerraban el puño. La guardia desenvainó pretendiendo buscar al músico que permanecía rodeado por docenas de aldeanos enardecidos. Aquello podía ponerse sangriento con facilidad. Uno de los capitanes de la guardia apuntó a Parabel con su espada lanzando una advertencia
─Ven por tu voluntad. Ellos no tiene que pagar por tus actos
El juglar asintió e intentó calmar los ánimos.
─Amigos, ha sido un placer alegrarles la mañana. Parece que el éxito de mi acto me ha valido una invitación a las estancias del calabozo. Ya saben donde podrán hallarme para futuras presentaciones.
Algunos rieron y le hicieron espacio para que se acercara a unos guardias agradecidos de no comenzar las fiestas con una matanza. Claro que esto no suponía un buen trato para el juglar. La golpiza empezó en el mismo patio y se extendió hasta que lo lanzaron a las mazmorras. Parabel podía jurar que vio a Kurz entre los que lo golpearon. Se admiró de que desempeñara con tanta eficacia su papel.
Fué José el que se acercó a ver como estaba mientras se sacaba el yelmo. Dio órden de que la escolta se retirara mientras entraba a la celda. Le dio un poco de agua al malogrado cantor esperando hasta que se cerró la puerta del pasillo para hablar.
─Ya está todo preparado juglar. Tengo los hombres dispuestos, organizados en la guardia matutina. Ya me han confirmado que él viene en camino. Llegará en unos días. Cuando hayamos asegurado el lugar daremos nuestra conformidad. ¿Estarás bien?
─Eso creo capitán. Un poco magullado pero listo. Recuerda que los demás estarán aquí pronto. Nos identificaremos con..."la sangre del dragón viene" y quién no responda "creo" será enemigo.
José asintió y volvió a ponerse el yelmo mientras salía. Aún quedaba mucho por hacer hasta ese momento. El juglar se estiró sobre la paja hedionda del suelo y suspiró. El maldito de Kurz le había dado en las costillas donde tenía una vieja herida, supuso que era su manera de decirle hola en esa situación. Debía reponerse un poco de los golpes así que se quedó quieto mientras meditaba los siguientes pasos. El plan ya estaba en marcha, era hora de cambiar el rumbo de Lurzt y ese había sido el primer acto.
Los vítores se alzaron mientras todos cerraban el puño. La guardia desenvainó pretendiendo buscar al músico que permanecía rodeado por docenas de aldeanos enardecidos. Aquello podía ponerse sangriento con facilidad. Uno de los capitanes de la guardia apuntó a Parabel con su espada lanzando una advertencia
─Ven por tu voluntad. Ellos no tiene que pagar por tus actos
El juglar asintió e intentó calmar los ánimos.
─Amigos, ha sido un placer alegrarles la mañana. Parece que el éxito de mi acto me ha valido una invitación a las estancias del calabozo. Ya saben donde podrán hallarme para futuras presentaciones.
Algunos rieron y le hicieron espacio para que se acercara a unos guardias agradecidos de no comenzar las fiestas con una matanza. Claro que esto no suponía un buen trato para el juglar. La golpiza empezó en el mismo patio y se extendió hasta que lo lanzaron a las mazmorras. Parabel podía jurar que vio a Kurz entre los que lo golpearon. Se admiró de que desempeñara con tanta eficacia su papel.
Fué José el que se acercó a ver como estaba mientras se sacaba el yelmo. Dio órden de que la escolta se retirara mientras entraba a la celda. Le dio un poco de agua al malogrado cantor esperando hasta que se cerró la puerta del pasillo para hablar.
─Ya está todo preparado juglar. Tengo los hombres dispuestos, organizados en la guardia matutina. Ya me han confirmado que él viene en camino. Llegará en unos días. Cuando hayamos asegurado el lugar daremos nuestra conformidad. ¿Estarás bien?
─Eso creo capitán. Un poco magullado pero listo. Recuerda que los demás estarán aquí pronto. Nos identificaremos con..."la sangre del dragón viene" y quién no responda "creo" será enemigo.
José asintió y volvió a ponerse el yelmo mientras salía. Aún quedaba mucho por hacer hasta ese momento. El juglar se estiró sobre la paja hedionda del suelo y suspiró. El maldito de Kurz le había dado en las costillas donde tenía una vieja herida, supuso que era su manera de decirle hola en esa situación. Debía reponerse un poco de los golpes así que se quedó quieto mientras meditaba los siguientes pasos. El plan ya estaba en marcha, era hora de cambiar el rumbo de Lurzt y ese había sido el primer acto.
sábado, 9 de febrero de 2019
La maldición del concilio
Agus fue llevado ante el concilio apenas pasado el mediodía. Se ataron las manos con una modesta cuerda gracias al arreglo que hizo el sacerdote Amilad para evitar los grilletes. Putrid caminó junto a él todo el trayecto sin mucho más que hacer que observarlo. No estaba encadenado así que nada lo retenía si deseaba escapar. Pero por alguna razón estaba interesado en conocer el concilio. Sin embargo el sacerdote no era ingenuo y un escuadrón de arqueros vigilaba desde las alturas sin mostrarse demasiado. Sabía que era un rehén ideal para ser tomado por el guerrero. Su rango, su edad. Todo conspiraba contra él.
Todo era ceremonioso en la puerta de los dioses. Así que uno por uno, visitaron en su marcha los portales de cada templo, donde una comitiva se unía al séquito para continuar la travesía.
Putrid conoció apenas los templos cuando llegó. Pero ahora que pudo contemplarlos con detenimiento, la ciudad le pareció más inquietante aún. El templo del ojo no era más que un portal de piedra oscuro lleno de cuervos con un altar piramidal en el fondo, decían los acólitos que no podían tener un techo sobre sus cabezas porque el ojo del cielo debía contemplarlos día y noche. Lo cierto es que las cámaras sacerdotales estaban bajo suelo donde hacían sus rituales. Los olores nauseabundos no presagiaban nada bueno.
La situación no mejoraba cuando se acercaban al templo del herrero. La Madre Forja estaba tallada en el umbral. Una diosa de ojos desquiciados y largos cabellos que hacían de marco. La boca estaba representada por la abertura del portal dándole un toque siniestro a la fachada. Allí había agitación y expectativa. Todo renacido. Aquel al que los dioses no tomaban era sujeto de interpretaciones de acuerdo a sus ambiguas profecías. Decían que el herrero se encarnaba cada cierta cantidad de generaciones y venía del mar para liderar el culto. El hecho de haber matado a dos sacerdotes del fuego lo hacía más verosímil aunque Putrid había estado en esa playa. Sabía que se acercara quien se acercara el guerrero estaba fuera de sí cuando despertó y no perdonaría a ninguno.
Cuando llegaron al templo de fuego no hallaron a nadie en sus puertas. Esto molestó al resto de la comitiva y el sacerdote le hizo una seña a Putrid para que entrara a averiguar. Esto lo puso en aprietos ya que si en ese momento se escapaba su prisionero sería culpa suya por completo. Terminó accediendo ya que los sacerdotes de la forja amenazaban con abandonar la travesía. Se sentían indignos esperando por sus eternos rivales. Putrid se aventuró a la nave central y se encontró con una larga escalinata. allí divisó en lo alto a uno de los sacerdotes del fuego. No estaba vestido de rojo como era lo usual sino de un perfecto blanco. Dudó por un momento pero se quitó el casco y se acercó. Vio que este hombre le hizo un gesto saludándolo.
─No temas, se por qué estás aquí...danos un momento y partiremos. Todavía estamos preparando el funeral de nuestros hermanos ─dijo con una amabilidad que no mostraba una pizca de emoción.
Se quedó parado allí un rato mientras Putrid lo observaba. La túnica blanca era hermosa, trabajada con hilos de bronce al parecer.
─Seguro te preguntas por qué visto de blanco, mi estimado ─dijo y el joven guardia asintió con la cabeza. ─verás...dos vidas se han extinguido, y la llama de sus almas ha partido hacia el origen de ese fuego, la llama eterna, donde se sumarán a él. Y cuando una llama se extingue en este mundo solo quedan cenizas. Si has quemado algo pequeño como un trozo de tela o de papiro sabrás que la primer ceniza es blanca, como si la nieve se hubiera hecho polvo. Pero es sólo porque aún guarda un resto de calor. Es lo que ha pasado aquí...somos pequeños trozos de vida que arderemos en algún momento. Seremos cenizas blancas y el viento nos llevará al olvido pero nuestro calor permanecerá en otra parte.
A Putrid se le ocurrieron muchos ejemplos de cosas que arden despidiendo ollín y cuyos restos son negros como un cuervo pero le pareció que la explicación del anciano sonaba más bella. Sabía muy bien por la guerra en su patria que el viento no nos lleva a ningún lado estando muertos sino que vendrá alguna fiera o esos malditos gusanos de la carne. Hasta los cuervos que vio antes se alegrarían si dejarán a esos sacerdotes un rato a la intemperie.
Un sacerdote más ornamentado apareció por detrás del anciano amable. Y no tenía un gesto tan afable, ni siquiera lo miró y se dirigió al primer anciano todo el tiempo.
─Parto hermano, a mi regreso oficiaremos la ceremonia.
El anciano amable asintió con la cabeza y le hizo una reverencia mientras con una rápida mirada se despidió de Putrid y se perdió dentro de la sala contigua.
El que parecía ser digno de reverencias se dirigió hacia la puerta, otros dos se sumaron a él mientras cuatro lanceros velaban por la escalinata sin mostrar gesto alguno.
La procesión volvió a ponerse en marcha. Ya los principales de cada culto estaban presentes y serían los encargados de oficiar el concilio donde se debatiría el destino de guerrero. Si era desterrado tendría que ser escoltado hasta los confines del sur. Putrid temía lo peor, tener que arrastrar a ese salvaje hasta quien sabe donde con la posibilidad de que se levantara contra él. Puse instintivamente la mano en su espada. Intentó recordar si la había afilado y aceitado últimamente. Todavía guardaba una patina pegajosa amarronada en su funda. Estaba bien por ahora.
En la plaza central estaba la casa de los dioses. El templo principal donde toda fe estaba representada. Aún la magia tenía su grabado en alguno de sus muchos arcos. Era vasto, gigantesco, y la luz atravesaba por entre sus columnas aunque era mayormente frío y oscuro. Como todo en aquella ciudad. Sin embargo, la casa de los dioses si era algo que valía la pena observar. Su mármol azulado y ocre, sus columnas, su extraña decoración. Parecía un niño en la feria mirando con ojos enormes cuán monumental puede ser la mano del hombre. Nunca había llegado tan lejos a pesar de haber estado allí varias veces. En ese lugar le habían enseñado algo de la historia de la ciudad y por qué tenían que proteger con sus vidas todo lo que allí estaba representado. La verdad es que todos los guardias lo hacían por la paga y pocos tenían fe en algo más que en ellos mismos. Putrid no era la excepción.
El concilio resultaba ser simplemente un atrio apenas iluminado donde un sacerdote leía los asuntos sobre los que había que decidir. Para ser el lugar donde se dictaba muchas veces el destino de los hombres era tan sombrío como podía ser el futuro de la singular pareja. Uno dos veces condenado y otro, encargado de vigilarlo. Por primera vez Agus y Putrid cruzaron miradas. A ninguno de los dos le gustaba aquel lugar donde los asistentes eran sombras que murmuraban alrededor del atrio sin acercarse a la pálida luz de las escasas lámparas de aceite. El que subía al altar daría su parecer en nombre de su orden, o si no se llegaba a un acuerdo, simplemente expresando su postura. Todavía restaba que los tres credos llegaran a un acuerdo.
─Está maldito, y ha traído oscuros presagios a esta sagrada ciudad. Hay que terminar con esa vida ya que los dioses lo arrojaron en nuestras playas para que acabemos con el anatema...─se aventuró a proclamar uno de los sacerdotes de la forja...─pero hablo por mí mismo. No tengo acuerdo con mis hermanos.
Cada vez que alguien subía al estrado era vivado o abucheado según los apoyos que pudiera haber recolectado mientras intrigaba en las sombras del salón.
─El sacerdote dijo que no me matarían...─fue todo lo que dijo por lo bajo Agus visiblemente molesto. Putrid no le contestó, no parecía que le estuviera consultando.
─Hermanos de esta sagrada ciudad. Hemos recogido una tablas de la barcaza que lo trajo a nuestras costas. En ella se enuncia en los tres idiomas conocidos por nosotros que este hombre ha sido juzgado y hallado culpable en su tierra, Mediamar.. Ha dado muerte a un alto sacerdote de la orden de la forja, religión oficial del imperio vecino. Se lo ha declarado matadioses por esto y lanzado al mar. Y los venerables espíritus lo han traído aquí para que demos nuestro parecer con la sabiduría que portamos de lo alto. Pero la sangre que nuestros vecinos no tomaron no nos corresponde a nosotros. Aunque haya tomado vidas sagradas aquí también. Maldito es y maldito será. Nuestro trabajo es quitarlo de nuestra cuidad y enviarlo a los confines de estas tierras. Que lo escolten a alguna de las ciudades de frontera.
El griterío fue general. Nadie quería recibirlo en su propia ciudad. Ni Dom Plameni ni Yurzanhy parecían destinos posibles. Sólo quedaba aquel castillo en la frontera donde el príncipe no tenía mayor autoridad que la que impartía a sus sirvientes y la región era controlada por una hermandad de forajidos. Era el viaje más largo y el condenado era peligroso. Putrid tragó saliva. Era relativamente nuevo y la guardia sagrada podía prescindir fácilmente de un soldado extranjero. Estaban desterrándolo también a él.
Las voces continuaron en las formas y maneras en que parecía decidirse todo en ese recinto. Vociferando e intrigando. Agus espezó a mirar a ambos lados de mala manera. Parecía dispuesto a liberarse de las cuerdas que lo ataban y empezar a decidir las cosas por si mismo. Putrid entendió la intención y se apresuró a advertirlo.
─No te conozco ni me importa lo que digan aquí. Pero si lastimas a un sacerdote más te mataran la veintena de guardias que te observan y a mi me quemarán a algún dios, el que tengan disponible.
─No me importa morir a mí, menos me importará tu patética vida soldado. Al menos le daré a mi nombre un verdadero significado. Todavía no he matado a ningún dios. Sólo a un par de bastardos como los que gritan aquí.
─Te van a desterrar, y me enviarán contigo. Apenas traspasemos el umbral de esta ciudad seremos solo nosotros. No pretendo que te importe pero si quieres morir dímelo y yo mismo te deguello aquí mismo. Prefiero que me corten la cabeza a volver a pasar por un juicio del concilio. ─dijo con convicción Putrid, cansado de su mala fortuna.Mientras tanto los sacerdotes estaban dando el veredicto y no pudieron saber demasiado sobre la condena.
─...Por lo tanto, y en representación de mi credo, y la perfecta voluntad de la madre forja yo destierro a este hombre a la fortaleza de Lurtz en la frontera de las Montañas del Dragón para ser allí juzgado por el príncipe en oficio. Para lo cual la guardia sagrada ofrecerá una escolta adecuada. Si alguien ofrece mayor sabiduría será escuchado...
Se hizo un espacio de silencio. Esto equivalía al fin de las rencillas. Los sacerdotes de la forja no habían conseguido votos suficientes para sacrificar al reo pero al menos recibirían buena cantidad de oro por aceptar el destierro, reservándose el honor de dictar sentencia.
─Ya está. Te lo dije guerrero. A veinte leguas de esta ciudad ya nada tendremos que ver contigo. Pero si te acercas la guardia te cazará por todo el oro que ofrezcamos. Nunca vuelvas. Buena vida.
Amilad no había subido en ningún momento al estrado pero estaba allí. Frente a Agus y Putrid con una sonrisa de satisfacción. Saludó al guardia y se despidió de Agus dejándole una bolsa con oro entre las manos.
─Recuerda...por veinte leguas te escoltaremos, luego quedarás solo con el guardia que te acompaña por el resto del camino. Es lo mejor que podías conseguir. Y recuerda todo lo que yo te he dado ─le susurró y se perdió tras una columna.
Putrid no entendía quién era el ilustre matadioses pero al parecer había matado a alguien del otro lado del mar que había dejado contentos a muchos. Sólo los sacerdotes de la forja estaban agitados, pero no estaban en posición de imponer su voluntad en el momento en que los sacerdotes del fuego y testigos del ojo estaban más cercanos que nunca. Pronto la guardia del templo condujo a la pareja hasta las caballerizas del templo y ensillaron junto a seis guardias más que poca atención prestaron a la misión encomendada. Solo era una mandado simple. De hecho la pareja cabalgó delante. Putrid llevaba el caballo de Agus con una cuerda atada a la silla. El resto los siguió a prudente distancia sin intervenir. Unas horas después ya tenían un buen trecho recorrido y la escolta empezaba a rezagarse. Agus apenas prestaba atención.Había jugado con el nudo de las cuerdas hasta aflojarlo lo suficiente y estaba listo para liberarse. Cuando le dieron la montura vio como disimulaban una espada en las alforjas, luego cubierta con un capote para la lluvia. Alguien había intercedido por él, seguramente mandando instrucciones en la misma balsa, o quizás un cuervo. No se le ocurría nadie más que su príncipe intentando darle una chance de vida, y una oportunidad de volver con su amada Ingrid. Su familia era rica y él había defendido su honor matando al sumo sacerdote. Pudo haber confirmado los votos de fidelidad en su momento pero la guerra demoró la decisión y su familia logró evitar que la despose. El era un hombre maduro con cuarenta inviernos sobre los lomos y ella apenas una doncella que acababa de volverse mujer. El tenía la gloria ganada por la espada pero ningún nombre ilustre o arcas rebosantes de oro. Y su familia no aceptaba la unión. Habían intentado casarla con un mercader de Ur-Kamoi pero la muchacha era tozuda y logró auyentar al pretendiente, tambien al escriba de Madena que aunque mayor contaba con el favor de su príncipe y auguraba mejoras al status de la familia. La muchacha era indómita y amaba la lucha por lo que quedó flechada de ese magnifico guerrero que atendió cuando acabó herido en una tienda. Se habían conocido en el campo de batalla donde la doncella junto a su orden asistió al bando imperial. Allí le cuidó y despertó el amor entre ambos. Y ella procuró desde ese día estar con él. Y cuando su familia la castigó enviandola como novicia al templo de la madre forja logró que el curtido guerrero llorara desconsolado al perderla. Una semana más tarde fué alertado de que estaba recluida en una celda por intentar escapar. Agus no era hombre que respetara demasiado las investiduras. Fue tras ella y allí descubrió que el sumo sacerdote había abusado de ella desde el primer día. Puede que haya sido por consejo de la propia familia de la muchacha o por iniciativa del propio jerarca del templo. Se había intentado aleccionarla y mitigar su rebeldía. El guerrero fue dejando un reguero de muertos hasta llegar a la recámara del sumo sacerdote y lo castró allí mismo antes de matarlo y colgar su cuerpo desnudo en los muros del templo con su propio miembro en la boca. Era una ofensa imperdonable y ni siquiera el príncipe pudo evitar que los gnomones lo juzgaran por anatema.Pero si pudo lograr que no lo quemen en la forja eterna sino que lo echen al mar con alguna esperanza de que sobreviva.Y sobrevivió. Pasado el mediodía vieron que la escolta los observaba desde la distancia pero se habían detenido. Era obvio que no irían más allá de las veinte leguas designadas. Putrid entendió que estaba solo, aún antes de que los seis escoltas dieran la vuelta. Agus sonreía mientras los caballos avanzaban cansinamente.
--Quiero que entiendas que lo que pasará ahora no tiene nada que ver contigo, pero si te dejo vivo volverás a decirles que he escapado. --dijo sin un dejo de emoción el guerrero.
--Quién dijo que puedo volver? me han mandado a morir aquí contigo.
--Quizás te toque aceptar tu destino entonces... --agregó Agus mientras se soltaba las manos y buscaba la espada escondida. Cuando la tomó vio que atada a la empuñadura había un trozo de pergamino unido con cordel. Era una pequeña nota. Putrid mientras tanto no perdió tiempo y desenvainó dispuesto a dar pelea. Pero se detuvo cuando vio la expresión del guerrero con el trozo de pegamino en las manos. Y el guardia podría jurar que cuando Agus mostró la espada había lágrimas en sus ojos. Alzó el acero sobre su cabeza, decubriendo su costado pero nunca lo bajó ni atacó, solo avanzó hacia el guardia en actitud amenazante. Putrid encajó su filo en sus costillas sin demasiada dificultad y volvió a atacar hiriéndolo en el hombro. La espada cayó de la mano de Agus y pronto él también besó el suelo casi inerte. Putrid desensilló y se acercó sin bajar la espada pero el guerrero apenas respiraba, con mucha dificultad. La nota permanecía junto al guerrero que ya no se movía. Putrid la levantó y pudo leerla. Había aprendido con un sacerdote de la forja que enseñaba a los niños de su aldea hace ya demasiados días.
...Si sobrevives queremos que sepas que tu perra ya ardió en la forja. Vive con eso.
La nota no estaba firmada pero estaba claro que la orden estaba detrás del mensaje. Se habían asegurado de que el mensaje llegara con él. Sabían que esa espada llegaría a sus manos. Putrid intuyó que esos seis escoltas esperaban en algún lugar el desenlace del enfrentamiento. Estaban allí para que ambos murieran y todo el asunto quedara enterrado. Pronto escuchó cascos de caballos acercándose y sintió verdadero miedo. El joven guardia tomó su montura de inmediato y cabalgó sin mirar atrás. Sólo cuando la noche no le dejó seguir camino se animó a detenerse junto a un arroyo y durmió sin encender fuego. En los siguientes días vagó por la frontera y en una taberna se enteró que la hermandad fantasma era más certeza que cuento. Todavía no sabía donde buscar o a quién recurrir para llegar a ellos. No supo que más hacer, parecía el destino lógico para alguien como él. Testigo incómodo de las perversidades de la ciudad sagrada. Porque lo que parecía ser una condena que debía hacer cumplir se transformó en una maldición con la que cargar. La maldición del concilio.
lunes, 4 de febrero de 2019
El dueño de la baraja
El plan de Parabel era osado. Entre luna de la cosecha y la del cazador habría festividades en Lurzt. Era el fín de la cosecha dando la bienvenida al invierno. Algo que se festejaba en las proximidades del Portezuelo. Los pasos de montaña se llenaban de nieve y pocos se aventuraban a cruzar por ellos. Era la paz pequeña. El tiempo más tranquilo en la frontera.
El príncipe solía abrir el castillo a nobles de las demás regiones. Y así como el palacio se llenaba de artistas y trovadores, las plazas de Lurzt también gozaban del arribo de juglares, malabaristas, magos de cartas y domadores de fieras.
─Podemos acercarnos al castillo con facilidad. Tengo algunos contactos y pretendo inscribirnos como atracción del príncipe.
─¿Acaso parecemos bufones? ¿debemos aprender malabares para impresionar a los nobles?
─Tenemos muchas habilidades que pueden sorprender a los invitados Carlos. ¿Acaso no conoces trucos de fuego que nos consigan algunas monedas?
─Mi arte es para la batalla, no para provocar la risa ─contestó ofuscado.
Nadie tenía mucha simpatía por el plan. No entendían la finalidad de exponerse de esa manera.
─Usaremos máscaras mis amigos ─continuó entusiasmado el juglar. ─creo que con algo de suerte llegaremos a la recámara real y daremos nuestro mensaje
─¿Y que tienes en mente cuando estemos allí juglar?
A Hiperión le parecía extraño este súbito interés por volver al lugar del que habían sido expulsados en su mayoría
─Piénsalo rojo. Creo que por nuestros servicios al principado merecemos nuestro indulto. Nos lo ganamos sangrando en esta maldita montaña
Todos empezaron a vociferar y a dar su opinión del asunto. Había moderados que decían que era descabellado siquiera pensar en ir y otros que votaban por matar al príncipe sin más. La mayoría no sabía que tipo de actuación podían brindar y les preocupaba más que si fueran a la batalla.
Fue una semana de arduas negociaciones, ruegos, amenazas y súplicas. Nadie sabía muy bien que esperar. Raluk dijo que haría una demostración de lanzamiento de dagas con Wonder y escogieron al pobre de Emithan como colaborador. Atado a una rueda de madera que giraba procuraban atinar a las axilas y la entrepierna. El pobre muchacho gritaba pidiendo auxilio pero a los más les pareció interesante la propuesta. ASI no dejaba de reir de la suerte de su amigo pero pronto encontró que también lo sumaron a un espectáculo en calidad de asistente. Ayudaría a Carlos con su demostración de vasijas incendiarias. No tardó en perder una ceja en los preparativos. Su cara a medio quemar por el polvo de dragón ya no reía tanto como en la mañana.
Parabel cambió las cuerdas de su laúd y comenzó pacientemente a afinarlo. Sabía que tarde o temprano esa maldita cuarta cuerda lo pondría a sufrir, hasta que al final le devolviera el tono.
Silvia declaró haber tocado por mucho tiempo un tambor en el templo de fuego así que enseguida salieron en busca de uno para que le diera tensión a los distintos actos.
─¿Vas a cantarla?
Jenny lo miraba fijo mientras él se sorprendía de la pregunta. El juglar se sintió incómodo como pocas veces. La maga lo había descubierto una vez cantando una canción que correspondía a una dama muy especial.
─¿La recuerdas todavía? hasta yo la he olvidado.
─No me mientas juglar, nunca podrías olvidar algo como eso. Guardé tu secreto por años pero esa canción debe sonar en el castillo del príncipe
─No puedo maga, demasiados recuerdos
Jenny se ofuscó por la cobardía del cantor y decidió tomar cartas en el asunto.
─A ver todos, aquí nuestro artista tiene una canción especial que pretende dejar guardada en su memoria. Vamos a animarlo a que la entone...después de todo nos ha embarcado en este loco asunto, lo menos que puede hacer es motivarnos...
Todos dejaron de ensayar sus rudimentarios actos e hicieron ronda alrededor del juglar que se vio rodeado de miradas ansiosas. Conocían bastante sus canciones y siempre estaban atentos cuando había una nueva.
─Si pretendes que seamos bufones de la corte al menos has que valga la pena ─insistió Carlos que seguía contrariado por la misión que tenían por delante. ─canta o no habrá espectáculo de fuego ─sentenció
Parabel intentó un arpegio para comenzar pero no encontró la nota y el laúd sonó a gato aporreado pero luego empezó a dar con la melodía. Sus ojos se empañaron por la emoción cuando empezó a dar una introducción que explicaba la historia...
─Hace años que perdí a una dama especial. Vive en mi mente desde entonces y baila con cada nota que sale de mi viejo instrumento. Decidí estar aquí para que ella esté a salvo allí, cruzando el río ─dijo haciendo una seña al castillo de Lurzt. Se aclaró la garganta y siguió presentando ─uno no sabe con que cartas va a jugar la mano de la vida, tocan buenas y malas cartas, reyes y plebeyos se presentan en ellas. Y nos toca hacer nuestro juego lo mejor posible sin saber con que mano cuenta esta maldita guerra. Seguros de que la muerte siempre se guarda un comodín ─culminó de decir mientras los arpegios ganaban intensidad
No me llores si ves a las montañas/
si no vuelvo a tu puerta a sonreir/
cuando bañe el rocio tus mañanas/
si te mancha es que sangré por tí
Yo no espero que aguardes mi regreso/
yo he sabido que no eras para mí/
aún me guardo aquel último beso/
que me diste el día que partí
Has tu vida y nunca sientas culpa/
se dichosa y vuélveme feliz/
que jazmines te den como a ninguna/
el perfume que yo te prometí...
Se hizo un largo silencio mientras todos buscaban disimular aquel viejo sentimiento de añoranza por los sacrificios y el sudor vertidos desde que pertenecían la hermandad. Todos tenían la fantasía de algún día volver. Así fuera una aldea, una granja, un modesto caserío, algún rincón en las montañas donde buscar a los que habían quedado atrás, saber de ellos, volver a sentir los perfumes de antaño. Todos empezaron a entender lo que pretendía hacer el juglar con aquella jugada.
Parabel guardó el laúd y salió de la cueva un momento a buscar una bocanada de aire. El resto volvió a sus ensayos en busca de distraerse de la canción sabiendo por qué el juglar no la había cantado nunca. Era una canción dedicada al hogar. Algo que ellos habían dejado hace mucho y al que no sabían si alguna vez podrían volver. No estaba en sus manos hacerlo. Sea de la región que fuere cada uno eran parias, exiliados, perseguidos, condenados. La hueste sin perdón. Lo sabían muy bien y habían aprendido a vivir con ello. Porque todos habían aprendido a jugar aquel juego pero ninguno era verdaderamente, dueño de la baraja.
domingo, 3 de febrero de 2019
Agus, matadioses, el acero no duerme
Un pequeño punto negro se divisó en el mar. Los vigías dieron voces y el sargento de la guardia sagrada se acercó a la torre de vigilancia. Era común que aparecieran vestigios de naufragios con la marea, pero enseguida supieron que no era parte de ningún barco. Era otro condenado al mar, quién sabe por qué delito. Reos condenados a muerte a los que el favor de algún jerarca otorgaba una última oportunidad atados a una balsa. Los dioses decidirían. Eran lanzados al mar y dejados a su suerte. Pero era una travesía de días de un condenado al que dormían para que no se resista a la ceremonia. Solían despertarse en alta mar sólo para morir de sed o ahogados si dañaban su precaria embarcación en la desesperación.
─Prepárense para recibirlo. Saquémoslo rápido antes de que algún sacerdote lo vea o tendremos otro servicio sagrado ─ladró el capitán de la guardia.
Si hay algo que le sobraba a la Puerta de los Dioses eran sacerdotes ociosos con ganas de mostrar su valía. Un muerto era la ocasión ideal para reclamar un alma para su propio culto dado que los tres cultos principales estaban representados allí.
Pronto los vigías se aventuraron al mar para rescatar la balsa. Estaba intacta con su reo atado prolijamente a sus cuatro extremos.
─Llévenlo a la torre de vigilancia. Allí lo prepararemos. ─ordenó el líder.
Eran cuatro guardias y sin embargo, el porte del muerto les dificultaba la tarea.
─Este tipo es enorme ─se quejó uno de ellos.
Cruzaron lo más rápido posible la playa. La torre del vigía estaba retirada para no quedar a merced de las mareas. Aunque se esforzaron por mantenerse a salvo de miradas indiscretas, dos sacerdotes, guardianes de la llama, habían decidido dar un paseo esa mañana. Y no pudieron evitar la tentación de acercarse a los guardias.
─¡Alto!...¿que están haciendo con ese hombre?
El capitán masticó maldiciones pero mantuvo la compostura.
─Acabamos de rescatarlo del mar mis señores. Esperábamos ver si está con vida para brindarle asistencia.
─Por la autoridad del señor de la llama reclamo esa vida o muerte para ser conducida a la llama, entréguenlo
El capitán suspiró y le hizo un ademán a sus hombres.
─Déjenlo en la arena
Los sacerdotes rojos se acercaron mientras los guardias se retiraron a su torre. El oficio requería que fuera preparado allí mismo donde era encontrado. Comenzaron a revisar sus ropas. Llevaba una armadura de cuero endurecido. Uno quitó los cabellos del rostro del infortunado y se sobresaltó pero antes de poder dar voces una mano enguantada en metal lo tomó firmemente de la garganta. El hombre lo miraba fijamente mientras de la boca le caía una baba negra y pestilente. El otro sacerdote intentó intervenir pero un soberbio puñetazo le hundió la nariz en el rostro. Cayó muerto allí mismo. Los guardias dieron voces y corrieron a socorrer a los infortunados hambres sagrados pero para cuando llegaron ya había estrangulado al segundo. Tomó unas hachas que estaban atadas a la barca y los miró desafiante.
─¡Bajen sus armas!...deteneos...¿acaso no ven que es un renacido? ─Se oyó decir a una voz desde el otro extremo de la playa.
Un adorador del ojo se acercaba a ellos luchando con la arena y su avanzada edad. El capitán no podía creer la mala suerte que tenía. En unos momentos más hubiera entregado su guardia sin novedad y ahora tenía dos sacerdotes muertos y uno más que pronto no la contaría además de un guerrero escupiendo cosas negras con dos enormes hachas en sus manos. Lo rodeaban él y cuatro guardias jóvenes sin más experiencia que lo poco que les había podido enseñar. Para colmo agotados, después de una larga noche de vigilia.
─Escuchadme capitán, no intervine cuando lo sacaron del agua, no era mi intención complicar su tarea pero si este hombre está vivo ha superado el juicio de los dioses. Ha atravesado el mar oscuro desde las tierras de Mediamar. Debemos convocar al consejo y conservar su vida, déjeme intentar hablar con él
─No quiero otro sacerdote muerto con el que lidiar, lo dejaré pasar si usted atestigua en mi favor, pero si levanta un dedo lo atravesaré con mis flechas...¿entendido?
─No se preocupe. Tendré cuidado...y puedo declarar que los sacerdotes intervinieron sin esperar su auxilio.
El anciano se acercó al guerrero que escupía negro pero no dejaba de vigilar a los guardias. Sobre todo al que había tomado un arco. No le gustaban los arqueros. Demasiadas flechas había tenido que arrancarse del cuerpo en su vida.
─Te saludo guerrero, mi nombre es Amilad, soy sacerdote...¿entiendes mi lengua?
─Tanto como tu entenderás mis hachas si te acercas.
─Nada de esto es necesario ahora que recobraste el sentido. Lo anterior será la imprudencia de dos sacerdotes jóvenes y arrogantes pero lo que hagas de aquí en más definirán tu destino ¿me comprendes? Esos guardias están ansiosos por matarte para cubrir su falta
─Pues que lo intenten ─dijo lanzando otro escupitajo negro.
─¿Sabes lo que tienes en la boca? ...raíz de araña...te durmieron con ella. Te ataron a una balsa y te lanzaron al mar...pero todo esto tú lo sabes...porque antes debieron juzgarte por algún crimen. Uno que ni tu nombre pudo evitar, porque a los don nadie les cortan la cabeza...pero a ti...a ti alguien quiso darte una oportunidad. Debiste tener una reputación. Nadie quiso cargar en los escritos con tu muerte. Se nota que doblaron la dosis de raíz contigo, dormiste todo el viaje...y tu balsa está alquitranada. Eso hace que navegue mejor, no estamos en la estación de las tormentas así que era cuestión de saber algo de corrientes y mareas...¿me entiendes? Estoy seguro de que todos esos cuidados no son parte de una condena de mar, tampoco que te enviaran con tus armas. Alguien se preocupó por ti...creo que sería justo honrar sus esfuerzos bajando tus hachas y dejándote conducir al consejo. Aquí, en Verbogón, no condenamos a muerte
─¿Ah no?...¿y que piensan hacer conmigo?
─Lo peor que podría pasarte es el destierro. Que aquí significa tu libertad. Te enviarían a los confines del sur. No hay mucho que escoger, Dom Plameni, Yurzhani o Lurzt. Son algunos días de viaje con una escolta pequeña. O morir aquí en esta playa sin siquiera mostrar tu valía. Yo lo pensaría...
─Tu lengua es larga como una serpiente anciano, te lo concedo, pero como veo que mientras estés aquí ellos no se atreverán a atacar. ─dijo señalando a los guardias sagrados. ─Dejaré que me lleves a ese consejo que dices...veremos cuanto veneno pusiste en mis oídos. Te lo advierto anciano, soy un hombre rencoroso.
El sacerdote se acercó y el guerrero depositó las pesadas hachas en sus endebles manos. Luego lo siguió mientras el capitán escupió el suelo y se desentendió del asunto.
─Recuerde mi señor que ellos se acercaron al cuerpo sin dar aviso
─Es lo que vi capitán, es lo que vi ─asintió el anciano llevándose al forajido ─Entrégueme uno de sus guardias y que atestigüe eso mismo.
─¡Putrid!...ven aquí, acompaña al sacerdote y escolta al prisionero. Has todo lo que diga nuestro señor ─ordenó mientras le ponía una mano en el hombro y lo miraba fijo ─ ya sabes que decir en el consejo.
El guardia asintió resignado. Quería volver a su cama después de una guardia extenuante y se encontraba con este regalo de los dioses.
Putrid no era demasiado alto pero tenía su físico bien trabajado. Era lo suficientemente fornido como para que le dieran trabajo en el puerto de Verbogón cuando recién llegó pero la tarde que lo vieron luchar contra un pirata que intentó contrabandear ron su suerte estuvo sellada. Lo reclutaron para la guardia sagrada. No podía negarse. Mejor paga y la posibilidad de tener una espada sin necesidad de desenvainar jamás. La guerra no podía estar más lejos de Verbogón. O al menos eso creía.
El prisionero le llevaba una cabeza además de que parecía un hombre de mil combates y él apenas hacía una cosecha que había desembarcado allí desde Mediamar en busca de un mejor futuro. Huyó de la batalla encontrando algo de paz en Verbogón. Intentaba dejar atrás los horrores vividos. Pero la guerra es una dama celosa y jamás deja en paz a quienes elige, sean condenados a muerte o quienes escapan de ella. Siempre será la dama quien decida cuando es suficiente.
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