sábado, 24 de agosto de 2019

El silencio de los muertos



─¿No pudiste conseguir algo mejor Zhelezo? ─se quejó Ogon, sumo guardián del fuego mientras limpiaba el asiento de piedra con su pañuelo. El santuario de la magia verde permanecía abandonado buena parte del año mientras los magos hacían sus rituales en el bosque. No les habían permitido fundarlo en Verbogón pero lo hicieron a prudente distancia de allí. La magia se reconocía pero no se veneraba. La magia oscura no se anduvo con rodeos y viajó más lejos a instalarse en lo alto de las montañas dragón. Allí fundaron el infame templo del ocaso.

─Hubieras abierto tu templo entonces...─contestó con malicia el sacerdote del hierro ─ah claro. No es conveniente que nos vean conspirando juntos. Podríamos perder la cabeza. Ahora cállate que no tenemos escolta suficiente. Esperemos por Glazh

─Ese pordiosero. ─redobló Ogon con el ceño fruncido. ─¿Es necesario hacerlo parte de esto?

─¿Donde van los mercenarios a hacer sus votos cuando comienzan en el oficio? ¿Has olvidado la fe oscura? Esas son las espadas que el sur tiene disponibles. Y esa magia hoy está del lado del imperio. Toda esa podredumbre termina en Yurzhani...y Glazh es Yurzhani mi estimado. Si él se niega, el sur está indefenso.

─Por los dioses...¡son mercenarios! irán donde les digamos si pagamos lo suficiente...

Ogon se revolvió en su túnica. En parte por la demora del sacerdote del ojo, por las recriminaciones del sacerdote del hierro, y porque le molestaba su tocado rojo. Apto para las ceremonias pero no para reuniones clandestinas. Sin embargo, siempre había compensado su baja estatura con su elevado adorno así que no salía sin el a ninguna parte.
Zhelezo en cambio se había vuelto un hombre práctico y en cuanto traspasó el umbral del santuario se quitó su elaborado tocado metálico. Su cuello no soportaba tanto tiempo con el enrejado de oro sobre su cabeza. Sin embargo, no perdía oportunidad en molestar a su colega.






─Ya puedes quitarte eso. Nadie sabrá lo de tu escaso porte ─dijo el sacerdote del hierro con malicia.

Ogon no se dignó contestar. Estaba pendiente de la entrada. Una silueta oscura se recortó a la luz de las antorchas. Podía ser tranquilamente una aparición con esa túnica negra y el báculo de hueso. Ni siquiera necesitaba escolta para andar por esos lugares desolados en la noche. No había nada más terrorífico que él transitando las sombras.




Ogon no soportaba el hedor que despedía. Todo en él mostraba los signos y aromas propios de la muerte. Avanzó a paso cansino y se sentó sin saludar. Cuando se quitó la capucha el espectáculo no mejoró un ápice. Su cabeza calva era blanca como la leche sin cabello ni cejas ni nada que lo dotara de expresión o vida. La cuenca a la que le faltaba el ojo mostraba la carne del interior del cráneo. Carne que se veía oscura y despedía un aura fétida. Para ser ordenado ojo de cuervo se debía ofrendar uno propio. Y Glazh lo llevaba desecado en un anillo que ostentaba con orgullo en su mano derecha.

─Gracias por dignarte en aparecer ─dijo Ogon con desprecio medido.

─Te agradecemos ojo sagrado. El tiempo apremia. Las huestes del este marchan cercanas al espinazo.

Glazh hablaba despacio y en voz baja. Obligaba al silencio para ser entendido, y jamás repetía un dicho. Era parte de su encanto.

─Un visovy los guía...lo he visto. Y no está urgido hermanos míos. Sabe que será su último viaje. ─fue lo que susurró. Su lengua negra apenas se movía dentro de su boca pero sus dichos solían dar mucha claridad a los asuntos más oscuros.

─Dínos de una vez lo que has visto cuervo. ─ Ogon se ponía ansioso con los rodeos que solía dar.

─Veo muerte. La noche viene porque los hombres de voluntad la incitan con su vanagloria.

Ogon miró a Zhelezo sin disimular su hartazgo. La mueca de fastidio no tardó en aparecer

─No dices nada que no sepamos desde siempre...¿acaso no eres de los que la esperan con ansias?

─La noche debe venir cuando el día muere. Es el paso natural. Luego la luz mata la noche y el ciclo se renueva. ─empezó a explicar Glazh con parsimonia. ─La noche que devora el mundo es la que se alimenta de su luz cuando las demás cosas permanecen dormidas. Lo que está despertando no pertenece a ese ciclo. Lo que intentan desatar lo devorará todo. También a los durmientes. Nosotros somos los durmientes

A medida que explicaba sus manos huesudas parecían querer tomar algo invisible en el aire. Los dedos ennegrecidos y las uñas oscuras acentuaban el mensaje.

─Ogon podeis despreciarme cuanto quieras, a mi tampoco me agradaría mi aspecto ─dijo mirándolo por primera vez fijamente con su único ojo. ─Pero necesitareis a vuestros hermanos del oeste para la batalla, es necesario que se lo digáis.

─Tú sabes tan bien como yo que están en guerra con el imperio. Como podrán ayudarnos si no pueden abandonar la frontera.

─El imperio no sabe lo que está surgiendo del portal. La noche los devorará primero. Luego vuestros hermanos no tendrán enemigos a quienes combatir.


─Nada ha pasado todavía. Son muchos años de guerra para los míos como para embarcarlos en una campaña nueva. No puedo enviar a decirles que dejen de pelear mientras el imperio acampa en nuestra frontera.

─Sólo os pido que digáis que cuando vean al imperio desmoronarse y abandonar el frente recuerden tu mensaje. ─lo conminó Glazh. ─Solo eso.

Ogon no estaba convencido de que mensaje podía enviar que no pareciera de un traidor pero calló.
 Zhelezo con su pragmatismo habitual tomó nuevamente la palabra.

─Hermano, soy un sacerdote del hierro. No puedo ir a decirle a los míos abiertamente que el imperio debe caer por romper el pacto ancestral.

─Os veo preocupados por la traición mis hermanos. ─remarcó Glazh. ─Pero nunca será traición si veláis porque la luz no se extinga completamente. Todas las demás lealtades serán fatuas. Cuando el poder de la noche eterna se levante no habrá corazones firmes. Todos temerán. Todos serán tentados. Todos flaquearán. La carne siempre tiembla mis hermanos, siempre tiembla.

Zhelezo y Ogon se miraron tratando de imaginar hasta donde serían ciertas las palabras del sacerdote del ojo. Glazh parecía poder leerlos porque contestaba a las preguntas cuando todavía no habían salido del corazón para hacerse presentes en la lengua.

─Se que dudáis de cuán cierto puede ser esto que les anuncio hermanos. Cuando vuelvan a sus palacios de piedra en Verbogón recordad que pronto empezaréis a sufrir la traición de la oscuridad. Ya está aquí, pero es tenue todavía para quienes ven con los ojos de la carne.

Glazh volvió a calarse la capucha y se puso lentamente de pie. Eso daba por terminada la reunión que tenían prohibido tener. El único lugar donde podían reunirse era en el concilio, donde las reuniones cara a cara eran escasas y poco productivas.

─¿Tengo tu palabra de que las espadas de Yurzhani estarán disponibles para el sur entonces? ─preguntó Zhelezo con algo de ansiedad mal disimulada.

─Yurzhani no tiene ejército, pero cada viajero que pase por ella será advertido de lo que se cierne sobre su cabeza.

─¿Incluidas las compañías mercenarias que peregrinan constantemente?

─Todos merecen ser advertidos. ─fue lo último que dijo Glazh antes de perderse en la oscuridad. O encontrarse en ella.

Yurzhani había sido siempre una ciudad de mala reputación y escasas leyes. Allí estaba el templo de Nekkis, la diosa de los secretos. Una deidad oscura con una venda en sus ojos y un puñal en su mano. Se veneraba al otro lado del mar oscuro y viajó con hombres de mala vida que escapaban de la ley regia de Mediamar hasta Meridia en busca de nuevos comienzos. Los mercenarios comenzaron su culto y se establecieron en el extremo sur. Les resultaba un lugar ideal para vender la espada al no haber ejércitos cuantiosos. Todos los conflictos se mediaban de acuerdo a los mercenarios que se pudieran pagar. No había lugar para otro tipo de justicia.

Zhelezo y Ogon partieron por caminos distintos con sus escasas comitivas. Cada uno se iba pensando en que decirles a los suyos sobre lo que venía hacia el sur. Fueran fuerzas del portal o simplemente las huestes imperiales, siempre sería malo. Sobre todo la intención manifiesta de romper la tregua ancestral, pecado altamente condenable.
Pero lo primero sería planear con tiempo como decirle a cada culto sobre el peligro. Tendrían que cuidar de que lo que se hablaba no pareciera demasiado parecido a lo que predicarían los otros sacerdotes supremos, aunque en el fondo todos advirtieran sobre lo mismo. Había que elegir las palabras con cuidado, y dejar lo restante tras el velo del silencio. Aunque eso significara matar a ese puñado de acompañantes que era testigo del encuentro entre los tres para que la noticia no se esparciera entre los acólitos, ya que no hay mejor silencio que el de un muerto.




















viernes, 16 de agosto de 2019

Lobos en la puerta



La marcha comenzó con la primera claridad. Eran demasiados para demorar el viaje. Un pequeño destacamento se adelantó para explorar y limpiar el camino de enemigos si era necesario. Prekass mismo encabezó la columna principal. La mayoría de sus hombres acostumbraban ver a los generales viajar comodamente en carros especiales. El general lobo era distinto. Todos lo sabían de alguna manera pero no sabían cuanto.
Los oficiales echaron suertes para ver quién iría a preguntarle los detalles de la misión. Había de todo en esos destacamentos. Paños morados. Zorros negros. Trekeris para rastrear enemigos. Lanceros. Arqueros imperiales y por supuesto la infanteria pesada. Caballeros negros en tal cantidad que una nube de polvo ascendía a medida que marchaban. Era claro que eran una ofensiva. Una incontenible, pero no sabían a que tipo de enemigo se podían enfrentar en el sur. Nadie tenía noticia de una fuerza semejante a la que enfrentar.

─Ustedes son patéticos ─dijo Bestrass, uno de los oficiales. Soy mitad visovi, yo hablaré con él. ─espetó y espoleó su caballo para adelantarse en la columna.

Le llevó un rato alcanzar el frente de marcha. No solía haber desplazamientos de tanta magnitud. Tampoco había caminos como los que trajeron la invasión desde el este. Apenas unas sendas polvorientas ahora completamente desbordadas de tropas, carros y animales.

─¿General?...¿me permite unas palabras?

La respuesta fue apenas un gesto para que se acerque mientras contemplaba desde una elevación la ruta que empezaba a dirigirse hacia las montañas donde el paso sería mucho más lento por lo estrecho de las calzadas. No podía entender como le llamaban camino real a eso.

─Supongo que te eligieron a ti para que vengas a preguntar

─Yo me ofrecí general. Se que hay directivas y el mandato de que los generales tengan reuniones periódicas con usted. No pretendo incomodar.

─¿Y que pretendes entonces?

─Me llamo Bestrass señor. Capitán de lanceros...siempre se han oído cosas sobre usted.

─Supongo que esas historias de terror no espantan a un guerrero imperial

─A mi no me interesan los cuentos. A esos hombres tampoco ─dijo el capitán señalando con la cabeza hacia atrás ─Me interesa la suerte que corra esa gente.

─Ah ─dijo el general con un gesto ─Esas historias...

Se hizo un silencio incómodo que pareció durar demasiado para el capitán.

─¿Estuvo en la campaña del norte capitán?

─Fuerte del juramento señor. Dos inviernos allí. Clima duro, comida escasa y enemigos...bueno, usted ya sabe. Perdimos la mitad de la compañía.

El general seguía sin mirarlo. Contemplaba como un carro se había atascado en una zanja y varios corazas negras se habían sacado los yelmos para ayudar.

─Más allá de los cuentos que se contaron usted sabe a que nos enfrentamos en esos lugares helados. Podrá no decirlo. Podrá no saberlo pero usted mataba lobos por la noche y enterraba hombres en la mañana.

El capitán sopesó su respuesta. Estaba prohibido en las compañías hablar de hombres que se convierten en animales. Era un mito. Un cuento del norte para que nadie los invadiera. Pero los bóreos eran reales. Los había visto fugazmente en las noches en que aullaban frenéticos, cuando atacaban ferozmente los fuertes. Cuando arrancaban gargantas de una mordida. Todos se llevaron su marca del norte. Como la mordida que el general tenía en el antebrazo. Esa que hizo pensar a todos que se volvería uno de ellos. Pero nada pasó. Era un hombre sin alma pero nunca se transformó en algo peor de lo que ya era. Quizás porque no existía tal cosa.

─Mire capitán. Hemos visto en el norte cosas que no podemos explicar. Qué hemos decidido no decir ─enumeró el general casi sin mirarlo. ─Pero ahora vamos al sur donde tenemos un escenario peor. Porque esta vez mataremos hombres para enterrar lobos. No crea que no tenemos enemigos. No nos morderán ni se mostraran feroces pero bailarán sobre nuestras tumbas con una sonrisa en los labios si los dejamos hacer. Dígale eso a los demás.

El capitán se retiró en silencio. Había confirmado sus peores sospechas. El imperio rompería la tregua ancestral. El pacto antiguo que databa de tiempos inmemoriales cuando las tribus llegaron desde el mar oscuro. No había ejército que enfrentar ni reinos que doblegar pero si un enemigo. Uno que se ganarían al bajar del camino real y marchar por el valle del dragón. Adonde vieran habría miradas de odio y desconfianza y se preguntarían donde buscar al enemigo, pero no hay respuesta cuando es uno, cualquiera, todos.
Había lobos en la puerta, y eran ellos.





martes, 6 de agosto de 2019

Nadie, de la nada


El guardia arrojó el cuenco de sopa sin ninguna delicadeza.

─Come...

─Preferiría algo de cerdo en verdad ─le respondió una voz desde las sombras

─Díselo al príncipe...

─Se lo diré a tu madre para estar seguro.

El pesado cerrojo de hierro hizo un ruido sordo al correr. Parabel se acomodó para la golpiza. Ya era costumbre con el guardia del almuerzo. No eran divertidos los moretones en el cuerpo pero debía estar listo para el momento en que debiera salir de allí. La sesión no fue muy extensa. Apenas podía pararse pero siempre lo hacia. Algo inútil dado que el puñetazo lo derribaba casi siempre, luego llegarían las patadas pero ya había conseguido cubrirse lo suficiente como para que el guardia se cansé de golpearlo sin que el perdiera el sentido en el proceso.

─Tienes la boca muy grande idiota.

El juglar iba a responder, pero era mejor no provocarlo más por ese día. Mañana volvería a la carga con los aspectos relacionados a la madre del guardia. Juntó algo de paja para acomodar su maltratado cuerpo. Se suponía que ya debían haber llegado al castillo con la caravana pero aún no se habían contactado con él. No entendía el retraso. Deberían haber llegado hace días. Repasaba su plan una y otra vez para tener algo que hacer con su cabeza en los momentos difíciles. Era fácil perder la razón allí.

 ─Vas a hacer que te maten bufón ─se oyó decir desde la celda contigua.

─Tampoco es muy prometedor extender mi estancia en este lugar ─se limitó a responder.

Solo había escuchado gritos de los torturados en el fondo de las mazmorras. Había logrado que lo lleven a lo más profundo de ellas asi que no tenía mucha compañía. Allí dejaban a los infortunados volverse locos en la oscuridad. También era el lugar menos custodiado de todos. Solo remedos de hombres quedaban por allí. Sin embargo la voz parecía cuerda y firme.

─¿Por qué te enviaron aquí? ─intentó preguntar el juglar con tono conciliador.

...

─¿Te has vuelto tímido de pronto? ─insistió.

─Deja de provocarlo o lograrás que nos suban a la sala de tormentos idiota. ─fue toda la respuesta.

─¿Te preocupa un poco de atención?

─No eres el único esperando su momento de escapar. Todo ese trabajo escondiendo cosas en las paredes de tu celda será inútil si te sacan de allí. Porque te aseguro que no volverás.

Parabel había trabajado en silencio removiendo pacientemente piedras para esconder el puñal que le había pasado José la última vez que vino. También tenía un unguento para que sus heridas no se infecten pero debía ponerselo por las noches y disimular el olor con su propia orina. Debían creer que estaba cada vez más débil aunque guardaba sus raciones de carne seca también en las paredes a salvo de las hambrientas ratas. Pero estaba seguro de haber sido discreto y era poco el ruido que se podía percibir con los gritos de la sala de tormentos.

─Me llamo Oregaen, el bardo ─mintió con destreza ─uno que osó cantar contra el príncipe allá arriba, en plena plaza. Toda una hazaña entre tantos cantantes tratando de conseguir atención. ¿Y tú? ¿quién eres?

...

─Mira, si no vas a entretenerme con algo de charla mañana seguiré mi juego con el guardia...y te aseguro que me ocuparé de mencionarte para que te unas a la fiesta...

─No tienes con que amenazarme juglar...

Parabel sintió que su mundo se caía. Alguien estaba allí vigilándolo desde su llegada. Alguien que lo conocía. Al menos por referencias. Eso complicaba sus planes. Sería acaso un hombre del príncipe esperando el momento para atraparlo a él y a los demás en medio del ataque. José no le había mencionado que dejara alguien allí para acompañarlo. Tenía que pensar lo peor simplemente porque no había muchas opciones.

...

─Ahora eres tú el que se ha quedado callado juglar...¿o debo llamarte Parabel?

─¿Quién eres?

─Yo soy nadie.

─Puedes ser un don nadie pero de seguro tienes nombre y origen, no juegues conmigo.

Una risa disimulada apenas fue toda la respuesta.

─Vengo de la nada. ─terminó por decir. ─¿Acaso puedo decir que vengo de un pueblo que es un yermo o de lugar que ya no existe? Mi pueblo, mi familia, mis amigos...son cenizas. Soy hijo de las cenizas. Ahí está tu respuesta.

─¿Cómo me conoces? ...y te recomiendo dejar los rodeos. Si eres una amenaza yo mismo me ocuparé de tí

─No tengo nada contigo juglar. Pero te diré lo mismo que tú a mí. Si pones en riesgo lo que tengo aquí seré yo quién termine contigo.

La voz se había movido desde la celda contigua hasta la misma puerta de su celda. Estaba en el pasillo. Podía salir a voluntad al parecer.

─Pues pareces ser un guardia. No estás encerrado como yo.

─Claro que estoy encerrado aquí. Solo que tengo más que un poco de unguento y carne seca escondidos en las paredes.

Parabel buscaba en su memoria cosas que pensar acerca de ese personaje. La verdad era que solo el imperio había arrasado con pueblos de esa manera. Solo el este y los titanes habían traído tal destrucción. Tenía que ser la invasión o el portal torpemente abierto dejando escapar a las criaturas que asolaron la región.

─Y dime nadie...¿que esperas para irte de aquí?

─Todavía no es tiempo. Además estoy cómodo aquí. Estoy esperando a los tuyos...igual que tú.

El juglar entendió que todo aquello era una miserable trampa pero no tenía como avisar a los demás. Si ya se sabía que ellos vendrían a intentar tomar el castillo estaban perdidos. No tendrían oportunidad. Era vital que escapara de allí para avisarles. Tanteó la pared para dar con los bloques de piedra sueltos y conseguir la daga. Al menos podía intentar aflojar los goznes de la puerta...o forzar el cerrojo. Quizás fingir un ataque de locura repentina que obligara a los guardias a bajar a verlo...algo, lo que fuera.
Comenzó a usar su puñal con el cerrojo para intentar abrirlo. Una mano sujetó la suya con firmeza para que se detenga. Eso lo convenció lo suficiente junto a la espada que se posó sobre su cuello. De alguna manera estaba dentro de su propia celda. Pero ¿cómo? el había revisado cada piedra del interior. Era sólida, sin tabiques ni pasajes.

─Hagamos un trato ─dijo nadie. ─Tú me dices lo que necesito saber de tu gente, y puede que yo te cuente de mis planes.

─¿Por qué no me matas simplemente? No veo la ventaja de decirte nada.

─¿Es una petición o una oferta? ─contestó la voz apretando el acero contra su garganta.

Parabel soltó el puñal que cayó al suelo con un ruido apagado. La espada dejó de sentirse sobre él al tiempo que su puñal regresaba a su mano. Se dio vuelta y tanteó la oscuridad pero ya no había nadie allí. La voz volvió a oirse al otro lado de la puerta.

─No te quitaré nada...y tú tampoco. Solo hazme saber cuando llegaran los tuyos.

─No voy a traicionarlos ─contestó Parabel con firmeza.

─No necesito que lo hagas. Pero detrás de ustedes vendrán muchos hijos del este a asolar el sur. Necesitan una excusa para romper el pacto. Ahora la tendrán.

─Si el sur no se alza nada detendrá al imperio.

─Si el sur se alza será un baño de sangre. Yo he visto lo que imperio hace cuando quiere dar un mensaje.

─¿Vas a decirme quién eres?

─Solo si me ayudas a detener esto antes de que sea tarde.

─Si voy a ayudarte debes demostrarme cuál es tu plan.

La puerta de la celda se abrió. Un guerrero de coraza oscura estaba frente a él.

─No voy a decirte mucho. Lo único que debes saber es que solo el imperio puede vencer al imperio juglar.

Parabel no entendió a que se refería con eso pero el hecho de poder salir por primera vez en mucho tiempo de su celda le cambió el ánimo por completo. Siguió a Nadie hasta una celda al final del corredor. Estaba iluminada con antorchas y se veía una mesa servida con variedad de platos. Hacía rato que no veía comida de verda así que engulló todo lo que pudo. El vino era bueno también.

Nadie se sentó en las sombras. Parecía molestarle la luz de las antorchas.

─Así que te gusta el misterio señor de las cenizas. Por mí está bien, pero no suelo confiar a quién no me mira a la cara.

Nadie suspiró. Ese juglar podía ser muy insistente, pero le habían dado buenas referencias de él asi que decidió darle el gusto. Se levantó pesadamente y se quitó el yelmo. El solo contacto con el aire le generó incomodidad pero no había más remedio. Tenía que curar sus heridas.

─Acerca una antorcha si es lo que quieres.

Parabel tomó una cercana y alumbró donde estaba el guerrero. Una cara horriblemente quemada lo observaba con ojos que resaltaban entre la piel lacerada como enormes esferas que parecían flotar en las cuencas. No tenía labios así que su boca parecía sonreír de forma macabra. Tampoco había nariz. Sólo dos orificios que se agradaban y reducían al ritmo de la respiración.

─¿Contento?

─Creo que me arrepiento de insistir ─dijo Parabel tratando de disimular el asco que sentía no solo por el aspecto sino por el hedor que emanaba de esas heridas. ─¿cómo es que sigues vivo?

─No creo que esto sea vida, pero sigo aquí. Debo irme. Mantenme informado de las acciones de tu gente. Este castillo es mío por derecho. Nadie más tendrá este trono.

─¿Debo seguir llamándote Nadie?

─Me da igual como me digan. Mi nombre está prohibido juglar. Al menos por ahora...cumple tu parte.

El guerrero se retiró en silencio por una escalerilla que se adentraba en el vacio. Parabel entendió como había llegado a su celda. No había pasadizos en las paredes sino en los techos. Le pareció ingenioso. El hedor todavía impregnaba el ambiente cuando decidió seguir comiendo. Era demasiado el hambre para andarse con remilgos. Parecía que esa noche había conocido por fín a la leyenda. El fantasma, la aparición, el no muerto, o como lo habían bautizado en los llanos. El innombrable.












 




 




lunes, 17 de junio de 2019

Pies sucios



Pies Sucios caminó por los campos desolados. La guerra ya los había consumido y sin embargo, entre los restos marchitos todavía había sed. La tierra no había bebido suficiente sangre. Miró a los cuatro extremos del mundo y oyó a las multitudes marchando a la batalla. Los herreros del este, los perros del norte, el fuego del oeste pero lo que la sorprendió fue oir a las las huestes que venían del sur.
El pacto se había quebrado después de siglos. La puerta de los dioses dejaba de dar santuario. Pronto cada extremo del mundo se sumiría en la sangre de sus hermanos.
Porque eran muchos los que venían a los campos meridios pero pocos regresarían a sus moradas, rotos y hastiados de muerte, con el corazón lleno de guerra.
Y Pies Sucios lloró amargamente porque la tierra volvería a sangrar. Y la sangre llamaría a los abismos. El gran portal se volvería sediento y dejaría de guardar su lugar por querer ser parte de la matanza. El otro gran pacto también se rompería. Todos querrían su parte.
La anciana despertó asustada después de esos sueños que portaban visiones.

─Dame agua pequeña ─rogó a la novicia que dormía a sus pies, encargada de velar por ella.

─Enseguida mi señora. ─Contestó y salió aún desperezándose. No tenía más de quince inviernos, de belleza serena y buen porte. Era alta y estilizada para su edad. Las entrenaban desde pequeñas así que ya debía ser una guerrera consumada. 
Cuando volvió tomó apenas un sorbo y se alisó el cabello mientras se ponía su túnica.

─Ve a buscar a las hermanas mayores. Debo darles palabra.

No tardaron mucho tiempo en llegar a la cámara de la anciana que había empezado a dibujar en el piso con una tiza. Todas fueron haciendo una reverencia a medida que llegaban. Las hermanas mayores eran las más experimentadas y diestras. Las más sabias y que participaban del consejo de Verbogón aunque ya no sintieran el respeto de los otros credos.
La anciana terminó de dibujar un círculo en el piso y en cada punto cardinal dibujó una fase de la luna. En el centro un ojo con un sol dentro.

─¿Alguna sabe que es esto?

Mirne, que no era la mayor pero si una de las más eruditas se acercó al dibujo y lo examinó un momento.

─Somos nosotras, velando por el mundo mi señora. Mientras el sol reina y lo cubre todo de luz.

─El sol va a apagarse pronto hermana. Cerrará su ojo y sin él, solo la luna acompañará los pasos de los hombres.

Las guerreras se miraron desconcertadas. Sabían que eran las representantes de la guardiana, pero sus obligaciones estaba simplemente ligadas con el templo de la luna.

─Debemos nombrar una nueva guardiana mi señora para que nos guíe a través de la noche ─declaró decidida. ─¿cuándo será todo esto?...¿que más debemos hacer?


─Cumplir con la misión que la primera de mí le encomendó a la primera de ustedes. Romper el velo de la noche. Los llanos volverán a sangrar. No es aquí donde la profecía se pondrá de manifiesto. Deben prepararse para marchar. Todo el sur lo hará.

Megandra, una de las más ancianas se acercó a la vidente.

─Nos ha sido prohibido intervenir en los asuntos de los hombres. ¿Por qué deberíamos cruzar aceros por los demás pueblos?

─Porque si no lo hacen no quedará ninguno. Deben prepararse. Estas tierras dejarán de ser sagradas pronto.

Todas se alborotaron. Algunas entendieron que una invasión se aproximaba. Otras creían que la profecía estaba equivocada. La mayoría entendió que debían partir, seguramente hacia la frontera. No habría afrenta si no se alejaban demasiado de la ciudad. No había noticias de enemigos en el sur más que las habituales escaramuzas en la frontera. Mirne sacó su espada y la puso en el círculo con su extremo apuntando al ojo del sol. Todas se volvieron y de a poco fueron sumando sus aceros. Cada vez que rendían la espada se arrodillaban ante la anciana. Cuando todas lo hubieron hecho la vidente tomó la jarra de agua y la vertió en el centro del círculo. El sol de tiza se disolvió pero el circulo de espadas permaneció.

─Todas son ahora la guardiana. Porque todas conocen su propósito. Vayan hijas mías, vayan a prepararse.

Cada una tenía su función especifica en el templo. Y una marcha de ese tipo requería grandes preparativos que jamás se habían realizado así que cada una tomó su espada y salió del cuarto.
Mirne fue la última. Era la que estaba más tranquila. Pero necesitaba hablar con la pitonisa.

─Mi señora. Entendí el dibujo pero aún no entiendo que es el agua.

─Una de las grandes dualidades hija mía. Están la noche y el día, juventud y vejez, vida y muerte...
y despues esta esa dama que camina entre el reino de los vivos y el de los muertos, la que tiene una pierna de carne y otra de hueso.

─¿Habla de la muerte?

─Ojala así fuera hija mía, porque sería natural. El fín de un ciclo. Pero cuando la muerte nace en el corazón de los hombres, cuando la muerte no debe venir todavía y la llaman insistentemente...

─Viene la guerra ─concluyó Mirne.

La pitonisa la miró fijamente con los ojos llenos de lágrimas.

─El sur siempre sería santuario para que ese día no llegue. Eso nos han enseñado las crónicas. ¿Es lo que ha visto en sueños mi señora?─dijo casi suplicando la guerrera.

─Siempre supimos que este día llegaría hija mía. Estábamos esperando por la noche pero el hombre va a cerrar el ojo del sol muy pronto. Aún antes de que la noche intente arrebatarnos este mundo. Y será la puerta por la que vendrá el devorador.

Mirne entendió que una gran guerra en los campos meridios podía desatar por fín a los portales. Y arrastrar a todos al desastre. A menos que las fuerzas de los hombres estuvieran equilibradas y obligaran a negociar...algo nuevo, quizás un nuevo pacto. Algo que debía renovarse después de haber perdido sentido a través de los siglos. Mirne enfundó su espada y salió presurosa. Recordaba las historias de la guerra en la frontera. Quizás ella estuviera allí. Una de sus mejores discípulas. Y también una de las más rebeldes. Recordó el día que se marchó, a pesar de las súplicas y las amenazas. Ansiaba verla otra vez. Esperaba que estuviera viva.

─Voy por tí Valkiria. voy por tí... 





 







 

sábado, 1 de junio de 2019

Cartas sobre la mesa



Turbarión se negó a recibirlo. Demasiado ocupado para discutir nada con un visovy. Sólo le dejó directivas en un mensaje. Un pergamino lacrado que estaba sobre la mesa de la tienda donde por fín pudo tomar un descanso.
Prekass lo había dejado en mala posición. Volvía como un héroe para el resto de la tropa. Había cometido el error de triunfar a pesar de las dificultades. Había logrado establecer una avanzada en el norte demasiado firme. Demasiado profunda. Demasiado decisiva.
Las noticias viajaron rápido. La suprema comandancia se desangraba en el oeste. Solicitaban ahora una rápida resolución. Estabilizar el frente norte. Reclutar lugareños con los que sostener la línea y mandar inmediatos refuerzos al desastre que mantenía empantanada al resto de la fuerza imperial. Se lo habían hecho saber a Turbarión, pero no respondió el mensaje.
Prekass quitó uno por uno los correajes de su coraza. Sus dedos estaban torpes por el cansancio. Miraba la mesa. El pergamino de Turbarión en ella. El sello de la comandancia. Intuía que ese día mucho se definiría para él. Junto a ese pergamino había otro. Mismo sello, distinta cera. El color los diferenciaba. Turbarión usaba cera negra. Palash y Topor roja. Si eso había llegado a su mesa de campaña era por voluntad de su general. Le daba a elegir. Turbarión no quería hablar con él. Quería que decida. Y si los otros dos le enviaban órdenes personales era porque no confiaban en su retaguardia. Eso no había llegado allí caminando tranquilamente. Tenían que haber enviado espías, unos bastante desafortunados que no habían podido franquear el cerco de Turbarión. Supuso que ya habían perdido sus ojos. Se rascó los propios pensando en la posibilidad cierta de perderlos. Se recostó por un momento en su litera y meditó.
Turbarión había terminado de interrogar a los mensajeros venidos del oeste. Se habían quitado sus insignias y trataron de pasar por mercaderes. Era suficiente para condenarlos. Tres pares de ojos flotaban en vino claro. La suerte que corrieran ahora no le interesaba. Los había liberado para que intentaran volver con sus amos. Serían comida de lobos, voyanas, quizás alguna bestia del abismo. Pidieron la muerte pero no mancharía su acero con espías. Solo se dedicó a mirarlos como tropezaban por el campamento buscando salir a los llanos ante las risotadas de la tropa. Después se aburrió y volvió a su tienda. Miró fascinado los ojos en la copa. Revolvió con el dedo el contenido. Le gustaban los ojos grises de uno de ellos. Raros. No era común conseguirlos de ese tipo. Quizás fuera un buen augurio.
Prekass cruzó el campamento con los pergaminos en sus manos y se dirigió a la tienda del general supremo. Su andar era calmo, si alguien intentaba detenerlo sería por tener órdenes. No por actuar de forma amenazante. La guardia personal estaba apostada como de costumbre en la entrada. Lo vieron acercarse y se pusieron de pie. Pero sólo eran cuatro. Pusieron sus manos en las empuñaduras de manera amenazante. Prekass se sonrió. Una verdadera amenaza era desenvainar.
Lanzó uno de los pergaminos en la cara del primero, detrás de el vino el puñetazo certero. La nariz del guardia hizo un ruido hueco cuando se rompió. El segundo dio un paso adelante sin terminar de sacar el acero. Errores de principiantes. No necesito desenvainar. Sólo asomó su acero y con el pomo le dio un profundo golpe en el estómago que lo dobló en dos. Cayó de bruces. El tercero logró desenvainar pero para cuando alzó la espada el acero de Prekass ya estaba apoyado en su cuello.

─General. Necesito unas palabras con usted.

─Pasa de una vez Prekass...y deja a mis muchachos en paz.     

Dentro de la espaciosa tienda había cinco guardias más. Estaban sentados tomando vino y se sonreían. Turbarión estaba terminando de tomar una copa de vino claro. Le hizo un ademán para que se siente.
Prekass se acercó a la mesa ante la mirada atenta de todos. Supo que estaban festejando algo pero nadie allí estaba borracho aún. Parecían estar esperándolo. Los pergaminos rebotaron sobre la madera laqueada. El visovy no le temía a nadie. Ni siquiera a su comandante. Pero sabía que Turbarión era astuto y todavía no entendía a que jugaba. 

─Tardaste un rato. Pensé que estabas tomando una siesta visovy. ¿Por qué no has abierto los pergaminos?

─Me gustan las órdenes directas general. Cuestión de costumbre.

─Verás...detectamos a tres espías dentro de tu tienda dejándote un mensaje. No debería desconfiar de mi general más glorioso pero...

─Ni siquiera he leído eso. No me interesan las intrigas. La comandancia puede jugar al secreto cuanto quiera. Yo necesito ganar la guerra para volver a casa.

─Todos queremos ganar. Sólo que a veces olvidamos a que estamos jugando

─No juego a la guerra señor.

─Exacto, no estamos jugando aquí. Estamos escribiendo la historia del imperio. Así que no hay tiempo para intrigas. Irás al sur. Tenemos otro posible frente de guerra allí. Restablecerás el orden en Lurzt. Parece que nuestro aliado está perdiendo el control de la situación.

─No comprendo. Si el príncipe está en el trono. ¿Vamos a reforzar la guarnición sureña? ¿Vamos a tomar el castillo?...

─Vamos a dar un mensaje. ¿Acaso cruzaste espadas con alguno de mis guardias ahí afuera?

─No tuve necesidad.

─Exacto. Algún orgullo magullado pero la sangre sigue corriendo por dentro y no por fuera.

─¿Ese es su mensaje general?

─El mensaje son las once compañías que te llevarás. Ocuparás el valle el tiempo necesario. Comerás su comida, beberás su vino. Incendiarás algunas casas. El invierno hará el resto. No habrá revuelta sin apoyos. Como no habrá vida si nos quedamos demasiado tiempo allí. Ah...debo aclarar algo importante...toda decisión la tomarás junto a los líderes de cada compañía. Somos hermanos de guerra. Sacrificaste demasiados en el norte como para dejarte decidir por tu cuenta.

Prekass apretó los dientes pero asintió con la cabeza. Lo harían marchar delante de la multitud pero no tendría verdadero poder allí. Era más un desfile que una campaña. Lo habían dejado solo cuando necesitó apoyos pero ahora no le dejaban asumir el mando cuando más necesitaba ejercerlo.

─Así se hará señor. ─dijo escuetamente y salió de la tienda.

El camino de regreso fue una sucesión de imágenes de batallas en el norte. La sangre derramada. La noche que perdió dos compañías. La batalla del Colmillo donde se enfrentó al Lobo Blanco...

─Buen día señor. ─lo recibió un asistente apenas traspasó el umbral de su tienda.

─Léeme los mensajes que me hayan dejado mientras me saco las botas...─dijo y lo miró haciendo una pausa con gesto interrogatorio.

─Pausanias, señor.

─Léeme Pausanias mientras descanso un rato mis pies.

Se recostó en su litera mientras sus pies latían todavía por la larga marcha y el frío que habían soportado.
No había mucho de nuevo. Recuento de tropas, enseres, cantidad de raciones necesarias para semejante ejército. Pertrechos. Pausanias leía con fluidez mientras Prekass se relajaba un momento. Admiraba la soltura con la que su asistente cambiaba de pergamino y saltaba de un tema a otro. Por un momento envidió su habilidad. Su prestancia. A él siempre le hubiera gustado saber leer. Luego entornó la cabeza y no tardó en quedarse dormido.







jueves, 23 de mayo de 2019

La caja vacía



Prekass no había dormido esa noche. Esa noche prefería no soñar. El alba lo encontró puliendo por enésima vez su espada. Alistando su armadura. Pasando el tiempo antes de emprender el regreso a los llanos. La línea de fuertes había resistido. Sin pertrechos ni refuerzos, pero el costo había sido altísimo en hombres. Le quedaba un tercio de sus tropas. Los bóreos casi habían logrado romper la línea y masacrarlos.
Un escudero le trajo el desayuno pero no quiso comer. Preguntó si la caravana estaba lista y el muchacho asintió con temor. A nadie le gustaba estar cerca del general. Decían que era al único al que la tribu de la luna no conmovía. Que tenía hielo en las venas. Que ya no era hombre.

─Empaca mi caja.

El muchacho tomó una caja de madera oscura. rodeada de herrajes herrumbrados que parecía vieja y maltratada. Pero liviana al punto de parecer vacía. Quiso preguntar muchas veces pero no tuvo el valor. Esa sería la despedida así que tomó coraje y preguntó.

─General, no pretendo incomodarlo pero si acaso no es demasiado atrevimiento quería...

─¿Saber que significa la caja?

El muchacho asintió con timidez. 

─Un recuerdo. Nada más ─dijo tomándola entre sus manos. Quitó la tapa y como siempre le pasaba sintió un estúpido e insensato alivio al verla vacía. Pensó por un momento en si debía decirle algo al muchacho. Su pueblo merecía ser honrado alguna vez. Finalmente desistió y despidió al muchacho sin muchas más explicaciones. Uno de los mayordomos, que observó discretamente la situación, llamó al joven parte y pretendió reprenderle.

─¿Acaso has enloquecido muchacho? ...Tú eres visovi como yo...¿conoces la historia de tu pueblo? ¿has oído hablar del mandato de Kartos?

─No mucho, me enviaron aquí apenas cumplí 12 inviernos . Creo recordar algo de pelear en todo el mundo.

El mayordomo rió por lo resumido de la sentencia.

─Nosotros, como el general, descendemos de una orgullosa familia de las montañas del oeste. Los visoi. Una que nunca se doblegó ante nadie. Los hijos de la forja no serían la excepción cuando llegaron desde el sur. Dicen las crónicas que eran un pueblo numeroso como la langosta. Avanzaron hacia el oeste venciendo a todo pueblo que se les interpusiera. Reclutaban a los que se hincaban y mataban al resto. Eran muchos y tenían el acero que nosotros no sabíamos forjar todavía. Nuestro pueblo salió a su encuentro para no permitir que la ciudad fuera sitiada. En las afueras pelearon su última batalla esa mañana. Pasada la tarde solo quedaban un puñado de los nuestros protegiendo al rey a las puertas de la ciudad. Estaba rodeado y sabía que su suerte estaba echada. Cuentan las historias que ese rey no entregó la  espada. Kartos, tigre de la bruma le llamaban. Le gritó a su gente..."una sangre por muchas es buen precio"...
Lo cierto es que la guerra tocaba a nuestras puertas y que no quedaba más opción que recibir la visita pero los guerreros habían salido de la ciudad para que no llegara y sabían que si eran  vencidos deberían marchar llevándosela con ellos. Los visovis eso hicieron. Llevarla lejos de allí. Cada día un poco más. Y todo comenzó y terminó cuando le mandaron a Kartos hincarse ante ellos. Los orgullosos hombres enfundados en hierro. Entonces clavó su espada en el suelo y dobló la rodilla por primera y única vez, mientras miraba fijamente a esos hombres invasores. Entonces apretó su cuello contra el filo y se desangró allí mismo. A los hijos de la forja no les gustó eso pero respetaban a los hombres de guerra. Se llevaron su cabeza en una caja pero como la ciudad abrió sus puertas y les proveyó para la marcha fue perdonada. Desde ese día todo aquel que los desafía se gana la suya. Nuestro pueblo se enroló en su conquista finalmente. Los visovis luchamos valerosamente y nos ganamos nuestro estandarte y nuestras marcas. También nos ganamos nuestra caja de madera. Ellos creen firmemente que peleamos para cumplir el mandato de Kartos, que nunca pelearemos por ellos realmente...y tienen razón...

─¿Entonces esa caja es un recuerdo?

─La guarda porque cada tanto vienen a querer tomarla. Y no pretenden llevarla vacía.

─Pero es un general. Sería traición.

─Para ellos somos extranjeros. Siete veces vinieron por él, y siete veces se negó con acero. Luego recibió el grado de general y fue enviado aquí, al norte, a fracasar y morir. Pero resistió. Estableció la linea de fuertes. Ahora le quitan el mando para privarlo de la gloria ya que ha prevalecido. Pero la caja sigue vacía muchacho, la caja sigue vacía...ahora ve a tus labores, preparemos la estancia para el próximo general.



miércoles, 1 de mayo de 2019

La niña del prado





La mañana era fría cuando la sombra se escabulló por el bosque.
Le costaba moverse con libertad. Desde que había escapado de sus captores en los llanos había tenido que lidiar con las secuelas de su estadía con los voyanas.
Amanecía dolorido. El costado le apretaba y le quitaba el aire. Sentía que las fuerzas se le escapan de a ratos pero disimulaba ante los demás. Por eso aceptó quedarse atrás cuando los demás partieron a la incursión a Lurzt. Vigilaría el portezuelo. El camino alto. El valle, que ahora estaba desprotegido. No había mucho más por hacer. Jenny partió a su recorrida por las aldeas. Ella no estaba interesada en la batalla pero nunca estaba lejos de los problemas. Y la gente del valle hace tiempo que no recibía asistencia alguna de Lurzt.
Trepó por senderos pedregosos buscando alcanzar algún peñasco desde el cuál cubrir distancia con su vista. No volvería hasta la noche al campamento. Se había propuesto mantenerse en movimiento todo el día. Tenía que empezar a ponerse en forma cuanto antes. Todavía le costaba entrenar con la espada por mucho tiempo y su pulso para el arco era un desastre. Estaba rastreando un oso pardo que cazaba cerca, tratando de no hacerse notar ya que eran muy territoriales y no tenía ganas de pasar el resto del día trepado a un árbol. Escuchó unos pasos suaves a su espalda. Parecía ser alguien liviano o que sabía aligerar la pisada. Se arrastró hacia un arbusto esperando que se acerque. Era cuestión de tiempo que pudira verlo...

─Te veo.

Una voz infantil se oyó a su lado mientras él buscaba con la vista entre la espesura. Guardó suavemente su daga para no asustarla. Una niña con cara manchada de hollín y vestida con harapos lo observaba curiosa. Tenía un cayado que era más alto que ella y estaba descalza.

─¿Eres un fantasma bueno?

Crow tuvo que ponerse de pie. Estaba haciendo el ridículo desde que decidió abandonar el campamento sin estar en condiciones. Esa mañana hasta una partorcilla lo había emboscado.

─Niña, no deberías estar sola aquí afuera. Estoy rastreando un oso pardo. Es peligroso.

─¿Uno enorme y marrón que andaba por aquí?

─¿Lo has visto?

─Si...¿quieres que te lleve con él?

─Son animales peligrosos niña. No deberías acercarte a ellos.

─Ven, te mostraré. No va a lastimarnos.

Caminaron un buen tramo hasta hundirse entre matorrales espesos. Era una parte densa de bosque. Se sentía un olor desagradable en el aire allí donde el sol no puede romper la bruma.
Crow vio un claro y respiró aliviado. No podía ni ver el cielo y seguía a una niña que posiblemente estuviera tan perdida como él.

─Es allí ─dijo señalando al claro. Crow sacó de nuevo su daga, aunque dudaba de si podría usarla antes de que el animal cayera sobre él.
Apenas se asomó lo vio. Enorme con su pelaje oscuro y su mueca feroz. Completamente muerto.
Se acercó con cuidado. El olor era incipiente. No llevaba mucho tirado allí. No parecía estar herido. Lo picó con su arco buscando alguna reacción pero ya estaba tieso. Una herida en una de sus garras estaba negra y despedía un humor viscoso. Se había herido y esa herida se había infectado. Pensar que no había potencia en ese bosque capaz de enfrentarlo y sin embargo, bastó una mala herida para acabar con él. Alejó esos pensamientos lo más lejos posible ya que él estaba en condiciones similares al malogrado animal.

─Lloró mucho cuando se moría. Yo le traje agua pero estaba muy enojado. Nunca me molestó ni a mí ni a Lucy.

─¿Lucy es tu hermana?

─Mi cabra.

Decidió acompañarla a su cabaña, no sin antes buscar a Lucy que estaba encaramada en un roble seco gritando su disconformidad al mundo. La cabaña donde vivía la niña estaba un tanto alejada así que aprovechó para cazar una liebre que llevarle a la familia.
Le costó mucho encontrar el lugar. La mayoría de las casas, por pobre que fueran, siempre se asentaban sobre un claro que los moradores ganaban al bosque, pero aquí la vegetación había ganado ese espacio y apenas se podía vislumbrar que alguien vivía allí. Una mujer tan demacrada y andrajosa como la niña los recibió en la puerta. Se sorprendió por la visita. Nadie parecía llegar hasta ese rincón tan remoto del bosque.
La madre miró con reproche a su hija pero esta parecía contenta de haber traído al extraño. Enseguida quiso meter conversación.

─Murió el don oso mamá, pobrecito...ya no llora.

─Habíamos hablado algo Sammy, y parece que no me has entendido.

─No te enojes mamá, es un fantasma bueno, le podemos preguntar.

La madre negó con vehemencia y le señaló la puerta de la cabaña para que entrara. Crow sintió que no debía estar ahí así que dejó la liebre cerca del pozo de agua y se dio media vuelta.

─¿Eres de la hermandad no es así?

Crow detuvo la marcha pero no se volteó para responder.

─No le diré a nadie donde están, debo irme.

─No quise ser tan brusca, sólo que mi hija se ha pasado todo este año buscando quién le cuente de su padre.

─¿Que le sucedió?

─Lo que a la mayoría de los hombres de por aquí, quiso ser como ustedes.

Crow no tuvo más remedio que darse vuelta y enfrentarla.

─No le entiendo.

─Todos quieren luchar. Quieren subir a las montañas y traerse la cabeza de un voyana. Y ya sabemos como termina eso. Este valle debería llamarse "rincón de las viudas" ─dijo con una mezcla de resignación y fastidio ─lávate un poco en el pozo, cocinaré esa liebre.

La niña volvió a salir cambiada. Ahora tenía un vestido raído que le quedaba enorme, pero lo presumía como si fuera una princesa. Seguía descalza y con la cara sucia a pesar de los retos de su madre.

─Veo que te has puesto de gala Sammy. Así que así te llamas...

La niña asintió con una sonrisa cómplice.

─¿Y tú fantasma? ¿tienes nombre?

─Me llaman Crow, como crecí en un templo me llamo igual que muchos.

Sammy lo miró con ojos llenos de ilusión pero no se animó a preguntar. Crow no sabía muy bien que decir si le preguntaba sobre su padre. Fue la madre la que rompió la tensión cuando la vio afuera.

─Lávese esa cara señorita, que hay visitas y comeremos pronto. Y ponte tus zapatos de una vez.

Sammy volvió a entrar a buscar su calzado. Crow interrogó con la vista a la madre. No sabía que decirle a la niña.

─Todo esto es culpa de su padre. ─comenzó a relatar ─Le dijo que unos fantasmas buenos cuidaban de nosotros en las montañas, y que si algún día él no volvía era porque le tocaba cuidar de todos junto con ellos. Ella quiere saber cuantos niños más debe cuidar antes de volver con ella...¿tienes tú una respuesta para eso?

─Estás segura de que él...

─Tan segura como para decirte donde lo enterré. ─dijo con la vista empañada. ─Una partida de voyanas había incendiado algunas granjas y él se juntó con otros para ir tras ellos. No volvió. Lo encontré hace un tiempo. Eran apenas tres voyanas y ellos siete. Los números quedaron parejos según vi.

─Lamento mucho que...

─No te esfuerces. Ninguno de ustedes tiene familia o no podrían hacer lo que hacen.

─Eso no significa que no me pese todo esto.

─Dejé que la senda se pierda en la espesura. Que el bosque nos trague para que no nos encuentren esas bestias. No supe que más hacer.

─No sería fácil dar con este lugar.

─Lo lloré por semanas a escondidas, lo maldije por dejarnos en esta situación. Era un leñador apenas pero estaba tan excitado con la idea de la guerra que esa excursión fue casi una excusa. Tenía pájaros en vez de pensamientos en esa maldita cabeza. La guerra es el juguete de muchos hombres.

─¿Piensas quedarte aquí sola?

─Guárdate tu lástima soldado. Recojo casi tanta leña como él y la vendo en el mercado del castillo. Sólo que no quiero que Sammy crezca como un animalillo aquí en el bosque. Eso me pesa en el alma. Pero ella ama este lugar. Los animales. Los fantasmas buenos de la montaña. Y piensa esperarlo.

La comida le supo amarga. Hace apenas un rato se estaba compadeciendo de si mismo, tanto como para olvidar lo triste que era la vida para los que sufren en silencio esa guerra.
Se sintió impotente a un grado que hacía tiempo no experimentaba. No tenía nada que ofrecerles ni promesas que pudiera cumplir. Parecían destinados a no poder dar ni siquiera una promesa. Ni siquiera una promesa.

─Si hubiera algo que...

─Tranquilo soldado, come tu estofado y ponte ungüento en esas heridas, se nota tu dolor

─¿Como supo que soy de fiar? ¿pude ser cualquiera?

─¿Quién te dijo que se puede confiar en ti? ─contestó entre risas entrecortadas para luego señalar su zurrón ─Reconocí el olor...llevas el ungüento de la dama de verde encima.

Crow recordó que Jenny le dió un unguento para sanar sus heridas. También recordó que no cumplió demasiado con lo que ella le había dicho y no se lo había puesto esa mañana. Tenía miedo de que los animales lo huelan,  pero lo llevaba con él.

─Sanó a Sammy hace un tiempo cuando le vinieron las fiebres. Hasta yo perdí la esperanza  y empecé a construir un altar para ella. Vino por una semana y hasta se quedó con nosotras un par de noches. Nunca dejó de buscar la poción adecuada hasta que dio con ella. Ella la salvó. No se si podemos confiar en ustedes, pero haríamos cualquier cosa por ella. Sabemos que no pasaran muchos días sin que baje al valle a buscar sus hierbas y a preguntar como estamos.

Crow asintió con la cabeza. Desconocía que Jenny fuera tan cercana con ellos pero era cierto que jamás nadie los había delatado estando tan cerca del valle. Y sabía que la dama de verde andaba en busca de hierbas y raíces la mayoría del tiempo.
La comida pasó rápido y hasta hubo tiempo para que ella hirviera una raíces para mejorar la digestión antes de que él parta. Cuando el juntó sus cosas para partir Sammy tomó valor mientras lo acompañaba hasta un claro del bosque. Se la notaba ansiosa por algo y Crow creyó apropiado tomar la iniciativa.

─Creo que se lo que me vas a preguntar. Hay muchos fantasmas en la montaña cuidándonos a todos, incluso a mí. Y creo que entre ellos hay alguien que conoces...

Sammy lo miró extrañada pero se quedó callada por un momento mientras Crow elegía con cuidado las palabras tratando de no decir algo que la lastimara.

─A veces la gente que queremos debe irse. Pero realmente siguen cuidándonos desde otro lugar...

─No se que te ha dicho mamá. Mi papá se murió. No quería decírtelo cerca de ella porque llora a escondidas todo el tiempo. Yo le digo que se fue a las montañas para que no esté triste. Lo extraña mucho. Quiero unirme a los fantasmas para matar a los que se lo llevaron. Para matar a los hombres malos.

Crow no se esperaba nada de eso que estaba escuchando y tardó un segundo en recomponerse.

─Se que me ves pequeña pero puedo hacer trampas...he cazado un zorro enorme una vez que se llevó nuestras gallinas.

─Sammy, ojalá que nunca debas hacer algo parecido a lo que nosotros hacemos. Debes cuidar a tu madre ahora que...

─¿Ahora que estamos solas?

─...

─No estamos solas Crow. Cuando mi papá se fue estuve cerca de donde te llevé hoy. Allí donde el bosque da miedo. Escuché aullar a unos lobos y me asusté. Entonces apareció don oso, todo enorme y marrón y rugió fuerte y los lobos callaron. Se quedó por allí pero no me hizo nada. De hecho mientras él estuvo no tenía miedo en el bosque. Me cuidaba como mi papá cuando lo acompañaba a buscar leña. Pienso que don oso era mi papá cuidándome un poco más. Pero tenía que irse en algún momento.

Aunque buscó no demostrarlo Sammy por primera vez mostró el dolor de la pérdida. Sin embargo no lloró. A Crow le impresionó mucho la entereza que mostraba a tan temprana edad. Había estado pensando en algo todo ese día desde que lo llevó al cadáver del animal. Quizás todavía pudiera hacer algo por ella.

─Llévame de vuelta adonde don oso.

Sammy asintio, aunque su gesto fue de intriga. Les llevó un tiempo llegar pero dieron con el lugar cuando todavía el sol mitigaba en parte la bruma. Allí tuvieron que espantar a los cuervos y a algunos carroñeros. Crow volvió a revisar el cuerpo y sus sospechas se confirmaron. Se incorporó y miró a su alrededor. Frotó sus manos en el pelaje del animal y se lo pasó por la cara. Un fuerte olor rancio se impregnó en él. Sammy lo imitó. Luego comenzaron a buscar rastros en el lugar hasta encontrar las pisadas. Encontraron las que estaba buscando. Las que se repetían de ida y vuelta y las siguió hasta la guarida.
Bajo el tocón de un gigantesco árbol que las lluvias habían terminado por derribar se veía una cueva excavada con gigantescas garras. Se agachó en la entrada y esperó. Un llanto que se fue intensificando no tardó en oírse .

─Sammy...don oso en realidad era doña osa. Estaba cuidando de su bebé. Sabía que estaba enferma y si se quedaba aquí los animales vendrían por ella y encontrarían a su cría. Por eso se fue lejos, donde la encontramos.

El osezno apareció tímidamente en la entrada. Se lo notaba asustado pero el olor le era familiar aunque su madre no estaba allí. Sammy se acercó a el tratando de ganarse su confianza mientras Crow se alejaba. El resto de la tarde se gastaría en la aventura de intentar llevarlo a la cabaña. Para el anochecer ya retozaba en el corral de Lucy que no estaba de acuerdo con compartir habitación y se encaramó en el techo gritando su disconformidad. Los gatos de Sammy miraban aterrados a ese extraño ser rugiente que ahora no les permitía salir a andar libremente por el patio.
Crow se despidió de la madre que intentaba deducir como harían para criar a semejante animal. Las arduas negociaciones con Sammy se cerraron en que solo lo tendrían hasta que pudiera valerse por si mismo. 

─Hace rato que no la veía contenta. Creo que puedo decir que algo bueno podemos sacar de esto soldado.

─Al menos, un oso en las cercanías evitará que otros animales se acerquen demasiado. Espero que no sea demasiada carga.

Los dos se despidieron mientras Sammy buscaba paja para hacerle una cama que el osezno agradeció retozando aún antes de que estuviera terminada. Luego la niña corrió a abrazarlo.

─Gracias Crow. Lo cuidaré mucho.

─Yo criaba cuervos cuando tenía tu edad. Aún recuerdo como aprendían a repetir malas palabras y comían semillas de mi mano. No puedes alejarte demasiado de aquí hasta que crezca así que nada de andar planeando matar gente. Tienes suficiente trabajo por aquí. 

─¿Me visitarás alguna vez?

─Siempre andaré cerca. Pero la próxima vez no dejaré que me descubras. Ya verás

Anochecía cuando finalmente llegó al campamento. Jenny estaba cerca del camino. Tenía cara de preocupación. Cara que se disipó cuando lo vio aparecer entre la espesura.

─Parece que no tendré que ir a buscar tus huesos por ahí finalmente.

─Tranquila Jenn, sólo me estaba poniendo en forma otra vez.

─Pues deberás lavarte un poco en el arroyo si quieres entrar. Apestas a oso.

Crow suspiró y enfiló hacia el agua mientras dejaba su zurrón en las manos de la maga verde.

─Otra vez no te has puesto el ungüento, crees que no me doy cuenta.

Crow se encogió de hombros y le sonrió mientras agitaba la pequeña ánfora que ella le había dado. Dobló por el sendero que llevaba al arroyo y se perdió de vista mientras Jenny entraba llevando leña para el fuego.