viernes, 19 de octubre de 2018
La última mazmorra (próximamente)
─Lo tenemos Aldrich.
El guerrero de armadura pesada se sacó con dificultad el yelmo. Se lo notaba extenuado. Por entre las juntas de su coraza asomaban salpicones de sangre seca, restos de carne y cabello. Testimonios de una batalla cruenta.
─¿Cuantos perdieron?
─¿Nosotros o él? quedamos un puñado, mi guardia, un par de arqueros. Demasiados por un hombre, demasiados...
Aldrich, el guardián de la mazmorra prefirió no seguir indagando. El capitán de los caballeros negros lucía bastante mal pero pronto olvidaría el cansancio. Lo llenarían de honores y lo llevarían en un carro ornamentado hasta el campamento de los generales. Habían dado caza a uno de los lugartenientes del innombrable. Uno especialmente odiado. El llamado Dedo Negro.
─¿Por qué no me permitieron matarlo Aldrich?
─¿Estás loco? ¿con todo lo que sabe? no capitán, lo pedí especialmente, yo puedo quebrarlo
─Claramente no estamos hablando del mismo hombre. Entiendo que te motive el desafío pero has cometido un error. Los generales han cometido un error. Uno de esos demasiado caros. ─dijo el capitán y volvió a calzarse el yelmo ─Vuelvo al campamento.
El capitán se retiró apurado sin siquiera tomar un poco de vino de la despensa, quería salir de allí antes que sucediera algo. Un caballero negro no podía tener miedo, menos de un cautivo, pero estos casos no eran comunes. Habían perseguido a la partida de Dedo Negro por meses. Siempre se les esfumaba. Y de pronto acampó con un puñado de hombres a campo abierto y esperó sentado allí a que ellos llegaran. Se había calzado su armadura de dragón cuando siempre se lo veía con su túnica y su capucha calada. Pero no había sido fácil. Cuando se levantó y sus hombres se prepararon se desató la matanza. Lo triplicaban en número pero bastó un rato de lucha para que el mago renegado emparejara la cuenta.
Finalmente Davan se quedó sólo. Hizo escapar al resto de los suyos y se quedó luchando hasta que pareció cansarse o simplemente le pareció suficiente tiempo para que los otros escaparan, quién sabe. Clavó la espada en el suelo y se entregó. Aunque el primero de los caballeros que lo alcanzó intentó rematarlo y Dedo Negro pareció enojarse. Lo hizo arder dentro de su propia armadura con una mano y volvió a sentarse, no hizo mucho más. El capitán se acercó para aprenderlo dictándole los cargos por los que era perseguido. No dejó que nadie se acercara. Lo encadenó el mismo, mantuvo a todos alejados de él. Se lo subió a un caballo y se lo llevó directo a las mazmorras de Margón. Una de las pocas cosas que el imperio había preservado en aquella ciudad maldita.
Aldrich estaba emocionado. Tenía una larga trayectoria quebrando prisioneros. que torció la opinión de uno de los genrales, del que importaba. Tenía el permiso de Topor, aunque Palash hubiera intentado hasta último momento lograr que lo ejecuten. Las malas lenguas dicen que a Topor le interesaba solo la cabeza del innombrable. El resto era un problema con el que ahora lidiaba Turbarión. Ya habían estabilizado el frente del oeste. No mirarían atrás ni se preocuparían de lo que quedaba a sus espaldas. El verdadero enemigo estaba frente a ellos.
domingo, 14 de octubre de 2018
Cosecha de caos
Crow alistó su caballo y partió rumbo al camino alto. Los observadores que reclutaron en la aldea habían dado aviso de movimientos en la curva del ciervo, ese recodo lejano donde se avistaban los primeros indicios de actividad enemiga. Algo venía y el Ojo gustaba de ver las cosas en persona para dar su opinión. Vallekano se ofreció a acompañarlo pero el cuervo estaba con prisas y no lo esperó.
─Alcánzame arriba, iré ganado tiempo...
La actividad en el campamento era frenética. Esperaban "el grande". Un ataque a gran escala desde hace días. Sabían que el general estuvo en el templo del Ocaso en dos ocasiones y que había enviado observadores por mucho tiempo. Ahora contaba con voyanas que se habían apostado en el camino alto por un par de jornadas. Todo parecía indicar que se tomaba su tiempo y tramaba algo. Los aldeanos no paraban de venir hasta el camino para dejar mensajes o esperar a alguno de los hermanos. Hablaban de hombres haciendo preguntas en tal taberna, bandoleros golpeando granjeros y amenazando para que los delaten. Hasta un mago verde que andaba por las cabañas ofreciendo curas a diversos males que no hacían más que enfermar peor a las personas. Había noticias por demás extrañas como un tigre que habían soltado cerca del mercado de Lurzt y que había obligado a huir a todos antes de que la guardia de palacio llegara. Davan había definido la situación con simpleza. Sembrar caos siempre da buena cosecha.
La situación de los hermanos había cambiado por completo. Sin Leo a cargo Crow había tomado algunas decisiones pero nada significativo. Sharra había sido terminante con la postulación de los demás.
─Los líderes hablan, yo no...
Los ojos de todos iban y venían, era sabido que la responsabilidad que acarreaba estar al frente era importante. El único que seguía dando órdenes a los suyos y actuando con aparente normalidad era Hiperion, más acostumbrado a esas lides.
─¿Quién le preguntará? ─dijo Brian especulando con la reacción de los demás
─Yo podría ser el líder aquí ─se postuló Alex pero nadie respondió ─puedo ser un gran líder...
Brian le puso la mano en el hombro y le hizo un gesto a su hermano de armas
─Nosotros no sabemos mucho de dar órdenes Alex...además...¿podrías sentarte en un promontorio a vernos pelear mientras consultas un mapa?
El gesto de Alex cambió por completo, no se imaginaba mirar una batalla sin desenvainar ni meterse en el fango de la lucha. Les pasaba a todos, no podían imaginar un escenario donde en una orden de ellos se jugara la vida de los demás. Que alguno cayera por una mala decisión era terrible de imaginar, en realidad nadie quería estar en ese rol.
─¿Haru? ¿tu no eras princesa de tu tribu? ─preguntó Vallekano
─¿Que crees que estoy haciendo aquí? es mi hermano el que toma las decisiones en casa. Yo solo tuve que hacerlo en un par de ocasiones y no es lo mío
─¿Parabel? tu luchas bien y nos pones de buen ánimo...
─Creo que justamente ese es mi papel aquí, y está bien así ─respondió el juglar dejando el tema zanjado.
Hiperion hablaba con Carlos y le indicaba donde quería poner trampas para evitar que flanquearan el camino real si decidían cruzar por alguno de los pasos exteriores. Hacía eso y miraba el mapa maldiciendo a Crow por salir con tanto apuro cuando él quería darle algunas directivas. Los hermanos habían aprendido a confiar en él, Leo confiaba en él y siempre le había encomendado los trabajos difíciles. Pero aún nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
─Bueno, tomen una decisión de una vez y vengan a ayudarnos ─dijo Valkiria con signos de fatiga después de preparar varias monturas para salir de allí rumbo al bosque. Todos se pusieron de pie como para ir en busca de coraza roja pero al ponerse en camino se encontraron con él viniendo hacia ellos.
─Acepto, pero deberán obedecerme, esto no es un juego. ─les dijo Hiperion a la pasada mientras llevaba su montura al hombro.
─Pero todavía no te hemos dicho nada! ─retrucó Brian.
─Como si hiciera falta ─contestó entre risas ─ahora muevan el culo antes de que ese hijo de su perra madre venga a sitiarnos. Acamparemos en el bosque para resguardar este lugar.
Todos obedecieron y se pusieron en marcha mientras Hiperion le hablaba a Carlos y Wonder alertándolos sobre los senderos de montaña que podía usar el enemigo. Luego mandó a Garlick y a Daniel que fueran en busca de Crow, lo necesitaba allí más que nunca. Hacía mucho tiempo que buscaba recuperar a su maestro de mapas, ahora no había excusas.
El plan era casi el mismo de siempre. Llevarlos a un terreno donde les fuera difícil maniobrar. Donde no tuvieran un llano abierto o alturas de cobertura, allí por muchos que fueran serían emboscados en tandas. Desgastados hasta rendir la espada o perecer. No hay mucha defensa contra un enemigo que usa el terreno a su favor más que conocerlo, y en esa faceta la hermandad conocía hasta la última piedra.
Garlick tomó un sendero empinado hasta el mirador. Le gustaba demostrar que era el mejor trepando hasta las alturas donde se apostaban los observadores. Daniel bufaba y resoplaba por el esfuerzo pero no se quejaba. Sería el blanco de las burlas si demostraba cansancio. Ya estaban próximos a la saliente desde la que se dominaba parte del portezuelo y la entrada al camino alto cuando notaron huellas y rastros que no eran usuales. Como si un grupo numeroso hubiera pasado por ese lugar que solo utilizaban ellos. Mala señal. Luego vieron un rastro de sangre. Daniel le hizo señas de regresar y dar aviso pero su hermano tenía la vista fija en el sendero. Quería saber si todavía había chances de ayudar a los suyos ahí arriba. Garlick siguió subiendo con cautela y a su compañero no le quedó más remedio que acompañarlo. Escucharon voces en un acento extraño, forcejeos y algunos jadeos. Prepararon sus espadas para entrar en lucha, no había más remedio que aparecer en el claro y encontrarse frente a frente con lo que fuera que allí se había instalado. Garlick irrumpió primero y se quedó parado justo allí. Daniel estaba cerca y esperaba un nuevo movimiento de su compañero para entrar pero este permanecía inmóvil. Luego de un instante demasiado largo se acercó cauteloso para notar que su hermano estaba de pie gracias a la lanza que le había atravesado el pecho. Su cara mostraba sorpresa como última expresión. Daniel espió y vio a Crow arrodillado y maniatado que lo miraba fijo con ojos que avisaban, que decían algo que su boca amordazada no podía.
Daniel retrocedió y estuvo a punto de escapar pero tres hombres le cortaban la retirada. Lo habían rodeado. Pronto estuvo de rodillas junto a Crow que ahora tenía un gesto de resignación para el que no necesitaba hablar. Los enemigos charlaban en una lengua extraña que jamás había oído. Los señalaron a ambos y deliberaban. Era claro que no se habían podido poner de acuerdo cuando se acercaron a ellos. Uno intentó desenvainar su espada y otro se lo impidió posando su mano en la empuñadura de su compañero. Parecía que uno quería matarlos y el otro se lo impedía. Daniel miró con ojos de esperanza a Crow que lo miró fijo y negó con la cabeza, pero a él le parecía que quizás quisieran negociarlos. Después de todo eran de la hermandad fantasma y valían mucho.
Se acercó finalmente el que parecía no querer ejecutarlos. Había ganado la pulseada con el otro que abandonó el sendero y se perdió de vista. Finalmente se acercó a Daniel y le habló en lengua sureña aunque con un marcado acento.
─Estás de suerte muchacho. Mi compañero quería matarte sin más, pero yo necesito que des un mensaje.
Daniel asintió con ganas. No veía la hora de salir de allí e ir e busca de sus hermanos, sabía que intentarían seguirlo pero él también podía ser rápido y despistarlos. El hombre se puso detrás de él. Daniel extendió sus brazos para que el hombre cortara sus ligaduras, pero el hombre lo tomó por sus cabellos y tiró su cabeza violentamente hacia atrás.
─No se necesita que hables para dar un mensaje muchacho ─dijo con una sonrisa y lo degolló en un instante.
Daniel no había acabado de moverse todavía cuando su cabeza estaba ya en manos del hombre al que llamaban Benoth que también cortó la cabeza de Garlick y las clavó en lanzas que puso en el camino. Luego hizo una seña y cargaron a Crow en la grupa de un caballo.
─Hay planes para tí ─dijo simplemente el líder y partieron por el camino alto.
A los hermanos no les costó mucho dar con el mensaje. Allí junto al camino fueron desfilando uno a uno con Hiperion contemplando la escena desde un costado. Peinaron la ladera pero no había señas de Crow. No encontrarlo suponía cierto alivio. Pronto dieron con el rastro de los caballos marchándose y uno que extrañamente dejaba huellas más profundas que el resto. O era un guerrero muy obeso o había una montura con dos jinetes. O un jinete llevando a un prisionero. Todos sabían que los habían vigilado y que los conocían de batallas anteriores. El guerrero cuervo hacía rato que estaba identificado. Y ahora se lo habían llevado. Hiperion maldijo su suerte. Mala manera de comenzar a liderar le había deparado el destino.
La situación era compleja por donde se la mire. Si habían llegado al mirador del camino ya no odía saberse cuanto movimiento hubo mientras estuvieron allí. No había lugares seguros y sin embargo no habían atacado las cuevas donde tenían el campamento. Podía ser una buena señal entre tanta incertidumbre. Si para algo lo habían designado era para tomar decisiones y coraza roja pensaba tomarse el trabajo en serio.
─Hermanos, tenemos que afrontar esto lo mejor que podamos. Han invadido el valle. Y ahora quieren cazarnos. Están en el bosque, y seguramente en el camino alto. Además se han llevado a Crow y han matado a dos de los nuestros. No podemos ganar la batalla pero si podemos negarles la victoria. Vamos a movernos por el bosque tratando de que nos sigan hacia el río, quiero que piensen que vamos a Lurzt, que piensen que nos vamos a refugiar al castillo, pero primero hay que pelear o no morderan el cebo...
Era extraño para todos que se hablara en términos de perder y a la vez ganar. No estaban acostumbrados a las ambiguedades, tan afectas para un hombre como Hiperion. El pensaba en términos parciales, en posibilidades concretas. En sacar tajada. La vida de un soldado de la fortuna era simple. Sobrevive y cobra por tus servicios. El único que matizaba su sabida postura ante las adversidades era el cuervo, su estratega, y de alguna manera Turbarión lo sabía, por eso se lo había quitado. También logró sacar del medio a Leo porque pensaba de manera peligrosa para sus planes. Hiperión recordó la promesa que le hizo a su hermana y el consejo que ella le dio. Debía hacer las cosas de manera distinta o todo sucumbiría. Y no tenía a quién pedirle consejo sobre como ser otro tipo de líder.
La hermandad se movió ligero por el bosque evitando los pasos obvios que pudieran estar vigilados. Pronto se toparon con una partida de mercenarios que iba rumbo a una aldea cercana. Podían evitar el enfrentamiento y seguir hacia el río pero los hermanos no estaban dispuestos a abandonar a sus amigos así porque sí. Esa fue la primera prueba de liderazgo en la hermandad después de las pérdidas. Todos veían a la partida consultar un mapa y señalar en dirección a la villa cercana. Querían atacarlos en ese momento pero Hiperión quería ver si tenían órdenes o simplemente buscaban algo que dañar. Se puso cara a cara con Brían que lo trató de cobarde y ambos pusieron sus manos en las empuñaduras pero de alguna manera Parabel logró calmar los ánimos.
─Señores, se puede lograr ambos cometidos con un poco de astucia y paciencia, dividamos al enemigo. Y por sobre todo, consigamos ese mapa, para saber quién le provee información a los mercenarios.
Valkiria se sacó la coraza y se dejó simplemente la túnica y se dispuso a recoger hierbas cerca de allí. Su porte era llamativo y tenía buen aspecto. Sabía que no la ignorarían e irían tras ella.
─Vaya vaya ─dijo el líder de la partida apenas la vio. ─no solo crecen cardos en este miserable bosque. ¿Cómo te llamas bella flor?
Valkiria lo miró atemorizada y se quedó quieta en el lugar, justo en el claro, justo donde debía retenerlos.
─¿Por qué no contestas? ¿me tienes miedo? deberías temer a la guerra que está llegando, yo puedo cuidar de tí muy bien, al menos por un rato...
Una daga se clavó en su cuello apenas se acercó lo suficiente. Otra se incrustó en su pecho para terminar el asunto. Valkiria vio el último resto de vida abandonar al hombre y no olvidó darle su respuesta.
─Dicen mis hermanas que no...
El resto de la partida desenvainó pero ya era tarde. No hubo flecha ni cuchillo volador que errara su blanco, ni siquiera el mazo de Arlorg que voló para hundir el cráneo de un jinete que intentó escapar.
La amenaza era historia.
Pronto Hiperión tuvo el mapa en sus manos. Barbeta confirmó lo que todos temían. Era un mapa con el sello de la orden de la magia oscura, venido directamente desde el templo del ocaso. Esas fueron las visitas del general. Buscaba información. Y el mapa que le entregaron era suficientemente completo como para que supieran de la ubicación de todas las aldeas y de los lugares donde se creía que la hermandad acampaba. Las cuevas de las montañas no estaban marcadas pero si el camino real, justo donde se hicieron las emboscadas anteriores. Todo estaba marcado, lo que sabían los magos, lo que sabía el enemigo, lo que habían rastreado los voyanas. Sabían demasiado pero a Hiperión no le preocupó demasiado. Ahora sabía lo que ellos sabían y podía jugar con eso.
La meta era el río, llegar en cercanías del puente y luego volver por el agua a internarse en el bosque, dejando suficientes rastros como para que las partidas fueran tras la ciudad real. La cuestión era por donde ir, que camino tomar.
─Tenemos dos opciones Hiperión, o tomar la curva amplia del camino real tratando de esquivar el grueso de los enemigos o cortar por el bosque y prepararnos para lo que haya en el.
─Lo se Juglar, esa es mi duda, en el camino somos presa fácil y en el bosque hombres muertos, no paro de pensar en por qué acepté este trabajo.
─Quizás porque estabas aburrido ─deslizó el juglar con gracia.
Coraza roja levantó un brazo e hizo un gesto con la mano apuntando hacia el bosque. Había elegido el camino corto y riesgoso. La batalla estaba perdida desde un principio pero se podía caer derrotado con estilo. De alguna manera llegarían al río. Pronto llegaron los avisos de los demás miradores. Pese a que fueron tras la mayoría de ellos, otros hermanos tuvieron más suerte y escaparon sigilosamente del cerco de los voyanas.
─Muchos mercenarios. Los dirigen voyanas, conté al menos 50 lanzas. La mayoría con varias caras en sus casacas. Arlorg dice que son los cuchillos azules. Dominan buena parte de los llanos meridios y están enemistados con el innombrable así que pelean lejos de Margón, por eso están aquí.
El parte de Haru era bastante completo. Demasiados para enfrentar, demasiados para huir. Habían venido a cazarlos uno a uno. Lo único contra lo que no podría el enemigo sería las murallas de un castillo. Había que jugar con eso. Hacerles creer eso.
─Ellos van a caballo y son imbatibles con sus arcos cortos. Cabalgar por el bosque es darles lo que necesitan para acabar con nosotros. Pero si vamos a pie seremos blanco fácil. ─Comenzó a decir Hiperión.
─Hay otras maneras ─interrumpió Davan, que casi nunca hablaba en los encuentros.
─Te escucho ─contestó coraza roja, interesado en sus ideas.
─Puede que no sea el indicado en hablar de lealtades. Mi relación con ustedes ha sido difícil a veces, pero me atrevo a hacerles un pedido. Si hoy caemos, caera todo el valle...y quizás el sur. No pueden eliminar esta hermandad. No ahora, nunca...¿lo entienden? nunca!
Davan estaba exaltado como nunca se había mostrado. En parte se entendía que su plan se caía a pedazos si perdían ese día. No habría mañana. Lurzt rendiría la espada que nunca había desenvainado con facilidad. A menos que le llevaran la guerra hasta sus puertas. Esa era la idea de Hiperión. Dirigir a los voyanas contra la ciudad real. Pero había un largo camino y mil cosas que se podían torcer. Davan le hizo una seña a Javensen para que se acercara. Era hora de usar algunos trucos aprendidos en las mazmorras del oeste. El único lugar donde alguien podía aprender la piromancia.
Carlos podía aportar materiales para su plan pero los que quedaran atrás dificilmente se salvarían. Podían crear distracciones para la mayoría y sin embargo perder a más hermanos.
─Si alguno debe caer para que otros vivan así será ─afirmó con fuerza el anciano misterioso. El mago renegado que nunca había querido liderar pero ocupaba en parte el alma del liderazgo, aliviando la carga de Hiperión.
Pronto estaban desplegados en el bosque al acecho de las partidas a caballo que iban y venían buscándolos. Dedo Negro le pidió a Carlos que acumulara pequeños montículos de salitre y sulfuro por el camino. Les agregó un polvo oscuro que nadie reconoció. También pidió leña húmeda para comenzar la distracción. Los arqueron subieron a los árboles por pedido del mago ya que sería difícil luchar en tierra. Luego dividió a los hermanos en columnas para el avance. Los que correrían por el bosque debían evitar en lo posible entrar en combate. Cosa que pocos estaban dispuestos a cumplir.
─Donde aprendiste todo esto anciano ─preguntó Hiperión. Extrañado de su pericia en ese campo.
─Los voyanas han sufrido pocas derrotas categóricas. Me tocó combatirlos en los llanos meridios. Puedo jactarme de que esa vez pocos escaparon. Ellos reconocerán mis tácticas. Las aprendí de un fiero guerrero. Uno que ya es leyenda...
─Sólo conozco a uno que los ha derrotado con claridad, el rey sin nombre...
Davan sonrió como toda respuesta y se encaminó hacía la leña mojada.
─Cuando esto empiece muevanse rápido y en silencio. Tendremos poco tiempo. Arqueros, deben atacar por las sendas que los montículos les marcaran, ningún hermano irá por allí así que no escatimen flechas aunque no logren ver demasiado, cuando vacíen su carcaj deberán abandonar sus posiciones y seguir al resto.
Todos asintieron concientes de lo importante que sería hacer blanco. Valkiria había preparado sus flechas especiales, traspasaban cualquier armadura y eran casi imposibles de remover una vez que perforaban. Vallekano había puesto más flechas de la cuenta, podría fallar aquella tarde pero lo compensaría con un mayor número de ataques. Raluk y Wonder prepararon sus cuchillos voladores. Podían lanzarlos mientras se movían con absoluta facilidad. El resto usó espadas cortas. Había demasiadas cosas que quedaron en las cuevas del campamento en la montaña. Escapaban con lo puesto, y esperaban que alcance.
─Hiperión...me quedó atrás, juré nunca escapar de una batalla otra vez hace mucho. Todavía no puedo negar ese voto
─Quedate conmigo entonces Espinal. Habrá trabajo por demás en la retaguardia.
Davan hizo una seña y miró a cada uno para asegurarse que estaban listos. Los ojos de todos brillaban exultantes. Estaban más listos para entrar en batalla que para escapar, no estaba en la naturaleza de ninguno huir en esos momentos. Hace rato que se habían olvidado del miedo. EL anciano se levantó y fue hacia un extremo del bosque mientras sus manos empezaban a iluminarse un en destello rojizo. Javensen iba detrás de él encendiendo también las suyas. Pronto la leña comenzó a humear y un par de gritos se oyeron en el bosque. Alguien había visto el humo. La primer partida cabalgó hacia Davan a toda velocidad con las espadas en alto. Eran mercenarios pero servían para ir entrando en calor. Carlos se había unido con su arco a Valkiria y Vallekano. Sus flechas también eran especiales y ardían con facilidad.
La densa humareda de la leña mojada empezó a cubrir el bosque. Pero aunque era una buena cubierta no era todo lo que el mago tenía para ofrecer. Apenas tuvo a mano a los jinetes lanzó calor desde sus manos hacia los montículos preparados. Carlos esperaba verlos arder en una explosión fulgurante pero la realidad fue que sólo hicieron un poco más de humo. Decepcionado cargó su arco y tensó derribando al primero de ellos. Algo es algo pensó para sí.
Davan siguió encendiendo los montículos que humeaban tranquilamente entre la cubierta de bruma que seguía aportando la madera mojada. Pronto no se vio nada por debajo de los arqueros que adivinaban donde apuntar por las sombras que se movían en la humareda.
Los voyanas no tardaron en llegar. Desconfiaban de la bruma y mandaron a los mercenarios primero. Se escuchaban gritos ahogados y algún caballo que volvía enardecido pero sin jinete. No les gustaban los trucos, les parecían indignos de un campo de batalla aunque ellos fueran de los guerreros más desleales que existían. Quizás les molestaba que les quitaran la iniciativa.
Las partidas de mercenarios fueron una tras otra limpiadas del campo con asombrosa facilidad. Sus monturas, quizás confundidas por el humo se negaban a obedecerlos y se quedaban allí inmóviles dejándolos indefensos. Los hermanos vaciaron sus carcajs de flechas y sus dedos se ampollaron de tanto tensar sus arcos.
─Guardemos algunas para los hombres con camisa de piel ─dijo Valkiria satisfecha de no haber fallado ningún ataque. Vallekano tuvo suficientes aciertos como para recordar su epoca en que una flecha suya equivalía a un dragón. Carlos fue el que más midió sus ataques tratando siempre de divisar primero al lider de la partida. Había que matar al que daba las órdenes. Eso facilitaba siempre el trabajo.
Pronto aparecieron los voyanas con sus lanzas y comenzó la verdadera batalla. Esquivaban las flechas como si tuvieran un sentido oculto que les permitiera saber de donde venían los ataques. LOs caballos también se quedaban estáticos y a los hermanos no les quedó más remedio que acabar con ellos para dejarlos a pie. Pero eso igualaba las cosas. Cuando estaban en tierra eran practicamente invisibles. Valkiria desenvainó y bajó al suelo. Vio que Hiperión y Espinal se adentraban en el humo y fue hacia ellos. Pronto se toparon con los primeros y se dieron cuenta de que no sería una batalla justa. Vallekano vio que el grueso de los hermanos se mantenía a raya del humo y desaparecía por la espesura. La hermandad tenía esperanzas de salvarse si llegaban al río. Carlos preparó flechas incendiarias y las lanzó donde divisaba un voyana. Eso fue todo un alivio ya que exponía a los que se escondían para atacar. Sin embargo era muy difícil. Parecían no sentir los golpes y las heridas no los detenían. Parecían tener más de una vida.
Davan apareció de golpe en un claro golpeando a uno en la cabeza y poniendole una mano en la frente lo mató con el calor de la piromancia. Otra ya estaba sobre él cuando un cuchillo volador se le clavó en la garganta, pero igual atacó tres veces antes de caer.
─Gracias Raluk ─dijo Davan sabiendo que ella estaba allí, aunque no pudiera verla.
Javensen la llevaba un poco peor. Cada vez que usaba la piromancia se tambaleaba y debía usar la espada hasta recuperarse. Sus antebrazos despedían vapor y dolían como si los hubiera puesto a hervir en un caldero.
Un voyana saltó desde un árbol y atacó a Hiperión que reaccionó sin pensar y puso su antebrazo cubierto con muñequeras de metal bloqueando el acero antes de que se incruste en su pecho. Atravesó al voyana por el costado de su coraza que parecía querer seguir la lucha aunque estuviera herido de muerte. Lo abrazó a la espera de que otro de los suyos llegara y lograra finalmente vencerlo así que le dio un cabezazo y se desembarazó de él lo más rápido que pudo pero era tarde. Otros dos llegaron para abalanzarse sobre él. Una sombra saltó y derribó a uno de ellos mientras lo atacaba con su puñal. Espinal había leído el momento y había emparejado los números dándole a Hiperión el margen para acabar con el otro.
Pronto estaban espalda con espalda y se vieron las caras. De a poco los habían ido rodeando y cercando a base de ataques certeros. Era un pequeño círculo de voluntades, rodeados por numerosos enemigos. Raluk tenía sangre que le brotaba del hombro pero su mirada mantenía la frialdad de siempre, Wonder era una tapiz de heridas pero sostenía su espada a la espera de otro ataque, sostenida en la espalda de Valkiria que aunque estaba herida en la pierna no daba muestras de dolor. Davan despojado de su habitual túnica y capucha mostraba una extraña pechera de cuero endurecido grabada con runas antiguas. Sus cabellos largos y canos flotaban con la brisa mientras su espada se hundía en un voyana. Su mano terminaba la faena lanzando calor contra su rostro con ojos enrojecidos y cegados. No era en realidad un anciano cuando estaba sin su túnica sino un recio guerrero que ahora se erguía desafiante. Los cabellos canos podían confundir pero de alguna manera cuando se quitaba el disfraz mostraba su verdadero porte, y era intimidante.
Espinal estaba doblado sobre su costado. una herida le había hecho perder mucha sangre pero seguía insultando y desafiando al enemigo. Hiperión todavía mantenía las esperanzas de durar un poco más para dar tiempo a escapar a los demás. Pero les quedaban momentos simplemente. Estaba vencidos.
Un jinete se adelantó. Extrañamente estaba montado. Su caballo tenía algún tipo de cobertura en su hocico y parecía no responder al humo. Alzó su mano y los ataques se detuvieron al instante. Parecía alguien de rango ya que nadie desafió la orden.
─Dedo Negro, por fín volvemos a vernos. Te dije una vez que sería cuestión de tiempo.
─La última vez no te fue muy bien Cara de Guerra. Estás lejos de los llanos, quizás alguien te ha echado finalmente de allí ─contestó Davan, desafiante.
─La guerra es larga mago, hoy estamos aquí y mañana en los salones de algún rey. Hay que durar lo suficiente para verlo. Ese es mi secreto.
El líder voyana tenía varias caras en su chaqueta. Que parecía más que nada una capa de piel humana. Un tapiz de muerte con rostros que ya habían caido por su mano. Le señaló un espacio vacio en el hombro derecho.
─Aquí vas tú Dedo Negro, cerca de mi oido, para darme consejos . Guardé lugar para tí ─sonrió Cara de Guerra que disfrutaba su momento de venganza.
─No pierdas tiempo, te diré mi consejo ahora...muérete ─contestó el mago escupiendo frente a él.
Cara de Guerra alzó su mano para poner final a los hermanos. Una flecha silbó desafiante pero el se protegió con el antebrazo desviándola, sin embargo, las flechas de Carlos siempre traían sorpresa y esta explotó en el suelo lanzando un fogonazo que hizo corcovear al caballo del líder voyana. Fragmentos de grasa y salitre salieron encendidos en todas direcciones incendiando la capa de piel humana de Cara de Guerra que tuvo que quitársela y arrojarla a un lado maldiciendo en idioma desconocido.
Los hermanos aprovecharon la confusión y salieron disparados en todas direcciones buscando el abrigo del humo atropellando a los voyanas que estaban preocupados por la suerte de su líder. Se vieron sorprendidos y superados. Pero adonde iban había más voyanas y no tenían escapatoria. Se agruparon y esperaron que vinieran por ellos mientras tratabn sus heridas como podían.
Ruidos de galope sonaron desde lo profundo del bosque. Si eran caballeros negros tenían el paso bloqueado por ambos frentes pero pronto las voces voyanas desaparecieron entre gritos y órdenes. Algo más pasaba. Los voyanas en vez de ir por ellos se alejaban vociferando al galope. Pronto hubo silencio y más silencio. Davan llamó a Carlos que contestó desde un árbol. Estaba más lejos de lo que pensaba.
─¿Puedes ver algo? ¿hacia donde se dirigen?
─Van hacia los pasos de Nuria, por el río, en dirección a los llanos, no se muy bien que pasa pero parece que escapan mago. Vinieron jinetes desde el río...Lurzt Davan, creo que Lurzt vino por fín a la cita.
Davan sonrió. Finalmente sus esfuerzos estaban dando frutos. Entonces estaba hecho, habían logrado reclutar hombres de la guardia real. Lurzt todavía tenía algo de honor entre sus filas.
Pronto los jinetes llegaron y con ellos los hermanos que venían intentando saber que esperar de aquella situación. Los hermanos se fundieron en abrazos sentidos. Haru se abrazó a Valkiria y Wonder que apenas podían estar en pie. Barbeta se acercó respetuosamente a Dedo Negro y le brindó un poco de hidromiel para que olvidara su cansancio. Baraqz se acercó a su hermano que se hallaba agotado pero ileso. Sharra se acecó a javensen que estaba de rodillas sin aliento después de usar su piromancia como nunca lo había intentado.
─Nada mal traidor, nada mal ─dijo y le dedico un gesto que el iscario entendió como respeto.
El líder de la guardia de Lurzt desmontó y se acercó a Davan presentando sus respetos.
─No imaginé a nadie resistir a tantos voyanas, tenían suficientes mercenarios como para acabar con todos ustedes y quizás con nosotros. Mi nombre es José, capitán de la guardia real y vine en su apoyo, claro que en desobediencia directa a mi señor, el príncipe por lo que me esperan las mazmorras caundo regrese, pero el precio es pequeño si pudimos mantener el valle.
─Gracias capitán, esperaba que finalmente su príncipe recapacitara pero veo que al menos aún queda valor entre sus filas ─contestó Davan que volvió a ponerse su túnica y capucha mientras recogía los restos de la capa de piel.
Cara de Guerra había dejado atrás todo su honor y sus logros. No estaría contento esa noche. Había perdido una batalla ganada. Eso era imperdonable. Quién sabe si seguiría al mando de los cuchillos azules. Quizás hasta perdiera su cabeza si le juzgaba su tribu.
Uno de los guardias reales se acercó a Espinal que era atendido por Jenny ya que su herida era profunda. Sin sacarse el yelmo le hizo una venia y sacó algo envuelto en un trozo de paño para entregárselo. El señor de la muerte descubrió su contenido. La daga ornamentada de Kurz brilló ante el resplandor de los últimos rayos de la tarde. Espinal alzó la vista pero el guardia ya se había ido, aunque algo en él le resultó familiar. Al caer la tarde la partida del castillo regresó aunque José se quedó un rato más con ellos y los ayudó a regresar al campamento de las cuevas. Tampoc había sido un paseo la escapada hasta el río. Una fila de voyanas guardaba el sendero al río y hubo una cruenta batalla donde Sharra, Alex y Brian brillaron rompiendo la línea enemiga y permitiendo que el resto escapara. La noche caía cuando los primeros fuegos se encendieron. Increiblemente seguían vivos.
y beberían hasta olvidar que casi habían muerto.
El general Turbarión había hecho todo por quebrarlos. Había puesto a su servicio a los mejores guerreros de las antiguas tribus. Y sin embargo no pudo quebrar lo que había doblado al extremo.
Hiperión miraba la hoguera mientras tomaba un sorbo de vino y reflexionaba. Parabel, aún con marcas en el rostro de la batalla del río se acercó al nuevo líder para hacer la pregunta que todos tenían en la punta de la lengua.
─¿Cuando iremos a buscarlo?...
─Al amanecer iremos por mi estratega, no bebas demasiado juglar.
El balcón de piedra donde Davan meditaba todavía recibía algo de claridad cuando el mago llegó allí a descansar. Barbeta preparaba la cena para él y su maestro cuando una figura emergió de la grieta de la entrada. El guardia real hizo una reverencia y se sentó con ellos. Kurz se quitó el casco y suspiró aliviado. Era increiblemente molesto para luchar pero debía mantenerse en el papel por ahora.
─Has reclutado bien, pronto tendremos de nuestro lado a toda la guardia y el príncipe no tendrá más remedio que negociar conmigo.
─Eso espero mago, No tengo disciplina para la vida del soldado. Necesito algo de vino...
Bebió un largo sorbo y suspiró nuevamente. Barbeta le ofreció algo de cordero ahumado que el caballero florido devoró con prisa. Debía volver con José que no bebía estando de guardia, así que pronto partirían al castillo. Acaso lo más mortificante que podía imaginar como destino pero necesario ya que sin el apoyo de la guardia estaban más que comprometidos por la presión de Turbarión. Davan había tardado en convencerlo. Kurz tenía experiencia en la vida palaciega e indudable encanto tanto para influir en los hombres como para seducir mujeres. Era el mejor prospecto para ganar influencia en el castillo.
─Es suficiente Kurz, vuelve con el capitán, no quiero que desconfíe.
El guerrero florido hizo un gesto de fastidio y se retiró masticando aún un poco de cordero. Davan se sentó nuevamente y miró a Barbeta que terminaba de cortar las lonjas de cordero.
Kurz pronto estuvo con su yelmo y su coraza reluciente haciendo guardia en la entrada de la cueva, esperando por su capitán, el único que sabía que no era un nuevo recluta enviado desde la puerta de los dioses. Espinal se acercó a él y le ofreció vino pero estaba de guardia así que negó con la cabeza. Sin embargo el señor de la muerte sabía lo suficiente como para no necesitar decir mucho. Sonrió socarronamente mientras tomaba otro sorbo de vino y se alejó unos pasos...
─Lo hiciste bien hoy Kurz, te la has ganado ─dijo y le lanzó su daga. Luego se fue a festejar por estar vivos, ya habría tiempo de apostar por ella nuevamente.
martes, 9 de octubre de 2018
Martillos y centella
Decíres del escriba verso primero, acerca de las condiciones que dieron sustento a la unificación de los reinos…
Uno de los hechos que desencadenará la
unificación de las Islas de Piedra y el Continente de Mediamar en un formidable
imperio, y responsable directo de la ascensión de Primo Cordas como supremo
emperador, fue la matanza del banquete.
Este
hecho que marca la caída de los
principales clanes de Islas de Piedra y un nuevo comienzo en la balanza
de poder entre ambas naciones. En un hecho que cada facción leyó de
manera distinta, algunos como traición y otros como justicia, el mismo
pueblo
del continente se rebeló aún contra sus propios líderes para resistir lo
que consideró
una invasión. Si bien los saqueos eran una constante, jamás involucraban
a las
casas mayores, demasiado alejadas de las prácticas antiguas desde que
comerciaban con los puertos vecinos a Vincar. Sin motivo aparente, los
isleños
se lanzan con una colosal flota en una invasión en lo que pretendió ser
un
encuentro entre señores y vasallos. Madena, lejos de someterse como
pretendía
su regente, Verecún, le inflinge a las islas de piedra la mayor derrota
de su
historia sin necesidad de desenvainar. Fue durante el banquete que la
regencia
ofreció a los invasores donde se acabó con una de las familias más
influyentes
que ostentaron el título de “espada mayor”. Los señores de Rocanegra.
Fue un
hecho que el continente consideró una victoria y las Islas condenaron
como un
ultraje, cómo el desconocimiento de la tradición de hospitalidad. Los Rocanegra con su líder Iccarius al frente,
desembarcaron una noche cerrada, de la novena luna, en plena estación de las
lluvias. Tocaron tierra a la hora del búho en el puerto de Madena. Aunque
minimizaron la confrontación en puertas de la bahía con el capitán Galil, se
consideraron “invitados” al permitírseles desembarcar. El regente de la ciudad
blanca ya tenía en su poder el edicto que los aceptaba como huéspedes, y
preparado el banquete, según comentaban los sirvientes, aunque nunca hubieran
sido invitados. Y echando por tierra la versión temprana de que Verecún fue
sorprendido por el invasor y se vio obligado a negociar una salida diplomática
que evitara el saqueo. Los detractores del regente dijeron que quiso volverse
un señor de piedra, ajustándose a las costumbres del invasor. Que quería hacer
de Madena parte de las islas, acabando para siempre con la enemistad,
renunciando a su propia libertad en el proceso. Dándole a las islas el mayor
puerto del continente, el más preciado botín que podían pretender los isleños. Pero
Verecún tenía muchos enemigos. Rivales con voz y respeto en el consejo de
regencia. Entre todos ellos se destacaba uno y el regente de Madena ya tenía
planes para él. Existía una vieja costumbre isleña, el combate singular, donde
un representante de cada bando se batía a duelo para definir el resultado de
una batalla. Se le conferiría al infortunado contendiente el título de espada
mayor del continente y su defensor, aunque los señores del grano, no solían
tener pericia en batalla. Eran sembradores a los que se pretendía poner en pie
de igualdad con los invasores. Sólo había un señor al que Verecún no podría
comprar. El Dominus Doral Torvic de la casa del Grano Dorado. Uno de los pocos
guerreros que había prevalecido alguna vez contra los señores de las islas
sería el elegido en esta batalla simbólica. Aunque era un gran general y
experto estratega, Doral Torvic ya estaba entrado en años y no sería rival en
el combate contra un guerrero maduro pero habituado al combate. La elección de
la regencia, pretendía aniquilar el seguro foco de resistencia que podía
significar Grano Dorado. Uno de los pocos señoríos que poseía un ejército
consolidado y vasallos lo suficientemente fieles como para seguir a su señor a
la guerra.
La tradición de la espada mayor, era la más
venerada que poseyeran las islas. Era costumbre de las islas designar una
espada mayor, aquel guerrero más distinguido, el mejor de su casa, que tomaba
la atribución de comandar en la batalla y convocar las velas negras, es decir,
armar una numerosa flota para invadir y saquear un territorio. Conseguir que fuera
exitosa aseguraba que no hubiera próximo espada mayor, el título se heredaba al
mejor de su casa y este continuaba en el cargo hasta que sobreviniera la
derrota. Tres generaciones llevaban los señores de Rocanegra al frente de los
isleños gracias a sus numerosas victorias. Con el tiempo se empezó a sospechar
que no era el favor de la Madre Forja sino los arreglos que acostumbraban hacer
los señores de esta casa, los responsables de la seguidilla de éxitos que
cimentaron su fama como espadas mayores. El general Iccarius de Rocanegra no
fue la excepción esa vez cuando llevó a sus dromones directo desde Tres Escudos
hasta la Bahía de Marfil sin desviarse o acecharla, tan confiadamente navegó,
que sus hombres se miraron incrédulos. Y en un invierno muy húmedo y lluvioso,
en una noche sin luna, fría y ventosa, las velas negras llegaron a la Bahía del
Marfil. Fueron casi 500 dromones, navíos livianos atiborrados de remeros y
guerreros ansiosos, que trajeron a lo más selecto de las Islas a las puertas de
Madena. El regente de Madena, Verecún, señor del túmulo, se negó a la confrontación
y les franqueó el paso desoyendo todo consejo. La sospechosa irrupción de
semejante cantidad de navíos en la bahía hizo creer a los nobles madenienses
que Verecún estaba al tanto de la llegada de los isleños. La bahía de Madena
siempre había contado con una poderosa defensa y contaba con navíos de guerra
como para enfrentar a los invasores, pero sospechosamente estaban en campaña
combatiendo a los piratas en el extremo oriental frente a las costas de
Ur-Kamoi, en plena época de tormentas. Y el Ojo del Eterno, la colosal torre de
defensa que podía echar fuego sobre sus enemigos en el extremo este de la bahía
se hallaba con sus guardias borrachos esa noche, merced a la contribución de un
desconocido. Allí se almacenaba aliento del eterno, un compuesto a base de
manteca de cerdo, cal, salitre y otras
cosas que la mayoría desconocía. Los guerreros sombra habían provisto a Madena
de una generosa cantidad, aunque nunca dieron
su receta. Las torres menores y la opuesta, llamada la del Silbido, amanecieron
con sus guardias muertos al alba, en un acto de guerra que todos prefirieron
ignorar. Esa noche 500 barcos de guerra habían puesto proa hacia la bahía de
marfil. Esa noche solo dos navíos salieron a enfrentarlos.
–Capitán…ya hemos alistado los navíos, los hombres se niegan a
quedar en tierra.
En el mascarón de proa del navío insignia, un hombre de piel
tostada y cabellos canos miraba atentamente la negrura de una noche de viento y llovizna. La
bahía no mostraba un solo destello que rompiera el velo. Ni siquiera contaba con
un relámpago que le arrojara una pista, pero seguía con la vista fija. Los
viejos marineros sabían que nada se podía ver en semejante noche, como también
sabían que en realidad, el hombre no buscaba ver sino oir.
El capitán era a simple vista, un hombre de mar. No era por sus
numerosas marcas y tatuajes. Era su porte. Su piel quemada por el sol y la sal,
como atestiguaba el viejo refrán. Sus hombros fornidos delataban años de tomar
los remos, un remero que escapa a la suerte de su navío queda marcado por él. Todos
sospechaban que alguna vez había sido esclavo. Nadie se hubiera atrevido a
preguntarlo. Poco se sabía de su pasado, pero una vez llegado a Madena en su
juventud, no tardó en demostrar que era más pez que hombre. Y cuando se hizo
una leva para la flota, su figura apareció desde las profundidades del mercado
del puerto para ponerse a las órdenes de los primeros dromones de guerra de la
ciudad blanca. Su nombre no era uno que pudiera confundirse en las llanuras,
era nombre que tenía ascendencia en la ciudad pirata de Ur Kamoi, en el extremo
oriental.
Su
pericia como navegante y la influencia que ejercía sobre los otros hombres de
mar, le granjearon un ascenso casi indiscutido. Lejos de las rencillas propias
del ego, los demás capitanes vieron en él un líder, y lo siguieron hasta el
último momento.
Gibal
Galil fue durante la gran invasión el capitán del puerto. Reunió suficientes
hombres como para alistar dos embarcaciones, un dromón de guerra y una barcaza
de abordaje, eligiendo el mando de “Muerte sombra” por su amplia bodega. Era un
navío magnífico. Aunque urgía dar respuesta a la flota que se lanzaba contra la
bahía de marfil mandó al resto de los hombres a sumarse a la defensa de la
ciudad. Los capitanes de los demás dromones protestaron, estaban listos para
pelear, de hecho alzaron la voz reclamando pero el capitán no pensaba
sacrificar hombres que posiblemente fueran decisivos en la defensa. Algo andaba
muy mal cuando, tardíamente, llegaron los primeros reportes de avistamientos.
Barcos isleños con velas negras, navíos de la muerte. Habían salido de los tres
escudos, los puertos de guerra de Islas de Piedra. Había fallado toda la red
que se extendía y vigilaba los movimientos de los isleños. En esos puestos
había nombrado a sus hombres más fieles y dedicados, si los mensajes llegaban
tarde, esos hombres seguramente habían perecido. Y sabía que para que tal cosa
fuera posible, alguien con suficiente poder, había amañado las cosas. Conocía
hombres viles, dispuestos a entregar Madena, pero todavía confiaba en que también
hubiera hombres dispuestos a defenderla. Así que Gibal puso proa hacia los invasores,
buscando con su gema de aumento en la negrura de la noche, aún no sabía que
daño podría causar ni el tamaño de la amenaza. Solo sabía que si se plantaba
resistencia Madena no dudaría en resistir.
Se dedicó a buscar el dromón más ornamentado, el que tuviera el mascarón distintivo de los grandes señores. Podía ser un lobo blanco con sus fauces amenazantes de la casa Roca del Lobo, tres escudos con una espada atravesada de los Rocafuerte o una dama con un martillo en la mano, de los infames Fraguapiedra. Cuanto más grande y distintivo fuera el dromón, mayor sería el ilustre marino que lo comandara. Solo sabía que uno de esos grandes señores de la guerra dormiría con él en el fondo de la bahía esa noche.
Se dedicó a buscar el dromón más ornamentado, el que tuviera el mascarón distintivo de los grandes señores. Podía ser un lobo blanco con sus fauces amenazantes de la casa Roca del Lobo, tres escudos con una espada atravesada de los Rocafuerte o una dama con un martillo en la mano, de los infames Fraguapiedra. Cuanto más grande y distintivo fuera el dromón, mayor sería el ilustre marino que lo comandara. Solo sabía que uno de esos grandes señores de la guerra dormiría con él en el fondo de la bahía esa noche.
El honor
recayó sobre dos martillos cruzados y una centella en el centro. Recordó ese
emblema. No era una casa distinguida la que llevaba ese estandarte, pero si una
de las más conocidas. Sabía la triste fama que le precedía, como los carniceros
vasallos de la casa Fraguapiedra. Había tenido el dudoso honor de enfrentarlos,
por eso le pareció familiar. Fue en los años de su juventud cuando sangró en la
batalla del Ruhm, defendiendo al Dominus de Campoverde, una ocupación ideal
para un muchacho huérfano con pocas luces, escapado de un barco pesquero
kamoiense, que se había lanzado a la búsqueda de aventuras. Fue así que vagando
por los señoríos de las planicies, terminó encontrando más hambre que acción.
Su destino, como el de muchos vagabundos, fue el de acabar comiendo en los
campamentos de leva que los señores montaban cuando la invasión llegaba. Una
vez que llenaba la tripa con una comida decente, inmediatamente se encontraban
enlistados para la milicia. La mayoría pretendía desertar pero el día previo a
la batalla simplemente se los apresaba a la espera de la matanza. Aunque se les
siguiera llamando batallas. Era lo único que sabían hacer los señores del
continente en la víspera de la batalla, alistando por un jornal a quien
quisiera pelear por ellos. Tenían la esperanza que reunir un gran número de
infantería, como si esto fuera a desalentar a los curtidos guerreros isleños.
La
derrota, como siempre, resultó inevitable. Aquella ocasión, y una vez consumada
la matanza, los isleños pasaron revista entre los prisioneros. Los formaron
cerca de donde la noche anterior habían sido encerrados. A los heridos los
pasaron sin más a cuchillo, no había contemplaciones. El muchacho se irguió
cual largo era y no tardó en verse sobrepasando a los demás jóvenes reclutas. Su
porte era distinto, la vida en el mar había curtido su piel y templado sus
músculos. Aunque no quisiera, en la línea su figura se destacaba. Un señor de
la guerra pasaba buscando buenos esclavos para su terruño y viéndolo entre las
filas de fallidos guerreros y mercenarios, se acercó a él. Sus tatuajes, en honor
al mar, característicos de Ur-Kamoi lo delataron. El señor de la guerra,
vestido con una reluciente coraza y su distintivo, dos martillos y una centella
decorándola, puso sus negros ojos en él. No lo enfrentó, solo bajó la mirada y
se deleitó en el ornamento de su coraza. Recordó cuanto brillaban en relieve, y
la distinción que brindaban al portador. Era un hombretón de larga cabellera
negra y unos ojos negros profundos como pozos, Se inclinó a él con una sonrisa
despectiva y dijo algo en lengua del mar, para sorpresa de Gibal…
–Demasiado lejos del agua…
No hubo demasiado que recordar después. Lo siguiente fueron años
remando encadenado en el vientre de un dromón, esperando el momento de su
muerte. Solo los fuertes lograrían sobrevivir las extenuantes jornadas, Aunque
hubo veces en que hasta los fuertes se dejaron ir para escapar a través de la
muerte a ese tormento. Uno tras otro los vio dejar sus lugares vacantes. Malik
el trasgo, Ur el tuerto que esperaba que su tribu viniera por él. El viejo Licarno,
quien fuera su último maestro al enseñarle que el odio es la única batalla que
le quedaba por pelear, que usara ese sentimiento para mantenerse vivo, pero si
alguna vez lograba escapar de ese barco, dejara todo ese sentimiento en su
bodega. Y tomó ese consejo como brújula, aún cuando el viejo pereció de
agotamiento una estación más tarde. Un naufragio cerca del estrecho ardiente le
ofreció una segunda oportunidad para vivir. Aunque sería difícil salir de las
entrañas de aquel navío anegado. El barco se fue a pique demasiado rápido y esa
bodega se fue tan al fondo que no tuvo más remedio que llevar su odio con él…creyó
que volvería a tener aire en sus pulmones cuando quedó sumergido en la negrura
de esa bodega. Las cadenas le impedían escapar. Estaban unidas a la viga
central del casco. Fue la fortuna, y el
buen signo de las diosas marinas que ese mismo fondo colapsara cuando chocó con
una saliente rocosa de camino al fondo del estrecho, fue designio de las diosas
de las aguas que la misma viga central cediera por el impacto y que el grueso
ojal de hierro se torciera liberando sus cadenas. Arrastrando sus eslabones y apartando
las manos que se aferraron a él todavía encadenadas buscó la superficie. Nadó
con una energía inhumana para vencer el contrapeso de esa larga cadena. Los que
conocieron la historia siempre creyeron que él murió ahogado esa noche, que lo
que emergió desde lo profundo de las aguas y del odio, era otra cosa, un ser de
voluntad inquebrantable listo para la venganza, un ser que se propuso no
olvidar desoyendo el consejo del viejo Licarno, el no dejó su odio en la
bodega, lo llevó con él, aunque pesara más que una cadena de hierro.
Despidió a la tripulación antes de alcanzar Punta del Ojo. Ya
habían hecho su trabajo, y no era seguro que alcanzaran tierra a nado si se
adentraban más en el Mar Oscuro. La enorme vela estaba desplegada, la carga
estaba en la bodega. La cubierta estaba limpia de todo aquello que pudiera
arder. Sólo necesitaba derivar un poco más, la flota enemiga venía a buena
velocidad y no tardaría en darle alcance.
La
primer flecha incendiaria no tardó en caer. Podía escuchar sus risas con
claridad. El mar tiene esa magia de transportar los navíos y los sonidos con
facilidad, reían mientras apostaban seguramente, quién sería el que le acertaría
al mástil. No se apuraban en incendiar la vela ya que se quedarían sin juego.
Igualmente no podrían. Viró a babor para proteger un poco la embarcación. Las
risas aumentaban, seguramente pensando que trataba de escapar. Era difícil
maniobrar con una barcaza cargada, atada al dromón. La negrura de la noche
había ayudado de ocultarla, y su pericia hizo el resto. Había llegado a la
desembocadura de la bahía donde la corriente hacía un extraño giro y lo
arrastraría violentamente hacia el oriente, y Gibal contaba con ese impulso. La
cubierta empezó a arder lentamente. Los marineros la habían empapado con agua
de mar junto con la vela, como les había mandado, así que tenía algo de tiempo.
Cuando sintió el empujón de la corriente giró violentamente el timón y se lanzó
con su carga contra los dos escudos y la centella que se ocultaba detrás de la
primera línea de navíos.
El navío
ardía lentamente enviando su mensaje luminoso a toda la bahía. A lo lejos ya se
oía las campanas advirtiendo y se escuchaba el murmullo de los gritos de
alerta. La tarea estaba cumplida…en parte. La flota completa ahora estaba en
guardia. Al menos eso quería que creyeran. La resistencia encontrada hasta
ahora era tímida pero la bahía podía volverse un infierno si se lo proponía.
Soltó las amarras de la barcaza. Era más liviana a pesar de estar cargada por
completo. Cubierta como estaba de una vela y pintada con grasa ennegrecida,
apenas mostraba algún destello cuando viajó rauda contra la formación de naves
isleñas. Sabía que la verían muy tarde, era una barcaza de abordaje, confiaba
en que la atacarían como habían hecho con él. Después de todo, era una táctica
isleña muy antigua para adueñarse de navíos sin necesidad de causarle daños.
Las primeras advertencias se oyeron pronto, se escuchó el grito de ¡tensar! Y
Gibal por única vez en la noche, sonrió. La siguiente orden no tardó en oírse…
¡soltar! Y las flechas salieron como luciérnagas en busca de su destino. La
llamarada iluminó la noche cuando la barcaza llena de aliento del eterno
estalló en una bola amarilla de fuego, despidiendo la grasa encendida en todas
direcciones. Siete dromones fueron alcanzados por la explosión, causando
confusión en las tripulaciones. Había una extraña belleza en ese súbito
destello iluminando esos navíos que pretendían esconderse. Lo que seguía
también fue lo previsto. El reflejo de apagar el fuego con agua de mar
completaba la faena. Lejos de atenuarse, el fuego se avivaba con el agua
condenando las naves a arder inexorablemente. Sostuvo el timón mientras se
protegía de las flechas, su barco seguía ardiendo pero había hecho cargar la
cubierta con odres llenas de agua y estaba
rodeado de ellos. Los fue rompiendo a medida que las llamas se acercaban,
comprando tiempo. Todavía no estaba lo suficientemente cerca de los dos
martillos y la centella.
Se
acercó a los navíos incendiándose, el aliento del eterno ardía sobre el agua, y
aún debajo de ella, no había salvación para nadie allí. Se lamentó por los
remeros, seguro habían sido esclavizados como él alguna vez, en tristes
circunstancias, pero conocía su situación y saber que morían junto a sus
captores les brindaba una única, aunque modesta satisfacción.
La proa
de Muerte Sombra enfiló hacia las embarcaciones incendiadas, partiendo a una
por la mitad, gracias al peso del impulso que le daba su propia carga. La brisa
cargada de calor le hizo arder la cara. La superficie del agua se iluminaba
fantasmal por el destello del incendio desatado. Los islotes de fuego
salpicaban la oscuridad del mar mientras los gritos de los infortunados se
multiplicaban, debían elegir entre ahogarse o quemarse, luchando vanamente por
escapar. La imagen de los náufragos tapizando la superficie del mar, coronó la
vista de Gibal.
Las
embarcaciones que venían detrás de la vanguardia habían empezado a virar para
evitar el daño pero el señor de los martillos y las centellas quedó atrapado en
lo cerrado de la formación, una veintena de dromones luchaban entre sí por
abandonar la mancha de fuego que tenían por delante. Lo buscó con la vista. A
pesar de que su melena se volvió cenicienta con los años su porte permanecía
intacto. Lo vio junto a su mascarón, al pie de su embarcación, maldiciendo por
todos los dioses que conocía. Sintió una especie de alivio, por encontrarlo. Su
coraza, otrora reluciente, había visto el paso de los años y se la veía mellada
y opaca. Ya no brillaba, ni con los barcos incendiándose en sus narices.
Recordó que un isleño jamás la cambia. No sabía si llegaría a impactarlo, había
demasiados despojos entre ambos pero al menos lo veía y se aseguró de que él
también lo viera. Parado en la quilla se quitó el jubón dejando a la vista sus
innumerables tatuajes, se los señaló mientras le gritaba en lengua del mar.
Leegstra
de Rocaforjada, observó a sus naves chocar entre sí impotente, entendiendo que
su avanzada había fracasado. Había logrado ser designado la vanguardia de la
invasión. Sitial que le auguraba la gloría en ese simulacro armado por el
general Iccarius. Las crónicas hablarían de la casa que abrió el camino en la
gloriosa avanzada al continente. Debía resultar un modesto paseo hacia un
destino rendido. Así lo habían planeado. Había resignado su parte del botín
para conseguir asistir al evento en primera fila. Lo que veía ante sus ojos era
el desastre desatado. La segunda línea tratando de asistir a sus compañeros, se
acercaron arrojando agua a los infortunados, solo para lograr avivar más las
llamas, pronto la segunda línea perdió tres embarcaciones más y en la tercera
línea se hallaba atrapado él. Justo cuando empezaba a saborear el festín que se
avecinaba, había sido emboscado por un solo barco. La vergüenza no podía ser mayor.
Solo rogaba que su sobrino, que comandaba la primera línea de dromones hubiera
ardido en el más espantoso tormento.
–General…el capitán de la nave enemiga trata de llegar hasta
nosotros, viraremos para escapar del fuego y señor…dijo el capitán de cubierta
con cara de asombro.
El general no dejaba de mirar la mancha de fuego amenazante, pero
notó que algo más había en el gesto de su segundo.
– ¡Habla de una vez!
Señor…nos está gritando algo. –le dijo y continuó dando órdenes a
diestra y siniestra tratando de dirigir al timonel para salir del laberinto de
naves entrechocando.
Leegstra
sabía que la vergüenza había caído nuevamente sobre su casa. Años había
invertido su padre en borrar su pasado de pirata para ganar favor ante las
espadas mayores. Aunque eso significara cometer los actos más terribles en
nombre de su señor. Aún en su lecho de muerte le había pedido juramento para
continuar lavando el nombre de Piedraforjada. Quería que alguna vez, alguno de
sus descendientes, llegara a poner su nombre en el Salón de la Forja, fundir la
espada y la coraza en la fragua sagrada, ofrendando su acero a la Madre Forja.
Quizás conseguir unas nuevas para el mejor de su casa, anhelando el día en que
le fueran otorgadas. Llegaría el día en que acumulara suficientes martillos en
su coraza, merced a sus hazañas. Todos aquellos sueños ardían en el Mar Oscuro
frente a la Bahía de Marfil, y el hombre que se los había arrebatado ya
empezaba a divisarse entre el humo y el fuego. Gritaba a todo pulmón, pero
nadie entendía lo que decía. No podían, era la lengua del mar. El que
vociferaba se señalaba el pecho, le mostraba algo, sin preocuparse porque su
nave estaba casi envuelta en llamas. Su segundo seguía impartiendo órdenes y
parecía estar logrando hacerse camino entre los demás dromones. La única salida
fue arremeter contra sus propios barcos, aún a costa de hacerlas zozobrar.
Siguió mirando al vociferante tratando de entender por qué le gritaba eso.
Ahora empezaba a señalarlo. Parecía conocerlo. El creyó saber quién era pero
luego dudó. Tantas matanzas, tantos enemigos, tantas casas agraviadas en nombre
de sus señores a lo largo de su camino, ¿cómo saberlo? lo que era seguro es que
alguno de todos ellos había logrado encontrarlo y acabar con el honor de su
casa, en una noche cerrada, acometiendo contra la flota más numerosa que se
recordara, con un solo barco. Volvió a maldecirlo con todas sus fuerzas
mientras ese hombre solo repetía una y otra vez lo mismo, aún no entendía por
qué ese hombre gritaba una y otra vez…
–demasiado lejos de la tierra…demasiado lejos de la tierra…
El general desenvainó su espada y lo señaló…– ¡Ven por mi
malnacido! –dijo en perfecta lengua del mar, un dialecto que hacía mucho tiempo
no usaba. Y entonces sintió el calor barriendo el aire en un destello cegador.
El barco enemigo estalló en una inmensa bola de fuego naranja rojiza,
llevándose los gritos, el extraño marino que vociferaba, sus martillos cruzados
junto a la centella pintada de amarillo. Se llevó su sueño de dar honor a su
casa y escribir su nombre en algún salón de Piedramayor, allí en el enorme
castillo oscuro que se elevaba en la ladera del Monte de la Diosa. Se llevó la
ambición de ver finalmente el emblema de su casa coronar el portal de la espada
rota, y dar finalmente gloria a su linaje maldito, tal como su padre le había
reclamado. Pero nada de eso ya importaba. La carga y el sueño de borrar el
pasado de su casa, se elevaron hacia la negrura de la noche, fugazmente
iluminada, junto con toda la flota de Piedraforjada, y luego se apagaron por
completo, perdiéndose para siempre. Lo último en apagarse fue una espada, que
lanzada como proyectil ardiente, fue a clavarse en el casco de un dromón
rezagado, que por su impericia no había podido llevar el ritmo, librando a su
tripulación del desastre.
Los marineros curiosos, con esfuerzo lograron
rescatarla y se la mostraron, como quien muestra un animal misterioso, a su
capitán que no dejaba de contemplarla sorprendido. La hoja estaba ennegrecida y
el mango aunque dañado parecía ornamentado. La sostenía con firmeza una mano
cercenada, cuyos dedos llevaban los vistosos anillos del señor de
Piedraforjada, parecía asirse con fuerza a la empuñadura, aunque no hubiera
brazo que la tensara. El capitán la guardó con respeto sin tocar esa mano que
aferraba la espada, esa mano que desmentía la muerte, como negándose a aceptar
su destino.
jueves, 4 de octubre de 2018
Una rendija en la armadura
Se retiraron sin confrontar con los voyanas. Los números eran similares, pero les preocupaba lo descuidado de los movimientos del enemigo. Demasiado despreocupados por ser vistos. Parecían estar de paseo. Eso era algo que no era común para ellos. Habían descubierto movimientos más elaborados en la frontera y era dificil que se escapara algo para quienes sabían qué y donde vigilar, pero ellos no estaban escondiéndose de nadie. Estaban haciendo gala de su legendaria arrogancia.
─No me gusta ─dijo Crow. ─Escuché demasiadas historias acerca de ellos como para tragarme la carnada. Deberíamos volver al camino alto y ver para que nos distraen con ellos.
Leo estaba de acuerdo e hizo una seña para retirarse en silencio. Pronto hubo ruidos en la maleza que hicieron que todos se escondieran y prepararan sus aceros. Vallekano apareció con cara sorprendida esperando otro recibimiento...
─Hice la llamada del búho antes de llegar...
─Creo que te equivocaste de pájaro...otra vez ─dijo Parabel con una sonrisa.
─Están bajando dos compañías por el camino alto. Escudos pesados, armadura completa, espero equivocarme pero creo que son tortugas.
─¿Barcas está con ellos? ─preguntó Leo con el gesto adusto
─No lo he visto, a menos que haya adelgazado 20 libras y ahora mida una vara menos. Parecen jóvenes y esbeltos. No los recordaba tan elegantes ─agregó el arquero.
─Nos atrajeron al bosque, o nos creen escondidos en el, mientras ellos blindan el camino real con suficientes tropas como para que los voyanas hagan el trabajo sucio, estamos entre dos frentes...
─Aún no Crow, no si nos movemos rápido ─Contestó Leo y ordenó volver rápido al camino
La idea era simple. La única debilidad del Paño Morado era la marcha, debían adelantarlos antes de que fijaran posición. Y todo dependía de donde lo hicieran. Demasiado alto en el camino habían vencido a otras compañías con facilidad. Pero era una opción lógica para alguien como Barcas. El punto es que si él no estaba al frente podían esperar que siguieran bajando y confiando en los voyanas como distracción. Todo se aclararía en cercanías del camino.
─Busquen la flecha negra ─ordenó Leo.
Enseguida encontraron una en el tronco de un árbol. Hubo que trepar y fue Crow el que se encargó de ello. Apenas alcanzó la flecha se dio cuenta del porqué de lanzarla justo allí. Entre el denso follaje se abría un claro que mostraba buena parte del camino. La información era acotada pero clara, dos compañias, una de caballeros negros y una de tortugas en apoyo. Vio las dos columnas a la distancia avanzando a paso ligero por el camino. Practicamente trotaban lo que denotaba que buscaban alcanzar una posición ya en pleno camino real por el perpetuo temor de que las tropas de Lurzt brindaran apoyo.
Desde allí Crow mandó la flecha negra de nuevo hacia el campamento con las órdenes de preparación para quienes estaban allí guardando el puesto. Pero el estratega sabía que ya estaban listos.
Pronto se habían dispuesto a ambos lados del camino. Esperando por ellos. Eran más, muchos más y bien armados pero estaban en la única situación donde podían verse vulnerables.Toda armadura tenía una rendija, solo había que saber buscarla.
Carlos, que siempre tenía sus artilugios preparados esparció un polvo púrpura en el camino. Les dijo a todos que esperaran a que los fuegos ardieran antes de montarse en el camino. Eran preferibles los arcos en primera instancia. Dejaron una pequeña guarnición detrás vigilando a los voyanas que se movían a ritmo cansino tal como seguramente les habían pedido.
Carlos se sentó en medio del camino y se quedó allí esperando mientras escribía algunos signos en el suelo con una delgada vara. No parecía una gran amenaza pero era seguro que las columnas se detendrían a prudente distancia, lo cual sucedió apenas lo vieron. El capitan a cargo temió lo peor e hizo lo único que sabía hacer, envió al grueso de las tropas a los márgenes del camino mientras enviaba una partida reducida a reconocer al extraño que parecía actuar como un lunático. Escribía en la tierra y cada tanto señalaba al cielo con la vara en aparente diálogo con alguna deidad. Un caballero negro cubierto por arqueros se adelantó para interrogarlo.
─Dime tu nombre o perece...─gritó imperativamente el caballero, visiblemente nervioso.
─No hay que molestar a los fantasmas...no no no, no hay que molestar a los fantasmas de la montaña...─repetía Carlos con la mirada perdida.
El caballero se acercó una poco más con la mano en la empuñadura en un gesto amenazante y repitió la pregunta.
─¿Quién eres? habla o morirás...
─No hay que molestar a los fantasmas, no no no...no hay que molestar a los fantasmas...porque los fantasmas no pueden morir ─contestó mirándolo fijamente con una sonrisa perturbadora.
El caballero desenvainó mientras daba la señal a los arqueros de que ataquen pero Carlos ya había lanzado una chispa de pedernal al suelo y desaparecido en la espesura. Un chispazo dio lugar a otro y este a un tercero. La tierra pareció encenderse y lanzar abundante humo. Pronto el caballero y los arqueros quedaron envueltos en la cortina grisácea y ya no los vieron más. El humo parecía crecer rapidamente así que el capitán ordenó que se internen en el bosque y lo rodeen. Directo a donde los querían. Las trampas no se veían pero se podía escuchar los gritos a medida de que estas iban siendo accionadas. Zanjas con estacas, troncos suspendidos de cuerdas en las alturas, rejillas de púas que se alzaban cuando las pisabas. Todo lo que pudiera servir para herir estaba allí dispuesto. Era el trabajo de semanas y sin embargo aún quedaban suficientes enemigos para una buena batalla. Los voyanas tarde o temprano vendrían a enfrentarlos así que debían terminar con la amenaza del camino. La batalla en el bosque se volvió cruenta. Los tortugas habían sido llevados a terreno desfavorable pero los caballeros se reordenaron rapidamente. La hermandad plantó un frente con sus guerreros pesados, escudos cercanos y defensa cerrada, pero solo era una manera de que el enemigo se orientara hacia ellos. Las espaldas pronto quedaron descubiertas. Lanzas y flechas hicieron mella en ellos que no podían luchar en el bosque con el humo invadiéndolo todo. Finalmente los tortugas se agruparon en formación con sus escudos cubriendo los flancos y cerrando la cobertura con ellos sobre sus cabezas. Allí los hermanos usaron las vasijas del incendiario y el fuego llovió sobre ellos terminando de cerrar la trampa. No por nada les decían los fantasmas. Poco era lo que pudieron ver los caballeros negros a su enemigo y este los había barrido con terrible eficacia. Tenían suficientes batallas contra ellos como para saber al dedillo de que manera luchaba cada compañía. Ese bosque maldito se había transformado en un suplicio que los guerreros del este querían evitar. Pronto las filas se rompieron y los guerreros empezaron a correr escapando por el bosque tratando de llegar al camino. Una flecha de Vallekano dio cuenta del capitán. Por más que escaparan no había todavía quien diera las órdenes, vieron a un sargento de los tortugas gritando y ordenando en el caos y fueron tras él. Raluk lo calló para siempre.
Para cuando los voyanas llegaron el bosque era un tapiz sangriento, cubierto de corazas negras y humo grisáceo. El líder se adelantó con su caballo y partió una flecha en alto, la vieja manera de pedir audiencia. Estaba solicitando parlamento.
─Suelta tus armas y desmonta ─grito la voz de Crow a través de la bruma.
─¿Me crees idiota fantasma? acabas de emboscar a sesenta hombres y matarlos sin siquiera mostrar tu rostro...hablemos a través de la niebla. A mi no me molesta.
─No los matamos a todos, algunos se fueron corriendo...¿que es lo que quieres? has venido a mis tierras a asesinar pero pretendes modales, tú también me tomas por idiota. ─contestó Leo con desprecio.
─Supongo que tu eres el líder, ...¿o me equivoco? ─interrogó el voyana
─Los fantasmas no tienen rango.
El voyana rió sonoramente. Miró hacia sus espaldas y dijo algo en su idioma. Hubo más risas entre la bruma. Javensen se acercó a Leo y le tradujo.
─Les está diciendo que estamos locos al creernos fantasmas, les pregunta que seremos cuando terminen con nosotros, si puede haber fantasmas de fantasmas...
El voyana volvió a hablar sureño lo mejor que pudo, era raro que parlamentaran, debían estar encomendados. Mucho oro debían haber puesto en esas bolsas para que trajeran un mensaje.
─Vine a hablar con los rebeldes del sur, esos a los que el pueblo llama salvadores...a traerles malas noticias. Pueden seguir cuidando el paso, que nosotros nos encargaremos de ir por sus hogares. Pagan muy bien por las orejas de sus esposas y los ojos de sus hijos, aunque los corazones de sus madres son el mejor precio que pudimos negociar...
─Crees que vamos a rendir las armas por un par de amenazas. ─contestó Leo. ─solo eres un perro amaestrado de los generales del este. Esos que pisotearon sus tierras y violaron a sus mujeres.
─En eso te equivocas fantasma...también las mataron. Pero bueno, lo importante es que salvamos los caballos...
Leo no contestó a eso, sería inútil continuar. No había mucho sentimentalismo en un voyana. Solo una provocación barata que les hacía perder el tiempo. Además de que estaban interesados en saber quien era el lider.
─Bueno, nadie de aquí manda entonces, una pena porque el mensaje era para esa persona, los demás me tienen sin cuidado, pero...
─Yo soy el líder ─gritó Crow ─di lo que tengas que decir
─Se que tú no lo eres. Sabemos que el lider viene del este y que tiene a su pueblo en la montaña. Es un Hindrata. Dile que ya ubicamos a los suyos. Que le conviene ir haciendo su nido aquí porque el original será historia dentro de poco. Y todos ustedes, sepan que iremos por los suyos también, sea aldea, fortaleza o templo. Vamos a cazarlos uno por uno, a todos ─terminó de decir con palabras que sonaban como golpes
Crow no vio cuando Leo desapareció, lo tenía a su lado hace un momento. Luego se perdió de vista aunque una sombra que se movió entre la bruma lo delató. Lo vieron correr hacia el líder de los voyanas y saltar sobre el caballo. Los dos cayeron trenzados en lucha mientras ambos bandos se mantenían expectantes. La orden era mantener posiciones, algo lógico dada la poca visión en el bosque. Se escuchaban los quejidos y los ruidos de la lucha. Ambos estaban trabados con sus dagas prestas.
─¿Que pasa Aguilucha? ¿un bárbaro te ha hecho enojar?
─Vamos a ver si eres tan legendario cuando te hunda mi acero perro voyana. ─contestó Leo con la voz entrecortada por el esfuerzo.
─Me haré una linda camisa con los tuyos, con sus caras en mi pecho, te lo puedo asegurar ─lo provocaba el voyana para minar sus fuerzas pero Leo seguía siendo un guerrero capaz y disciplinado. Finalmente el voyana cometió un error y aunque tomó el antebrazo de Leo sintió como la daga comenzaba a pinchar en su costado.
─No lo entiendes aún Hindrata, estás tan condenado como los tuyos aunque logres matarme.
─Eso lo sabré por mi cuenta, pero no creo que tú llegues a verlo ─le contestó mientras presionaba por clavar la daga que el voyana aún no permitía hundir
─No lo entiendes, puedes clavarme tu acero, o cortarme un brazo, pero jamás podrás tocarme...
─Me conformo con eso ─dijo finalmente Leo venciendo la resistencia de su oponente y enterrando su daga hasta la empuñadura en un diálogo que no tendría más lineas.
Los demás llegaron junto a Leo que aún sostenía la daga contra un oponente inerte.
─Leo...déjalo, ya está muerto.
Los hermanos rodearon a su líder. Estaba con el rostro desencajado mirando hacia las montañas. Pensando seguramente en los suyos. Nadie sabía si tenía esposa o hijos, madre o padre, hermanos...solo sabían que los voyanas iban tras ellos.
─Perdónenme...por favor perdónenme ─alcanzó a decir mientras tomaba el caballo del voyana y partía al galope. Seguramente hacia una trampa voyana hábilmente preparada. Los hermanos se miraron entre sí sin atinar a decir algo.
─¿Que vamos a hacer? ─preguntó Oscar sin obtener respuesta. Todos se seguían mirando mientras nadie atinaba a decir nada. Parecía que quien dijera algo sería tomado como referente y extrañamente nadie quería ese rol. Sharra llegó desde la bruma tirando delante de ellos el cuerpo de un voyana y empezó a limpiar su espada.
─Se fueron, dejaron a este de vigía por si su lider tenía éxito con Leo, volvamos al campamento...
Todos la miraban fijo. Ella los miró extrañada mientras buscaba a Leo con la mirada. El semblante de los hermanos fue suficiente explicación. El lider voyana seguía allí pero ni Leo ni su daga estaban a la vista. Tampoco el caballo del bárbaro.
─¿Es una broma? ─llegó a decir Sharra mientras el resto la miraba como una manada de cachorros sin madre. ─¿que están mirando?
La bruma empezaba a despejarse. Todos volvieron en silencio y los semblantes siguieron hablando y contestando las preguntas que nadie podía hacer. Las tretas de Turbarión parecían infinitas. Y las espadas, cada vez más escasas. La fuerza de la hermandad seguía menguando en una sangría interminable. Más de uno recordó su hogar y el peligro que significaba que bandas de mercenarios fueran en su búsqueda. Valkiria estuvo largo rato sobre el camino viendo como se alejaba por el valle en dirección al sur. Recordó lo poco que hizo falta para que perdiera a sus hermanas y lo mucho que significaban para ella las almas que cuidaban el templo de la guardiana. Las últimas que velaban por mantener la noche a raya. Tuvo el impulso de tomar un caballo y galopar con destino al mar pero se contuvo a último momento. Dos lealtades no hacen una pensó con tristeza mientras el sol caía sobre el valle que estaba sereno y hermoso bañado por los reflejos rojizos del atardecer.
Vallekano se acercó a Crow que miraba hacia el camino alto, quizás con la loca esperanza de que su líder regresara o que viniera al menos a pedirles ayuda. Pero eso era lo último que haría Leo. Él como todos, conocía la importancia de ese paso y todo lo que dependía de la voluntad de unos pocos.
─¿Estás bien cuervo?
Crow no supo que responder así que se encogió de hombros y le mostró el pulgar hacia abajo. Vallekano le palmeó el hombro y regresó al campamento. No hacía falta explicar demasiado.
lunes, 1 de octubre de 2018
La prueba del rey
Lurzt había nacido como una fortaleza que controlaba el paso de la montaña. Una modesta construcción con torres y empalizada que dominaba las alturas del Espinazo. Como todo lugar que ofrecía refugio en regiones peligrosas fue creciendo aceleradamente, recibiendo voluntarios y aldeanos que cada vez temían más por lo que bajaba de la montaña, o subía de los llanos. Había algunas casas en su interior donde las aldeas cercanas montaban un modesto mercado y dependencias particulares. Se pensó en tener algunas casas para las familias de los soldados, pero quién elegía ese destino solía no tener demasiado arraigo. Pronto albergó a numerosas familias y se volvió un verdadero pueblo de montaña.
La fortaleza nunca cayó. Resistió numerosos embates de enemigos de todo cuño. Pero poco quedaba de ella. Ningún noble del sur quiso vivir allí, estando tan expuesto. El castillo real se construyó en la comodidad del valle, más allá del río, en la continuación del camino alto que pasaba a llamarse camino real. Lo que no lograron las espadas enemigas lo consiguió el sello del príncipe mudando a los mejores hombres de la guardia y dejando algunos voluntarios para reemplazarlos. En tierras más propicias se había construido un imponente castillo, lejos de las amenazas, y se buscó a los mejores para que lo guardaran.
De ese puesto en el que un puñado de guerreros mantenían a raya a los tribus de los llanos y los bandoleros que asaltaban a los comerciantes en el camino alto poco quedó. Hoy era ruinas. Las más gloriosas que se conocieran supo decir el general que cerró para siempre sus puertas. Supo tener capitanes de renombre a cargo. Guerreros que nadie osaba desafiar y que se retiraban al sur cuando cumplían su guardia. A veces tardaban años en reemplazarlos, en la mayoría de los casos porque nunca más abandonaban el fuerte.
Se dice que debías pasar un desafío mortal para ser parte de las filas del fuerte. Le llamaban el desafío del rey porque se contaba que así reclutaban los sinarcas en el lejano Kamistán. El voluntario debía vencer en lucha a varios de los soldados del fuerte, cada uno especialista en un arma específica. Luego tenía que pararse sobre una delicada alfombra carmesí, sin ensuciarla y con un arco darle a un blanco que apenas se divisaba por la ventana de la torre. Se pensaba que era un desafío imposible pero se cuenta que algunos lograron pasarla para convertirse en soldados con derecho a vivir allí. Podías vencer en la lucha y retirarte como muestra de valor, pero si ponías un pie sobre la alfombra debías completar el desafío o perder la cabeza. Nadie abandonaba la alfombra sin haber cumplido su cometido. La mayoría que pasaba los primeros desafíos simplemente luego desistía de continuar. Vencer a soldados experimentados era suficiente prueba y confiaban en ello para ser aceptados, pero hubo algunos que siguieron adelante.
Se cuenta que uno de los últimos en intentarlo fue un muchacho. Uno delgado, pero con el cuerpo marcado por el esfuerzo. Dijo que había escapado de la muerte y que estaba allí para demostrar algo. Muchos se rieron, aunque no tanto cuando empezó a vencer a soldados mucho más fuertes que él. Y rieron menos cuando se paró descalzo, con decisión en la alfombra y tomó el arco con una sola flecha. Tensó lentamente el arco sintiendo la oposición de la cuerda, palpando la fuerza, el balance de la madera que crujió por el esfuerzo. El arco parecía empezar a partirse. Recién allí comenzó a elevar el arma buscando el ángulo correcto. El capitán de la guardia disfrutaba de los que se paraban allí sin temor a perder la cabeza por un tiro imposible. No importaba si fallaban. Para él ya habían dado la talla aunque nunca lo dijera. No habría decapitación alguna, sólo eran retenidos en las mazmorras un rato para dar dramatismo al asunto. Necesitaban ver de que estaban hechos los postulantes y no se le ocurría nada mejor. Luego de apuntar a la ventana el muchacho bajó el arco y apuntó al fondo de la gran sala y soltó la flecha. Todos se cubrieron lo más que pudieron mientras la flecha silbó partiendo el aire. No parecía apuntar a nadie en particular. En medio del revuelo el muchacho escapó por los establos como alma llevada por el mismo averno y nadie pudo dar con él o volver a verlo. El capitán se acercó a la flecha que se hallaba incrustada en la pared, atravesando el estandarte de la casa real de Lurzt. Las dos torres con un águila coronando el paño, y en cada torre una pequeña ventana, y en el centro de una de ellas, la flecha perfectamente ubicada.
El capitán llamó a los suyos y dio por terminada las pruebas. El mensaje era claro. Pero no podía darlo a conocer a todos así que reunió a sus hombres de confianza.
─Hermanos, nuestro escudo son dos torres, símbolo de esta fortaleza,y el castillo de Lurzt, sobre ellas se alza el águila que todo lo contempla desde las alturas, esa ha sido siempre la permanente vigilancia de la guardia real. Esta flecha atraviesa la ventana de nuestra fortaleza...el príncipe nos ha dado la espalda, esto ha sido un aviso...
─¿De quién hermano? ─se animó a preguntar uno.
El capitán miró a sus hombres pero no contestó y los despidió con un gesto. Si finalmente los rumores eran ciertos y les quitaba el apoyo quedarían a merced de sus enemigos. Porque nadie en su sano juicio tomaría la responsabilidad de debilitar la frontera. La única manera de que esto se llevara a cabo era que el bastión cayera finalmente. A pesar de lo privilegiado de su ubicación no era imposible que fueran sitiados. En el este siempre estaba presente el rumor de que el día de la rebelión estaba cercano. Y que los reyes de la moneda y sus exigencias había colmado la paciencia de los clanes, al punto de dejar de lado las diferencias y unirse contra ellos. Se decía que el este empezaba a organizar su respuesta. Y si finalmente llegaba la invasión. Es posible que el principe de Lurzt hubiera negociado abrirles la frontera. Franquearles el paso con la promesa de que su castillo fuera respetado, pero todo lo demás quedaría librado a su suerte. El capitán se había negado a creerlo pero en el fondo temía la cobardía del príncipe. Jamás había sido propenso a las lealtades fuertes. Después de todo, los Angras, la casa fuerte del este, y la casa Astrim tenían antepasados en común. El primer comandante de Lurzt fue un guerrero de ese clan y se quedó allí cuidando el único paso de montaña de la región de los valles. El Portezuelo. Con el tiempo los lazos se debilitaron pero la huella permanecía a modo de excusa. Sobre todo en tiempos de guerra. Tendría que ser claro con sus hombres. El comandante Bashnya contaba con el respeto de la guardia de Lurzt. Era tiempo de volver al castillo. Quedarse significaba soportar un asedio contra quien sabe que fuerzas. Todavía tenía la flecha del muchacho en la mano. Sonrió con resignación. Había empezado el día probando a otros y terminaba siendo probado de la misma manera. Había caminado por la sala absorto en sus pensamientos y cuando alzó la vista estaba parado junto a la alfombra carmesí. No se dio cuenta como llegó hasta allí y estuvo a punto de apartarse pero se detuvo un momento. Dio el paso y se puso sobre ella con determinación. Había tomado la decisión. Estaba listo.
domingo, 30 de septiembre de 2018
Oscar "matalobos" líder de la manada
Hasta los oráculos fallan al predecir quien será un buen líder. Eso ha pasado siempre. Los lideres tienden a creer que su descendencia será tan capaz como lo fueron ellos. Pero un líder no nace como tal. Ni se educa como tal. Un lider quizás no sabe que lo es hasta que le toca afrontar el viejo interrogante...¿que es lo mejor para los míos? y tiene una buena respuesta para ello.
Crecido en los bosques negros, esas imponentes masas verdes y húmedas en las faldas de los montes que forman el Espinazo. Allí creció un aldeano que en principio molía grano con su padre en un pequeño molino. Se llamaba Oscar y no era guerrero ni cazador. La guerra y la caza le eran ajenas. Hasta que en sus años cercanos a la hombría presenció como los lobos se llevaron a su pequeño hermano. Los rastreadores no podían dar con la manada de lobos grises que asolaban la zona y fueron muchos más niños las victimas. La aldea quedó sumida en el oprobio. Se consultó a los dioses de la montaña por las terribles pérdidas. Los lobos le habían arrebatado el futuro. Este muchacho llevó las riendas cuando los adultos no dieron la talla. Organizó a otros muchachos. La mayoría, mayores que él para dar caza a la manada que se había vuelto devoradora de hombres.
Sólo tenía la experiencia de poner trampas para las ratas que asaltaban su silo de granos, pero para él todo animal hambriento es descuidado ya que se desespera por obtener su presa.
Oscar estaba enfermo de venganza pero se ocupó de ocultarlo detrás de sus trampas y estrategias. Su padre intentó disuadirlo pero vio en su mirada un brillo desconocido. Había algo nuevo o que había permanecido oculto hasta entonces. Y aún con el dolor a cuestas de haber perdido a su hijo menor, no tuvo las fuerzas de oponerse a la locura de su primogénito. Oscar se internó en el bosque
y nadie volvió a verlo por semanas. Se había hecho confeccionar una lanza en secreto. El herrero de la aldea había perdido una hija por los lobos y no se negó a ayudarlo.
Volvió con la cabeza de un lobo gris joven al cabo de unos días y con crías de lobo que encomendó a su madre para que las criara. Le dijo a todos que ahora él le robaría el futuro a los lobos. Luego volvió al bosque para volver tiempo después con la cabeza de la hembra de la manada. La pareja del líder. Roció la orina de ella por la aldea y colgó su piel en el molino para atraer al líder que ahora también estaba enfurecido. La manada finalmente fue a la aldea una noche. Irrumpió en todas las cabañas y mató a los animales de granja que encontró pero no había ningún humano. Oscar había mandado que se escondan en el bosque hasta que el les indicara que regresaran. Finalmente la manada fue al molino donde Oscar los esperaba. Su lanza hirió a casi todos los integrantes pero no los mató. Quería que sufrieran como su gente lo había hecho. Sus compañeros estaba con arcos en los techos y dieron cuenta de la mayoría de los heridos hasta que solo el lobo principal quedó en pie. Oscar quebró su lanza y la tranformó en una pequeña asta con su filo y lo enfrentó. Aunque el lobo hundió sus dientes en el hombro de Oscar, este le rasgó el vientre y sus tripas se regaron por todo el molino. Aquella noche acabó la amenaza de la manada de lobos. Y su lanza se convirtió en una espada corta, merced a la habilidad del herrero que hizo el trabajo en ofrenda al sacrificio de Oscar por los suyos.
Pero ahora su gente le temía. El muchacho ya era hombre. Habían visto la ferocidad de aquel muchacho y la temeridad de sus actos. Había desollado al lobo y se había vestido con su piel en un acto casi salvaje. Y siguió haciéndolo, cazando en la montaña como si fuera el mayor de los animales. Con el tiempo y la amenaza del imperio siempre latente abandonó a los suyos y fue en busca de quienes combatían en las montañas. Los rebeldes que se ocultaban cerca del camino alto. Se despidió de los suyos pero pocos sintieron verdadera pena. Se había convertido en una especie de animal. Uno peor que los lobos que enfrentó. Todos recordaron los cuentos de los bóreos y su familiaridad con ese animal. Quizás era de otro pueblo, de otra sangre, de otra fuerza. Sin embargo algunos en el pueblo si recuerdan su hazaña y guardan su memoria con cariño y respeto. Porque solo hubo un matalobos, y fue además un gran defensor para ellos, el que supo lidiar con la amenaza que venía de las montañas. El verdadero líder de la manada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





