domingo, 2 de septiembre de 2018

El silencio del herrero






Hubo un tiempo en que los reinos de los hombres eran lejanas formas, suaves esbozos sin gloria, hasta que un día las siluetas de los barcos se recortaron en el horizonte.
El sur fue en un comienzo el puerto de entrada de las distintas creencias cuando los tres primeros llegaron. Pueblos distintos que escapaban de otras tierras donde la noche finalmente reinaba. Así fue como la primer ciudad se fundó cuando desembarcaron en la inmensa bahía. Allí moría una poderosa corriente que atravesaba el mar oscuro, que fue tomada como una señal de la voluntad de los supremos. Ese puerto y la ciudad que lo rodeó fue llamado Verbogón, "puerta de los dioses" y los designios lo marcaban como terreno sagrado donde no podía desenvainarse la espada. Seria conocida para siempre como la ciudad santuario. Ese fue el pacto primigenio entre los tres pueblos. No luchar entre sí respetando su legado y sus creencias. Esa ciudad tendría los tres templos y tendría su propia guardia sagrada que respondería a los sacerdotes de cada credo. Esta ciudad sería la inspiración de los reyes de la moneda para fundar luego Margón conteniendo los tres credos y las dos órdenes de la magia.
Los pueblos decidieron ir en direcciones distintas. Los guardianes del fuego siguieron la costa en dirección al oeste fundando en el camino Dom Plameni "casa de la llama" erigiendo un templo y estableciendo un asentamiento alrededor. Un pequeño grupo guardaría su lugar sagrado y lo atendería. Los otros fueron en sentido opuesto y se separaron enseguida siendo que unos siguieron la costa hacia el este hasta encontrarse con las montañas, que les  cerraban el paso. Allí se fundó Yurzhani, "el extremo de la tierra" donde los adoradores del ojo finalmente se asentaron.
El pueblo restante siguió camino hacia el interior en busca de un destino definitivo. Se internaron en tierras de extraordinaria belleza prácticamente inhabitadas. Sólo en el norte había un pueblo numeroso, del que todos huían y decidieron evitarlo. Los resistieron tribus esparcidas por el llano pero sin metal no eran rivales y no pudieron ofrecer demasiada oposición. La conquista fue inevitable.
Buscaban planicies fértiles ya que eran numerosos, conocían el arte del metal y pensaban en la guerra. Se encontraron con las montañas y un estrecho pasaje que cerraba las llanuras del sur y decidieron establecer un destacamento militar allí. El tiempo lo conocería como Lurzt. Cruzando el portezuelo y siguiendo el sendero natural que recorría las cimas tuvieron que optar entre su diestra y su siniestra. Allí sucedió el cisma que definió su destino. Los sacerdotes de la forja indicaron la siniestra de los llanos, el grano abundante y inmensidades que habitar. A los generales les pareció que las llanuras centrales eran indefendibles e hicieron valer su primacía, así que eligieron el este y se encerraron en el, pasando más allá de las montañas donde había menos planicies pero más ventajas para la defensa. Los hombres sagrados de la forja se sintieron menospreciados y negaron su consejo en los tiempos posteriores en lo que se llamó "el silencio del herrero". Los generales, orgullosos de si mismos y queriendo tener la decisión final se aislaron de todos dando la espalda a la madre forja. Se dedicaron a fortalecerse y reclutar para engrosar los distintos grupos, pero eran demasiados y pronto se enfrentaron entre ellos. Eran clanes guerreros, encerrados por propia decisión. La guerra no tardó en nacer en sus corazones y ya nunca podrían unirse para la conquista. Permanecieron divididos y enfrentados entre sí luchando por la primacía. El pueblo seguía sirviendo al herrero, eterno dador de los metales que forjaba espadas y azadones, hachas de guerra y comunes, clavos y dagas. El herrero lo prodigaba todo y a su palabra se ceñían, pero sus líderes habían dado la espalda a los sacerdotes y ahora estos castigaban con su silencio en las guerras. La guía para la batalla se había perdido y la fe entró en un cono de sombra al no haber quien declarara la voluntad de la forja. Ese período cambió por completo a un pueblo orgulloso compuesto de varios clanes, convirtiéndolo en un racimo de tribus enfrentadas. Le tomó siglos recuperarse de esa fragmentación, ya que con el silencio se había ido mucha de la sabiduría para la forja y la elaboración del preciado acero. Sus armas ya no eran tan afiladas ni sus armaduras tan resistentes. Dejaron de ser una amenaza para otros por generaciones enteras, allí perdidos en el este, sumergidos en sus disputas internas. Hasta que un día volvió a sonar la voz de la forja de la mano de su mayor profeta. Bacilus Angras, el elegido, sacerdote que se convirtió en general. La voz y la espada fueron reunidas como antaño. Y nuevamente la forja tuvo voz.
 Se había roto el silencio y una familia había proyectado su linaje como heredera de la fuerza, para malestar del resto. Cuando el profeta murió, los conflictos volvieron pero los elegidos de la forja resistieron a todos los demás, los Angras soportarían todos los intentos de despojarlos de su autoridad. Los generales prevalecieron y el viejo anhelo de conquista renació. El silencio del herrero había acabado y ahora la forja cantaba alegre los destinos esteños.




jueves, 30 de agosto de 2018

Hiperión "coraza roja" la daga de los reyes




Fue un hombre temido, odiado y pocas veces querido. Muchos se alegraron cuando un día se perdió su rastro. Criado en las lejanas tierras del Kamistán. Fue miembro de una de las cortes del Sinarca de Emnur. Fue aprendiz de uno de los mejores espadachines de las tierras lejanas, más allá del oeste y le dio la espalda a un brillante porvenir para escapar de las imposiciones reales. Criado para guardar la vida de los sinarcas, vendió temprano la espada para forjarse un nombre como asesino. No se sometió a ley alguna sino que sentó una propia. "la daga no vuelve limpia a su funda". No habría piedad para las victimas si puedes pagar por sus servicios. Pero era uno sólo y necesitaba un ejército, quizás no demasiado numeroso pero si efectivo.
Necesitaba un estratega. Un espía con dotes de asesino. Un guerrero pesado. Un jinete habilidoso. Ellos serían sus segundos al mando, a cargo de áreas específicas. El sigilo era a su entender mejor que el enfrentamiento abierto. La pericia primaba sobre el número.
Tuvo a los mejores guerreros que las lejanas tierras del norte pueden ofrecer en sus filas, pero los que lo acompañaron en el final era un puñado de sobrevivientes de sus misiones finales.
Wonder, Carlos y Crow eran sus últimos lugartenientes.
Pluma de cuervo se presentó un día en su campamento como el mejor intérprete de mapas que se hubiera conocido pero Hiperión no le creyó demasiado. Decidió ponerlo a prueba y le pidió una ruta para cruzar el desierto de Apeh. Un yermo gigante que no tenía realmente un mapa fidedigno. Sin embargo Crow trazó una y le marcó los lugares donde encontraría problemas con tribus nómadas locales. También le marcó donde lo esperaría si lograba vencerlas. Una semana después se encontró con Hiperion y lo que quedaba de sus hombres. La sed, el calor y los nómades habían hecho su viaje insoportable. El estratega lo esperaba bajo la sombra de un árbol en un oasis que no marcaban los mapas en lo que se suponía eran las arenas profundas del Apeh. El agua de ese lugar salvó la vida de la mayoría de sus hombres y sólo lo encontraron por seguir la ruta marcada que el ojo del cuervo les señaló. Así Crow pasó a ser el experto en mapas y estratega principal, aunque nunca quedó claro quién había puesto a prueba a quién.
Wonder llegó un día desde el sur. Era novicia de las hermanas de la luz. La logia guerrera compuesta por mujeres que defendía las ciudades sureñas de la costa. Portaba dos dagas idénticas en el cinto que ella llamaba "las hermanas" y eran mortales para quién les diera oportunidad. Nadie sabe por qué abandonó sus votos y desertó aunque respetaba todos los rituales aún estando con ellos. Nunca respondió ninguna pregunta. Alguna vez mencionó una profecía pero no dio demasiados detalles. Era muy amiga de los silencios aunque varias veces la oyeron hablando con sus dagas, algunos hasta afirman que les puso nombre. Como era costumbre fue puesta a prueba y le dijeron que debía matar a un hombre del campamento. Ella eligió uno de los más corpulentos que encontró. Un uzita que la superaba en talla y peso sobradamente. Cuando terminó con él era una masa uniforme de músculos contraídos y carnes trémulas que no podía ponerse en pie. Lo mató por piedad. No había médico que pudiera curar ese tipo de heridas.
Carlos fue desechado de plano sin siquiera una prueba. Se presentó como arquero una mañana y le negaron audiencia. Indignado se tomó a golpes con la guardia del campamento y tuvo que huir cuando se abalanzaron sobre él. Un partida lo persiguió por las montañas, pero nunca regresaron. Los encontraron carbonizados y empalados a lo largo del camino. Hiperión sintió curiosidad. Ninguno tenía marcas o heridas visibles, sólo los había quemado hasta los huesos. El mercenario fue a buscarlo y lo encontró jugando con un pedernal. Le preguntó de su maestría con el fuego y Carlos contestó que el fuego vivía en él. Esa misma tarde era parte de su grupo y pronto escaló posiciones. No había nada que no pudiera incendiar si tenía suficiente tiempo. El decía alimentar la llama, y nadie se atrevió a negarlo. El incendiario siempre daba con la manera de hacer las cosas simplemente se quemen. Incendió una vez vez una bahía entera destruyendo la flota de guerra de un sinarca, siendo la única vez que Hiperión vio el agua arder.
La realidad es que cada vez era más difícil contratarlo. Había que tener suficientes recursos y además estar dispuesto a tolerar sus métodos. Podía matar a cientos para eliminar un blanco. Si las historias corrían y conocían a alguien que estuviera marcado por coraza roja, era más simple echarlo de la ciudad que esperar que llegara. El riesgo de que el lugar entero ardiera era suficiente. Los últimos trabajos fueron los encargos del sacerdote Solot cuando lo convocó para que presente ante él a los que rompieron el pacto y trajeron a la vida a un muerto. Era una ofensa imperdonable. Y una provocación a los ojos de la orden oscura.
El alto sacerdote siempre supo que Davan estaba involucrado. No sabía a cuantos más había convencido, ya que no era un conjuro que pudiera realizarse solo. Y que de todos ellos uno sería sacrificado para que el hechizo no perdiera efecto. Lo que no sabía nadie es que Davan había involucrado a la propia hermana de Hiperión. Quizás estando conciente de que el mercenario trabajaba para Solot. Dicen que fue la única misión que no pudo realizar siendo ultimado por la hermandad fantasma en el espinazo del dragón. Otros dicen que la asesinó pero nunca regreso a cobrar el pago. Los más optimistas dicen que huyó de su triste existencia a las costas sureñas para comenzar una nueva vida. En esa época sus filas estaban diezmadas por una rebelión entre sus propios hombres, cansados de la magra paga. No se supo más de él ni de sus lugartenientes y se tejieron las más fabulosas historias en torno a ellos. Algunos aldeanos sostienen que se unió a los fantasmas de la montaña que combaten al este. Muchos caballeros negros suelen relatar que lucharon contra un guerrero de coraza roja que supera con creces a la mayoría de los hombres del imperio. La daga de los reyes parece ya no ser tal. Quizás movida por intereses superiores a la paga en oro y joyas. Quizás hoy tenga ideales que no se le conocían antiguamente. Nunca se sabrá si esa daga finalmente descansa o ha decidido cambiar de objetivo. Son muchos los que hoy respiran aliviados sabiendo que no camina por los callejones buscando victimas. Coraza roja parece haberse marchado y eso es suficiente para volver a conciliar el sueño. Sólo una cosa es segura, si la daga algún día regresa no volverá limpia a su funda.



martes, 28 de agosto de 2018

La marca del olvido



Haru apareció en el claro arrastrando a Wonder mientras Valkiria cerraba el grupo con el arco preparado a pesar de que arrastraba la pierna derecha. La Batalla había sido un completo desastre. No enfrentaron una compañia demasiado poderosa, aunque si muy ordenada. Además de que contrarrestaron sus ataques con sorprendente efectividad. Parecían leer sus movimientos demasiado sencillo aunque usaran tácticas aleatorias. Algo no cuadraba en la escena. O se habían vuelto predecibles, o tenían un espía entre ellos. Y todavía tenián dudas sobre el súbito retorno de Javensen luego de ser llevado por caballeros negros. Los hermanos tenían las rutas de escape preparadas pero sólo un puñado conocía los caminos. Sólo los antiguos eran confiables para la tarea.
Brian y Alex llegaron trayendo a Garlick y Oscar con ellos. Raluk de alguna manera llegó por su cuenta aunque sangraba de un brazo, apenas cubierto con un trozo de género para hacer presión.
 El semblante de los hermanos era de preocupación luego de una derrota que no estaba en los planes de nadie. Habían logrado importantes victorias frente a compañias de renombre. Así que resultaba inexplicable lo acontecido. Se había planeado todo de acuerdo a las directivas de Leo y Crow con ayuda de Davan. Enfrentaron a una compañía mixta. Sin especialidad. Tenían lanceros, arqueros, infantería liviana y algunos caballeros pesados. Un poco de todo y mucho de nada.
Hicieron fuego fuera del campamento, junto al camino. Una gran hoguera ardió gracias a la pericia de Carlos. Todos hicieron una gran ronda. Jenny junto a Silvia, la dama de rojo, iban y venían tratando a los heridos más graves. La recién llagada no solo era hábil con un sable en la mano. También traia la sabiduría del fuego para cauterizar heridas, y no dudó en poner en práctica sus saberes. La tarea era ardua ya que todos quisieron estar presentes y aún postrados participaban de la reunión.


─Tenemos que tomar una desición. ─dijo Leo y se paró en medio del grupo. Y lanzó una mirada desafiante hacia todos. Hubo alguien que entendió en mensaje y se puso de pie acercándose al fuego.

Javensen se sacó la camisa y mostró sus tatuajes. Llevaba las marcas de varias mazmorras del este. Cada lugar, cada mazmorra donde alguien era encerrado, se ocupaba de tatuar al recluso para que la falta nunca fuera olvidada aunque escapara. La colección de Javensen era impresionante.

─Yo soy el espía, no necesitan buscar más.

Arlorg se levantó con su mazo y quiso acercarse al fuego pero Leo alzó su mano deteniéndelo. Masculló un insulto y dudó pero ya Alex y Brian estaban de pie también y no tuvo más remedio que sentarse.

─Puedes hablar antes de que decidamos Javensen.

Chabanito se levantó e hizo una reverencia a Leo tratando de mediar por el confesor pero tampoco le fue permitido.

─Gracias Leo. No hay mucho que decir. Combatí al imperio junto a mi tribu desde que llegaron, soy Iscario como ya saben. Y nuestro pequeño reino fue asediado varias veces por ellos pero no podían doblegarnos. Si tengo que decir algo de ellos es que tienen más que acero para pelear. También esparcen el miedo. Contaminaron la mente de nuestro rey convenciéndolo de firmar un tratado.

─Pues tú te vendiste para sobrevivir!...─gritó Baraqz, indignado de que le hubieran dado la palabra al traidor. No entraba en su razonamiento que alguien pudiera vivir en el deshonor.
Javensen asintió con la cabeza y se acercó a Leo mostrándole uno de los tatuajes en particular.

─Podrías describir este Leo, quizás esto ahorre algunas palabras. ─pidió calmadamente mientras Leo se acercaba a su espalda.

─Un puñal atravesando una moneda, encima del puñal una corona.

─¿Alguien aquí sabe que significa? ─preguntó.

─La muerte de la moneda reina...─dijo Davan con seguridad.

La marca de los reyes era conocida para él de cuando estuvo en las mazmorras del templo. Allí conoció a varios marcados. Llevarla era una sentencia de muerte si te encontraban. Sólo podías ser esclavo en el este y si un soldado esteño la descubría era tu fin.

─Yo no tengo salvación. Mi única motivación fue salvar a un viejo estúpido que no quiso escucharme. Mi gente estaba sitiada y el rey cautivo desde el dia que se reunió con ellos para firmar un tratado.

─Todos tenemos la soga al cuello. Eso no te exculpa. ─rebatió Sharra que tampoco estaba conmovida por el relato.

─Estaba como esclavo en el campamento grande del valle. Allí donde ahora rige Turbarión. Por allí pasó la pitonisa un día. La guía espiritual de muchos, sobre todo de las hermanas de la luz. El imperio tiene prohibido atacar a ninguna fe así que le franquearon el paso. El general le ofreció una escolta para que la protejan en los despiadados terrenos del sur pero ella se negó, dijo que si quería en verdad ayudarla le permitiera escoger a un hombre. El general aceptó y le presentó a sus mejores guardias...pero ella buscaba otra cosa...

Vallekano y Xamu bostezaron y miraron hacia el bosque. La cosa venía lenta, ellos querían comer y dormir un rato.

─¿Crees que lo ejecuten?

─No lo se Vallekano, pero dormiría más tranquilo si así fuera.

Las caras de los hermanos estaban lejos de ser amistosas con el relato. Habían perdido demasiado en la guerra como para confiar en un espía, por arrepentido que estuviera.

─No se por qué me eligió hermanos. Estaba limpiando letrinas y ella se apareció. El general puso cara de asco por mi aspecto pero no tuvo más opción que mandar que me aseen un poco y me presentó a ella.

─Quieres convencernos de que habiendo soldados de todo el imperio y aún mercenarios de renombre te eligió a ti. ─preguntó Haru.

─Supongo que sería más fácil para ella viajar por el sur si la acompañaba alguien que no estuviera identificado con ningún bando. Oficialmente no estamos en guerra con el imperio, aunque todos sabemos que nos han vencido sin mover un dedo. Sólo necesitaron algunas intrigas y un príncipe títere para lograrlo.

─¿Y cómo llegas a ser su espía después de todo esto entonces? Hiperión estaba confundido con el relato.

─El general no iba a perder la oportunidad de contratar un nuevo espía, sólo debía amenazar a los míos, sobre todo al rey. Dijo que un chasquido de sus dedos y mi pueblo sería solo un recuerdo. El pedido era simple, debía reportar sobre las tropas de Lurzt. El no sabía que ustedes existían. Hasta que me llevaron cautivo no tuve que hablar de ustedes. Gentes sin campamento fijo. Feroces y desalmados que habitan en las montañas, cosas como esas...también les dije que eran pocos y que nada tenían que ver con las tropas del reino...

─¡Maldito, nos vendiste, al menos hubieras mentido!...─gritó Oscar.

─Él contaba con eso, sabía que le mentía, por eso opté por decirle la verdad...para que la descarte...

─Te creyó Javensen, sino no estarías aquí nuevamente...─dijo Leo secamente.

─El general no me envió de nuevo. Yo escapé antes de que me ejecuten. ─dijo finalmente y volvió a ponerse la camisa.

Allí era cuando la historia se terminaba. Creerle o no era lo que decidían esa noche. Los hermanos empezaron a discutir entre ellos. Muchos pedían su cabeza aunque otros no estaban tan seguros. Algunos tenían condenas sobre sus cabezas y eran buscados. La traición había sido el pan de varios.


─No pediré clemencia hermanos. Ya decidí morir aquí, al menos eso puedo elegir. No regalarle mi cabeza a Turbarión. Estoy seguro de que ya han dado cuenta del rey, mi padre. Lo condené cuando me fuí. Pero en el fondo ya estaba condenado desde el día en que decidió pactar. Mi padre era un necio.Y yo también.

Las voces enconadas elevaron el tono mientras Javensen se sentó tranquilo a esperar su sentencia. Se sentía en calma. Se había quitado un peso de encima. Su pueblo no merecía cargar con el estigma que había elegido. Prefería la muerte y el olvido a traer un juicio contra los suyos.
Davan se acercó a Barbeta y le comentó algo por lo bajo. Su segundo palideció y miró de nuevo al condenado. El anciano misterioso había visto algo que nadie más, como era su especialidad.

Leo se acercó a decirle algo al acusado y tuvieron una breve charla mientras le hacía gestos a Brian Y Alex que empezaron a moverse entre los presentes. Se ubicaron estrategicamente para dominar la escena. Silvia estaba con su túnica roja mirando la situación expectante y advirtió los preparativos. Lanzó la túnica hacia atrás y descubrió sus armas. No sabía tras quién iban pero era cerca de ella, o quizás ella misma. Una daga se le apoyó en la garganta antes de que pudiera descubrir que pasaba.

─Tranquila preciosa, parece que necesitamos irnos de aquí ─la sorprendió la voz de Chaban tras ella.

Todos los hermanos olvidaron la discusión en cuanto vieron lo que pasaba. Echaron mano de sus aceros y rodearon al embajador que parecía no ser tal.

─Vamos a calmarnos muchachos ─advirtió Chaban ─no quiero nada de ustedes, me lo llevo a él y les devuelvo a la dama ─dijo señalando a Javensen con la cabeza.

Desarmó a Silvia y arrojó su sable lejos, también la daga que llevaba en su espalda, tenía una fina cuerda en su cinturón con la que ató las manos de la dama roja, se movía como alguien que sabía lo que hacía, luego desechó el pequeño cuchillo que la dama tenía en la capucha...

─Una mujer llena de sorpresas...me gusta ─dijo lascivamente Chaban.

─Y aún no has visto nada ─contestó ella con desprecio.

─Lo quiero a él atado a un caballo y me iré, sólo tengo eso por misión, y no tendré que aburrirlos con la triste historia de mi aldea...─dijo irónicamente.

Las credenciales que presentó el dia que llegó eran auténticas así que se podía asumir que el embajador venido del techo del mundo era historia, seguramente al costado de algún camino.

─No tengo todo el día señores, debo entregarlo en el primer puesto de guardia que encuentre y me perderé para siempre. Es peligroso estar en el sur con lo que viene. Yo no lo pensaría demasiado...ahora muévanse ─dijo apretando la daga contra el cuello de Silvia, que lanzó un quejido.

Javensen se puso de pie. Estaba desarmado y abatido, no estaba en sus planes volver a las mazmorras del este. Extendió sus manos hacia Alex que las ató firmemente. Luego fue hacia Chaban que vigilaba los movimientos de todos frenéticamente. Una fina gota de sangre se deslizaba por el fino cuello de Silvia que buscaba alguna mirada aliada que la sacara del embrollo.
Los hermanos miraban a Leo que se mantenía cerca de la hoguera. Chaban había obligado a todos a retroceder diez pasos y ya no estaban a tiro para alguna acción rápida. Raluk y Wonder tenían sus dagas voladoras a mano, Carlos había preparado su arco también. Hasta Vallekano estaba dispueso a probar suerte. Pero Chaban se cubría bien detrás de Silvia. Movía su cabeza a un lado y otro de ella mientras observaba a todos...A Leo la cuenta no le cerraba. No había tiro limpio y era más seguro de que la matara antes de que alguien lograra herirlo. Había puesto distancia de todos y se puso de espaldas a la hoguera. No era nadie improvisado. Demasiados heridos de por medio que pretendían luchar y sólo estorbaría podían convertir esto en un desastre.

─No debiste delatarme Javensen. Podríamos haber escapado durante la noche. No se como me descubriste ni me interesa... Aléjese capitán, no haga nada estúpido...─le dijo a Leo que ahora también era apartado de la escena cuando estaba haciendo los cálculos para embestirlo. Sólo quedaba el espía, la dama de rojo y el acusado en el centro del campamento.

─Discúlpeme señora. No quería meterla en todo este asunto. Ya me tienes Chaban...y allí está el caballo, ya déjala...señora...cuide esas delicadas muñecas por favor...─dijo señalando las ataduras de Silvia que sintió un calor creciente en los antebrazos. Algo la estaba quemando. Javensen la miraba fijo como intentando decirle algo.Silvia soportó el ardor de una llama que no veía mientras notaba que sus ataduras se consumían. Desde el fondo del grupo de hermanos Carlos mantenía el trío apuntado con su arco. Era un tiro difícil con todo lo que se movía Chaban.

─Señora le vuelvo a pedir disculpas, si fuera usted le arrancaría las bolas al que me amenace ─le dijo Javensen mientras se acercaba, arqueandole las cejas. Silvia con las manos libres lanzó un violento puñetazo al bajo vientre de Chaban que se arqueó sin soltarla del todo. Javensen apuntó hacia Chaban con sus manos y un humo azulado brotó de la daga haciendo que el espía grite mientras tomaba de los cabellos a Silvia que intentaba liberarse. Javensen continuaba apuntando con sus manos hacia Chaban que de pronto sintió su rostro enrojecer por un súbito calor. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No entendía de donde venía ese calor pero entendió que estaba siendo atacado e intentó apuñalar a Silvia que le dio un certero codazo que hizo que suelte la daga, aunque esto no impidió que le devolviera un puñetazo que la arrojó al suelo. Javensen había caído de rodillas luego del esfuerzo y no podía incorporarse. Chaban leyó su oportunidad. Estaba rodeado pero aún tenía tiempo de despachar a la perra roja y al soplón. Un modesto premio para no irse con las manos vacias. Luego llegó el destello que lo cegó por completo. El calor volvía ahora pero multiplicado por cientos. La flecha de Carlos acertó al único lugar donde no podía fallar. Fue directo a la hoguera donde estalló envolviendo a Chaban en llamas. Silvia saltó hacia atrás empujando a Javensen con ella para apartarlo del fuego.

─¡Arde hijo de perra! ─sentenció Carlos que estaba extasiado de que el preparado de su flecha hubiera sido tan efectivo.

Los hermanos se acercaron a la hoguera y ayudaron a levantarse a Silvia que escupia sangre por su labio partido. Javensen estaba semidesvanecido con los antebrazos ennegrecidos. Había quedado allí , de bruces pero no había caído. Todos habían sido testigos de lo que había sucedido pero nadie había conocido a un piromante antes. Se decía que era un arte perdida y se lo consideraba casi una fábula. Davan se acercó a él y examinó su pecho con detenimiento. Barbeta también se asomó y juntos señalaron uno de los tatuajes. Ahora entendían que no era de tintes las del dibujo sino de una especie de quemadura. La marca de los piromantes. Quizás aprendida en alguna de las muchas mazmorras que había visitado. Solo él lo sabía.

─Denlo vuelta ─pidió Davan mientras descubría su manga y apoyaba su dedo negro sobre la marca de los reyes dibujando una espiga donde antes había una moneda. El olor a carne quemada se sintió nuevamente en todo el lugar mientras Javensen se quejaba aún adormecido.

─Déjenlo descansar. Creo que ya ha pagado. No es mejor ni peor que ninguno de nosotros, algunos solo necesitan doblar la rodilla para poder levantarse al fín... ─agregó el anciano misterioso mientras todos observaban y entendían por fín el color de su famoso dedo.

Leo hizo un par de gestos y los hermanos lo llevaron a la cueva para que se recupere. A pesar de las dificultades habían dado con el verdadero espía. Javensen le había confesado todo hace días pero ignoraban a quién habían enviado por él. Necesitaban buscar alguna situación que lo obligara a mostrarse. Aquella tarde habían ido por Silvia y Arlorg, pero quién había sido traicionado por sus nervios fue Chaban que se hallaba carbonizado a sus pies. Tuvieron suerte. Pero eso no dura lo suficiente. La situación era la de siempre. Sin reclutar o aceptar voluntarios no sobrevivirían, aceptarlos era exponerse al enemigo. Necesitaban mejores números y no había manera de conseguirlos a menos que entrenaran gente nueva, como siempre. Esperaba que el sacrificio al que estaba dispuesto javensen fuera suficiente para sus hermanos. Era claro que no dominaba del todo el arte de la piromancia ya que casi había muerto por utilizarla, pero sin embargo era más de lo que las historias contaban. Toda ayuda era buena en esos tiempos de guerra.
Quizás la marca de Davan fuera el inicio de algo que hasta ese momento no tenían, algo que borre ese pasado del que todos escapaban de alguna manera. Eran demasiadas las marcas, las cicatrices, las pérdidas que los ataban al dolor del ayer, pero para lo que debían enfrentar mañana necesitaban olvidar por un rato. Ese descanso a veces lo era todo en sus conflictivas mentes. Era ganar una marca que anulaba las anteriores. Un nuevo comienzo, una causa a la que entregarse, porque todos merecían ganarse alguna vez, esa marca del olvido.














 









domingo, 26 de agosto de 2018

La espiga de acero





La dinastía de los generales se levantó en el centésimo trigésimo noveno año de la cosecha contra el poder de los reyes de la moneda. Muchos dijeron que estaban disconformes por la repartición histórica, luego de la guerra del grano. Pero la rebelión fue mucho más que descontento, fue en definitiva un cambio del balance de poder que había sido respetado por siglos. Una serie de sucesos empujaron a a la dinastía guerrera más poderosa a traspasar sus fronteras por primera vez desde que habían conquistado el este. Muchos decían que era cuestión de tiempo que aquello sucediera. Para muchos, aquella guerra fue un conflicto donde se intentó minar el poderío creciente del este y detener el carácter expansionista de la casta guerrera. Las revueltas eran frecuentes y se habían librado por años. La desición de los reyes de la moneda fue la novedad. Enviar numerosos ejércitos mercenarios contratados, con el pretexto de poner fin al conflicto entre los principados del este.
La dinastía de los Angras eran un orgulloso reino de las planicies que se había defendido con éxito de la coalición de vecinos que intentaron debilitar su creciente poderío militar durante décadas. La contienda siempre había tenido un motivo definido entre los belicosos vecinos. Todos buscaban conseguir acceso a las tierras más fértiles de la región. Peleaban por el derecho a plantar, a cosechar, a subsistir. Pronto se la conoció como la guerra del grano.
 No era extraño que hubiera guerras en el este donde en una pequeña porción de tierra se hacinaban numerosos reinos que peleaban entre sí por míseras franjas de territorio. Las más codiciadas eran las planicies de Ugol Zerna. El hogar de los Angras. El hambre apretaba luego de los elevados tributos que imponía el todopoderoso oeste a través de la administración central. La misión que se autotitulaba pacificadora terminó en un baño de sangre al aplastar a los pequeños y orgullosos reinos que no aceptaron que el ejército invasor ingresara a sus tierras. Innumerables mercenarios liderado por Ladislao, uno de los reyes de la moneda, pretendió sentarse a negociar las condiciones para trazar las fronteras definitivas en el este. La guerra afectaba el comercio que tanto defendían los hermanos Valyuta, la dinastía dominante. Era la hora de encontrar el equilibrio, pero eligieron para la tarea al hermano equivocado. En cuanto encontró resistencia de los principados actuó como un déspota y no como un negociador. Y decidió que para terminar con las guerras debía terminar con los Angras. Ellos fueron los últimos en caer. Y no olvidaron su primer y única derrota en el campo de batalla. Tampoco perdonaron. Su reino fue dividido y sus amplias llanuras fueron repartidas entre quienes nunca los habían podido doblegar. Para sellar el pacto se llevaron a los primogénitos de las principales familias como rehenes. Pero Ladislao fue negligente y no terminó la tarea. Dejó el tratado firmado y regresó a Margón. Era la época de las festividades y estas eran de su agrado, al menos más que la guerra, un asunto que no causaba entusiasmo en él. Sus generales mantendrían la paz en el este mientras tanto.
Los reinos vecinos mandaron embajada a Ugol Zerna para iniciar la posesión de las tierras conseguidas por los invasores. Fue en un día que se recuerda como la "jornada de la retribución" cuando los emisarios fueron a buscar tierras y no encontraron más que espadas. La guarnición de mercenarios era exigua allí y fue vencida apenas se retiró el grueso del ejército invasor. Todas los que no doblaron la rodilla fueron ejecutados en la plaza pública. La guerra, lejos de terminar estaba empezando. Atrás quedó el tiempo de siembra y de cosecha. Todo el principado se levantó para vengar la derrota. Los Angras se reunieron para liderar una expedición al oeste. El obstáculo era simple. El grueso del ejército invasor acampaba en el reino vecino de Skudnoi. Lugar que cerraba las planicies entre desfiladeros y mesetas rocosas. Era el perfecto lugar para detener un avance numeroso con ayuda del terreno. Los mercenarios confiaron en esto, y en los cautivos que llevaban con ellos, todos príncipes de los Angras. La prueba era suprema para los viejos generales que habían batallado en el llano toda su vida pero sus segundos habían aprendido de las incursiones pasadas cuando debían aleccionar a sus enemigos. Todos ellos criados a la sombra de los primogénitos que ahora estaban cautivos. Hombres como Palash, Topor o Turbarión eran jóvenes y decididos y por primera vez podían liderar. No pelearon por liberar a sus hermanos mayores sino por engrandecer su propio nombre. Se dice que el imperio nació con esa generación olvidada. Tenían otra mente y otra fuerza, y se aseguraron de demostrarlo. Escalaron las montañas y flanquearon al ejército mercenario por sendas apenas marcadas en las alturas. Rodearon a los invasores moviéndose día y noche con mucha paciencia. Llevaban con ellos hombres de reinos vecinos que conocían el terreno y la reputación de los Angras como guerreros. Hombres que no pretendieron desafiarlos. Allí sucedió el primer quiebre. Era la primera vez que los hombres de Ugol Zerna hicieron aliados. Así se formó la primer alianza en el este, porque para muchos era preferíble el enemigo conocido que el libertador por conocer. Una semana después el ejército mercenario estaba rodeado y su ventaja en el terreno ahora era su ruina. No había rutas de escape. En vano pretendieron entregar el oro cobrado a cambio de un salvoconducto. Los Angras pretendían la rendición incondicional,la entrega de los rehenes y la cuota de sangre, uno de cada diez mercenarios debía ser ejecutado como pago por la invasión. Los mercenarios no aceptaron esto último. En cambio, decapitaron a todos los generales y oficiales de Ladislao y los dejaron en la entrada de su campamento. Pero los Angras ignoraron la ofrenda. Entonces los mercenarios doblaron la apuesta exhibiendo y amenazando a los príncipes frente al campamento en un intento de doblegarlos, pero los Angras no se conmovieron.
Los mercenarios se desesperaron. Estaban dispuestos a cambiar de bando de ser necesario para garantizar su vida y pretendieron hacérselo saber enviando a uno de los príncipes con la propuesta. Pero los Angras lo degollaron como a un extraño sin siquiera escucharlo, por ser vocero del enemigo. Algunos mercenarios decidieron entregarse y depusieron las armas abandonando el campamento, buscando piedad. Fueron masacrados apenas se acercaron a los esteños. El resto decidió atrincherarse reteniendo a los cautivos, dispuestos a esperar que los Valyuta fueran informados y enviaran refuerzos, reforzaron su posición para volverse inexpugnables, pero los Angras no se impresionaron. Incendiaron el campamento, junto con los rehenes y el grueso de los mercenarios. Los que escaparon de las llamas tuvieron peor suerte ya que cayeron en las manos de enemigos feroces, que despreciaban a quién vendía su espada. Así fue que la matanza parió el imperio más poderoso que la tierra hubiera atestiguado, sacrificando a una generación en el proceso.   Y tomando un valor más alto que el oro para honrar. El acero siempre sería más valioso que cualquier otro metal para ellos.
Masacrado el invasor, los Angras fueron tras la ciudad real de Skudnoi. Algunos escaparon en cuanto pudieron pero quién permaneció en la ciudad presenció su ruina y murió con ella. No quedó edificio en pie. Todo fue reducido a escombros. Montones de piedra que fueron la materia prima con la cual ensanchar el camino. Necesitaban una mejor vía para mover a su ejército. Toda la nación fue esclavizada en la mejora de la calzada que cruzaba varias leguas en la montaña. Hombres, mujeres, ancianos y niños fueron expuestos a duras jornadas de trabajo hasta caer rendidos y morir allí mismo donde eran forzados a trabajar. El rey de Skudnoi mismo murió en ese camino arrastrando una pesada piedra. En cuanto la labor estuvo terminada, los pocos que sobrevivieron fueron degollados en ese mismo lugar que ahora se conoce como el camino rojo, aunque la sangre ya se haya lavado. Nunca más se pronunció el nombre de ese reino, se lo prohibió y se lo renombró Ogolennos, la desolación. Tal como se lo conoce en nuestros días aunque ahora sólo sea un paraje abandonado. Al siguiente reino sólo le mostraron las suelas de sus botas enrojecidas y no tuvieron que pronunciar palabra.
Todo la región rindió la espada. Ya no hubo guerra en esas tierras bajo el estandarte de la dinastía Angras. A cada reino por el que cruzaba el ejército se unían las milicias locales rumbo a las distantes regiones de los reyes de la moneda. Había comenzado a marchar el imperio del este, estrenando el camino rojo. Y el estandarte de la casa Angras dejó de ser una espiga dorada sobre un fondo verde, característico de sus campos dorados de grano. Ahora era una espiga negra sobre un fondo rojo, era la hora de la siega, como bien atestiguaba la espiga de acero flotando en un mar de sangre.

miércoles, 22 de agosto de 2018

La senda del innombrable





Los tres reyes de la moneda fueron decapitados juntos en la ciudad de los cinco templos una semana después de que fueron derrotados en los llanos floridos de Margón. La ciudad jardín se hallaba parcialmente destruida, marchita como una flor que había atravesado la tormenta. Los habitantes fueron obligados a observar el fín de su era y el esplendor de la edad de la moneda, agolpados y rodeados de soldados del este sin posibilidad de escape. La plaza de los mercados estaba desconocida. Silenciosa y humeante. Había sido el epicentro del comercio de todo el continente por décadas. Allí podías encontrar cada lengua y nación representadas, en la armonía perpetua que brindaba el acuerdo común de que allí sólo había una moneda para comerciar, separada en tres valores. La moneda de cobre con la efigie de Ladislao, la de plata para Segismundo y en el oro se reconocía a Casimiro. De esa manera serían vulgarmente conocidos. Aquel día, en que el sol no se veía a causa del humo de los incendios.Aquella mañana cuando todo era llanto y desolación un hombre abandonó la mortalidad para ser leyenda.
No se sabe muy bien si era uno de los herederos del reino, o capitán de la guardia real, algunos arriesgan que era un simple mercader. La versión más extendida decía que era Sigaión, segundo hijo de Ladislao. Se dice que lo acorralaron en las catacumbas de la ciudad, justo debajo de la plaza de los mercados junto a sus hombres, Dicen que fueron la última resistencia. Que se negaron a entregar las armas luchando en corredores estrechos que impedían que el gran número de soldados del este prevaleciera. Y aunque no tenían escapatoria lucharon a brazo partido con la furia de un animal acorralado. Se habían juramentado mostrar el viejo orgullo de Margón y no rendirse. Pasaron horas y los corredores se llenaron de sangre. Sigaión no cedía ni permitía a los suyos hacerlo. Los capitanes sabían que no podían doblegarlo y la ciudad podía sublevarse si eran tomados como ejemplo. Sin embargo los generales querían exhibir sus cuerpos en la plaza. No había lugar para mártires.
Cuando se agotaron sus fuerzas se atrincheraron en la recámara de los oficios y empaparon todo con aceite. Preferían arder que rendirse. Pero había entre las filas del este un general muy astuto. A quién se le atribuye haber revelado la identidad del rebelde. Llevó a la familia de Sigaión hasta allí. Su esposa e hijos ante él. El general sonreía con su espada desenvainada amenazando a su prole. Sigaión miró a los ojos a su esposa, le sonrió a sus hijos y contempló con pena al general, que ya no sonreía. El segundo hijo de Ladislao dio la orden e incendió el lugar llevándose con él una compañía completa. Algunos soldados del este que escaparon del fuego juran que lo vieron caminar entre las llamas. Que la muerte le franqueó el paso y no se atrevió a llevarlo. Que había más fuego en sus ojos que en toda la estancia, que ardía violentamente. Y fue tanto el incendio allí abajo que horadó finalmente el piso de la plaza y se hundieron en ella los cadalsos con los reyes decapitados llevandose también a los verdugos. Los Angras no eran hombres que creyeran en la fortuna, eran hombres de voluntad, y nunca olvidaron la lección sobre lo que la voluntad realmente era.
 Aunque nunca encontraron su cuerpo decidieron exhibir uno con armadura real y mostrarlo como él,  pero su pueblo nunca lo creyó. Lo crucificaron en esa misma plaza para que todos contemplaran al rebelde y su final. La gente se miraba entre sí y murmuraba por lo bajo. Tarde entendieron los invasores lo que el resto sabía. Ese no era Sigaión. El cadáver lucía completo y al segundo hijo de Ladislao siempre le había faltado una mano.
Más de un general fue hallado degollado en su propia cama luego de ello. Los capitanes apresaron y torturaron a cuanto simpatizante del principe hallaran por allí pero la leyenda se extendió y el ejército que nunca había perdido una guerra comenzó a perder la batalla.      
La resistencia continuó todo el tiempo en que los Angras reinaron en Margón, sólo interrumpiendose cuando los titanes llegaron. Un enemigo escurridizo, casi una sombra, atacaba en la oscuridad de la noche con su banda de espectros y mataba partidas completas de guardias antes de desaparecer. El miedo se instaló en las filas esteñas. El pueblo hablaba de un principe salvador. Y también de la venganza hecha hombre. Tantas eran las historias que se contaban que se prohibió nombrarlo bajo pena de muerte en toda la comarca. Querían matar su memoria aún sabiendo que eso sería imposible. Lo que la gente callaba se mostraba cada mañana cuando los cuerpos de los soldados aparecían sembrados por Margón. Nadie más lo nombró porque en realidad no hacía falta. La gente sabía que tenía rey. Un rey sin nombre, el innombrable.

martes, 21 de agosto de 2018

El más infame reino





─Alto sacerdote ¿quiere su baño caliente?

─Luego muchacho, no estoy de humor.

Solot despidió al discípulo y se sirvió otra copa de vino. El amplio salón del templo siempre estaba desolado a esas horas. Era el momento del día de los sortilegios y la mayoría de los estudiantes estaba en práctica de las artes. Bebió otro sorbo mientras pensaba en las compañías que vio marchar hacia el sendero alto. A esas horas la resistencia probablemente ya había sido exterminada. Y el imperio ya no tenía quién los detenga. El sur ya era un recuerdo.
Se iba a retirar a su habitación cuando sintió un leve aroma en el ambiente. Algo familiar y a la vez amenazante. Su mano tembló involuntariamente a causa de la tensión. Pensó si llegaría hasta el pasillo de la recámaras para intentar pedir auxilio pero seguramente el atacante ya había pensado en ello. No tuvo más opción que tomar la iniciativa.

─Puedes salir, y tomar un poco de buen vino, después veremos si tu paga es suficiente para lo que vas a realizar. ─dijo Solot tratando de mostrar aplomo.

─Siempre con las mismas tretas ─contestó una voz detrás de los cortinados. ─no quiero tu vino ni tu oro, y si te quisiera muerto ya habrías partido al inframundo.

Esa voz. Solot la conocía muy bien. Su mejor estudiante y en realidad, el único que tuvo en aquellos tiempos cuando todavía no había accedido a la alta magistratura.

─Mírate ahora cocinero. Adonde has llegado ─continuó la voz. ─Sentado aquí como el rey de los magos, bebiendo vino que traes de lugares exóticos, olvidando tus deudas.

─¿Deudas? estás más bebido que yo Dedo Negro,  te enseñé todo lo que sábes. Sin mi hoy estarías pudriéndote en alguna aldea...

─De hecho contigo estaría pudriéndome en una celda Solot, no lo olvides.

─No debiste desafiar al imperio mi amigo ¿que pretendías que pasara?

─Maté para ustedes, para tí...me usaste y ante el primer revés dejaste que me echaran a las mazmorras.

─Yo no llamaría revés a la amenaza de los Angras de no dejar piedra sobre piedra de este lugar...¡y puedes salir de una vez de tu escondite, estoy harto de hablar con las cortinas!

Davan se sentó a la mesa y dejó el puñal frente a él. Se quitó la capucha y mostró su cabellera blanca después de mucho tiempo.

─Has envejecido mi amigo ─comentó Solot.

─Mi maldito cabello se volvió blanco de una día para el otro, pero aún puedo con tus guardias mago.

─Espero que hayas tenido la decencia de no matarlos. Será difícil defenderte si los encuentran.

─No te preocupes, sólo un poco de resaca.

─¿A qué has venido? ¿estás escapando de nuevo? ¿que pasó en el sur? ─preguntó Solot con insistencia.

─¿Quieres que te diga lo que pasó en el sur? Dimos cuenta de dos de las mejores compañias imperiales...¿acaso el capitán Barcas no les contó lo sucedido?

El alto sacerdote se quedó pensativo. Los vigías vieron el resto de una compañía volver pero no traían distintivos ni estandartes. Supusieron que era simplemente una caravana de heridos, algo común en un frente de guerra. La única noticia recibida en esos días era la partida inmediata de Paño Morado hacia el frente del Norte. Lejos de ese lugar. Demasiado.

─No voy a preguntar cómo lo lograron, ni por qué perdonaron las vidas de algunos caballeros. Esto hará que las leyendas crezcan y pronto cualquier cazafortuna vendrá hacia aquí buscando cubrirse de gloria matando a alguno de ustedes.

─Primero deben encontrarnos, enfrentarnos y vencernos Solot. Demasiadas cosas por lograr.

Davan jugueteaba con su puñal en la mesa y Solot se vió obligado a preguntar lo que venía evitando. Había extendido la charla lo más posible esperando que un acólito apareciera. Que alguien echara en falta su ausencia pero nada de eso estaba sucediendo.

─Deja de mirar hacia el pasillo Solot, nadie vendrá, ya me aseguré de ello. ─dijo Davan con una sonrisa.

A ojos de Solot eso podía significar que había matado a todos en el templo, o que había traído a un impostor, de hecho no podía imaginar los alcances de esa afirmación.  Y prefirió no ahondar en detalles.

─¿Has venido a matarme? ─preguntó el alto sacerdote, temiendo la respuesta.

Sus miradas se cruzaron con intensidad. Davan se tomó su tiempo para contestar mientras jugaba con el puñal haciéndolo girar sobre la mesa.

─En realidad vengo a hacer una petición, un anuncio y una promesa mi viejo amigo. Quiero acceso a la biblioteca del templo, para mí y para mi ayudante...

─¿Ahora también tienes ayudante?

─No me interrumpas. Como decía, quiero acceso a la biblioteca. Debo aprender mucho todavía y además voy a buscar los mapas de las tierras muertas. Debo encontrar a alguien.

Solot sacó una llave de su cuello y la lanzó en la mesa, tenía el símbolo de la sabiduría...

─Sólo podrán venir durante la veda y por su bien, que los guardias no los vean. ¿A quién vas a buscar en ese lugar olvidado por los dioses?

─Tú sabes bien a quién Solot.

El alto saccerdote recordó las historias, algunas seguramente inventadas. Las malas lenguas decían que el imperio cerró las fronteras para contenerlo a él y condenarlo a morir. Sin embargo el había creado un reino en el yermo de alguna manera, y nadie sabe cómo pero también tenía un ejército. Un lugar donde reinaba sobre los huesos de los suyos y donde esperaba su momento. Decían que hasta los titanes lo evitaban. Y las historias lo describían sentado sobre un altar de cráneos esperando su venganza. El día en que se levantare contra su gran enemigo...y sus aliados. Sería el despertar del más infame reino, de la mano del rey sin nombre.

─¿Entiendes que de existir realmente ese hombre todos nosotros somos sus enemigos?

─Enemigos comunes hacen grandes alianzas Solot. A tí te ha funcionado jugar a la traición toda tu vida.

─Así que tu plan es liberar una plaga para terminar con un resfriado, no sabemos que pasaría si ese loco sale de las tierras muertas...¡por los dioses Davan! ni siquiera sabemos si existe...

─El imperio es algo más que un resfriado. Y tu miedo es mi confirmación. Ya he oído las historias y conocido gente. No son cuentos de viejas, te lo puedo asegurar. Yo viví allí, en el único lugar al que pude escapar de tí y tus amigos imperiales.

Davan se levantó y Solot se sobresaltó por un momento pero pronto entendió que Dedo Negro se retiraba y respiró aliviado. Aún le duraba la inquietud por el descabellado plan pero Davan era un hombre que vivía saboreando la venganza y le gustaba hacer alardes como el de aquella noche. No sabía cuanto de cierto había en todo lo que se había dicho allí y si él con toda su influencia estaba en penumbras, realmente podía ser un problema. Dedo Negro fue tras los cortinados mientras Solot se ponía de pie y tomaba su copa. La voz volvió a salir de los cortinados como al principio, todavía tenía algo más que decir.

─Aún resta que te haga la promesa sacerdote...

─Preferiría un trago de cicuta en vez de vino pero supongo que no tengo opción ─suspiró

─Llegará el día en que vuelva por tí, pero no vendré a matarte, sino a ofrecerte en sacrificio, quedarás en las crónicas como el hombre que cerró el portal y se cantarán historias en tu memoria. engrandeceré tu nombre viejo amigo...

─Tú no tienes amigos Davan ─contestó Solot apartando las cortinas pero allí ya no había nadie.

El sacerdote tomó otro sorbo de vino y suspiró. Se derrumbó finalmente en la silla mirando a la nada y entonces reparó en la mesa. La daga continuaba allí y por la empuñadura se dio cuenta que pertenecía a uno de sus guardias. Tantos años de intrigas y elucubraciones le estaban pasando factura finalmente. Ya no estaba seguro ni en su propia sala. Y para colmo de males ahora también debía preocuparse por lo que sucediera del otro lado de las montañas, en las tierras muertas, donde un loco del que nada se sabía podía dar vuelta el tablero instalando el más infame reino entre ellos. Quizás que lo sacrifiquen no era realmente mala idea pensó, arrojando la copa contra el suelo.    







domingo, 19 de agosto de 2018

Los ojos de la oscuridad




Parados en la entrada de la cueva entendieron finalmente que esta no sería una tarea fácil. Era enorme y poseía un desnivel natural que hacía que pronto descendieras. Habían evitado la aldea y acampado en cercanías del lugar. Y apenas ingresaron se dieron cuenta que la oscuridad era completa a sólo unas varas de la entrada. Algunos aldeanos se ofrecieron a guiarlos lo más profundo que pudieran pero se podía notar en sus rostros el miedo. Crow mandó clavar un poste allí mismo y cargaron algunos más hacia el interior. Cada uno se ató una cuerda a la cintura. Ellos irían delante y los demás acompañaban. Contarían cincuenta pasos y pondrían otro poste iluminado con antorchas. Allí tirarían de la cuerda y la soltarían desde el extremo anterior para seguir utilizándola. Todo era muy cauteloso y medido como le gustaba al cuervo.
Barbeta iba delante con unos raros gusanos en un tazón. Eran de un extraño color amarillo pero en cuanto se internaron en la oscuridad todos notaron la astucia del aprendiz de mago. Brillaban.

─¿Que otros trucos traes mago? ─preguntó Raluk, interesada en tener detalles de la bestia.

─Me temo que no mucho más mi señora. Nada de lo que cruzó el portal era un animal sin mente. La mayoría son más sagaces que los animales comunes y después están ciertas entidades a las que no se las puede juzgar por el tamaño.

─Y tú dices que esta...¿como dijiste que se llamaba? Ah si, Gorgóna...¿es inteligente?

─En extremo mi señora. Se ha escrito mucho de ella y sus hermanas, muy sabias. Eran consultadas en la antiguedad. El pago que requerían por su sabiduría era la promesa de que las dejarían cruzar, cosa que los magos nunca cumplieron.

─Entiendo por qué están enojadas. ─concluyó Raluk.

─Los magos no estaban equivocados en demorarlas. Han venido a este mundo a dominar.

─Pero si solo es una mago, ¿como logrará semejante cosa?

─Lo sabremos pronto mi señora, ha estado cazando un tiempo y debemos aprender sus hábitos.

La negrura era absoluta, y el aire empobrecido iba apagando las antorchas. Pronto dependerían de los gusanos brillantes de Barbeta. Se fueron juntando hombro con hombro con sus espadas desenvainadas mientras el estrecho tunel se alargaba en la oscuridad. Crow miró a su alrededor e hizo un gesto para detener la marcha. La cueva se había estrechado manteniendo una forma regular por un largo trecho. Habían cumplido otros cincuenta pasos pero el aspecto era diferente. Las paredes estaban trabajadas de forma manual...

─¿Habías visto una cueva como esta Barbeta? ─preguntó el cuervo.

─Si, pero le llamábamos diferente. No se ofenda señor pero esto es una mina.

─Según parece los aldeanos se han guardado algunos secretos ─ dijo Arlorg amasando el mango de su mazo con los dedos.

─Calma guerrero, sabéis que son gente en necesidad que quizás debió omitir información para ser tenida en cuenta, démosle la oportunidad de que se expliquen, a mi me han parecido gente en gran angustia y zozobra ─agregó con su habitual diplomacia Chaban.

Fijaron el siguiente poste y encendieron las lámparas de aceite. Sería mejor que encontraran algo rápido o no habría tiempo. Cuando habían avanzado veinte pasos se encontraron con un ensanchamiento del túnel que desembocaba en una gigantesca cámara. Esta parte si parecía una cueva. Allí se abrían túneles en todas direcciones volviendo la misión casi imposible. No eran suficientes para explorarlos todos. Tampoco había suficientes postes, sogas ni aceite. Verdaderamente los habían conducido a un laberinto.

─No me gusta esto ─dijo Wonder tratando de distinguir algo en la oscuridad.

─Esto es lo que me temía, ella controla la aldea ─dijo con pesar Barbeta.

─¿Y que hacemos? ─preguntó Crow con creciente preocupación.

Barbeta apoyó el cuenco de gusanos en el suelo y tomó algunos. Los aplastó con sus manos y los untó a la espada del cuervo.

─No es mucho pero ayudará, debemos separarnos y tratar de dar con ella, obligarla a salir.

Barbeta repitió el procedimiento con todos. Al llegar a Arlorg este apartó el mazo sin disimulo.

─No toques mi arma mago, tú nos trajiste a esta trampa.

─Y pretendo sacarte ─ contestó apoyando sus manos en los brazaletes del bárbaro. Estos tomaron el rastro de luminiscencia. Eso debía bastar.
Desde algún rincón de aquellos túneles un rugido se hizo audible, aunque lejano y distorsionado. Parecía de animal pero de uno extraño.

─Círculo de defensa ─gritó pluma de cuervo. ─aléjense de las lámparas, déjenlas en el suelo.

Se sumergieron en la oscuridad y disimularon la luz de sus espadas. Se sentían uñas horadando la piedra de los túneles, venían varios pero no sabían quienes.

─Ya están fuera. Silencio ─dijo Barbeta mientras buscaba algo en su morral.

A las lámparas se acercaron una especie de criaturas pálidas. No tenían pelo en el cuerpo y olían el suelo con frecuencia. Tenían forma de hombres y por los movimientos al tanteo se notaba que eran ciegos. Caminaban en cuatro patas pero parecían no haber nacido así ya que eran torpes y descoordinados. Barbeta echó algo en el suelo muy despacio, lo esparció con paciencia frente a ellos. El que más cerca estaba de ellos dirigió su hocico hacia el grupo. Pareció no agradarle el aroma porque estornudó y sacudió la cabeza. Uno de ellos se acercó a las lámparas y araño una haciendo que esta se parta en pedazos e incendie su garra. Los aullidos de dolor se multiplicaron por las paredes de piedra. Las demás criaturas gritaron también como si les hubiera dolido a todas. La que se había quemado corrió por uno de los túneles y no se la vio más. Las demás fueron retrocediendo desconfiadas y se desparramaron por los distintos accesos. Pronto todo volvió al silencio. 

─Deberiamos movernos ─advirtió Raluk ─y dar cuenta de ese que dejaron vigilando.

Barbeta asintió con la cabeza y la Llama Negra se movió como un felino. Había dejado su espada en el suelo y se movía con sus dagas. Sólo se escuchó un chillido sordo y ella regresó con su cara salpicada de sangre. Sangre muy roja y brillante.

─¿Cómo pudiste verlo mi excelente señora? ─inquirió Chaban ante semejante muestra de destreza.

─Con los ojos de la oscuridad embajador, me crié en callejones oscuros. Las sombras eran toda mi ventaja cuando había peligro. Si se huelen y se escuchan lo suficiente tenemos una oportunidad.

El grupo se acercó al engendro abatido y lo examinaron. Era un hombre después de todo. no tenía un pelo en el cuerpo y sus ojos estaban blancos. Sin pupilas ni nada, sólo una blancura absoluta. Barbeta examinó su boca. No había filosos colmillos sino dientes romos, típicos de cualquier hombre. Las uñas eran largas y estaban ennegrecidas. Estaban tan pálidos que no se notaban sus labios ni se distinguían bien las facciones.

─Ella los está convirtiendo. Se ha nutrido de la aldea para crear su corte, o su ejército. ─concluyó Barbeta.

─¿Pero por donde empezar? . Crow se sentía perdido en la vasta red de túneles ante ellos.

─¿Alguna vez pateaste un perro cuervo? ─preguntó Kurz que había estado todo el tiempo pensativo.
sabrás que si lo lastimas se irá directo adonde se sienta seguro. Vamos tras el que herimos...

Todos asintieron y se dispusieron a seguir el túnel por donde había escapado el de la mano quemada. Barbeta volvió a revisar el morral y sacó un polvo oscuro y se lo pasó por el cuerpo, todos se acercaron para recibir su parte.

─¿Qué es eso mago? ─preguntó Espinal con algo de repulsión.

─No preguntes, sólo debes saber que no sentirán tu aroma, pero cuidado, aún podrán escucharte.

Al cabo de un rato todos olían con una aroma ácido y penetrante, pero nadie sabía que rayos era eso que tenían encima. Chaban se sonrió por un momento pero no dijo nada. Conocía bien el guano de murciélago. Fueron ingresando en parejas. El túnel volvía a ser estrecho así que se internaron en parejas. Crow y Barbeta, Raluk y Wonder, Kurz y Espinal, Chaban con Arlorg y cerraba Parabel que vigilaba a Javensen.
No había espacio para maniobras. Si los atacaban sería difícil plantar batalla así que trataron de moverse rápido y lo más silenciosos posible. Los rugidos de los seres se escuchaban por doquier. Parece que se comunicaban. Supusieron que la novedad del día eran ellos invadiendo su territorio. Y no parecía gustarles.
Empezaron a caminar sobre excrementos extraños. Blancuzcos y en extremo blandos. Era parecido a lo que encontrabas en el pañal de un infante. Barbeta entendió que la mayoría tomaba de alguna manera el pecho. No sabía que pasaría cuando llegarán a adultos. Aunque la mayoría ya lo era, pasarían según entendió el mago por algún tipo de metamorfósis. Hubiera dado cualquie cosa por pasar un día en la biblioteca del templo, y consultar los pergaminos. Allí había manuscritos arcanos que describían a los seres invocados durante los innumerables portales que se abrieron. Pero claro, él era un aprendiz cuya curiosidad excedió su rango y terminó en las mazmorras del templo siendo torturado junto a Davan. Quizás molestó que hubiera aprendido sobre controlar portales o que supiera como nadie el bestiario negro. Davan se lo llevó con él cuando escapó de allí y a Barbeta no le molestó que lo librasen de una segura muerte.
Los chillidos de los hechizados por la bestia empezaron a sonar con un eco profundo. Parecían estar cerca de otra gran sala.

─Me temo mis hermanos que he cometido un error. Esto no es una mina aunque lo hayan tallado los hombres. ─confesó Barbeta.

─¿Y que puede ser sino? ─preguntó Crow.

─Un nido.

El grupo tragó saliva. Los números no estaban de su lado, pero eso ya era el pan cotidiano. No podían confiar en nada de lo que los aldeanos le hubieran contado. Estaban intentando debilitar a la hermandad dividiendolos. Como había sucedido con esta misión, que apeló a la piedad que despertó en ellos la historia de la aldea abandonada. Pero eso no era idea de unos granjeros desesperados que vendieron el alma a una bestia. Tenía que ser un plan mayor. Crow entendía que le habían fijado un límite de tiempo y no podría cumplirlo. Y quizás sólo había logrado que el resto de la hermandad viniera a buscarlos finalmente. Directo a la trampa. Directo al nido.

─No importa lo que pase, uno de nosotros debe volver. ─ sentenció Crow.

─Pues yo no pienso morir en este agujero, aún tengo mucho que hacer ─desafió Raluk.

─Pensemos la manera de acabar con la bestia y olvidémonos de morir por un rato ─agregó Wonder acariciando sus dagas hermanas.

─Barbeta, necesitamos todo lo que sepas y tengas del asunto. Aún lo que no puedes contarnos ─dijo Espinal mirando fijamente al mago que entendió el requerimiento como una amenaza.

─Estamos en un nido o colmena. ─ comenzó a detallar Barbeta. ─Ella ha ido tomando las mentes de los que están aquí transformandose, también tiene influencia en los de afuera, sea por codicia o por miedo, la aldea la está ayudando. Y por las cosas que ha creado aquí entiendo que está confinada a esta cueva y ha dedicado el tiempo a protegerse. Se siente segura aquí, solo aquí podremos matarla...

─Mucho hablar es poco matar, yo no puedo esconderme ni ser sigiloso, apenas puedo caminar por aquí, vayamos a la cámara delante y déjenme pelear, ustedes hagan lo suyo ─pidió Arlorg, harto de las dilaciones.

Crow se miró con los demás. Una distracción podía ser útil. Concentrar demasiados hechizados no tanto. Era casi una muerte segura. El líder mandó buscar las lámparas a la otra cámara mientras Barbeta preparaba unos polvos para agregar a los gusanos brillantes.
Raluk se arrastró hacia la sala con Wonder para saber con que estaban lidiando. Aún en la penumbra un destello similar al de los gusanos emanaba del centro. Una sombra se movía serpenteante recitando algo en lengua desconocida. Desde un túnel se oyeron gritos de personas y alguien fue traído por un grupo de hechizados a empellones. Entonces la vieron. Alta, verdosa, con apariencia reptiliana. Su cara podía ser la de una princesa por su hermosura, aunque sus ojos tenían un brillo verdoso que rompía la ilusión y sus cabellos se rebatían como si tuvieran vida propia.Se movía rodeada de un aura luminosa. El aldeano fue arrojado ante ella que intentaba no mirarla pero ella se acercó suavemente y tomó su rostro con manos terminadas en afiladas uñas. Todos sus movimientos eran suaves y gráciles y su mirada era dulce con el aldeano que terminó por caer rendido a su encantamiento. La dama se corrió la túnica y descubrió su generoso pecho y se lo ofreció al aldeano al que amamantó como a un hijo. Sólo en eso momento mostró su verdadera forma cuando su rostro se transformó en un horrendo engendro de fauces babeantes y sus cabellos ondulantes se agitaron  transformados en serpientes amenazantes.

─Menos mal que vinimos nosotras Raluk, si era alguno de los hermanos seríamos menos.

─Toda la razón hermana. Toda la razón. Si les mostraba un pecho ni siquiera hubiera necesitado hechizos con ellos ─concluyó la Llama Negra con una risita cómplice.

Nuevamente reunidos en el túnel se repartieron las tareas para organizar el ataque. Arlorg estaba firmemente convencido de que debían atacar con fuerza. Raluk quería cazar todos los posibles primero para debilitar posiciones. Barbeta advertía que debían lograr que dejara de recitar sus conjuros para volverla vulnerable. Todas las armas fueron tratadas con los polvos del mago, según él para hacer mayor daño a la gorgóna y romper el encantamiento en los hechizados. Según él el conjuro que recitaba era el cordón umbilical que mantenía con ellos y cortarlo era la clave para vencerla.
Se arrastraron dentro de la amplia cámara y Arlorg se adelantó agazapado. Kurz decidió acompañarlo ya que necesitaban ganar tiempo, al instante Espinal se sumó a la linea de defensa, Parabel miró fijo a Javensen que de mala gana fue junto con él. Chaban, que hizo una petición a sus dioses, encontraba cierto parecido del engendro con una prometida que había sabido tener en el pasado, esto le pareció sugestivo así que se encomendó a la tarea para completar el sexteto.
Barbeta hizo un amplio círculo con el aceite frente al promontorio donde oficiaba la ceremonia del rezo la bestia. La línea de ataque se metió dentro de el esperando la señal para atacar. Por alguna clase de milagro todavía no los habían detectado. Sin embargo en un momento la gorgóna se irguió y lanzó una mirada a los alrededores.

─¿Por qué vienen a dañar a la gran madre?

Todos se quedaron inmóviles ante la posibilidad de haber hecho ruido. Pero no habían escuchado ninguna voz, ella había hablado dentro de sus cabezas.

─Puedo escuchar sus pensamientos mis niños, me han entristecido, yo no soy su enemiga, no invadí sus tierras ni dañé a los suyos, no quemé sus poblados ni robé sus cosechas, estoy aquí porque me llamaron ustedes. Yo adopté una tarea. Vine para protegerlos, mis pequeños...

La voz de ella seguía susurrando en sus cabezas, su tono era dulce y persuasivo. A más de uno le causó una extraña sensación de calidez. Muchos de ellos no habían conocido a sus madres y fantaseaban de niños con una. Sin embargo se obligaron a ignorarla mientras se ponían en posición para el ataque. El tono dulce se fue endureciendo a medida que notaba que no surtía efecto. Una madre amorosa también podía ser terrible.

─Voy a roer la médula después de moler sus huesos desagradecidos, tratar así a una madre que lo ha dado todo por ustedes.

Crow con las dagueras ya había flanqueado la posición del promontorio y aguardaba la señal para lanzarse tras ella. El altar estaba infestado de hechizados. Barbeta había tratado de cubrirlos de protecciones mágicas. Todos habían sido recubiertos con un unguento que detendría la mayoría de los venenos conocidos pero lo importante era evitar su mirada o la fascinación los derrotaría.
Se oyó el sonido de una espada contra el pedernal y las chispas iluminaron fugazmente a la línea de ataque cuando sus espadas se encedieron en llamas azules. Los seis en formación escalonada se mostraron por primera vez.

─¡Ven por mí mamá! ─gritó Arlorg fuera de sí.

Y el pandemonio se desató.
La horda de hechizados se lanzó en tropel y las espadas encendidas comenzaron su tarea. Espinal bajó la suya y encendió el circulo de fuego alrededor de ellos. Los primeros hechizados ardieron profusamente mientras ellos los despachaban con facilidad. Sin embargo por cada uno que caía el círculo se reducía en intensidad. Los hermanos patearon sus lámparas y otros más terminaron incendiados. Aunque luchaban frenéticamente era una batalla perdida. Eran demasiados, lo único que hacían era ganar tiempo.

─Miren lo que se está perdiendo Carlos ─dijo Espinal mientras daba muerte a dos a pura espada y puñal viendo como ardían.

Crow y los suyos se acercaron a la gorgóna en silencio. Crow calculó los pasos y bajó la mirada preparando su carga.

─Cúbranme ─dijo y se lanzó a la carrera.

Raluk y Wonder se pusieron de pie y empezaron a lanzar sus cuchillos hacia ella mientras corrían en distintas direcciones. Las manos de la gorgóna se movieron con velocidad y gracia. Su piel de reptil era de extraordinaria dureza y no recibió mayores daños aunque el fin de ataque era cubrir la carga de Crow que realizó un salto y por un momento tuvo que levantar la vista tratando de elegir el lugar donde caer, allí cometió su único error. Su mirada fugazmente se cruzó con los ojos más dulces que pudiera haber contemplado. El sonido de la batalla desapareció y hasta su cansancio y agitación se desvanecieron de repente dando lugar a la más maravillosa calma que hubiera experimentado en su vida. La voz de la gran madre sonaba como un arrullo sereno y sintió como nunca la necesidad de que ella lo abrazara y le cantara mientras se sentía flotando sobre el suelo. Podía estar así por siempre pero pronto la ensoñación se quebró violentamente. La gran madre estaba en el suelo y se tomaba el rostro ensangrentado. El hacha arrojadiza de Arlorg había llegado a su destino y había impactado en plena cara aunque no hubiera golpeado del lado del filo. Ese golpe bastó por su propio peso para lastimarle y lanzarla de espaldas. Su hermosura y serenidad demudaron en un rostro terrible y colérico cuando se incorporó, lejos de la madre amorosa que fingía ser. La criatura mostró sus fauces de dientes afilados y ojos rojizos con una corona de serpientes agitadas. Crow estaba de rodillas cuando recuperó la conciencia y tanteó buscando su espada. Era la oportunidad que estaban buscando, había cesado de recitar su conjuro y los hechizados estaban quietos en sus sitios como muñecos sin voluntad para valerse por si mismos. El cuervo tocó la empuñadura de su acero y la tomó firmemente lanzando la estocada con todas sus fuerzas. El chillido penetrante hizo eco en toda la cueva y la gorgóna se apartó en busca de refugio. Los hermanos ganaron el altar y alzaron sus armas contra ella que intentó hechizarlos, pero eran demasiados. Sin embargo no contaban con la fuerza del engendro que cargó contra ellos y los lanzó por los aires con el ímpetu de su furia. Ahora la lucha era física. Usaba su hechizo brevemente con cada uno para hacerlos dudar y les lanzaba golpes que eran como cornadas de toro. Una figura se movió fugazmente alrededor de ella mientras luchaba. Cuando ella lo percibió se giró con su horrible mirada de ojos grandes, bien abiertos tratando de encontrarse con la mirada del atacante pero sólo se encontró con un encapuchado que sopló un fino polvo sobre su rostro haciendo que sus ojos ardan casi instantáneamente. Los gritos de la criatura ensordecieron a todos mientras se rebatía lanzando golpes en todas direcciones, un fino vapor salía de sus cuencas ennegrecidas donde su vista había perdido su fulgor.

─Ahora idiotas, que no durará demasiado ─gritó Barbeta que se alejó tan rápido como había llegado.

Javensen se lanzó sobre ella y la abrazo como quién se lanza a abrazar a un buey desbocado. Arlorg levantó su mazo buscando su cabeza pero una estocada fortuita del engendro lo hirió en la rodilla  y cayó del promontorio pesadamente. Kurz saltó, espada en mano a tratar de ultimarla pero se seguía defendiendo freneticamente. Ella lo alcanzó en el aire y lo lanzó a la oscuridad. Misma suerte corrió Parabel que evitó varios golpes pero terminó cayendo del promontorio sin poder acertarle. Espinal esperó con su espada preparada tratando de calcular el momento del ataque. Ya Javensen estaba a punto de perder su agarre cuando el engendro súbitamente dejó de luchar. La siguió abrazando con todas sus fuerzas esperando otra arremetida hasta que comprendió que algo había pasado. Raluk y Wonder habían usado sus dagas para degollarla y fueron tan precisas en su faena que lograron decapitarla en un segundo intento. La bestia había muerto.
Se sentaron agitados y completamente extenuados luego de semejante combate. No soltaron sus espadas por miedo a que los hechizados se volvieran hacia ellos en venganza pero estos continuaban inmóviles. Finalmente los hermanos cayeron de bruces buscando un poco de aire en la creciente oscuridad. No tenían fuerzas para resistir otro ataque.

─¿Dónde estamos? ─se escuchó decir en lo profundo de la cueva.

─No lo sé ─contestó otro mientras se escuchaban gente devolviendo profusamente. Todos empezaron a sufrir violentos vómitos que duraron un buen tiempo. No se quedaron a ver en que terminaban aquellos seres que parecían recuperar la conciencia. Les dejaron lámparas para que se guíen y se llevaron el resto con ellos. Sólo se ocuparon de tomar la cabeza de la gorgóna y meterla en un saco para llevársela, además de Barbeta que extrajo un poco de leche materna del cuerpo inerte y la guardó entre sus ropas. El viaje de retorno fue mucho más tranquilo y relajado. De hecho hasta se animaron a beber un poco de hidromiel e intercambiar pareceres, además de mostrar sus respectivas heridas como si fueran trofeos. Habían vencido y todo lo demás pasaba a segundo plano. Hasta se tomaron el tiempo de reconocer el gesto de Javensen de abrazar a la criatura enfurecida. O de Barbeta de rociarle el polvo cegador antes de que les diera una paliza.
Al llegar a la entrada de la cueva Crow encontró al anciano con el que habían viajado y tuvo ganas de decirle muchas cosas pero se contuvo. El hombre se había arrancado los ojos y esperaba sentado. Cuando los escuchó llegar se levantó y se dirigió hacia ellos. Todos los miraron con desprecio y siguieron su camino sin siquiera dirigirle la palabra. Sólo Crow se detuvo y esperó que el resto saliera.

─Nos tendieron una trampa ─comenzó el líder ─tuvimos suerte allí dentro.

─No me disculparé por intentar salvar a los míos muchacho, todo mi familia está allí y tengo la esperanza de que estén vivos aún. Sólo deseo encontrarlos o me quedaré allí esperando mi final.

─Te arrancaste los ojos por si fallábamos anciano.

─Me quité la vista porque todos debíamos pagar el precio de alguna manera. Tenía esperanza en que la vencieran y para lo que tengo que hacer no necesito ver. Mi trabajo ahora es guiar a los que quedaron hasta la salida, esa gente debe aprender a vivir nuevamente. Es todo lo que me queda.

─Creo que se recuperaran anciano. Pero tu apostaste por la gran madre. No te tengo gratitud.

─Como te dije una vez muchacho, no sabes las cosas a las que la gente puede acostumbrarse para sobrevivir.  Serás un buen líder, tienes pasta para esto.

Pluma de cuervo no contestó. Salió de allí indignado por la trampa a la que fueron sometidos mientras el anciano extendía su brazo hacia la pared del túnel y avanzaba tanteando en la oscuridad en busca de los suyos. Pronto se topó con el tropel de hechizados que habían vuelto a la conciencia y los ayudó a encontrar la luz del día, en un intento de que la lúgubre aldea reviviera. Una vida que ya no disfrutaría porque para él ya era tarde. Había quedado cautivo de esa cueva y de la búsqueda de los suyos pero nada más importaba. La luz que otros recuperaran le ayudaría a superar la luz que había escapado de sus ojos.