miércoles, 12 de septiembre de 2018
Javensen "Iscario" la piel que habla
Dicen que un iscario nunca traiciona. Que su palabra es su vida y deshonrarla es morir. Él tuvo que romper ese código. Lo hizo por los suyos, por su rey, por su padre. No le importó el repudio. La condena de su gente cayó rapidamente sobre él. Lo desterraron y le negaron la fe. Era un paria pero había tomado una desición. Haría cualquier cosa por ellos. Allí pronunció palabras que muchos todavía recuerdan..."Aún sin dios, ni ley seguiré"...
Fue el príncipe rebelde de su pueblo. Jamás aceptó las obligaciones de su trono. El sólo quería la gloria. Surcar los mares para tomar las ciudades de sus vecinos. Vivir del botín y dar de beber a sus hachas. Pero su dominio de las planicies en las llanuras de los ríos. Esos caminos sinuosos de agua que lo llevaban al mar un día se cerraron para sus barcos. El imperio había descendido de las montañas escupiendo guerreros feroces sobre sus poblados. Y por más que las hachas bebieron hasta quedar ebrias, el vino de la muerte siguió fluyendo hasta consumir su resistencia.
Pero antes de eso Javensen tuvo una vida. Una tumultuosa y agitada. Escapó un día de su padre y fue a probar suerte en un drakkar siendo muchacho. Al principio todo fueron aventuras pero un día acabó naufragando en tierras extrañas, en costas del mar oscuro y fue apresado por piratas. Terminaron vendiéndolo como esclavo en el lejano puerto de Ur-Kamoi. En las tierras vecinas de Mediamar. Allí marcó por primera vez su piel, relatando estos últimos sucesos de su vida. Quería que quedara testimonio de quién era por si no sobrevivía. Allí estaban las runas con su nombre y el de su pueblo. Había decidido escribir en su cuerpo todo aquello que fuera digno de recordarse. Lo verdadero y lo inevitable.
Pero el iscario tuvo suerte y pudo fugarse de allí. Consideró volver a su hogar pero en su cuerpo todavía había suficiente espacio para más experiencias, así que se internó en Mediamar para terminar enlistándose en la casa Grano Dorado, que estaba en guerra con los Rocanegra, los venidos desde Islas de Piedra. Participó en una de las batallas más cruenta que se recuerden y su bando resultó derrotado. A punto de ser ejecutado alguien leyó su cuerpo y comprendió su linaje. Fue enviado a la ciudad blanca de Madena para ser juzgado. Allí pasó una temporada en sus mazmorras. Mas marcas se añadieron a su cuerpo donde ahora escribiría la profecía sobre el pueblo de la espada. En los célebres nidos de rata conoció a un sabio que le enseñó sobre lo que vendría. Supo que un día su tierra sería sojuzgada por el pueblo de la espada. Conoció de las intrigas de la ciudad blanca y decidió escapar nuevamente. Cabalgó a Belligera para buscar el culto del lobo. La profecía decía que el pueblo de la espada le temería a los lobos y que estos le morderían el talón. Sólo encontró más guerra y leyendas que ya se habían perdido en la memoria.
Así que se lanzó de nuevo al mar y regresó a su tierra para ofrecer su brazo. Fue admitido como mercenario pues a los ojos de su pueblo seguía siendo un extraño. Nuevamente conocería la derrota. Ahora ante las tropas imperiales y vería la desesperación de su anciano padre. ¿Quién podía culparlo? quiso evitar la muerte y la esclavitud y accedió a firmar un tratado. El primero al que accedía su orgulloso pueblo. Pero el imperio no honra los tratos. Sólo era una treta para apresar al viejo líder. Y con él encadenado, el poderoso Iscar se llenó de dudas y aspirantes al trono. El principe menor se había marchado hace años y se había ganado el repudio.Y los mayores habían perecido en las distintas batallas que el este les presentó. Sólo un viejo rey encadenado mantenía unidas a las tribus de Iscar. El imperio los tenía a su merced.
Javensen se quedó en la derrota, minetras muchos huían, aunque todos continuaron recriminándole su escape y los largos años en que su figura no pesó en las decisiones. Ahora era tarde. Sus hermanos habían perecido y él era un extranjero. Su padre accedió a recibirlo pero no escuchó su consejo. No creyó en la profecía que decía que debían aliarse con otros pueblos. No podía tomar consejo de un extraño fueron sus palabras. Y eso decretó su ruina. No hubo posibilidad de victoria.
Ahora visitaría las mazmorras del templo del Ocaso. El imperio no se arriesgó a mantener un heredero libre. Los magos serían quienes cumplirían su destino y llevarían la culpa de su muerte. Más marcas se añadieron a su piel. Sobre todo las de un nigromante que le marcó en los brazos las runas que le darían el poder del fuego. Le enseñó que estas eran tan poderosas como terribles y que usarlas mal lo llevaría a ser consumido. Javensen le creyó al nigromante y jamás quiso usarlas aunque supiera leerlas.
Llevaba una vida relatada en su piel. Como un viejo pergamino que relata los secretos que la mayoría calla. Así escaparía con la ayuda de otros para ir al este. A tratar de liberar a su padre. Llegaría a los campos de esclavos del imperio donde una mujer de túnica azul lo señaló con el dedo una vez y lo rescató para siempre. La pitonisa lo escogió para que la acompañe. Un honor que pocos tenían en vida. Decidió aferrarse al oficio de mercenario para ganar tiempo. Si tenía suerte la pitonisa le daría alguna visión que le ayudara a completar la tarea de rescatar a los suyos. Pero ella lo dejo en el sur. Sólo le dijo que su destino lo había llevado hasta allí. Que conocería a otros como él. Parias.Y compartiría el campo de batalla como antaño lo había compartido con los suyos. Aunque el general del este que lo reclutó como espía fue generoso en las promesas de oro para él, también fue pródigo en las amenazas que vertió si no regresaba a él con información. La muerte de todo su pueblo sería la pena. Javensen estaba atrapado. Hasta la muerte de la moneda llevaba escrita en su piel. Duros sería los días donde tuviera que elegir...condenar a los suyos o servir a los que los oprimían... Fuera cual fuera su decisión una nueva marca vendría a él. Otra más que diera palabras a esa piel que habla.
martes, 11 de septiembre de 2018
Leo "hermano mayor" águila del este
Llegó del este siendo jóven. Nadie lo conocía, pero su espada hablaba mucho de su origen. La cabeza de águila adronaba su empuñadura. Era uno de los últimos hijos de la familia Hindrata, los más fieros enemigos de los Angras en el este, y los que soportaron las mayores pérdidas en la batalla. Eran enemigos de la conquista, creyendo que el este podía albergar a todos si se hacía un reparto más equitativo de las tierras. Pero los Angras no escucharon, porque su alma era la guerra. Y su familia fue la última que intentó convencerlos de lo contrario. Muchos guerreros del este vinieron por las montañas escapando de los Angras. Pero el era especial. Educado para la guerra como si de un arte se tratara tenía conocimiento en los tratados de estrategia. Interpretación de mapas y esgrima esteña. Se despidió de los suyos y les rogó que no se resistieran a ellos. El tiempo de la guerra para la casa Hindrata había terminado. Si los suyos eran obligados a enlistarse para los Angras les recordó buscar las unidades de la plebe. Donde la mayoría de los conquistados iba a parar. Allí, pacientemente y en silencio esperarían su momento. No pudieron detener al naciente imperio en las fronteras. Pero había muchas maneras de luchar, y si no eran espada, serían veneno para la bestia.
Los Angras lideraban, pero sus filas estaban formadas por conquistados. Gentes orgullosas llevadas a la fuerza por el látigo. Eso no lo podían remediar. Y los Angras dormían con ojo abierto. Esa era su condena. El hacha que pendía sobre sus cabezas.
Con esas credenciales llegó a Lurtz Leo, con la certeza de que la guerra había cambiado de forma, pero el contenido seguía siendo tan puro como antaño. Pronto se encontró engrosando las filas de la guardia real del atalaya. Y reclutando muchachos sureños para un día volver por su tierra. Pero ahora había que defender el portezuelo. Pronto ganó la confianza de unos de los capitanes más respetados de la guardia. El llamado Cavernario. Y cuando este partió a las montañas para formar una guardia del paso, y una fuerza que detuviera a los titanes no lo dudó. Era lo que necesitaba para estar cerca de las montañas. Allí asomaría su viejo conocido un día, y quería que su espada fuera la primera en recibirlo. Se rodeó de los mejores que encontró. Y también de los peores. Pero allí no había estrictos códigos de caballería. Allí había lazos. Y los encontró más poderosos que el deber. Y los abrazó como si de el se tratara.
Escogió a los suyos con cuidado. Y estuvo allí cuando el capitán fue llevado por los magos, quedando a cargo de la hermandad. Y mantuvo unido aquello que había aprendido a amar. Aquello que los demás habían abrazado como una esperanza. Y el enemigo como un temor cada vez más presente. El sur resistía porque Lurtz no caía, y no caía porque ellos guardaban el paso de las montañas. Y ellos guardaban el portezuelo porque alguna vez serían ellos los que irían hacia el este. No había imperio que soportase la derrota contínua. Los Angras no sabían digerirlas. No las habían conocido hasta que se toparon con los bóreos en el norte y los rebeldes en el sur. Las montañas se estrechaban para el imperio como un reloj de arena. Y marcaban que el tiempo de su derrota estaba próximo. Llegaría el día de las águilas cuando los Hindratas reclamen su lugar nuevamente. Leo estaba allí esperando, con su ejército de hermanos preparados para la matanza. porque eran hora de que las tierras recuperaran la paz, y que las águilas volvieran al nido.
Alex "columna" abrigo de acero
Se han bautizado a muchos guerreros de distintas formas. El campo de batalla suele ser una buena madre para ellos, ya que suele darles nombres que perduran. También está el origen, la destreza, las particularidades físicas. Pero solo uno fue llamado de forma tan particular. Pudo ser el escudo, el brazo, el azote pero el simplemente fue llamado "columna". Algo propio de una edificación, pero en su caso, tenía todo el sentido. Él estaba construyendo su mito.
En la batalla de Pico de la Arpía fue rodeado por imperiales y mercenarios que andaban a la caza de rebeldes del este. Alex pertenecía a una pequeña casa que decidió migrar al sur. El cuidaba de los suyos mientras las carretas con su gente avanzaba tortuosamente por los caminos de montaña. El avance era lento y ya les habían llegado noticias de que los estaban persiguiendo. Alex preguntó a su príncipe cuanto tiempo necesitaban para escapar.
─¿Acaso estás loco, nos superan en número cuatro a uno, y pretendes quedarte?
─Dime cuanto tiempo necesitas y lo tendrás. Pero saca a todo el mundo de aquí.
Alex trataba con familiaridad a su príncipe. El no tenía títulos de nobleza pero su espada era respetada por todos.
─Un día y creo que pasaremos la encrucijada, allí deberían separarse para buscarnos y no lo harán. Un día Alex, si puedes darle eso a los tuyos tendremos esperanza.
─Es tuyo, canten alguna canción en mi nombre ─dijo poniéndo una mano en su hombro y aclaró ─pero haganme más apuesto. Ahora vete...
Serían cincuenta almas contra las fuerzas de los Andras. Sabía que quienes estaban más cerca viajaban ligeros. Eran infantería liviana y mercenarios. Ellos portaban armaduras completas. Había maneras de sacar ventaja con eso, asi que se dispusieron en un pequeño llano plagado de rocas. Tomaron sus escudos pesados y los clavaron firmemente a la tierra. No se moverían de allí.
Llegaron pasada la tarde esperando encontrar a una muchedumbre indefensa pero sólo vieron a un pequeño grupo. Formado en cuña con sus escudos juntos en un llano salpicado de rocas.
La compañía que los había hallado era la de los famosos Zorros Negros. Traían mercenarios que se acercaron como cuervos a la matanza. Eran oro fácil, o al menos eso parecía.
Ese día Alex se ganó su nombre. Columna. Porque los zorros lanzaron a los mercenarios y uno de los guerreros salió de las protecciones con una espada y un estandarte. Los recibió como nadie esperaba. Uso diestramente la espada y el estandarte era en realidad una lanza. Sus compañeros salieron de los escudos y lo secundaron en la matanza. Fueron demasiado para soldados de la fortuna descuidados. Ahora vendrían los zorros, y serían una mayor prueba. Cuantro veces cargaron contra la línea de escudos y las lanzas y espadas parecían multiplicarse. Luego de cada ataque el guerrero del estandarte volvía a salir de su escudo y plantaba su insignia nuevamente. La noche los ayudó ya que los zorros se vieron obligados a esperar. Los mercenarios hubieran sido de utilidad en las sombras para intentar debilitar al adversario pero neciamente los habían mandado a cargar tempranamente.
Y así los encontró el día. El guerrero del estandarte los siguió invitando al campo de batalla y el capitán de los zorros se vio presionado por la inminente llegada del resto de las compañías. Si descubrían que una delgada linea de caballeros pesados los habían detenido por horas sería una afrenta para su honor. Y a pesar de que todo invitaba a la paciencia, el orgullo Angras estaba demasiado presente y decidieron cargar. Eran muchos más y estaban habituados a pelear con guerreros de porte a los que solían superar en base a la movilidad. Pero el terreno atentaba contra una carga limpia. El capitán pensó en su historial de victorias y decidió lanzarse a ciegas. Cosa que estaba vista como impropia de caballeros de elite. Y lo pagaron caro ya que Alex y los suyos habían minado el terreno. Las trampas que solían usar para cazar lobos y osos esta vez cazó zorros de gran porte. Los primeros caidos se conviertieron en un muro de cuerpos que el resto de la compañia inperial no podía sortear con facilidad. Los maestros de la movilidad se vieron apresados. Y poco se puede esperar de un zorro cuando está atrapado. Las lanzas volvieron rojas de venganza. Y los pocos que lograron salir de la trampa se retiraron en desbandada. Alex volvió a salir y vio que el enemigo se retiraba. Clavó su estandarte como el día anterior y reunió a los suyos. Tenían un momento de calma y emprendieron la marcha seguros de que nadie los perseguiría. Tenían que esperar en los caminos cercanos, por si alguna otra compañía intentaba probar suerte. Habían prometido un día y aún quedaban algunas horas de luz, pero nadie más vino por ellos.
Los zorros negros jamás revelaron lo que había pasado allí. La historia dice que fueron emboscados por fuerzas superiores y habían resistido retirándose ordenadamente a la espera de refuerzos. Dos días después nueve compañías pasaron por el lugar cautelosamente tratando de evitar una emboscada similar. Vieron los cadáveres esparcidos en el llano y decidieron echarle la culpa a los mercenarios por cargar tempranamente. El capitán de los zorros no aclaró ninguno de esos dichos.Alex tardó dos días en contrarse con los suyos. Sólo doce regresaron pero les haía regalado a su pueblo un día y medio de marcha y lograron escapar hacia el sur. La columna había sostenido la esperanza. Y las canciones hacia los cincuenta bravos no tardaron en sonar.
Por el llano de la matanza pasó tardíamente un general. Era uno de los tres principales, el llamado Turbarión. Contempló la escena y la fila de tumbas en el suelo donde reposaban más caballeros de los que había perdido en las tres batallas anteriores. En el suelo un estandarte del este yacía pisoteado. Reconoció el emblema. La torre de piedra se apreciaba aunque estaba manchado de sangre. Esa casa no tenía suficientes guerreros como para formar un compañía completa, pero decidió callar. Sabía de sobra que habían sido vencidos por un puñado de guerreros decididos, pero a la luz de las triunfos pasados no era conveniente dejar memoria de esa derrota. Sin embargo no olvidó ese encuentro. La conquista no sería un paseo, siempre se la había advertido a los otros generales, pero estaban ebrios de victorias como para verlo. Quedaban enemigos formidables por delante. Como el que había sostenido un estandarte allí. Que la madre forja lo librara de él era su más profundo deseo.
Bóreos, la tribu de la luna
Al amparo de la bruma ellos viven. Empujados por hombres que les temen. En todas las tierras han sido perseguidos. Hacia los hielos sin final para morir de hambre. Porque son los herederos de los hijos de la luna. La gran manada que espera al lobo blanco.
Ellos toman su fuerza de los fuertes y la vida de los vivos. Antes de salir a cazar matan un lobo a mano limpia, así comienzan sus cacerías donde la jerarquía lo es todo. Los altos rangos dirigen, el resto sigue. Los más comprometidos ya se han convertido en animales. Porque para un bóreo el hombre es un animal. El único que niega su naturaleza.
No es indigno comer y aparearse. Es la propia naturaleza que se expresa. La única ley que se respeta es siempre actuar en beneficio de la manada. Los más comprometidos ya han abandonado los hábitos del hombre y viven en madrigueras. Allí mantienen su territorio hasta que son convocados para la cacería. Allí se someteran a los líderes, generalmente un macho y una hembra que los conducen a otros territorios donde está el ganado humano. Allí tomarán su botín y regresaran. Arrebataran a los cachorros de hombre a los que criarán para consumo. Aunque algunos finalmente son escogidos para volverse parte de la manada. Solo ellos abandonarán los corrales.
La guerra como tal no existe para ellos. Ni buscan algo similar a la gloria. Ellos sobreviven y para ello deben cazar y proteger su territorio. Los hombres cubiertos de acero vienen cada tanto. Ellos los huelen. perciben su carne palpitante, su sudor y su miedo. Y los cazan con facilidad. Siempre con la ayuda de sus hermanos lobos, Entre ellos hay un lazo de hermandad profundo ya que crecen juntos todos juntos en las madrigueras. Sólo deben cuidar que no las encuentren. El hombre cubierto de acero es artero y utiliza el fuego para destruir sus hogares y sus crías. Ya no deben invadir las planicies para encontrarlos. Ellos vienen hacia ellos. Y si les permiten avanzar pronto encontraran la cueva sagrada donde el barco de la primera manada encalló hace muchas vidas. Eso no pueden permitirlo. Allí se guardan los secretos de la manada. Los que permiten al hombre dar el paso hacia la animalidad completa. Los líderes de la manada están llamados a guardar esta sabiduría e impedir que los que niegan su naturaleza lleguen a ella. Para eso existen los guardianes de la manada. Ellos volvieron a vestirse de hombres. Usan acero y blanden espadas. Parecen ser ellos pero no lo son. Son animales vestidos de hombres. Y avanzan por sus tierras buscando el momento de atacar. Viven entre los hombres tomando información y aprendiendo todas las tretas de los hombres cubiertos de acero. Porque alguna vez el balance será restaurado. La manada volverá a cruzar la estepa en libertad. Ningún hombre que niegue su esencia quedará con vida. Han olvidado el camino de regreso a la naturaleza. Cada hombre deberá decidir. Será parte o alimento. Y de esa manera la tierra se abrirá generosa y volverá a dar abrigo a la manada, que por fin podrá correr...libre.
Brian "guardian" defiende como león
Todo niño en el sur tiene un sueño recurrente. Desde que empiezan a empuñar espadas de madera quieren llegar a blandir una de acero. Y si lo logran, querrán ser los caballeros más reconocidos de la región sirviendo como guardia real en alguna de las ciudades costeras, pero si realmente eres osado y lográs demostrar que eres realmente capaz, intentarás probar suerte en el atalaya de valle Dragón.
Lurtz era a simple vista la más exigente prueba para un aspirante a soldado. Era quienes luchaban desde su fundación contra las invasiones bárbaras. Contra las hordas de bóreos, con las bandas de forajidos y mercenarios, y por supuesto, luego de la transgresión de los magos, con los terribles titanes.
Hasta allí llegó Brian como aspìrante en su adolescencia. Dueño de un gran porte y con la armadura que le forjó su padre. Herrero de una aldea de la costa. Se presentó en los torneos que se disputaban anualmente en la fiesta de la cosecha. Allí se podía probar con el arco, la lanza y por supuesto, la espada. Y no desentonó. Ganó en lanza y llegó a las finales de espada con chances de llevarse el trofeo. Frente a él otro aspirante, y quien sería luego su amigo de la vida Alex. Justaron por más de una hora pero ambos, a pesar del cansancio no se rendían y seguían intentando imponerse.
Como reconocimiento un joven capitán fue elegido para enfrentar a ambos. Ahora los contendientes debían vencer a ese capitán de nombre Leo, guardia real apenas confirmado hace unos días.
Ambos se miraron y se entendieron con la mirada. Decidieron turnarse para atacar. Sin embargo no contaban con la pericia de su oponente, que a dos espadas era diestro y de gran resistencia. A pesar de su entusiasmo los dos estaban agotados y finalmente Leo venció a ambos simplemente con una guardia conservadora y los ataques medidos. Ambos terminaron exhaustos y con los brazos apenas sosteniendo sus filos. Allí el joven capitán aprovechó para desarmarlos con sendas estocadas a las muñecas. A pesar de las protecciones no pudieron resistir esos certeros golpes y sus espadas cayeron de sus manos. Aunque fueron vencidos se les dio por ganada la justa y ambos subieron a la tarima como vencedores. Habían luchado por horas y aún así no pudieron sacarse ventaja.
El joven capitán les propuso sumarse como escuderos, bajo su mando y pronto cabalgaron junto a él para controlar la frontera. Brian pudo hacer una última visita a su padre antes de enrolarse definitivamente. Le dejó su espada, la que había pertenecido a la familia desde que su abuelo la había forjado hace años. Le dijo que se la guardara. Algún día vendría por ella. Su padre recibió la espada de un soldado de Lurtz, su hijo, que vino enfundado en la armadura real. Con su porte galante y sus emblemas relucientes. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su muchacho había entrenado día y noche para cumplir su sueño y él tuvo suficiente vida para verlo realizado. Su padre tuvo un último gesto hacia su hijo y le regaló una moldura para su nueva coraza. Un escudo en relieve con una cabeza de león. Su padre se encargó de montarlo en medio de su pecho. Ahora estaba completo. Besó a su padre en la frente. Algo raro en él ya que no era demostrativo. Su padre hizo más que mntar una insignia en el pecho. Le marcó unas simples palabras en el alma.
─Defiende como león hijo, siempre...
Brian regresó a Lurtz con la certeza de que sería la última vez que vería a su anciano padre. Y tuvo tiempo de llorarlo durante el camino, ya que para cuando llegó a su último destino esas lágrimas ya se habían secado. Todos admiraron el adorno y preguntaron por su significado. Brian lo tenía claro, era el simbolo de su casa y desde entonces, su lema. "defiende como león". Y estaba listo para demostrarlo.
lunes, 10 de septiembre de 2018
Las cosas que quedaron en el fuego
Después de muchas lunas y de que tuvieran a las tropas imperiales casi en las puertas del campamento, decidieron pasar algunas noches a la intemperie para evitar que los sorprendieran nuevamente. El rumor de que se escondían en lo profundo del bosque todavía se corría entre las filas del este. Había llegado el momento de alimentar esa historia para alejar a los rastreadores de la montaña donde tenían su hogar. Dejarían pistas y señales que condujeran a los rastreadores al bosque. Debía haber señal de actividad. Hogueras, restos de comida, esas cosas que hacen los ejércitos que marchan.
Todavía estaba fresca la victoria ante los trekeris. Hoy se pudrían en el sendero alto. Pero llegaron cerca, y eso era señal de que el cerco se estrechaba sobre ellos. Había que alejarlos del campamento. Y nada mejor que llevarlos a lo profundo del bosque donde las leyendas se hacían más oscuras de la mano de las habladurías. Era hora de asustarlos de manera que creyeran que eran algo más que rebeldes. Y para eso debían convencerlos de que eran ánimas del bosque. Espectros de la montaña que habían descendido a castigar a los invasores.
Los hermanos fueron llegando de a uno. Se les habían asignado rutas distintas y que vigilen senderos para evitar espías, o que alguien los siguiera. Esa noche no habría invitados. Era noche para ellos. Para rememorar triunfos y llorar las pérdidas. La hoguera invitaba al relato y casi siempre se luchaba por impresionar al resto con las sagas personales y las ajenas.
Pero no había nadie junto al fuego que no tuviera algo que contar mientras la hidromiel viajaba de garganta en garganta. Algunos se ponían solemnes, otros alejaban la tristeza lo más posible. El juglar jugaba con un par de notas tratando de ensarzarlas en una huidiza melodía.
─Recuerdo que fue en el invierno de la luna negra. Sentimos aullidos una noche en la aldea. Los lobos no bajaban nunca de las montañas pero ese año hubo mucha nevada y los días eran siemrpe grises. Salimos de nuestras cabañas a proteger los rebaños. No podíamos darnos el lujo de perder nuestras ovejas. ─recordó con algo de pesar Oscar. ─No tardamos en darnos cuenta que no eran lobos normales. Eran como hombres imitándolos. Jamás había oído hablar de esa tribu ¿cómo les dicen ustedes a los hombres de la luna?
─Bóreos ─dijo secamente Arlorg.
─Nunca había visto hombres como esos ─siguió contando Oscar. ─sólo con la luz del día pudimos asegurarnos que no eran animales. Como especies de monstruos de lobos y hombres. No se realmente que decir, se llevaron nuestros niños, al menos media docena. Los perseguimos desesperados por el bosque pero dejaron atrás a sus lobos que se nos echaron encima, matamos a varios pero...no pudimos alcanzarlos.
─Así cazan. Se los llevan para lo peor...─agregó Arlorg. ─yo los enfrenté en batalla cuando probé suerte en las tierras muertas. Fuimos lejos, de caza. Era un invierno duro y no teníamos demasiado alimento. Recuerdo la sensación que me causaron. Sientes que no luchas con un hombre. aunque parezcan uno, todavía guardo marcas de sus dientes ─agregó mirandose el antebrazo...
El bárbaro tomó un largo trago de hidromiel y solo se quedó mirando el fuego, pensando en quien sabe que horrores. Los demás se tomaron su tiempo para pensar que decir. Barbeta siguió el hilo.
─Cuando escapé a las tierras muertas, estuve muchos días perdido en las llanuras. Allí pude ver una partida del innombrable luchando contra imperiales. Nunca vi tanta ferocidad en un guerrero como cuando contemplé esa escena. Los masacraron de una manera bestial. Ya los habían cercado. Se estaban rindiendo y los torturaon sin piedad. Por horas. Vi como les quemaban los pies hasta dejar solo huesos. La guerra es terrible pero eso era otra cosa. Tuve que dar todo un rodeo para evitarlos, pero estaban tan absortos en los tormentos que no repararon en mi. Creo que en realidad lo estaban disfrutando.
Ahora era el medio mago quien tomaba un largo sorbo de bebida tratando de alejar esos recuerdos.
Todos le daban a cada relato una cuota de silencio en señal de respeto. Espinal empezó a sonreir mientras el cuenco se iba vaciando de bebida cuando tomaba valor.
─Ninguno de ustedes pudo más que imaginar lo ocurrido, o ver sufrir a extraños...pero yo, yo vi arder a mi familia a manos de los malnacidos del este. Mi madre alzando su mano ardiendo en un intento de que permanezca escondido. Pude ver cada segundo de su sufrimiento. Hasta que las llamas se la llevaron.
Espinal apuró el trago y levantó la copa vacia en un brindis irónico.
─Me quedé escondido mamá, quería que lo supieras...
Otro intervalo de silencio. en el cual los cuencos fueron llenados nuevamente. Espinal miró por un rato a Carlos buscando algún resabio de su adoración al fuego pero el elegido respetó el dolor del mercenario. No buscaba confrontar ni justificar crueldades ajenas. Esa no fue forma de partir hacia la llama.
─Yo no podría decir que tenga la historia más terrible, pero me lo han arrebatado todo ─comenzó Xamu. ─me enamoré de la prometida del jefe de mi aldea. Juro que no quise hacerlo. Sólo sucedió, y la noche en que escaparíamos juntos él estaba ahí. La arrastró de los cabellos a la calle frente a mí y me preguntó si la amaba. Aunque no le contesté el sabía la respuesta. Me dijo que el problema no era lo que yo sintiera, que eso le importaba poco, pero el problema era que ella me correspondía y la degolló en ese instante. Juró que me liberé de tres hombres y me abalancé sobre él. Y aunque el me apuñaló le quité la daga y lo maté. Me hicieron tantos cortes y puñaladas que necesitaría ayuda para contarlos. Caí muerto al lado de ella, o al menos eso pensé. Recuerdo que ella aún estaba tibia. Ese fue mi final, pero por alguna razón desperté al otro día y me arrastré al bosque. El mago de la aldea me salvó. Me llevó a su cabaña y trató mis heridas. Y aquí estoy, ¡salud Helena, lamento haberte matado!...─dijo y levantó su copa, todos lo imitaron.
Javensen levantó la mano y comenzó su relato. Sus tatuajes brillaban a la luz de los leños encendidos.
.─Estuve en un barco pirata en mi juventud. Cautivo. Me llevaron para venderme. Recuerdo que a mi lado habían atado a un cuzita de gran porte. Un día lo llevaron a cubierta. Maldecía en su lengua a todos. Era muy fiero, se notaba por sus cicatrices que era un guerrero experimentado. Cuando lo regresaron ya no decía nada. Murió enseguida. Lo habían emborrachado lo suficiente primero, luego le cortaron las bolas y se las hicieron comer. Parece que no querían demasiado a los cuzitas...¡salud quien quiere que hayas sido!
Más de uno se acomodó las suyas como verificando que todo estuviera en su lugar. Algunas mujeres sonrieron. Sabían como atesoraban ese par la mayoría de los hombres. Sharra se levantó y alzó su copa.
─El hijo de puta que masacró a mi familia no hizo un sólo gesto mientras degollaba a mis hermanas, pero puso una cara muy divertida cuando le corté el miembro y las pelotas. ¡Gracias por recordármelo iscario, salud!
─¡Salud! contestaron todos.
Hubo un momento de silencio. Algunos habían empezado a recordar otras cosas. Ninguno tenía demasiados recuerdos bellos. Casi todo era pérdidas y dolores apenas velados por la dura rutina del campamento. Raluk levantó la voz pero nunca dejó de mirar al fuego, ni siquiera estaba bebiendo.
─Crecí en la sucias calles de Lurtz, soy huérfana. Mendiga desde la cuna. No tenía nada afavor. Aprendí a odiar a todos, sobre todo a los hombres, pueden ser verdaderas bestias. Uno de los que me lastimó me dijo que no viviría demasiado en los callejones. Que era comida de ratas. El destino de los débiles solía decir. ─sentenció mientras una sonrisa maliciosa empezó a asomar en su rostro. ─Adivinen a quién se comieron las ratas, yo me aseguré de ello ─dijo y alzó la vista desafiante, por primera vez, del fuego.
Todos tomaron un trago más. Esa era la rutina. Un dolor que se tiraba al fuego y un largo trago para calmar la herida.
─La magia verde fue mi refugio desde niña. ─comenzó Jenny con timidez. ─viví las guerras mágicas desde pequeña. Los magos oscuros eran nuestra mayor amenaza. Y nuestro mayor desafío. ─la maga verde suspiró recordando sus primeros años. ─Conocí a Aleana en un concilio de la magia. Era hija de un sacerdote oscuro. Pero ella estaba decidida a demostrar que la magia oscura también existía para beneficio del hombre.
─Todos saben que la magia oscura sirve solo para hacer daño ─exclamó Arlorg algo ofuscado.
─Todo está en la fuente del poder ─contestó Jenny. ─nosotros recurrimos a la naturaleza. Los elementos, donde vayamos tendremos el sol, la tierra. las plantas y animales...en cambio ellos sirven a los portales. Al otro mundo. Y vinieron aquí despojados de su poder y su gloria. Debieron construir nuevos altares, nuevos templos. Y fueron despreciados por no poder controlar ese poder. Pero eso es imposible. Decidimos darle a nuestras órdenes una lección escapando juntas. Aleana sólo quería ayudar, cambiar la imagen que se tenía de sus artes. Encontró la muerte peleando aquí sin poder demostrarlo. Brindo por ella...
Todos alzaron sus copas. Hiperión mostró por un momento la vista empañada. Su hermana había muerto en sus brazos. No había podido salvarla, pero honraba la promesa que le hizo ese día. La que lo hizo cambiar de vida y ayudar a alguien que no fuera él mismo por primera vez. Jenny lo miraba esperando que dijera algo, se había llevado las últimas palabras de su amiga y hermana, pero el mercenario jamás le había dicho demasiado de lo que dijo en ese momento. Se lo guardó para él aunque eso fuera para ella una daga horadándola todo el tiempo.
Parabel que punteaba descuidadamente su laúd suspiró y encaminó las notas a esa vieja melodía que la hermandad conocía muy bien...
Hiperión, quizás para escapar de la mirada intensa de Jenny fue el que comenzó a cantar. La melodía era irresistible para ellos. La habían cantado muchas veces cuando volvían del campo de batalla, victoriosos o en derrota, siempre tendrían ese vínculo con ella...
─Vuelvo madre, de estar en batalla
Lo que nunca quise fue hacerte sufrir
No te he avergonzado, he dado la talla
Y he visto tu rostro cuando temí morir...
Todos cantaron mientras el juglar iba acentuando los tonos y dándole intensidad al momento. Luego llegaría otra vieja conocida.
─Marchemos hermanos, la gloria no espera
vayamos ahora a juntos sangrar
llenemos la tierra con nuestras ofrendas
sudor y la sangre habremos de dar...
Allí las voces se alzaban con el pequeño estribillo que la estrofa tenía...
─¡A dos pasos la muerte...mi paso yo doy!...¡a dos pasos la muerte, mi paso yo doy!
Las voces rompieron la quietud de la noche. El valle se conmovió con la música que la guerra invitaba a entonar. Las aldeas vecinas escucharon las voces y sonrieron timidamente. La hermandad festejaba así que seguramente habían vencido nuevamente. Eso siempre sería una buena noticia para el reino. Esa noche muchos dormirían profundamente sabiendo que la guerra se mantenía lejos de ellos, al menos por un rato.
sábado, 8 de septiembre de 2018
Parabel "juglar" dueño de la melodía
El hijo bastardo de un noble, puede conocer de lujos, pero no puede disfrutarlos.
Nunca tendría para sí un padre. Era fruto de un desliz. Uno del hijo del señor. Y su madre, quién creyó en promesas vagas, y se enamoró del hombre equivocado.
Pese a todo ella quiso para su hijo una mejor vida. Y una carta del señor sirvió para que fueran aceptadas en un lejano reino del sur, ella como cocinera y su vástago como mozo de cuadra. Quiso la vida que allí conociera a un trovador de la corte. Músico de experiencia que deleitaba los oidos del señor de Lurzt. Él tomó a Parabel como discípulo y lo libró de la dura vida de los establos. Ella, agradecida y atenta colmó de atenciones al músico, que en el declinar de su vida no había reparado en su absoluta soledad. Había muchas expresiones de amor, y aquella podía definirse como la más gentil de sus formas.
El trovador instruyó al niño en todo instrumento musical. Y aunque también podía ejecutar con suficiencia el címbalo o la flauta, serían las cuerdas donde más se sentiría a gusto. El laúd, aún en sus pequeños dedos solía adquirir una precisión y claridad asombrosas. El trovador, que nunca había pensado en tener hijos, encontró uno en su pequeño discípulo. Uno talentoso. Y también uno pendenciero. El resto de los niños de la corte lo hacían blanco de sus burlas por lo humilde de su origen. Y por lo encumbrado de su protector.
Al pasar los años, esa situación inicial se tornó en violencia. Parabel era tan talentoso como colérico. Y las grescas con más de un niño, eran moneda corriente. El viejo músico recurrió al armero de palacio para que lo iniciara en la esgrima y así, encaminara sus impulsos hacia una tarea que demandara mayor disciplina. Pero ese brillante discípulo del músico era un pésimo pupilo de armas. Y le costó mucho domar el carácter de Parabel. Que tenía un maestro de música pero no un padre. El maestro de armas pensó día y noche en como lograr que su aprendiz se interesara en la lucha formal. Lo castigó, lo encerró, lo golpeó con su vara en cada ejercicio pero el muchacho era tozudo y no reconocía muchas formas del miedo. Y fue con su mayor pasión que logró por fín conquistarlo. Un día en que el muchacho llegaba tarde a la práctica, como siempre, encontró al trovador allí, junto al armero. Este le dio la espada de madera y comenzó a atacarlo mientras el trovador tocaba el laúd marcando los movimientos. Cada nota tomó en el corazón de Parabel la forma de un movimiento. Nunca había visto que la esgrima pudiera verse como una pieza musical en si misma. Y esto agradó al muchacho. A partir de ese día Parabel llevaba a entrenar el laúd que le había regalado su padre y le ejecutaba al maestro la pieza que había compuesto. Esa composición musical luego era traducida en movimientos con la espada, fintas, amagos y bloqueos. Los entrenamientos tomaron fluidez y gracia.
El muchacho era un eximio intérprete. y con el tiempo también, un guerrero consumado. De pronto la espada podía componer piezas exquisitas, dignas de ser mostradas a todos. Y una tarde el armero invitó al anciano músico a la práctica para que viera los logros de su discípulo. Palmeó el hombro del viejo trovador satisfecho y le dijo que el trabajo estaba hecho. La música y la esgrima habían hallado un camino común. El muchacho recibió entonces el último consejo.
─Si equivocas alguna nota en una pieza musical, el resto de la composición ocultará el error y podrás soportar la verguenza, pero si equivocas una nota en la batalla, quedarás expuesto a la espada ajena. Y eso muchacho ─dijo tomándolo de los hombros ─ cuesta algo más que avergonzarse. Si vas a hacer música en batalla no te puedes dar el lujo de ser el mejor ejecutante, debes ser realmente, el dueño de la melodía...
Pasaron muchos días más en los que Parabel conjugó el laúd con la espada encontrando placer en ambas, pero el tiempo de su mentor y maestro finalmente acabaron. Y la pena como cuando era pequeño volvió a embargarlo. El trovador ya en su vejez intentó que su protegido fuera admitido como músico de la corte, pero los nobles no admitían gente sin abolengo y fue rechazado. Sin embargo el músico vio parte de su anhelo cumplido, conforme de haberle enseñado su arte al que consideraba su hijo de la música.
Fue mucho el resentimiento de Parabel hacia la nobleza por el desplante hacia su padre del corazón, otra vez ellos le daban la espalda como cuando niño, ahora, como músico. Y prometió venganza.
Una revancha sin sangre pero dolorosa. El joven juglar trazó un plan para seducir a cada mujer de palacio que tuviera marido en la nobleza. Su máximo objetivo era la señora del castillo. Sus armas resultaron tan efectivas como letales. Composiciones románticas con su laúd, que estremecían a las damas más distinguidas del reino, ejecutadas por un espadachín habilidoso. Esa mezcla de fuerza y delicadeza fue efectiva y fue requerido en más de una alcoba. A todas les prometió que su corazón les pertenecería.
Pero un juramento guardó para sí. El de no enamorarse jamás para nunca sufrir otro rechazo. Creía que el amor era una forma de debilidad que debía estar lejos de él. Sólo debía despertarlo en otros para dar forma a su venganza. Porque un instante se tarda en amar, y una vida lleva el olvido.
Su plan funcionó. Hasta que un día su madre se enteró de sus actos. Y presa de una profunda tristeza cayó enferma. Ella no le hizo ningún reclamo pero el vio que su mirada hacia él había cambiado. Reconoció esa tristeza que supo producirle su padre de sangre alguna vez y sintió que en su venganza se había convertido en lo que siempre había odiado. Dispuesto a intentar reparar el mal que había causado fue tras la señora del castillo. Una de sus principales víctimas. Pero esa noche en que se coló en su alcoba para intentar dar explicaciones se encontró con la guardia real. Y con un edicto que lo condenaba a muerte. No tuvo más remedio que saltar desde el balcón para evadirse librando su vida de milagro. No tenía más que lo puesto y el laúd, que lo acompañaba esa velada. Así escapó de su sentencia y se lanzó a los caminos. Se sentó en la plaza de una aldea que halló después de haber andado toda la noche y comenzó a tocar con su tristeza a cuestas. Pronto la gente se agolpó a su alrededor. Querían noticias del reino, querían escuchar canciones de taberna. Querían olvidar un rato las penurias.
Una niña se acercó soltando la mano de la madre para preguntarle algo al oído...
─¿Que eres tú?...¿cómo se llama lo que haces?
Parabel se tomó un rato para responder. No era un trovador, esos tocaban en las cortes y él estaba allí con las tripas crujiendo y los pies heridos de caminar por tantas horas. Tampoco era un vendedor, no tenía nada de valor que ofrecer. No era pregonero real, las noticias quizás hablaran de él pero el no podía saberlo. Sólo había un oficio posible. Pariente de bufones y gitanos. De los malabares y las ferias ambulantes. No era el trabajo más honroso pero había decidido dejar de mentirle a los demás y a si mismo. Esa era una buena forma de empezar.
─Soy Parabel, niña, el juglar, y si nunca viste uno no importa, estás viendo al mejor de todos...
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