sábado, 8 de septiembre de 2018

Wonder "filosa" la hermana sombra




Guiada por las historias que se contaban, Wonder creció anhelando viajar a Verbogón para ingresar a las hermanas de la luz. Allí estaban las mejores guerreras que el mundo conocía.
Lógicamente, para una niña crecida en una tribu de las planicies centrales, no encontró eco en su petición. Las mujeres de su pueblo no luchaban. En vez de darle una espada pusieron un bastón en su mano y la enviaron a cuidar un rebaño de cabras. A regañadientes aceptó pero curiosamente sus animales siempre pastaban cerca del lugar donde los guerreros de su tribu entrenaban. Como nadie quería enseñarle ella aprendió imitando cada movimiento, cada finta, cada mandoble. Su bastón se movía con sorprendente velocidad y precisión. Pero no era un arma. Para ella era un palo y lo detestaba.
Sus padres, concientes de sus inclinaciones no le dejaban estar cerca de nada filoso. Así que ella desafío un día a uno de los muchachos que veía entrenar y lo venció fácilmente, con un palo. El muchacho avergonzado nunca denunció que ella le había robado su daga. Ahora tenía un arma pero a nadie con quien entrenar. Así que comenzó a lanzarla, siempre imitando los movimientos que veía en los entrenamientos. Su puntería era asombrosa y podía acertar un blanco a buena distancia. Pero esto no era suficiente para ella.
Se llevó su rebaño lejos. A las montañas. El espinazo del dragón era un cordón montañoso inhóspito y lleno de fieras. Wonder empezó a luchar con los depredadores, defendiendo a sus cabras. Esos eran sus contendientes. Gatos monteses, zorros, y luego lobos eran su desafío diario. Ella siempre buscaba osos plateados y dejaba cebos intentando atraerlos a ella. Un día tuvo éxito y un terrible ejemplar fue tras sus cabras. Todavía guarda las marcas que el animal le dejó en el cuerpo. Y el diente que le partió su padre por perder a todos sus animales. Pero la muchacha no se rindió y abandonó definitivamente la idea de seguir siendo "cuidacabras". Fue temprano al lugar de entrenamiento y se sentó a esperar. Desafió a todos los aprendices que fueron llegando. Con un palo. Y los venció.
No encontró nada parecido a ese oso plateado que la había vencido. Hasta que se encontró con los guerreros experimentados de su tribu. Y aunque no pudo vencerlos se ganó el respeto de ellos que pidieron entrenarla. Los ancianos de la tribu se negaron. Sólo era una muchacha obstinada con olor a cabra. Y querían darle una lección. Mandaron a algunos a apresarla para que pasara un tiempo encerrada en las cuevas donde encerraban a sus enemigos cautivos. Ella los podía vencer con facilidad pero se dejó atrapar. En las cuevas había guerreros, hombres de guerra. Quizás ellos si quisieran enseñarle. Pero eran enemigos de su tribu. Y fueron menos colaborativos que el oso. Cuando volvieron por ella a la semana ya había matado a tres y estaba sentada con el resto compartiendo historias. No quiso que la liberen. Ahora por fin estaba aprendiendo. Conoció la historia de Coraza Roja, el mercenario más despiadado. Conoció la leyenda del innombrable. Y la misión de venganza de una hermana de la luz. La guerrera de las dagas hermanas que andaba en las planicies del sur matando forajidos. Recordó por ella su sueño de viajar a Verbogón, al templo de la guardiana, donde estaban las mejores guerreras del mundo.
Así fue como un día liberó a sus compañeros de cautiverio y escapó para formar su propia banda de guerreros. Ellos le habían enseñado todo lo que sabían y ella les había pagado con su libertad. Algunos la siguieron y ella los lideró ahora como una mercenaria consumada. Vestida por completo de negro. Con sus dagas gemelas luciendo en el cinto en honor a la hermana de la luz que tanto admiraba. Pero sabiendo que era cada vez más lejano ese templo del sur. Demasiado lejos de la luz. Decidió ser sombra, una muy filosa.
Cuando tuvo suficiente oro de la matanza se despidió de los suyos, aún de ese amor que tenía entre sus hombres y partió. Se encontraba cerca del sur y vio los dos caminos ante ella. Uno iba serpenteando en dirección al mar, a la puerta de los dioses donde estaba su viejo anhelo. El otro iba al oeste. Donde se rumoreaba que se escondía un gran mercenario llamado Hiperión. Se tomó un tiempo para meditar y terminó preguntándole a sus dagas. Las lanzó juntas al aire. Una en cada dirección. La del sur golpeó en una roca y cayó de lado. La del oeste se clavó firme en la tierra y permaneció erguida. Le alcanzó con eso para decidir y emprendió camino.
Cuando quiso ser guerrera fue pastora. Cuando quiso ser libre fue cautiva. Cuando quiso ser luz terminó siendo sombra. Era una constante que su camino siempre iba en dirección contraria a sus deseos. Pero no estaba dispuesta a rendirse. Había aprendido a torcer cada uno de los designios en su vida. Sin demasiada ayuda. A veces simplemente con un palo.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Valkiria "iluminada" luz del acero




La orden de las hermanas de la luz fue llamada a las armas hace siglos de la mano de la profecía. Cuando a la tierra le faltaron justos, ellas acudieron al llamado. Y se volvieron la espada que corre el velo de la oscuridad. Su templo en Verbogón contempla a todos desde lo alto del monte del Alba. Antes visto como el refugio último de la ciudad si el mar inundaba la ciudad baja. Ahora era el perpetuo vigía del destino de los hombres. Dentro de el se alza la imponente estatua de la guardiana eterna Rassvet, la que dio de beber a la pitonisa y le dio refugio a la profecía. Sostiene en alto un farol con su diestra, y una espada desenvainada en la siniestra. Sus ojos son de oro y brillan a la luz de los fuegos guardianes que las novicias mantienen encendidos día y noche. Allí se forjaron las voluntades de muchas mujeres casadas con el destino más alto. Uno que ningún hombre igualaría.
Allí llegaron tres niñas una tarde de verano. Huérfanas de la guerra cuyo destino más seguro era la ciudad santuario. Allí cualquiera de los tres cultos podía recibirlas pero toda niña fantaseaba con la idea de ser una hermana de la luz. Así fue como apenas llegadas a Verbogón se escaparon de sus cuidadores y fueron a pedir asilo al templo de la guardiana. Las novicias se apiadaron de ellas y las tomaron bajo su cuidado. No sabían sus nombres ya que apenas contaban con edad para decir algunas palabras. Una fue llamada Alba, la otra Vigilia y la última Valkiria y fueron inseparables desde ese día. No había tarea que no tomaran con entusiasmo ya que estaban en el lugar del que muchos hablaban pero pocos podían conocer. Así crecieron haciendo los menesteres del templo por las mañanas y entrenando para la guerra por la tarde. Y demostraron ser mucho más que niñas entusiastas. Si Alba era buena con la lanza, Vigilia la superaba con el arco, pero nadie igualaba a Valkiria con la espada. La superiora de la orden decidió mantenerlas juntas ya que así se potenciaban y casi siempre que debía castigarlas el castigo era simplemente multiplicado por tres. Pero se hicieron dignas del refugio que les habían otorgado y el paso del tiempo no hizo más que afirmar que sus votos eran sinceros. Estaban llamadas para el servicio. Llegado el tiempo de salir a los pueblos para comerciar lo que el templo producía a cambio de lo que les faltaba fueron también las primeras voluntarias. No importa que tan llena de verduras y quesos partiera la carreta, siempre volvía con su venta realizada por completo. Eran queridas en muchos pueblos. Un día Alba insistió con marchar primero a una aldea en particular donde decía tener la carga ya vendida. Las otras aceptaron a regañadientes sabiendo que no era por venta que eligieron el destino sino por un muchacho hijo del herrero que había prendado el corazón de la joven. En vano intentaron sus hermanas advertirle que no abriera su corazón a él. Que la oscuridad se escondía siempre en los corazones de hombres de palabra dulce y gestos agradables. Lugar que el ojo común no llegaba a contemplar y que era la fuente de todo. Pero Alba estaba cegada por su amor adolescente. Y Vigilia cedió a sus demandas acompañándola. Valkiria que había decidido quedarse en la carreta no entró a la posada con ellas. Temía que algún salteador se llevara su carga. Sólo los gritos de Vigilia la hicieron cambiar de parecer. Las habían emboscado una banda de forajidos que quería entrar furtivamente al templo y saquear lo que ellos decían era una estatua de oro. El enamorado de Alba, que en principio estuvo de acuerdo con el plan temió por ella cuando vio la violencia a la que era sometida e intentó defenderla. Una profunda herida en su estómago rompió rápidamente el vago acuerdo que tenía con ellos. Cayó al piso herido de muerte y Alba cayó también herida tratando de alcanzarlo. Vigilia lanzó un agudo grito y sacó su daga comenzando un frenética lucha con la banda. Pero eran demasiados y fue traspasada dos veces con sendos cuchillos de caza antes de caer, llevándose dos con ella. Una luz irrumpió en la sala de la posada cuando Valkiria entró al lugar dispuesta a luchar con lo que fuese que hubiera allí. La imagen de sus amigas hermanas heridas en el suelo la trastornó por completo. Ella tenía una espada corta y no dudó en usarla contra ellos. Poseída por una furia que no conocía límites fue de uno en otro hiriéndolos por doquier, realizando giros y fintas que no se habían visto jamás en la más temible danza de lucha. Allí brilló el acero de Valkiria, allí la furia de la guardiana tomó la forma de una muchacha, allí una joven dio cuenta de una banda de forajidos que le había arrebatado su más preciado bien, le había robado a sus hermanas.
El camino de regreso casi no lo vio llevando la carga del día intacta y sobre ella. Los cuerpos de sus hermanas, inertes.
Todo fue tristeza en los pueblos por donde pasó Valkiria llevando la carreta. Muchos lloraron la pérdida de esas jóvenes que tanta alegría traían desde el monte del Alba. Y dejaban flores en la carreta mientras ella sostenía las riendas con la mirada perdida. Pronto llegó al templo y fue recibida por las novicias, que lloraban junto a Valkiria. Alba y Vigilia fueron quemadas al amanecer en los fuegos eternos frente a la estatua de la guardiana. Valkiria sólo tomó de ellas las dagas y se las cruzó en el cinto. Ya nunca se separarían. Seguirían con ella y las llamaría hermanas. Juntas seguirían luchando y riendo, sirviendo y entrenando como había sido toda su vida. Desde ese día Valkiria supo que un día debería abandonaría el templo. Su corazón ahora tenía odio hacia quienes debía proteger. Se había corrompido cuando había luchado por sus hermanas con su danza de muerte. Había matado por ellas. Las había vengado. Y lo había disfrutado.
Su corazón estaba comprometido. Debía volver a purificarlo con penitencia y sacrificio. Así que pidió la bendición de la guardiana y se marchó un día dispuesta a encontrar nuevamente su propósito a través de la espada. Abandonar el odio que crecía por esos que debía proteger. Y sus hermanas viajarían con ella. Le perdieron el rastro en las planicies del sur. Aquella niña amada ahora era temida. Era inmisericorde con quienes la desafiaban. Era como una diosa de la guerra hecha carne y acero. Y su luz, otrora enceguecedora, ahora era apenas destello. Volver a brillar sería su misión. Y su vida, cuando su opaco corazón volviera a encenderse con el fuego de la guardiana, pero mientras tanto sólo podía contar con otra fuente. Un brillo intenso y terrible. La luz de su propio acero.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Banquete para la espada





Haru y Vallekano volvían de una fructifera caza. El ciervo era un animal grande y de allí saldrían suficientes raciones para un par de semanas. Costaba encontrar comida cuando el invierno se ponía duro. Quizás fue la casualidad más grande de todas que Vallekano se haya detenido un momento para quitar una piedra de su bota, fue entonces cuando sintió un particular aroma del que no se había percatado. Era olor a orines y grasa, un olor acre que no era demasiado agradable. Miró a su alrededor buscando la fuente y la halló enseguida. Estaba sobre la hierba, en pequeños montones como caídas accidentalmente. Le hizo una seña a Haru que vio el semblante del arquero e intuyó peligro. Agazapada llegó hasta él, que le señaló el hallazgo. Haru sabía de que se trataba, ellos no usaban ese unguento por ser demasiado delator pero si cruzas las montañas en invierno no tienes más remedio. Es lo único que protege tus pies en las frías botas y se convierte en la esperanza de no dejar jirones de piel dentro de ellas. Recurso de cazadores y soldados. Si ellos eran los cazadores entonces...
El dúo se movió con agilidad buscando rastros sin mostrarse demasiado. Pronto dieron con ellos, dos compañias, una emboscando el camino que llevaba al campamento. La otra subiendo por el camino alto esperando por si la hermandad bajaba de las montañas. Eso era bueno, habían dividido fuerzas a la expectativa de dar con ellos, pero no sabían donde estaban. Aunque fueran muchos permanecían ocultos. La idea más sensata y también un cambio de táctica. Ahora ellos actuaban como si fueran la hermandad. Estaban esperando divisarlos y reunir fuerzas rapidamente para atacar con la fuerza del número. El único problema del plan era que una trampa necesita de la sorpresa. Y acababan de perderla.

─¿Trajiste la flecha?

Vallekano asintió y sacó de su carcaj una flecha de pluma negra. Esas no eran para cazar sino para dar avisos. Debían moverse donde no llamar la atención y dejar que la flecha acierte cerca del puesto de guardia de la hermandad. Sin embargo era riesgoso si la advertían. Otro golpe de suerte vino en su ayuda...el laud del juglar se empezó a oir como en un eco remoto, su melodía era entre melancólica y festiva. Era una de las leyendas más presentes entre las filas imperiales, el laud maldito, el que anuncia la muerte. Se decía que lo ejecutaba un ánima de las montañas cuando se molestaba con los intrusos. Los murmullos entre la tropa se multiplicaron y algunas voces se dejaron oir entre la maleza, casi siempre de sargentos llamándolos al silencio. El momento de la distracción ayudaría.

─Espero que falles ─dijo Haru y le palmeó el hombro. Vallekano sonrió y la dejó ir. La flecha trazó su curva por sobre el camino y ascendió por la ladera. El puesto no se veía a simple vista pero ellos podían reconocerlo por otras señales. El viejo roble de la rama en forma de brazo extendido. Allí apuntó el arquero.
Crow y Parabel charlaban animadamente acerca de una canción que estaba componiendo el juglar. Se habían hecho con una bota de vino y un poco de jabalí ahumado así que la cosa se había puesto animada. El laud lloraba su melodía con la conocida pericia de su ejecutante.

─Te digo que esa canción no sirve. deberías componer otra cosa. ─comenzó Crow.

─Y yo te digo que con un poco de trabajo quedará bien, además...¿que sábes tu de componer?

Crow empujó sus orejas hacia adelante

─Tengo estos dos amigos que me dicen que no están contentos.

─Pues tus amigos deberían recibir algo de limpieza para cumplir mejor con su función...─rio Parabel mientras Crow le alcanzaba la bota de vino. La explosión tiño todo de carmesí. Donde antes había un cuero lleno de precioso líquido carmesí ahora habia una flecha clavada en el suelo, con una pluma negra rematando su cuerpo de madera.

─Llama a los otros ─dijo Crow mientras se lanzaba al piso y se asomaba al camino.

Pronto los hermanos estaban acechando el camino. En el suelo, Leo hablaba con Crow que se sentía avergonzado de no haber advertido nada hasta el aviso. Hasta se habían dado el lujo de darle rienda suelta al laúd y al vino en su guardia.

─Soy un idiota ─dijo simplemente el estratega.

─Tranquilo, ellos no pueden vernos. Las trampas están intactas así que no han subido. Lo que se puede ver es que empiezan a copiar nuestras tácticas.

Lo cierto era que estaban encerrados ya que abandonar su posición era delatar el campamento. El camino estaba bloqueado aunque ellos no lo supieran. Podían esperar a que se cansen pero había demasiados. No podían volver sin objetivos, y si no los encontraban a ellos irían por las aldeas.

─Llama a Hiperión ─ordenó Leo a Garlick. ─No nos van a ganar en nuestro juego.

Como muchas veces había pasado antes, el sigilo se imponía para ir por ellos. Sabía que Coraza Roja tenía guardada algunas armaduras imperiales pero sería peligroso moverse hasta ellos. Había cosas que solo el mercenario podía resolver. Un ruido en la maleza los sacó de sus planes por un momento, estaban demasiado cerca y todos en el suelo saacaron sus dagas del cinto. Un gorrión cantó timidamente, y volvió a repetir su canto luego se unió otro gorrión.

─Salgan ─susurró Crow. Haru y Vallekano se acercaron arrastrándose hasta ellos. ─gracias por el aviso hermanos.

─Gracias a ustedes por asustarlos con el laúd. ─contestó Haru que le guiñó el ojo a Parabel. El juglar se sintió menos avergonzado al saber que no todo en esa noche había sido errado.

Hiperión recibió toda la información del dúo. Les describieron las armaduras e insignias a lo que el mercenario reaccionó con incredulidad. Conocía a ese tipo de soldado. Y el cambio dejaba entrever la estrategia de Turbarión. Estaba buscando la guarida de la hermandad. Ya no quería andar a ciegas así así que había traído trekeris del norte, rastreadores imperiales. Lo último que supo de ellos es que estaban empleados en la lucha contra los bóreos. Demasiado valiosos para distraerlos en esta lucha así que seguramente solo debían ubicar el campamento de la hermandad, luego regresarían. No solían entrar en combate directo pero no les faltaba pericia para el asunto. Quedarse con un regimiento de trekeris era un golpe bajo para las intenciones del imperio. Y una verguenza para el general. Eran buenos, habían conseguido llegar casi hasta sus puertas y ahora era hora de que conocieran a la hermandad.

─Traigan las cabras ─dijo Hiperión, Carlos hizo un gesto y subió lentamente la cuesta por la maleza.

Ya habían usado animales antes. Y las cabras eran lo mejor para las alturas. Tenían separadas a las negras. La noche las volvía invisibles y trapaban como condenadas, les pusieron los chalecos de cuero con los recortes de metal encimados. El truco era simple pero efectivo, no debían golpear entre sí sino rozar, además era metal bruñido que lanzaba suaves destellos en la noche. Suficiente para confundir a guerreros poco diestros en esas artimañas. sabían que esto no engañaría a los trekeris. El objetivo era la compañía que aguardaba en lo alto del camino, la escolta. Eran guerreros pesados y estaban fuera de su elemento escondidos en el bosque. Querían salir a luchar y probar que podían con los fantasmas. Sólo había que darles lo que querían y ellos se moverían sólos. El objetivo era llegar a los rastreadores y dar cuenta de ellos. Si uno sólo quedaba vivo y escapaba tendría mucho que decir del lugar donde los atacaron.
Las cabras ya tenían sus chalecos y bozales, elementos indispensables para su plan, sobre todo los bozales ya que eran los animales más quejosos de toda la montaña. No hubo manera de adiestrarlos en el silencio. Apenas las soltaron en la ladera norte comenzaron a trepar según su costumbre, enojadas con las cosas que les habían puesto en la boca, ya que no las dejaba pastar.
No pasó mucho para que hubiera reacciones en lo alto del camino, se empezaron a escuchar algunos murmullos. Pronto se vio una figura oculta por la noche cruzar el camino en dirección a la montaña. Eran precavidos. Pero las cabras se alejaban demasiado rápido para un observador, pronto cruzarían más pensando que los hermanos estaban escapando por la montaña.
También hubo agitación creca del campamento. Los trekeris habían visto a su escolta empezar a realizar movimientos imprudentes y enviaron a alguien a detenerlos. De hecho la primer figura que cruzó el camino fue un rastreador, para demostrarles que eso que se movía por la ladera no podía ser jamás un guerrero, por oculto que estuviese. Pero era tarde. Ese momento de distracción era tiempo que se perdía de vigilancia. Hiperión con los suyos, se habían arrastrado sigilosamente y habían cruzado el camino por otro punto a través de los arboles. Nunca cruzaban a pie cuando había problemas. Y ese día necesitaban todo el sigilo que pudieran obtener. Lo frondoso del follaje siempre les había servido para moverse sin delatar los accesos. El campamento era lo más importante que tenían.
Hiperión marcaba el ritmo mientras Raluk, Carlos, Crow, Wonder, Espinal y Kurz lo secundaban. El resto de los hermanos debía esperar a que el resto de la compañía pesada cruzara el camino. Si la cosa se torcía los siete estarían sólos. No se podía revelar la ubicación del campamento. Como siempre Espinal y Kurz venían compitiendo y haciendo apuestas desde que se habían anotado para la misión...

─El que mate más caballeros se lleva la daga ─desafió Espinal

─Ya no tienes nada con lo que apostar, esta vez serán 50 monedas amigo.

Espinal tragó saliva pero asintió resignado. Era por lejos el más pobre de los hermanos a causa de sus frecuentes pérdidas. Pero como cualquier apostador, la salida era siempre la próxima apuesta. Así se internaron en el bosque y dieron un rodeo para ganarle la espalda a los tekeris. Se notaba que estaban nerviosos y discutían las acciones de sus escoltas que habían empezado a cruzar el camino en busca de quién sabe qué.
La orden era clara. A Hiperión no le temblaba el pulso cuando la cosa requería firmeza. Muertes rápidas y limpias. Un grito pondría a todos en alarma y eran suficientes como para dar problemas. Esto lo dijo mirando a Espinal y Kurz para evitar que algún juego estúpido los pusiera a todos en peligro.Todos asintieron igualmente y se separaron. La caza la comenzó Raluk que encontró a uno armando una especie de trampa en el lugar. Parece que pretendían retirarse. La escolta lo había arruinado todo. Apenas un movimiento en la maleza y luego aparecía nuevamente el trekeri que no era otro que el hermano con sus ropas. Raluk se salteó este paso. Realmente no le gustaba como le quedaban esos atuendos así que se las ingeniaba para que no la vieran en ningún momento.
Hiperión se subió a un árbol y esperó que un trekeri apresurado pasara cerca de él. La daga sólo bajó un momento y junto con ella la mano que ahogó la queja. No se había oído ni un murmullo para cuando todos ya se habían cobrado la vida de alguien. El capitán de los trekeris sintió en un momento que el silencio era distinto al habitual y se giró. Todos parecían seguir haciendo lo que les había mandado, se acercó a su segundo para dar una orden nueva...

─Algo pasa, ve a buscar a los escoltas...

─Creo que no ─contestó Espinal clavándole la daga en el cuello.

La compañía había sido eliminada por los siete, sin necesidad de que los demás tuvieran que intervenir. Eso era algo por lo que Hiperión hubiera cobrado su propio peso en oro, viejos tiempos pensó el mercenario y alejó esos pensamientos. Una vez más le tocaba hacer el papel de Capitán enemigo. Un poco tedioso pero se le daba bien así que se vistió con sus ropas y asomó un poco la cabeza al camino haciendo señas a los escoltas, que estaban desperdigados por la ladera buscando ese enemigo que de pronto se había esfumado. Un poco extrañados los caballeros empezaron a volver a la posición pero notaron que faltaban varios de ellos. No era raro que su capitán fuera un tanto altivo, A cualquier oficial imperial nunca le faltaba soberbia después de haber aplastado reino tras reino. Su peor error fue no reconocer que había cometido uno hasta que fue muy tarde. Se vio separado de sus hombres, desconociendo su misión y ahora el capitán de los trekeris lo llamaba desesperado. Eso no podía ser bueno, pero ellos habían revelado su posición y ahora obligaban a los rastreadores a revelar la suya. El factor sorpresa se había esfumado sin que pudieran dar con la hermandad fantasma. Eso no se vería bien pero siempre se podía culpar a los trekeris por no haber liderado bien. Ellos tenían el mando y el les brindaba apoyo. ël solo había detectado movimiento sospechoso y debía cerciorarse de que la hermandad no se estuviera escapando en sus narices. La mentira le sonaba bien así que caminó displicente al encuentro de los trekeris, su guardia le escoltaba ansiosa al ver que se estaban burlando de ellos pero demasiado respetuosos como para alertar a su líder. El debía saberlo.

─Espero que me explique que hacen escondidos cuando hay actividad enemiga en la montaña...─ dijo con altivez, dejando en claro que sus hombres actuaban por sus órdenes.


─Necesito que deponga su espada señor ─contestó Hiperión quitándose el yelmo.

Su guardia se puso delante de él mientras el buscaba a sus hombres con la mirada. Sólo un puñado continuaba en el camino. Otros aparecieron de la maleza cubiertos de sangre. Y no eran suyos.

─¿Quienes se han creído que son?...¡andrajosos miserables! ─gritó mientras el círculo de espadas se estrechaba sobre él, luego de dar cuenta del puñado que restaba. Su guardia se vio rodeada y se preparó para una segura muerte. No hubo del capitán ni una muestra de respeto hacia ellos en esos momentos así que uno le dio una patada y lo envió hacia sus captores mientras se ponían en círculo. El líder les molestaba para pelear. El capitán fue a dar contra Espinal que lo recibió con una daga en el vientre, justo donde las placas de la armadura imperial se unían permitiendo que un filo traspase si se era diestro. Y Espinal lo era. La cara del capitán lo decía todo. Mezcla de sorpresa y espanto, parecía nunca haber sido herido, eso explicaba el poco afecto que le prodigó su guardia.

─Hagamoslo justo ─dijo Hiperión mirando a Leo que sonreía por la ocurrencia. ─Son cuatro caballeros pesados, les daremos la misma oposición. Brian, Alex, Leo y Sharra serán adecuados para ellos.

La primera línea de la hermandad se dispuso en el camino. Se veían pocos duelos de ese tipo. Y ya se echaban de menos esos choques de moles en el campo de batalla. la hermandad nunca dejaba de entrenar y sus caballeros pesados eran un ejemplo de constancia. Una vez por semana debían hacer cima en la montaña con la armadura puesta. Sharra cortaba leña con ella casi a diario. Leo empezaba sus días ejercitando mandobles con su pesada espada mientras Alex y Brian se tomaban la tarde para entrenar desafiándose. La guardia imperial usaba una guardia estática con la espada angulada hacia adelante, además de mantener sus yelmos. La hermandad ya había dejado de usarlos hace tiempo, eso invitaba a los ataques a la cabeza, el tipo de ataques que descubren el cuerpo tempranamente. Sólo Leo se dejó el casco más que nada por mantener cierta formalidad. Los hermanos tenían distintas posturas. Leo tenía su espada en punta, sostenida sobre el codo proyectado. Sharra la mantenía levantada sobre su cabeza a dos manos. Brian y Alex entrenaban juntos asi que la sostenían desde un costado también en punta sin usar el codo, a último momento Brian decidió usarla a manera de lanza, con una mano en el pomo y la otra sobre la base del filo. El guante de metal se lo permitía. La guardia imperial estaba ansiosa y era seguro que atacaría primero. Y así fue. Y fue Brian el primero en sacar ventaja ya que la punta llegó al yelmo antes de que el guardia completara el ataque. La punta de su espada entró por el visor y no paró hasta chocar con el fondo del casco, su oponente cayó de bruces. Sharra parecía regalada con su postura pero estaba invitando al ataque lateral y hacia allí fue su enemigo. Le bastó girar su cintura y bajar la punta de la espada para cubrir su flanco mientras giraba con sorprendente agilidad y apoyaba la espada sobre el cuello del guardia que se quedó inmóvil esperando que deslice el filo.

─Demasiado fácil ─dijo Sharra tomándolo de las pelotas y cargando con el hombro haciendo que la mole de acero caiga de espalda de manera aparatosa. Tan pesadamente cayó que no podía volver a ponerse de pie, finalmente la guerrera de los ojos llenos de muerte se aburrió y hundió su daga en el pecho del guardia.

Alex era el que peor la estaba pasando, su estilo conservador le dio más poder al ataque enemigo. El sólo bloqueaba los embates esperando que se canse. Pero le tocó un guardia de extraordinario vigor que no paraba de atacar. Necesitaba hacerlo perder el balance o no podría recuperar la inicativa. Finalmente vio a través del visor de su enemigo los signos de la desesperación y el cansancio. Allí fue cuando cambió de guardia y en vez de bloquear evadió el golpe. La espada enemiga golpeó el suelo con fuerza y trató de volver a componer la guardia, pero el hermano ya tenía preparado su golpe. Hundió el frente del yelmo enemigo con una pesada descarga que lo atontó y cerró la brecha por donde miraba. Lo había cegado. Desesperado lanzó golpes circulares tratando de acertarle a algo. Alex contó los giros y pronto le ganó la espalda. Su daga hizo el resto del trabajo.
Leo esperó pacientemente el ataque de su rival que había decidido esperar también. Ese tiempo le sirvió para ver caer al resto de los suyos. Estaba impresionado.

─Son malditamente buenos, será un honor pelear contigo rebelde.

─Será mi trabajo matarte, invasor ─contestó Leo devolviéndole el gesto.

Leo decidió atacar para no extender más el asunto. No pegaba con todas sus fuerzas sino más bien marcaba, estudiando los movimientos de su rival, que tenía una técnica depurada. Podía ser un placer pelear así, si no fuera por qué era un combate a muerte. Pronto entendió que su contendiente también ahorraba fuerzas y se movía lo justo y necesario.

─¿Ves rebelde? el imperio prevalece porque siempre tendrá un ataque más. ─ le decía el guardia entre ataque y ataque. ─Puedes quedarte a verlo si quieres, un día miles de botas del este pisaran este camino...

─Pues que se sigan desangrando aquí, Si sacamos suficientes pies de esas botas algún día dejarán de venir

─No tenemos razón alguna para abandonar la gloria de nuestro destino rebelde.

─Ni yo tengo razones para abandonar mi tierra invasor...

─Te las daré, te lo aseguro ─contestó el guardia intensificando los embates. Pero ya Leo sabía que movimientos tenía en su bolsa. El líder era un estudioso de la esgrima y conocía la escuela del este desde sus raíces.

─Tenemos la fuerza que nunca tendrán rebelde.

─Pero no tendrán jamás lo que nos liga a esta tierra, eso siempre será nuestro invasor ─contestó Leo cuando quedaron frente a frente, espada contra espada.

El guardia soltó una mano para tomar su daga. Allí fue cuando Leo rompió su equilibrio y aunque el oponente logró tomarla, cayó de espaldas. Había perdido su apoyo. Leo cayó sobre él y trabó el brazo del guardia con su propia espada. Siguieron forcejeando pero Leo estaba bien afirmado y logró aprisionar el otro brazo con su rodilla. Sólo le bastó quitarle la daga y con ella misma buscar su cuello.

─Son sus propias armas las que acabarán con tu imperio...

─Calla y termina con esto perro miserable. ─dijo el guardia y Leo cumplió su petición.

La noche para la hermandad había terminado. La luna bañaba los cuerpos de los caballeros caídos. Ninguno de los hermanos tenía un sólo rasguño, lo cual era motivo para festejar, aunque estaban cortos de provisiones. Luego de sacar los cuerpos del camino, una carreta llevó los restos al sendero alto. Allí los dejarían para dar aviso a los próximos. No había sobrevivientes. No debía haberlos, pero si tendrían un rato para encontrar las cabras que llevaban demasiado tiempo sueltas, eran las heroínas de la velada y merecían el esfuerzo. Haru era la más capaz en esas lides, sabía lidiar con animales de montaña así que partió a su cometido con un par de hermanos.
Espinal buscaba por todos lados a Kurz. No sólo había matado a más caballeros. Se había cargado a los dos capitanes enemigos. No había duda. había vencido pero Kurz no aparecía por ninguna parte...

─¿Me viste? ...¿me cargué a varios y los jefes? dime que lo viste ─preguntaba insistente a la partida de Hiperión pero nadie le contestaba. Finalmente Coraza Roja le dio la razón. Había vencido. Pero Kurz había desaparecido a mitad de la matanza.

─Creo que se ha ido Espinal. Lo crucé cuando terminamos con los trekeris y me esquivó la mirada, luego se perdió en el bosque...

Espinal se sentó en el camino, con la mirada perdida. Tenía una expresión más parecida a la tristeza que al enojo. Era el momento que había estado esperando y su eterno rival le había quitado la satisfacción. Vallekano se acercó a él y lo tocó en el hombro.

─Ayúdame con algo. Festejemos tu victoria...por fín

Volvieron con el ciervo que habían cazado por la mañana. El arquero lo había dejado oculto con la esperanza de recuperarlo. Los hermanos vivaron al cazador y a Espinal que había vencido por fín al guerrero florido. Xamu juntó un buen fajo de leña mientras luchaba por atrapar a una de las cabras. Davan se preparaba para asar el animal que resultó una pieza magnífica. Habría una buena comida esa noche, nada de raciones. Todos estuvieron de acuerdo que una victoria como esa debía remarcarse, y alzaron sus copas por ella.
Podían haber sido emboscados y arrasados con facilidad y sería de otros el festejo, pero una vez más la suerte los favorecía. Quizás los dioses, al menos alguno de ellos todavía los bendecía, así que sería mejor honrar ese designio y dejar para mañana las otras preocupaciones. Esa noche junto al fuego festejarían y se darían un banquete para las tripas, el del día había sido para la espada.










 




 


Sin piedad para el extraño




─Alguien nos sigue Haru...

─Lo se Vallekano, hace un rato que nos acecha.

Los hermanos habían fingido estar distraídos un rato mientras merodeaban en el bosque. Se habían adentrado para cazar. Si tenían suerte ese día el arquero le daría a algún ciervo después de acertarle a varios árboles. Haru señaló hacia un claro y Vallekano lanzó su flecha aunque no intentara darle a nada. Era la excusa para que la guerrera se apartara. Apenas se perdió buscando la presa imaginaria hizo un rodeo para ponerse detrás del seguidor. Pronto divisó una figura de capa y capucha escondida detrás de un árbol. Su daga ya estaba presta cuando se abalanzó sobre él. El acechador no atinó a nada más que a lanzar un grito ahogado y cerrar los ojos aterrado.

─Por los dioses Jojul...¿qué haces aquí?...─preguntó Haru con cierto enojo.

─No estaba seguro de que fueras tú prima, estás cambiada.

─Pues han pasado unos meses desde que los visité pero tu ya no estabas en la aldea. Ahora eras un gran cazador y estabas en la montaña.

─No te burles Haru, me ha costado mucho que me acepten, esa era mi segunda salida.

─Lo se, lo se, mi pequeño truán ─le dijo con aire maternal mientras le desordenaba los cabellos.

─Te dije que no me digas así, ya soy un hombre...

─Pues discúlpeme usted pero yo que le he limpiado los calzones tengo el derecho, y usted siempre será mi pequeño truán, entérate.

Haru lo miraba tratando de adivinar que se traía entre manos con su arco al hombro y la espada corta, además de un cuchillo de caza casi tan largo como su antebrazo.

─Vas a matar titanes según veo.

─Tú no me tomas en serio prima, nadie lo hace, debo hacerme valer...

─Y supongo que siguiéndo a tu prima lo conseguirás...

─No te reconocí, ya te lo dije, es difícil en este bosque tan oscuro...

─Estos bosques no mejorarán, por si no lo sabías, pero si yo huelo tu miedo, los animales del bosque ya te presintieron hace rato.

─No voy a cazar ciervos, sino hombres.

Haru lanzó una sonora carcajada que hizo dar un respingo a Vallekano que se mantenía a cierta distancia. El muchacho endureció la mirada y se mostró todo lo ofendido que su semblante podía manifestar.

─Voy al norte a cazar hombres bestia...

─...

El semblante de Haru mudó en sorpresa, y luego en espanto.

─¿Que tú que?...¿acaso sabes lo que estás diciendo? Haru no cabía en si del enojo. ─Vas a atravesar medio mundo conocido, tropas imperiales, tierras muertas, las partidas del innombrable, sólo para internarte en el territorio más inhóspito del que se tenga memoria para enfrentarte a hombres que te comerían el hígado, sin temor a exagerar...

─Ya lo he pensado prima. Es lo único que respetaran, nada de lo que haga tendrá importancia si no traigo la cabeza de un bóreo...

─Yo te quiero mucho Jojul pero creo que debería darte una tunda en este momento y sacarte de la cabeza esas fantasias...

El norte era la frontera que el imperio había relegado en su avance al oeste. Ciertamente porque no le interesaba luchar ese tipo de guerra. Luchar con un hombre era sencillo. Todo era cuestión de destreza y equipamiento, formar filas y juntar escudos, pero un bóreo era otra cosa, eran luchar con bestias que calzaban armaduras y espadas, en el mejor de los casos. Se creían descendiente de los lobos. Algunos de ellos vivían como animales y gustaban de alimentarse de sus enemigos, aún en el campo de batalla. Poseían una fuerza que no correspondía a su tamaño y si te herían con sus garras o dientes tendrías fiebres de las que muchos no sobrevivían. Podías herirlos repetidamente pero costaba mucho matarlos. Su única debilidad era su escaso número pero hacía mucho que no salían de sus fronteras. Por eso una cabeza de bóreo era un trofeo que pocos alcanzaban. Las aldeas de la montaña solían tener algunas. En otros tiempos cuando las manadas invadían los demás territorios las guerras del lobo eran los episodios que las tribus contaban por generaciones, mucho antes de que los esteños vinieran desde el sur. Y las cabezas del lobo hombre adornaban las tiendas de los jefes de las tribus. Pero esos tiempos habían pasado y los bóreos ya no se lanzaban a la caza de otros. El invasor del este los había contenido luego de algunas batallas. Sin embargo la amenaza seguía latente.

─Jojul, yo te vi crecer, sábes todo lo que te amo. debes oírme cuando te digo algo, tu famosa hombría llegará sola, no debes ir a buscarla a ninguna parte...si crees que debes demostrar algo cuando nadie te lo está exigiendo sólo cometerás errores.

─Tú nunca entenderás lo que es vivir a tu sombra prima, la gran domadora, la líder que nunca teme...

─Pues explicame por qué estoy temblando ahora...imaginando todos los destinos que te aguardan en esas tierras...─le contestó Haru, con una lágrima surcando su mejilla...─no me quites algo más Jojul, te lo ruego...

 muchacho se quedó estático por un momento, nadie había visto llorar a la gran líder jamás. Aunque su hermano reinara ella era la inspiración de su pueblo.

─Prima no llores, jamás quise afligirte, sólo vine a despedirme...

─Nunca vuelvas por aquí si hoy te despides, le darás la espalda a los tuyos y ya no importará ninguna cabeza que puedas presentar, ni siquiera la del lobo Blanco...yo...la reina de los tigres te encomiendo la tarea de regresar a los Bechas y decirle que deben prepararse para la invasion imperial. Si ellos nos rebasan tendrás suficiente gloria que reclamar...

─Pero...

─¿Quieres ser un hombre? ─le dijo tomándole de las solapas ─¿de verdad quieres ser uno? pues ve a los nuestros y diles mi mensaje...la sangre no es agua Jojul, es lazo. Es todo para los tuyos, sin piedad para el extraño.

Ella lo soltó y le dio la espalda desapareciendo en el bosque. El muchacho se quedó allí parado, impotente, luego agachó la cabeza y regresó por el sendero cabizbajo. Vallekano que observaba a la distancia vigiló su partida, estaba volviendo.

─Tranquila...está regresando.

Haru se desplomó en un tronco seco y miró las copas de los árboles...

─Si supieran como son las cosas de este lado Vallekano. Si entendieran por un momento que la guerra no tiene nada de glorioso...que las canciones se cantan casi siempre a los que han caído...sería tan feliz ahora mismo acariciando a mis gatitos y buscando algo de caza...

Se oyó el ruido inconfundible de la flecha deslizarse por el arco, rozando suavemente mientras las plumas se agitan como un ave de muerte y luego el silbido de su viaje. Vallekano aguzó la vista y vio al animal caer.

─Le di. ─dijo con suficiencia, pero Haru seguía mirando las copas de los árboles.  

lunes, 3 de septiembre de 2018

Profecía de la errante




Sucedió hace mucho. Cuando la primer pitonisa empezó su larga marcha al sur. Surcó las tierras baldías, y las habitadas. Toda tribu y todo reino conocía que ella era la portadora de la profecía. Cada pueblo le ofrecía al mejor de los suyos para que la acompañe. Era una manera de obtener el favor de todos los dioses. Porque en cada punto cardinal se adoraba a uno distinto pero en todos los ritos se la nombraba. El herrero del este, el ojo del sur, los guardianes del fuego del oeste. Los cultos prohibidos del norte. Aún la magia oscura de las montañas o la verde de los valles sin venerarla la respetaban. Cuando ella empezaba a caminar la tierra se acercaba el fin de una era. Se decía que andaba en busca de un justo que evitara la llegada de la noche que se come al mundo. Y que pesaba el corazón de los postulantes con la esperanza de hallarlos dignos. Si los encontraba en su camino sería una jornada sencilla pero si llegaba al sur sin hallarlo vagaría por las ciudades de los hombres en un último intento de evitar la catástrofe.
Así sucedió aquella primera vez, cuando desanimada, la pitonisa se sentó en la fuente de la plaza de Verbogón sabiendo que su misión había sido inútil. No había encontrado un hombre justo que sea digno de llevar el sello que rompe la noche y llama al amanecer. Allí sentada junto a la fuente tuvo sed. Y pidió agua a cada uno de los que cruzaba por allí, con sus ropas hechas harapos después de las interminables jornadas de camino que había protagonizado. Sus pies sangraban en sus humildes sandalias desechas. Ningún hombre paró su marcha y la asistió ese día. Cuando cayó la tarde una mujer se acercó con su cántaro a recoger agua y la observó apiadándose de ella. Le dió de beber y lavó sus pies heridos, luego la invitó al templo de la luna para que repose ya que temía que la noche la sorprendiera a la intemperie.
Una vez en el hogar de las novicias entendió que la profecía podía tomar mucha formas. Allí moraba la virtud que no había encontrado en su larga marcha. Llamando a una de las novicias le preguntó por la que estaba a cargo del lugar, pidiéndole que se presentara. Convocaron a la madre del templo para que conozca a la invitada, viniendo ante ella la misma mujer que le había dado de beber en la fuente.
Con sencillas palabras se dio a conocer y le entregó la profecía que guardaba para el elegido.

─Serás la que llame al alba y darás fin a la noche del mundo, vuelve esto tu misión más alta y sagrada. Portarás el sello que tiene el poder de cancelar las sombras. En tu diestra y tu siniestra. ─ dijo tomando sus manos de la madre del templo donde los símbolos del fin de la noche aparecieron marcados a fuego. Luego de esto la pitonisa entregó el espiritu y murió allí mismo al ver por fin su destino cumplirse.
Ese día nació la orden de las hermanas de la luz. Que ahora debían prepararse para cumplir la sagrada tarea de defenderla. Y para hacerlo debían combatir las sombras. Se adiestraron en todas las armas y formas de combate siendo maestras en el arte de la lucha. El templo de la luna ya no sólo fue refugio de los desvalidos, cuando la oscuridad de la noche acechaba. Ahora también era cuna de guerreras virtuosas que simbolizaban las estrellas que combaten la oscuridad de la noche y velan por el día hasta que despunte el alba. Las hijas de la luna se vistieron de guerra para este propósito siendo guerreras temidas por cualquiera que osara enfrentarlas. Jamás venderían la espada ni buscarían más compañia que la de sus hermanas en momentos en que la oscuridad amenazaba. La noche se cernía sobre el mundo de los hombres pero ellas estarían allí para ponerle límite a la oscuridad. La virtud nunca estuvo más a salvo que entre las paredes del templo de la luna y en los corazones de ellas. Aguardando ese ocaso que pretendiera extenderse. Esperando por la negrura que se negara a retirarse. las guardianas del sello esperan con sus espadas afiladas, listas para rasgar el velo de la noche.

domingo, 2 de septiembre de 2018

El silencio del herrero






Hubo un tiempo en que los reinos de los hombres eran lejanas formas, suaves esbozos sin gloria, hasta que un día las siluetas de los barcos se recortaron en el horizonte.
El sur fue en un comienzo el puerto de entrada de las distintas creencias cuando los tres primeros llegaron. Pueblos distintos que escapaban de otras tierras donde la noche finalmente reinaba. Así fue como la primer ciudad se fundó cuando desembarcaron en la inmensa bahía. Allí moría una poderosa corriente que atravesaba el mar oscuro, que fue tomada como una señal de la voluntad de los supremos. Ese puerto y la ciudad que lo rodeó fue llamado Verbogón, "puerta de los dioses" y los designios lo marcaban como terreno sagrado donde no podía desenvainarse la espada. Seria conocida para siempre como la ciudad santuario. Ese fue el pacto primigenio entre los tres pueblos. No luchar entre sí respetando su legado y sus creencias. Esa ciudad tendría los tres templos y tendría su propia guardia sagrada que respondería a los sacerdotes de cada credo. Esta ciudad sería la inspiración de los reyes de la moneda para fundar luego Margón conteniendo los tres credos y las dos órdenes de la magia.
Los pueblos decidieron ir en direcciones distintas. Los guardianes del fuego siguieron la costa en dirección al oeste fundando en el camino Dom Plameni "casa de la llama" erigiendo un templo y estableciendo un asentamiento alrededor. Un pequeño grupo guardaría su lugar sagrado y lo atendería. Los otros fueron en sentido opuesto y se separaron enseguida siendo que unos siguieron la costa hacia el este hasta encontrarse con las montañas, que les  cerraban el paso. Allí se fundó Yurzhani, "el extremo de la tierra" donde los adoradores del ojo finalmente se asentaron.
El pueblo restante siguió camino hacia el interior en busca de un destino definitivo. Se internaron en tierras de extraordinaria belleza prácticamente inhabitadas. Sólo en el norte había un pueblo numeroso, del que todos huían y decidieron evitarlo. Los resistieron tribus esparcidas por el llano pero sin metal no eran rivales y no pudieron ofrecer demasiada oposición. La conquista fue inevitable.
Buscaban planicies fértiles ya que eran numerosos, conocían el arte del metal y pensaban en la guerra. Se encontraron con las montañas y un estrecho pasaje que cerraba las llanuras del sur y decidieron establecer un destacamento militar allí. El tiempo lo conocería como Lurzt. Cruzando el portezuelo y siguiendo el sendero natural que recorría las cimas tuvieron que optar entre su diestra y su siniestra. Allí sucedió el cisma que definió su destino. Los sacerdotes de la forja indicaron la siniestra de los llanos, el grano abundante y inmensidades que habitar. A los generales les pareció que las llanuras centrales eran indefendibles e hicieron valer su primacía, así que eligieron el este y se encerraron en el, pasando más allá de las montañas donde había menos planicies pero más ventajas para la defensa. Los hombres sagrados de la forja se sintieron menospreciados y negaron su consejo en los tiempos posteriores en lo que se llamó "el silencio del herrero". Los generales, orgullosos de si mismos y queriendo tener la decisión final se aislaron de todos dando la espalda a la madre forja. Se dedicaron a fortalecerse y reclutar para engrosar los distintos grupos, pero eran demasiados y pronto se enfrentaron entre ellos. Eran clanes guerreros, encerrados por propia decisión. La guerra no tardó en nacer en sus corazones y ya nunca podrían unirse para la conquista. Permanecieron divididos y enfrentados entre sí luchando por la primacía. El pueblo seguía sirviendo al herrero, eterno dador de los metales que forjaba espadas y azadones, hachas de guerra y comunes, clavos y dagas. El herrero lo prodigaba todo y a su palabra se ceñían, pero sus líderes habían dado la espalda a los sacerdotes y ahora estos castigaban con su silencio en las guerras. La guía para la batalla se había perdido y la fe entró en un cono de sombra al no haber quien declarara la voluntad de la forja. Ese período cambió por completo a un pueblo orgulloso compuesto de varios clanes, convirtiéndolo en un racimo de tribus enfrentadas. Le tomó siglos recuperarse de esa fragmentación, ya que con el silencio se había ido mucha de la sabiduría para la forja y la elaboración del preciado acero. Sus armas ya no eran tan afiladas ni sus armaduras tan resistentes. Dejaron de ser una amenaza para otros por generaciones enteras, allí perdidos en el este, sumergidos en sus disputas internas. Hasta que un día volvió a sonar la voz de la forja de la mano de su mayor profeta. Bacilus Angras, el elegido, sacerdote que se convirtió en general. La voz y la espada fueron reunidas como antaño. Y nuevamente la forja tuvo voz.
 Se había roto el silencio y una familia había proyectado su linaje como heredera de la fuerza, para malestar del resto. Cuando el profeta murió, los conflictos volvieron pero los elegidos de la forja resistieron a todos los demás, los Angras soportarían todos los intentos de despojarlos de su autoridad. Los generales prevalecieron y el viejo anhelo de conquista renació. El silencio del herrero había acabado y ahora la forja cantaba alegre los destinos esteños.




jueves, 30 de agosto de 2018

Hiperión "coraza roja" la daga de los reyes




Fue un hombre temido, odiado y pocas veces querido. Muchos se alegraron cuando un día se perdió su rastro. Criado en las lejanas tierras del Kamistán. Fue miembro de una de las cortes del Sinarca de Emnur. Fue aprendiz de uno de los mejores espadachines de las tierras lejanas, más allá del oeste y le dio la espalda a un brillante porvenir para escapar de las imposiciones reales. Criado para guardar la vida de los sinarcas, vendió temprano la espada para forjarse un nombre como asesino. No se sometió a ley alguna sino que sentó una propia. "la daga no vuelve limpia a su funda". No habría piedad para las victimas si puedes pagar por sus servicios. Pero era uno sólo y necesitaba un ejército, quizás no demasiado numeroso pero si efectivo.
Necesitaba un estratega. Un espía con dotes de asesino. Un guerrero pesado. Un jinete habilidoso. Ellos serían sus segundos al mando, a cargo de áreas específicas. El sigilo era a su entender mejor que el enfrentamiento abierto. La pericia primaba sobre el número.
Tuvo a los mejores guerreros que las lejanas tierras del norte pueden ofrecer en sus filas, pero los que lo acompañaron en el final era un puñado de sobrevivientes de sus misiones finales.
Wonder, Carlos y Crow eran sus últimos lugartenientes.
Pluma de cuervo se presentó un día en su campamento como el mejor intérprete de mapas que se hubiera conocido pero Hiperión no le creyó demasiado. Decidió ponerlo a prueba y le pidió una ruta para cruzar el desierto de Apeh. Un yermo gigante que no tenía realmente un mapa fidedigno. Sin embargo Crow trazó una y le marcó los lugares donde encontraría problemas con tribus nómadas locales. También le marcó donde lo esperaría si lograba vencerlas. Una semana después se encontró con Hiperion y lo que quedaba de sus hombres. La sed, el calor y los nómades habían hecho su viaje insoportable. El estratega lo esperaba bajo la sombra de un árbol en un oasis que no marcaban los mapas en lo que se suponía eran las arenas profundas del Apeh. El agua de ese lugar salvó la vida de la mayoría de sus hombres y sólo lo encontraron por seguir la ruta marcada que el ojo del cuervo les señaló. Así Crow pasó a ser el experto en mapas y estratega principal, aunque nunca quedó claro quién había puesto a prueba a quién.
Wonder llegó un día desde el sur. Era novicia de las hermanas de la luz. La logia guerrera compuesta por mujeres que defendía las ciudades sureñas de la costa. Portaba dos dagas idénticas en el cinto que ella llamaba "las hermanas" y eran mortales para quién les diera oportunidad. Nadie sabe por qué abandonó sus votos y desertó aunque respetaba todos los rituales aún estando con ellos. Nunca respondió ninguna pregunta. Alguna vez mencionó una profecía pero no dio demasiados detalles. Era muy amiga de los silencios aunque varias veces la oyeron hablando con sus dagas, algunos hasta afirman que les puso nombre. Como era costumbre fue puesta a prueba y le dijeron que debía matar a un hombre del campamento. Ella eligió uno de los más corpulentos que encontró. Un uzita que la superaba en talla y peso sobradamente. Cuando terminó con él era una masa uniforme de músculos contraídos y carnes trémulas que no podía ponerse en pie. Lo mató por piedad. No había médico que pudiera curar ese tipo de heridas.
Carlos fue desechado de plano sin siquiera una prueba. Se presentó como arquero una mañana y le negaron audiencia. Indignado se tomó a golpes con la guardia del campamento y tuvo que huir cuando se abalanzaron sobre él. Un partida lo persiguió por las montañas, pero nunca regresaron. Los encontraron carbonizados y empalados a lo largo del camino. Hiperión sintió curiosidad. Ninguno tenía marcas o heridas visibles, sólo los había quemado hasta los huesos. El mercenario fue a buscarlo y lo encontró jugando con un pedernal. Le preguntó de su maestría con el fuego y Carlos contestó que el fuego vivía en él. Esa misma tarde era parte de su grupo y pronto escaló posiciones. No había nada que no pudiera incendiar si tenía suficiente tiempo. El decía alimentar la llama, y nadie se atrevió a negarlo. El incendiario siempre daba con la manera de hacer las cosas simplemente se quemen. Incendió una vez vez una bahía entera destruyendo la flota de guerra de un sinarca, siendo la única vez que Hiperión vio el agua arder.
La realidad es que cada vez era más difícil contratarlo. Había que tener suficientes recursos y además estar dispuesto a tolerar sus métodos. Podía matar a cientos para eliminar un blanco. Si las historias corrían y conocían a alguien que estuviera marcado por coraza roja, era más simple echarlo de la ciudad que esperar que llegara. El riesgo de que el lugar entero ardiera era suficiente. Los últimos trabajos fueron los encargos del sacerdote Solot cuando lo convocó para que presente ante él a los que rompieron el pacto y trajeron a la vida a un muerto. Era una ofensa imperdonable. Y una provocación a los ojos de la orden oscura.
El alto sacerdote siempre supo que Davan estaba involucrado. No sabía a cuantos más había convencido, ya que no era un conjuro que pudiera realizarse solo. Y que de todos ellos uno sería sacrificado para que el hechizo no perdiera efecto. Lo que no sabía nadie es que Davan había involucrado a la propia hermana de Hiperión. Quizás estando conciente de que el mercenario trabajaba para Solot. Dicen que fue la única misión que no pudo realizar siendo ultimado por la hermandad fantasma en el espinazo del dragón. Otros dicen que la asesinó pero nunca regreso a cobrar el pago. Los más optimistas dicen que huyó de su triste existencia a las costas sureñas para comenzar una nueva vida. En esa época sus filas estaban diezmadas por una rebelión entre sus propios hombres, cansados de la magra paga. No se supo más de él ni de sus lugartenientes y se tejieron las más fabulosas historias en torno a ellos. Algunos aldeanos sostienen que se unió a los fantasmas de la montaña que combaten al este. Muchos caballeros negros suelen relatar que lucharon contra un guerrero de coraza roja que supera con creces a la mayoría de los hombres del imperio. La daga de los reyes parece ya no ser tal. Quizás movida por intereses superiores a la paga en oro y joyas. Quizás hoy tenga ideales que no se le conocían antiguamente. Nunca se sabrá si esa daga finalmente descansa o ha decidido cambiar de objetivo. Son muchos los que hoy respiran aliviados sabiendo que no camina por los callejones buscando victimas. Coraza roja parece haberse marchado y eso es suficiente para volver a conciliar el sueño. Sólo una cosa es segura, si la daga algún día regresa no volverá limpia a su funda.