lunes, 1 de octubre de 2018

La prueba del rey



Lurzt había nacido como una fortaleza que controlaba el paso de la montaña. Una modesta construcción con torres y empalizada que dominaba las alturas del Espinazo. Como todo lugar que ofrecía refugio en regiones peligrosas fue creciendo aceleradamente, recibiendo voluntarios y aldeanos que cada vez temían más por lo que bajaba de la montaña, o subía de los llanos. Había algunas casas en su interior donde las aldeas cercanas montaban un modesto mercado y dependencias particulares. Se pensó en tener algunas casas para las familias de los soldados, pero quién elegía ese destino solía no tener demasiado arraigo. Pronto albergó a numerosas familias y se volvió un verdadero pueblo de montaña.
La fortaleza nunca cayó. Resistió numerosos embates de enemigos de todo cuño. Pero poco quedaba de ella. Ningún noble del sur quiso vivir allí, estando tan expuesto. El castillo real se construyó en la comodidad del valle, más allá del río, en la continuación del camino alto que pasaba a llamarse camino real. Lo que no lograron las espadas enemigas lo consiguió el sello del príncipe mudando a los mejores hombres de la guardia y dejando algunos voluntarios para reemplazarlos. En tierras más propicias se había construido un imponente castillo, lejos de las amenazas, y se buscó a los mejores para que lo guardaran.
De ese puesto en el que un puñado de guerreros mantenían a raya a los tribus de los llanos y los bandoleros que asaltaban a los comerciantes en el camino alto poco quedó. Hoy era ruinas. Las más gloriosas que se conocieran supo decir el general que cerró para siempre sus puertas. Supo tener capitanes de renombre a cargo. Guerreros que nadie osaba desafiar y que se retiraban al sur cuando cumplían su guardia. A veces tardaban años en reemplazarlos, en la mayoría de los casos porque nunca más abandonaban el fuerte.
Se dice que debías pasar un desafío mortal para ser parte de las filas del fuerte. Le llamaban el desafío del rey porque se contaba que así reclutaban los sinarcas en el lejano Kamistán. El voluntario debía vencer en lucha a varios de los soldados del fuerte, cada uno especialista en un arma específica. Luego tenía que pararse sobre una delicada alfombra carmesí, sin ensuciarla y con un arco darle a un blanco que apenas se divisaba por la ventana de la torre. Se pensaba que era un desafío imposible pero se cuenta que algunos lograron pasarla para convertirse en soldados con derecho a vivir allí. Podías vencer en la lucha y retirarte como muestra de valor, pero si ponías un pie sobre la alfombra debías completar el desafío o perder la cabeza. Nadie abandonaba la alfombra sin haber cumplido su cometido. La mayoría que pasaba los primeros desafíos simplemente luego desistía de continuar. Vencer a soldados experimentados era suficiente prueba y confiaban en ello para ser aceptados, pero hubo algunos que siguieron adelante.
Se cuenta que uno de los últimos en intentarlo fue un muchacho. Uno delgado, pero con el cuerpo marcado por el esfuerzo. Dijo que había escapado de la muerte y que estaba allí para demostrar algo. Muchos se rieron, aunque no tanto cuando empezó a vencer a soldados mucho más fuertes que él. Y rieron menos cuando se paró descalzo, con decisión en la alfombra y tomó el arco con una sola flecha. Tensó lentamente el arco sintiendo la oposición de la cuerda, palpando la fuerza, el balance de la madera que crujió por el esfuerzo. El arco parecía empezar a partirse. Recién allí comenzó a elevar el arma buscando el ángulo correcto. El capitán de la guardia disfrutaba de los que se paraban allí sin temor a perder la cabeza por un tiro imposible. No importaba si fallaban. Para él ya habían dado la talla aunque nunca lo dijera. No habría decapitación alguna, sólo eran retenidos en las mazmorras un rato para dar dramatismo al asunto. Necesitaban ver de que estaban hechos los postulantes y no se le ocurría nada mejor. Luego de apuntar a la ventana el muchacho bajó el arco y apuntó al fondo de la gran sala y soltó la flecha. Todos se cubrieron lo más que pudieron mientras la flecha silbó partiendo el aire. No parecía apuntar a nadie en particular. En medio del revuelo el muchacho escapó por los establos como alma llevada por el mismo averno y nadie pudo dar con él o volver a verlo. El capitán se acercó a la flecha que se hallaba incrustada en la pared, atravesando el estandarte de la casa real de Lurzt. Las dos torres con un águila coronando el paño, y en cada torre una pequeña ventana, y en el centro de una de ellas, la flecha perfectamente ubicada.
El capitán llamó a los suyos y dio por terminada las pruebas. El mensaje era claro. Pero no podía darlo a conocer a todos así que reunió a sus hombres de confianza.

─Hermanos, nuestro escudo son dos torres, símbolo de esta fortaleza,y el castillo de Lurzt, sobre ellas se alza el águila que todo lo contempla desde las alturas, esa ha sido siempre la permanente vigilancia de la guardia real. Esta flecha atraviesa la ventana de nuestra fortaleza...el príncipe nos ha dado la espalda, esto ha sido un aviso...

─¿De quién hermano? ─se animó a preguntar uno.

El capitán miró a sus hombres pero no contestó y los despidió con un gesto. Si finalmente los rumores eran ciertos y les quitaba el apoyo quedarían a merced de sus enemigos. Porque nadie en su sano juicio tomaría la responsabilidad de debilitar la frontera. La única manera de que esto se llevara a cabo era que el bastión cayera finalmente. A pesar de lo privilegiado de su ubicación no era imposible que fueran sitiados. En el este siempre estaba presente el rumor de que el día de la rebelión estaba cercano. Y que los reyes de la moneda y sus exigencias había colmado la paciencia de los clanes, al punto de dejar de lado las diferencias y unirse contra ellos. Se decía que el este empezaba a organizar su respuesta. Y si finalmente llegaba la invasión. Es posible que el principe de Lurzt hubiera negociado abrirles la frontera. Franquearles el paso con la promesa de que su castillo fuera respetado, pero todo lo demás quedaría librado a su suerte. El capitán se había negado a creerlo pero en el fondo temía la cobardía del príncipe. Jamás había sido propenso a las lealtades fuertes. Después de todo, los Angras, la casa fuerte del este, y la casa Astrim tenían antepasados en común. El primer comandante de Lurzt fue un guerrero de ese clan y se quedó allí cuidando el único paso de montaña de la región de los valles. El Portezuelo. Con el tiempo los lazos se debilitaron pero la huella permanecía a modo de excusa. Sobre todo en tiempos de guerra. Tendría que ser claro con sus hombres. El comandante Bashnya contaba con el respeto de la guardia de Lurzt. Era tiempo de volver al castillo. Quedarse significaba soportar un asedio contra quien sabe que fuerzas. Todavía tenía la flecha del muchacho en la mano. Sonrió con resignación. Había empezado el día probando a otros y terminaba siendo probado de la misma manera. Había caminado por la sala absorto en sus pensamientos y cuando alzó la vista estaba parado junto a la alfombra carmesí. No se dio cuenta como llegó hasta allí y estuvo a punto de apartarse pero se detuvo un momento. Dio el paso y se puso sobre ella con determinación. Había tomado la decisión. Estaba listo.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Oscar "matalobos" líder de la manada


Hasta los oráculos fallan al predecir quien será un buen líder. Eso ha pasado siempre. Los lideres tienden a creer que su descendencia será tan capaz como lo fueron ellos. Pero un líder no nace como tal. Ni se educa como tal. Un lider quizás no sabe que lo es hasta que le toca afrontar el viejo interrogante...¿que es lo mejor para los míos? y tiene una buena respuesta para ello.
Crecido en los bosques negros, esas imponentes masas verdes y húmedas en las faldas de los montes que forman el Espinazo. Allí creció un aldeano que en principio molía grano con su padre en un pequeño molino. Se llamaba Oscar y no era guerrero ni cazador. La guerra y la caza le eran ajenas. Hasta que en sus años cercanos a la hombría presenció como los lobos se llevaron a su pequeño hermano. Los rastreadores no podían dar con la manada de lobos grises que asolaban la zona y fueron muchos más niños las victimas. La aldea quedó sumida en el oprobio. Se consultó a los dioses de la montaña por las terribles pérdidas. Los lobos le habían arrebatado el futuro. Este muchacho llevó las riendas cuando los adultos no dieron la talla. Organizó a otros muchachos. La mayoría, mayores que él para dar caza a la manada que se había vuelto devoradora de hombres.
Sólo tenía la experiencia de poner trampas para las ratas que asaltaban su silo de granos, pero para él todo animal hambriento es descuidado ya que se desespera por obtener su presa.
Oscar estaba enfermo de venganza pero se ocupó de ocultarlo detrás de sus trampas y estrategias. Su padre intentó disuadirlo pero vio en su mirada un brillo desconocido. Había algo nuevo o que había permanecido oculto hasta entonces. Y aún con el dolor a cuestas de haber perdido a su hijo menor, no tuvo las fuerzas de oponerse a la locura de su primogénito. Oscar se internó en el bosque
y nadie volvió a verlo por semanas. Se había hecho confeccionar una lanza en secreto. El herrero de la aldea había perdido una hija por los lobos y no se negó a ayudarlo.
Volvió con la cabeza de un lobo gris joven al cabo de unos días y con crías de lobo que encomendó a su madre para que las criara. Le dijo a todos que ahora él le robaría el futuro a los lobos. Luego volvió al bosque para volver tiempo después con la cabeza de la hembra de la manada. La pareja del líder. Roció la orina de ella por la aldea y colgó su piel en el molino para atraer al líder que ahora también estaba enfurecido. La manada finalmente fue a la aldea una noche. Irrumpió en todas las cabañas y mató a los animales de granja que encontró pero no había ningún humano. Oscar había mandado que se escondan en el bosque hasta que el les indicara que regresaran. Finalmente la manada fue al molino donde Oscar los esperaba. Su lanza hirió a casi todos los integrantes pero no los mató. Quería que sufrieran como su gente lo había hecho. Sus compañeros estaba con arcos en los techos y dieron cuenta de la mayoría de los heridos hasta que solo el lobo principal quedó en pie. Oscar quebró su lanza y la tranformó en una pequeña asta con su filo y lo enfrentó. Aunque el lobo hundió sus dientes en el hombro de Oscar, este le rasgó el vientre y sus tripas se regaron por todo el molino. Aquella noche acabó la amenaza de la manada de lobos. Y su lanza se convirtió en una espada corta, merced a la habilidad del herrero que hizo el trabajo en ofrenda al sacrificio de Oscar por los suyos.
Pero ahora su gente le temía. El muchacho ya era hombre. Habían visto la ferocidad de aquel muchacho y la temeridad de sus actos. Había desollado al lobo y se había vestido con su piel en un acto casi salvaje. Y siguió haciéndolo, cazando en la montaña como si fuera el mayor de los animales. Con el tiempo y la amenaza del imperio siempre latente abandonó a los suyos y fue en busca de quienes combatían en las montañas. Los rebeldes que se ocultaban cerca del camino alto. Se despidió de los suyos pero pocos sintieron verdadera pena. Se había convertido en una especie de animal. Uno peor que los lobos que enfrentó. Todos recordaron los cuentos de los bóreos y su familiaridad con ese animal. Quizás era de otro pueblo, de otra sangre, de otra fuerza. Sin embargo algunos en el pueblo si recuerdan su hazaña y guardan su memoria con cariño y respeto. Porque solo hubo un matalobos, y fue además un gran defensor para ellos, el que supo lidiar con la amenaza que venía de las montañas. El verdadero líder de la manada.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Los venidos del Mutrakan



Cruzaron por un paso oculto tras el Diente de Fuego, un monte cercano al camino alto. Eran de una tribu extraña. Si no los hubiera visto Vallekano junto a Oscar, nadie creería que todavía quedaban algunos. Aunque los que quedaban eran de los guerreros más reputados para contratar. La guerra los había devorado hace tiempo. Ellos, en su loca devoción hacia ella se habían sacrificado en batallas imposibles de ganar contra el oeste. Montaban caballos con armadura y portaban arcos compuestos. Voyanas, los amos de los llanos meridios. Los que juraban por la espada ensangrentada. Los que vestían las caras de sus enemigos y bebían en sus cráneos. Llegaron un puñado de ellos. Eran tan buenos rastreadores como guerreros. Seguramente encomendados en la misión de ubicar el campamento de la hermandad. Pero no existe voyana que rehuse una buena batalla. Esta en su juramento ante la espada. La sangre que la adorna jamás debe secarse.
Dicen que no hay ejército que se precie que no cuente con uno de ellos. Se sospecha que están en las huestes del innombrable. Y algunos guardan los templos de la puerta de los dioses. Pero supieron ser una tribu numerosa. Nómades que pastoreaban grandes rebaños en los extensos llanos. Y guerreaban con quién estuviera a su altura. Así trabaron lucha con el antiguo pueblo del oeste. Ese del que solo quedaron grandes templos abandonados. Los tallados que adornan los muros de esas ciudades hablan de la gran guerra que sucedió antes de la llegada de los pueblos nuevos. Una que consumió al gran pueblo que gobernaba el oeste y adoraba al dios del fuego. No quedó nada de ellos pese a ser en extremo numeroso. Y todos culpan a esa tribu nómade al que la guerra consumió aunque hayan resultado vencedores. Los mismos que mantenían a raya a los bóreos en el norte. Muchos dicen que si ellos hubieran estado fuertes los tres pueblos nuevos no habrían conquistado esas tierras.
Apenas enterados en el campamento se decidió partir hacia el bosque y esperarlos allí. Había que proteger el hogar a todo costa. Sobre todo si se trataba de esta clase de enemigo. Ya no podía pensarse en ellos como un pueblo orgulloso sino como simples mercenarios. Aunque guardaran la tradición de sus ancestros. Oscar los describía como hombres a caballo con lanzas muy largas pero eran sus espadas unidas a un asta de importantes dimensiones. Solían ser creativos para usar sus armas y no era raro que usaran su espada de maneras distintas. Vallekano se asombraba de que sus arcos fueran tan pequeños pero eran ideales para disparar al galope. Eran arcos compuestos y sin embargo llegaban más lejos que los arcos rectos que todos solían utilizar.

─Pudieron ser los amos, pero eran esclavos de la guerra. Como ahora el imperio del este. Mi pueblo cantaba canciones sobre ellos. El pueblo de los caballos. Los que hacen vestidos de la piel de sus enemigos y beben en sus cráneos. ─recordó Leo

─Eran como los cuentos para que nos portaramos bien ─interrumpió Alex ─yo conocí uno en una feria itinerante. Apenas era un niño pero lo recuerdo bien, Estaba gordo y viejo pero vestía una camisa de piel, cosida con retazos de sus enemigos...y podías ver caras en ella. Era muy gracioso porque una se parecía a un tío mío ─dijo riendose mientras todos lo miraban extrañados. Era raro verlo reír y el motivo también los asombraba.

Crow volvió a poner a todos en alerta. Era raro que una partida fuera completamente de voyanas. Había que asegurarse de identificarlos bien para saber que estrategia utilizar con ellos, y por sobre todo, donde atacarlos.


martes, 25 de septiembre de 2018

Vallekano "montañés" la última flecha


Hubo un pastor de la montaña que hasta hoy es leyenda entre los suyos. El que salvó a su aldea, el que mató al dragón. El que se quedó atrás para que otros vivan. El que lo perdió todo al salvarlo.
Los pueblos de la montaña quedaron aislados cuando los titanes llegaron. Los intentos se concentraron en el llano. Se pensó que en las grandes aldeas, se pensó en defensas organizadas alrededor de ellos. Los montañeses quedaron fuera del reparto, librados a su suerte.
A los grandes llanos no les sirvió en nada esta estrategia. Los escuadrones formados ordenadamente y alineados en el campo de batalla fueron presa fácil. En las montañas se podía pensar en esconderse y rogar que las bestias no los huelan. No había mucho más.
Así pasó con la aldea de Nirhold, en pleno Espinazo del Dragón. Allí Vallekano era un pastor más, no era el mejor guerrero de los suyos ni el arquero más capaz. Solía ser lo justo y necesario para defender su rebaño. En ello era efectivo y no buscaba mucho más que mantener a sus animales seguros y a su familia alimentada. Hasta que un día el dragón apareció.
Lo primero que se escuchó fue el rugido y el batir de alas membranosas. Los que atacaban la montaña volaban. No había otra manera de llegar a esas aldeas. Esto era maravilloso porque no muchos llegaban a esas alturas, y terrible porque cuando aparecían no había donde escapar de ellos.
Ese día Vallekano había llevado muy alto sus cabras. Nunca se perdonó haberse alejado tanto, porque aunque corrió montaña abajo ya la bestia estaba sobre los suyos. Aún a la distancia vio morir a muchos. Vio la desesperada defensa de Malkana, el viejo guerrero que había encontrado en su aldea el descanso después de tanta guerra. El dragón lo envolvió con tanto fuego que quedó parado allí, cocido dentro de su armadura, pero de pie, con su espada en alto.
Vio madres atacar con palos a la bestia en una última defensa de sus hijos. Vio niños defender a sus madres con piedras, y vio lo inútil de todos estos esfuerzos. También contempló como muchos hombres escapaban a la montaña dejándolo todo atrás, aún a sus propias familias.
Pero Vallekano siguió corriendo y lanzando flechas como cuando intentaba ahuyentar un lobo. Gritaba y hacia gestos pero el dragón había decidido ignorarlo para concentrarse en sus presas. Podía ver su cabaña desde las alturas y aunque estaba un tanto más retirada, la bestia con sus llamas ya había consumido media aldea. Sin embargo una de las flechas dio en la cabeza de la bestia y aunque no llegó a traspasar su dura piel, terminó por atraerlo hacia él. Lo vió abrir sus alas y pegar un salto para desaparecer en el cielo. Ahora lo buscaría para quitarse la molestia y poder seguir con su faena. Pero Vallekano sabía desaparecer también y el dragón aún planeando a baja altura no podía encontrarlo. La escuchó volar en círculos y atacar la montaña con fuego pero a tientas. Tomó una flecha, tensó su arco y asomó apenas la nariz para ver a la bestia que se había posado en una saliente debajo de él. Podía parecer un tiro fácil pero no sabía donde apuntar para dañarlo. Recordó las palabras de Malkana que solía darle consejos ya que veía la pobre experiencia que tenía como arquero.

─Un lobo es vulnerable si le aciertas pero a un guerrero acorazado debes buscarle las rendijas. Busca siempre los lugares donde la armadura se une y lograrás herirlo. Si puedes verle la piel podrás herirlo...

Pero esto era un dragón de moradas escamas y justamente la piel era el problema. Pero intentaría ganar tiempo para los suyos. Intentó no pensar demasiado en ellos, era otro consejo de Malkana.

─Sáca a los tuyos de la batalla porque sino tu corazón se irá con ellos, y detrás de tu corazón irá tu mente. Eso solo hará que te maten...

En ese momento entendió por qué se lo decía. Estaba desesperado por ver señales de ellos y ya había abandonado la seguridad de la roca donde se escondía. El dragón seguía allí, expectante, casi ofreciéndose, invitando al ataque. Quizás porque era la única manera de encontrar a ese molesto agresor. No sabía lo que haría Menara, su esposa si llegaba un ataque. Él había cavado una foso en un extremo de la cabaña. Lo había revestido en piedra y había acondicionado su interior para resistir en caso de incendio. Para él era la mejor opción en caso de ataque. Esconderse allí con cubos de agua y un grueso tablón cubriéndolos. Su esposa no estaba tan segura. Prefería la seguridad de alguna cueva en las montañas. No sabía si podría escapar de aquel pequeño sótano si la cabaña se desplomaba sobre ellos. La discusión nunca había terminado en cuanto al tema.
El dragón volvió a elevarse, hastiado de la espera. Vallekano no esperó y siguió bajando por la ladera para intentar aventajarlo. Era seguro que volverían a encontrarse. Fue entonces cuando los vio. Menara y sus hijos trepando infructuosamente por las rocas detrás de su cabaña. Habían esperado a que el dragón se fuera e intentaban subir lo más rápido posible, pero aunque uno de sus hijos, Malek,  era con sólo seis años, un auténtico gato montés, el otro sólo tenía tres y su madre debía ayudarlo a trepar. Estaba aún a poca altura, y a demasiada distancia de las cuevas.
La sombra de unas alas desplegadas los oscureció por un momento y entendió que iría tras su familia. Muchos, contagiados por la determinación de Menara, la habían seguido y eran un grupo nutrido. Demasiada carnada para la bestia. Corrió cargando su arco para hacer un nuevo ataque. Aún la bestia no se había posado. Pero estaba cerca de los suyos. Escuchó el batir de sus alas y levantó la vista junto a su arco. Sólo vio una sombra negra pasar sobre su cabeza y soltó la flecha que se clavó en su ala firmemente ya que el dragón rugió molesto. Y empezó a girar en su planeo, volviendo hacia él. Cruzó una última mirada con Menara donde muchas cosas quedaron claras. La opción de ella, aunque riesgosa era má acertada. La aldea era ruinas y su cabaña ya estaba incendiándose. Igualmente corrió hacia ella con la bestia respirandole en la nuca. Derribó la puerta con el hombro y se lanzó al hueco que había cavado en un extremo. Apenas pudo tomar el tablón para cubrirse cuando una oleada de fuego lo invadió todo. Vallekano contuvo la respiración lo más que pudo. El aire se incendiaba velozmente así que puso la cara contra la tierra húmeda tratando de no sofocarse. Se abrazó a su arco y soportó otro ataque más de la bestia enfurecida, que ahora había derribado las paredes de la cabaña con un violento cabezazo buscando al osado. Era la segunda vez que aquel molesto ser lo atacaba sin consecuencias. El dragón quería devorarlo de una vez.
Bajo el tablón Vallekano hizo quizás la única petición que se recuerda a los dioses...

─dioses, jamás les pedí, ni lo volveré a hacer...solo guíen esta última flecha ─dijo y tensó su arco.

Las fauces de la criatura estaban abiertas de par en par. Al fín lo había encontrado,  ese pequeño hombre estaba parado frente a ella desafiante así que rugió y preparó su ardiente ataque. Vallekano se tomó un momento más. Las rosadas encías eran fascinantes, sus dientes , filosos y agudos, y a ambos lados de esas terribles fauces de encias rosadas asomaban dos sacos que se agitaban llenos de un líquido extraño.

─Si puedes verle la piel podrás herirlo...

Vallekano soltó la flecha, que viajó certera a su destino. Y volvió a lanzarse al foso.

El tablón no le dejó ver demasiado pero otra vez hubo fuego a su alrededor. Pero esta vez no sonó como una llamarada sino como algo que se rompe en un estruendo terrible y cegador. Oyó gemir y rugir a la bestia. Sintió el resto de la cabaña desplomarse a su alrededor. Y poco más pudo recordar.
Los aldeanos vieron la bola de fuego elevarse y la bestia agitarse sobre la cabaña. Menara pensó en lo peor y abrazó a sus hijos. Recordó esas última mirada con Vallekano, su esposo, y ese adiós antes de correr hacia su muerte. Luego siguieron por las montañas rumbo a las tierras muertas. A algún destino incierto. Ya no les quedaba nada detrás.

Muchos días después algunos regresaron. Sólo un puñado, a tratar de rescatar algunas pertenencias pero todo era cenizas. Sin embargo algunas cosas les llamaron la atención. En un extremo de la aldea estaba el cuerpo de un dragón a medio consumir. Y en el centro de lo que alguna vez había sido la aldea aún continuaba de pie Malkana dentro de su armadura con la espada en alto. Alguien había clavado una estaca contra su espalda y lo había sujetado para que se sostenga. También había colocado piedras alrededor a manera de altar. Ellos completaron la tarea y el altar del guerrero sigue en pie hasta el día de hoy. La aldea fue reconstruida a su alrededor y renombrada Konetsdra "muerte del dragón" en una historia que se cuenta acerca del joven pastor que con solo un arco venció a la bestia. Quedan pocos que sepan la historia real y ya se ha mezclado con leyenda pero muchos le deben la vida y honran también al guerrero que lo instruyó. Es común ver pequeños pastores llevando con orgullo un arco colgado de su hombro, mientras ven pastar a su rebaño.
Algunos conocen la aldea por el nuevo nombre pero los cuentos de la montaña también hablan de la gesta del arquero, del guerrero que no cae y la gente que venera en primavera a sus héroes, en el lugar donde todo confluyó en un mismo tiempo para forjar la leyenda. Allí luce imponente, en la plaza, el cráneo de la bestia.
Es la eterna advertencia hacia quién desafíe a ese pueblo. Si vuelve el peligro nadie dudará en alzarse en la defensa. Así da testimonio la cabeza del dragón que descansa allí, a los pies de un guerrero...
Con la espada en alto.  




   




sábado, 22 de septiembre de 2018

Un puñado de razones




Habian pasado tres días desde que aquel muchacho demacrado y extenuado había llegado a la taberna de la trucha dorada en busca de los mata bestias.
Al principio nadie le prestó demasiada atención. Podía ser un loco, un oportunista o un espía. La hermandad era demasiada valiosa y guardaban celosamente el secreto que reinaba en la comarca sobre ellos.
Fue cuando le llegaron las fiebres y cayó desvanecido en el medio de la taberna que empezaron a escuchar lo que decía...

─Él trajo el frío...nos está matando a todos...deben detenerlo...deben detenerlo...

El tabernero solía ser el hombre más escéptico que se podía encontrar. Pero entendía que quién deliraba por las fiebres no podía mentirles, podía hablar desde el miedo o la locura pero no podía intentar embaucarlos en ese estado.

─Ve a decirles lo que pasa ─le dijo a su ayudante. El muchacho salió corriendo en dirección al camino que llevaba a las montañas.

Cuando el muchacho por fin despertó ya estaba en la cueva con ellos. No se dieron el lujo de presentarse en la aldea. Lo mejor era moverlo rápido y que recupere la conciencia ya en un lugar que no pudiera identificar. La caverna donde tenían el campamento se internaba dentro de la montaña. Lejos de ser simple, el camino se convertía en un laberinto húmedo y oscuro. Ellos solo usaban la nave principal de la cueva. Pero para estas situaciones conocían caminos que llevaban muy abajo, y de los que era difícil regresar si no las conocías bien. Jenny se había ocupado de él y había recuperado las fuerzas. Al principio el miedo no dejaba que hable. Se encontraba en un lugar pálidamente iluminado rodeado de hombres con máscaras extrañas.

─¿Quién eres y de donde vienes?

─¿Para que estás buscando a los fantasmas?

El muchacho abría los ojos bien grandes. Más de una vez creyó que había muerto y se hallaba en alguna sala de tormentos del inframundo. Pensó que estaba maldito por él, por ese que había traído el frío. Jenny fue la que terminó con las actuaciones, se sentía estúpida por usar una máscara frente a un muchacho que apenas había podido librar su vida. En el primer momento en que quedó a solas con su paciente se la quitó para hablar con él.

─No soy un fantasma, deja de mirarme así y dime que es lo que te ocurrió...

─Ustedes dan miedo señora, pensé cosas horribles sobre este lugar.

─Puede ser que demos miedo, quizás sea necesario, pero si quieres que dejemos de asustarte será mejor que empieces a hablar. ─dijo con convicción la maga verde.

La historia del muchacho impresionó a Jenny, que no tuvo más remedio que volver a encerrar al muchacho allí mientras iba en busca de los principales. Todos estuvieron de acuerdo en encapucharlo y llevarlo a la cueva principal. Allí debería decir lo mismo que le había contado a Jenny. Si se equivocaba o cambiaba la historia sería prueba suficiente de que era un espía. Todavia estaba fresca la cacería de la gorgóna y como un anciano los había ido a buscar engañádolos para que fueran tras ella.

─Fue de un día para el otro. Amanecimos con un frío que calaba los huesos cuando ya estaba avanzada la primavera. Todo empezó a congelarse pero no había nieve, sin embargo el frío estaba en el aire. Podía sentirse. Después nos enteramos de que era por él...

─¿Quién es él? ─preguntó Leo que avizoraba una historia similar a la de la gorgóna.

─No sabemos como se llama. Sólo sabemos que no podemos acercarnos demasiado a su guarida porque ya hemos encontrado guerreros congelados allí.

─¿Pero es un hombre, un animal, un espíritu?

─Yo fui uno de los que logró verlo de lejos. Parece un animal, pero no uno que conozca. Tiene un pelaje espeso y grisáceo. Colmillos y dientes que parecen no caberle en el hocico. Camina como nosotros pero no es nada parecido. Es más grande que cualquiera de ustedes, diría que bastante más. Y si te ve te lanzará un aliento gélido y allí quedarás para siempre.

Las palabras del muchacho eran idénticas a las que le dijo a Jenny que afirmaba con la cabeza cada vez que el muchacho daba un detalle. Sin embargo se podía mentir perfectamente diciendo la verdad.
Los hermanos lo devolvieron a las entrañas de la montaña mientras decidían que hacer.

─Es lo mismo de la otra vez. Vienen aquí con sus cuentos y sus penas y terminamos luchando con un ejército de aldeanos transformados en bestias. ─comenzó a decir Espinal.

─En verdad aquella vez enfrentamos a un enemigo formidable, me gustan los desafíos, y mi mazo me apoya, yo iré ─dijo confiado Arlorg amasando el mango con dedos ansiosos.

─Nadie que no quiera ir será obligado a ello, pero es mi obligación preguntar por voluntarios. Todo lo que cruza el portal es enemigo si ataca nuestras tierras. Ya hemos visto que no está el poder en el tamaño. Hay que ver de que naturaleza es la amenaza. ─concluyó Leo expectante.

Parabel, Crow, Alex y Brian levantaron la mano sin dudar. Una bestia de ese calibre requería fuerza. No era una criatura hechicera pero si una que podía encantar a otros. Leo levantó la vista y miró a Carlos que no había dicho palabra. Si esa bestia era una que congelaba con el aliento, el fuego no debería resultarle agradable. Sin embargo no dijo palabra mientras esperaba que el elegido del fuego tomara la iniciativa. Finalmente Carlos levantó su mano con fastidio. Pocas cosas odiaba más que el frío intenso. Baraqz se levantó para tomar sus cosas. Carlos no iba a ningún lado sólo. Allí estaba siempre el guardian de su promesa.

─Crow, lleven lanzas y arcos. Necesitan distancia. Barbeta tu también vas, necesitamos que los guíes y utilices tu magia para que ellos puedan luchar con la criatura. Y también debemos aprender sobre ellos.

Barbeta se caló la capucha después de asentir. Ya conocía sus obligaciones allí. Nunca dudó en que sería parte de la expedición.
Pronto los hermanos estaban listos para partir. Partirían a caballo y pasarían por la taberna. Un poco de hidromiel se echaría en falta, con el frío como excusa. Cuando comenzaron a cabalgar se dieron cuenta de que les faltaba el juglar. La noche anterior había andado de juerga por las tabernas. Aunque lo despertaran no era el mejor de los apoyos así que siguieron camino.

─Seremos siete ─dijo Crow. No le pareció mal número. El muchacho iba en su montura dándole indicaciones. No podían contarlo como apoyo en su estado. Pero eran los mismos que aquella vez que fueran tras la gorgóna. Parecía ser el número de la suerte, algo que siempre repetía Xamu en el campamento.

Apenas rodearon la colina del diente empezaron a ver escarcha sobre las flores recién aparecidas sobre la hierba. Eso les marcó que estaban entrando en el territorio de la bestia. Allí despidieron al muchacho. Si permanecía en el frío moriría sin remedio.

─Bienvenidos al frío señores, ahora estamos en sus dominios ─dijo Barbeta con su habitual solemnidad. El medio mago tenía su propia misión encomendada por Davan. Necesitaba sangre de la bestia, pero para eso primero había que matarla. Pronto encontraron las primeras huellas y se notaba que la bestia se movía a voluntad. No se cuidaba ni temía. Eso era clave para las aspiraciones de la partida. Barbeta recorrió los senderos. Se agachaba y examinaba la senda. Les mostraba el tipo de rastro que debían buscar y la manera en que debían rastrearla. De hecho las señales estaban por todo  el suelo congelado pero parecían arañazos más que huellas. El terreno se había convertido en roca y no permitía mucho más. El medio mago insistía una y otra vez...

─Debemos cercarla fuera de su guarida o será imposible matarla. Su cueva o madriguera tendrá suficiente frío como para que nos congelemos en un suspiro. Debe ser a campo abierto.

El hidromiel fluía generosamente y hasta Barbeta lo necesito para completar su tarea. Carlos había traído una buena provisión de sus juguetes que ardían pero Barbeta estaba interesado en sus componentes, mas que nada.

─No puedo contarte mis secretos medio mago pero con este frío tan húmedo será todo un espectáculo. ─Le contestó mientras cargaba un cuero de vaca con liquido espeso.

Crow pronto vio que las marcas siempre cruzaban un claro y se superponían. Parecía un lugar que la criatura visitaba varias veces en el día. No estaba seguro de si cazaba en la zona o tenía la guarida cerca. Barbeta tampoco estaba seguro. Todos se prepararon y dejaron a Carlos con sus juguetes en un promontorio que se elevaba algunas varas a un lado del claro. Pidió que Arlorg se quedara con él en un gesto que todos creyeron de temor. Pero también dudaban. El incendiario siempre estaba tramando algo. El que no tenía consuelo era el bárbaro que quería enfrentar a la bestia en combate individual. Quizás por eso le delegaron la tarea de cuidar las trampas de Carlos junto a él para que no se hiciera matar estúpidamente.

Luego llegaron las horas esperando que algo sucediera. Con el frío calándoles los huesos la cosa se ponía incómoda. Todos habían tendido las capas sobre el helado suelo y se prepararon para la tensa espera. Espinal empezó a perder la paciencia y se arrastró a un pequeño bosque para intentar tener mejor vista. Estaba visto que esa criatura había olido peligro, quizás a ellos y se había guardado.
Cuando ya había avanzado un largo trecho en la oscuridad de la arboleda su mano se estiró para tocar metal. Se quedó estático. No podía ver que había delante de él. Por un momento se encomendó a los dioses, pero no pensaba irse sin pelear. Se puso de pie y se encontró con un guerrero, con la espada en la mano. Congelado. Estaba escondido como esperando algo. Y allí había quedado. Quizás sorprendido por la bestia. O después de mucha espera. En seguida le hizo señas al resto y se acercaron lentamente a su posición. La conclusión de todos es que ya habían venido a buscar a la bestia. Y no eran aldeanos cazadores. El congelado era un mercenario del este. Lo delataban sus insignias. Una pena, hubiera sido un buen aliado. Hacía poco que había muerto. Todavía el aguardiente de su cantimplora estaba bueno. No se desperdició.
Barbeta lo revisó y dio sus conclusiones.

─Este hombre viene persiguiendo a la criatura desde otra región. Murió porque aquí la criatura se refugió y el no tenía ropa de abrigo, pero aún tiene panes de ghina. Es grano del este que aquí no cultivamos y que no dura más que un par de meses. Alguien pagó para que él persiga y ahuyente a la criatura de sus tierras. Y aquí no es tan árido ni rocoso como el este. Aquí encontró bosques, lagos, aquí encontró refugio y el rastreador perdió su oportunidad.

Sacaron de sus alforjas algo de grano que no parecía ser para alimentarse. Eso le llamó la atención a Barbeta que entendió que quizás la bestia se alimentara con ellos. No perdían nada con intentar, quizás en un golpe de suerte hubieran conseguido finalmente carnada. Pronto el grano estuvo en el claro esperando por la criatura aunque tampoco vino. Sin embargo el frío empeoraba. 
Barbeta repartió unguentos para el cuerpo, para mantener el calor. Para las armaduras y escudos tenía otras cosas que olían horrible pero parecían proteger de los ataques de la criatura.

─Ahora la bestia nos huele a leguas. ─sentenció Espinal.

─La bestia ya está aquí, le temperatura ha bajado de golpe ─le contestó Crow

Fue Alex el que perdió finalmente la paciencia y tomó su escudo. Se encaminó al centro del claro dispuesto a desafiar a la bestia.No importó cuan congelado estuviera el suelo.  Lo clavó con fuerza y esperó. Sintió el frío recrudecer y le hizo un gesto a los demás. Sea quien sea, venía a la cita. Lo siguiente fue el suelo explotando y Alex volando por los aires. Algo emergió del suelo. Masivo, gigante, de pelaje denso y extremidades largas acabadas en garras que rugía su terrible aliento gélido.
El escudo salvó a Alex de morir congelado. El vaho helado y pestilente fue a dar contra el, mientras el hermano trataba de incorporarse. Era inusual ver volar una armadura pesada como la de él lo que demostraba el poder de la bestia. Las flechas y lanzas aparecieron en el cielo gris y la mayoría dio en el blanco pero la criatura se las quitó de encima con un par de zarpazos. Parecía que su piel era más gruesa de lo normal, lo cual tenía lógica pensando en las temperaturas que soportaba. Lo que parecía no soportar eran las ánforas ardientes de Carlos que dieron sobre ella apenas apareció. Estas parecían causarle más dolor que daño, ya que intentó huir del lugar pero los hermanos tenían cubiertas las vías de escape. Intentó volver bajo tierra pero Alex cargó contra ella con su espada en alto. La bestia no tuvo más remedio que enfrentarlos. Ahora debían cerrar el cerco de escudos y encaminarla al promontorio donde Carlos esperaba con quien sabe que tretas. Pero la bestia era fuerte y más de una vez sus zarpazos y rugidos hacian tambalear la linea. Sus tres varas de altura imponían presencia. Les llevaba más de una cabeza a todos y solo Arlorg rivalizaba con la amplitud de su musculatura. El combate se extendía en la mañana y no lograban herirla ni llevarla hacia donde ellos querían. Parecía entender que la llevaban a una trampa y presionaba para ganar el bosque apenas lograba hacer retroceder a los hermanos. Fue Brian el que decidió intentar algo distinto y se separó del grupo. Tomó carrera y le hizo una seña a Alex que entendió el juego. El hermano se lanzó a la carrera y la columna se agachó a último momento poniendo su escudo en la espalda. Ese fue el punto de apoyo para saltar sobre la linea de hermanos directo hacia la criatura. Proyectó el escudo hacia ella y esperó el impacto que resultó terrible por la violencia y porque la criatura no lo esperaba. Esta salió despedida hacia atrás sin poder contratacar. Estaba lo suficientemente cerca del promontorio como para que Carlos diera la señal y Arlorg tomara su mazo para golpear violentamente el cuero de vaca lleno de líquido, que salió disparado en un denso chorro hacia adelante. La bestia resultó empapada por el pero no pareció notarlo. Nada parecía haber pasado de momento, aunque unos vapores emanaban de su denso pelaje.
Crow le hizo un gesto a Carlos de interrogación pero este estaba esperando que algo sucediera y no le prestaba atención. Los hermanos volvieran a juntar escudos y esperaron sin acercarse demasiado. La criatura sacudió la cabeza al oler el preparado. Parecía no gustarle y volvió a darle motivos para querer escapar.

─¿Y ahora que? ─preguntó Baraqz, jadeante

─Ahora esperamos ─contestó Crow

La bestia volvió a preparar su rugido congelante para lanzarlo contra los hermanos, que se protegieron tras los escudos cuando abrió sus fauces. Allí fue cuando se convirtió en una bola de fuego. El preparado ardió apenas entró en contacto con ese aliento de hielo. El hombre de hielo ya no tuvo salvación. Los rugidos hicieron que los pájaros abandonaran los árboles en bandada. Y aún los hermanos, que habían batallado con la bestia toda la mañana no pudieron evitar estremecerse. Nuevamente una figura rompió la linea del horizonte al quedar suspendido en el aire. Arlorg había saltado hacia ella y su mazo impactó profundo en su cabeza en llamas apagando los gritos de dolor para siempre. La extenuante batalla había terminado.

Barbeta se acercó a la bestia, comprobó que estaba muerta y sacó un rollo de pergamino dispuesto a dibujar la anatomía, pero Crow lo detuvo. Hacía demasiado frío y no podían quedarse demasiado.

─Debo tomar nota de esto, hacer un registro, debemos aprender Crow...tú lo sabes

Crow estuvo de acuerdo asi que tomó su espada y decapitó a la bestia con un golpe certero. Tomó la cabeza y se la entregó al medio mago.

─Con esto será suficiente, volvamos ─dijo haciéndole una seña a los demás que ya habían empezado a juntar sus cosas. Todos querían salir de ese lugar tan frío y muerto y pronto estuvieron en camino. Barbeta fue el último en unirse a la partida. Se quedó revisando el cuerpo un rato más. Cuando llegó y se unió le recomendó a todos que no se relajaran. Que mandaran alguien a revisar el camino de regreso. Todos pensaron que era una exageración del medio mago, poco habituado a estas contiendas.

─Ustedes no entienden. Revisé a la bestia. Era hembra...y estaba encinta. Puede que haya un macho en la zona...además tenía marcas antiguas. Bajo el pelaje, como si la hubieran marcado adrede. Como si fuera una especie de ganado. Estas cosas no están cruzando por propia voluntad. Son mandadas por alguien...lo que más temo es que el hombre que encontramos no estuviera persiguiendo a la bestia, sino guiándola...

Todos se miraron. Crow le hizo un gesto a Espinal que se adelantó espada en mano. Miró a su alrededor. El bosque estaba helado y oscuro aunque sólo era media tarde. No le pareció sabio buscar nuevas confrontaciones. Había que salir de allí antes de la noche. La posibilidad de que esa bestia se reprodujera allí crispaba los nervios. Habían dejado los caballos cerca en una granja donde enviaron al muchacho a esperarlos. Allí sabrían que tan sincero había sido con ellos. Y de hecho lo encontraron allí esperándolos, lo que los alivió.

─Matamos a la bestia. ─Dijo Crow con simpleza. El muchacho los miró con incredulidad. Barbeta abrió el saco donde llevaba la cabeza y el pobre cayó de espaldas del susto. Todos rieron un rato, hasta el muchacho, al que tuvieron que ayudar a levantarse. Medio mago se acercó a él sacando algo de su túnica y se lo mostró.

─¿Conoces este símbolo muchacho? ─le preguntó, enseñando un trozo de pelaje de la bestia donde tenía una marca de fuego. El muchacho asintió con seriedad y señaló al oeste.

─Cerca de aquí hay un bosque. Esa marca junto con otras está grabada en los árboles. Pintadas en las rocas. También en la tierra. La tierra siempre está quemada. Los hombres de mi aldea creen que hay algún culto viviendo allí y prefieren no molestarlos. Muchas tribus vinieron de las tierras muertas y del este escapando del imperio.

Crow pensó por un rato y luego miró a los suyos. Todos se encogieron de hombros como si no les molestara. Ya estaban allí y todavía quedaba hidromiel. Tomaron los caballos y se encaminaron a ese bosque. Espinal se quedaría allí tratando de conseguir algo de comida en la aldea. Después de todo ya podían cazar con la bestia muerta. Los seis partieron ligeros con el muchacho por delante. Ahora usaba el caballo de Espinal para no retrasarlos. Podía parecer una locura que se arriesgaran así con la noche tan cerca pero pasaban cosas en el sur que habían ignorado demasiado tiempo. Era hora de saber a que estaban jugando en esos lugares.

─¿Que estamos haciendo? ─le preguntó Carlos a Crow

─Lo de siempre incendiario. Apostando mucho por demasiado poco. Si vuelves a preguntarme ya no sabré que decirte ─dijo suspirando ─ pero esto será siempre así. Seguiremos arriesgando todo, sin demasiado sentido. A veces nos alcanza con un puñado de razones.   



























lunes, 17 de septiembre de 2018

Arlorg "rompe escudos" el mazo de hierro





Los llanos meridios siempre había tenido la tradición de la lucha en el corral. Enfrentar a dos guerreros dentro de una empalizada circular. Fuera de ella la multitud se agolpaba para vivar a su crédito local, a su pariente o amigo, quizás un simple vecino que necesitaba algunas monedas antes del invierno. Allí fue que empezó a sonar su nombre. Y si escuchabas de alguien las suficientes veces era porque ganaba sus combates. La muchedumbre podía pedir por la vida del vencido. Sólo bastaba que lanzaran monedas en rescate y el ganador se haría dueño de ellas perdonándolo. Dicen que el rompe escudos nunca levantó una moneda del suelo. El no vencía para perdonar. Si entrabas a la empalizada con él era ganar o morir. 
Su mazo lo obligaba a usar ambas manos. Por eso despreciaba a los que usaban escudo. Y nunca terminaba un duelo sin antes partir el de su rival. Era una especie de ritual. 
Era ágil para su tamaño. Eso confundía mucho a sus oponentes. Lo creían lento y predecible, y él muchas veces los dejaba pensar así. Hasta que llegaba el momento en que mostraba sus dotes y apabullaba al rival con series de golpes largas y contundentes. Perdonó a pocos, quizás por no considerarlos dignos. Muchos entraban a pelear por hacerse un nombre, o al menos hacerse una cena. A veces simplemente eran pecados de juventud. Pero si encontraba alguien con una mínima posibilidad de vencerlo no le daría una segunda oportunidad. 
Como muchos acaba yéndose de los llanos cuando la invasión terminó con las prácticas de lucha habituales. No tenía con quien enfrentarse, quizás mucho antes de que el este llegara con sus tropas. Nadie entraba a la arena para arriesgarse a morir, aunque pagara bien. Todos buscaban escaramuzas menores con rivales de poca monta. Esos que buscaban más el espectáculo que otra cosa. El rumor de que se arreglaban las peleas era frecuente junto con la sospecha de que las monedas con las que se rescataba al vencido eran repartidas entre ambos contendientes. Nada de esto sucedía con Arlorg, y la gente respondía agolpándose para verlo luchar. No había dinero que libre a un oponente digno, y si era indigno, no se humillaba perdonando por algunas monedas, si no era rival lo dejaría magullado pero vivo mientras abandonaba la arena despreciando el duelo. Una vez dio cuenta del esclavo de un  
sinarca. Enviado con su maestro de armas desde el lejano Kamistán. Arlorg le ofreció el perdón si escapaba de sus cadenas. Si luchaba por su libertad él le permitiría vivir, pero el esclavo, acostumbrado a los lujos de la corte se mostró horrorizado y le dijo que no podía abandonar a su señor, que no conocía otra vida. Arlorg no entendió esa respuesta pero se apiadó del esclavo que renunciaba a luchar por su libertad. Si sólo conocía esa vida quizás era mejor que no conociera ninguna pensó el bárbaro y lo mató.
Llegó hasta el extremo sur en su búsqueda de contendientes para su mazo. En la puerta de los dioses supo que no se permitían armas en la ciudad. Sólo en los templos pero no aplicaba para ninguna fe así que se quedó en el portal de la mano desnuda esperando por otros que se negaran a entregar las armas. Pero pasaron días y la gente no ponía reparos en dejar las espadas allí. El no podía creerlo. Él nunca hubiera dejado su mazo en manos ajenas, ni por un momento. Fue allí que un embajador venido desde el mar lo encontró. O al menos eso le dijo Chaban cuando lo vio en la puerta. Le pagó generosamente para que le sirva de protección en su viaje hacia las montañas. El espinazo del dragón era una región de la que se contaban demasiadas historias. Ningún recaudo era demasiado en esa zona y el supuesto embajador no pensaba arrisgarse. En el camino le contó la historia de los fantasmas de la montaña. Su guerra con criaturas monstruosas y tropas imperiales, su permanente desafío contra fuerzas impensables. Aquello le dio a Arlorg una esperanza de por fín estar donde era su lugar. Su mundo. Acompañó al diplomático en base a esas promesas, y una abundante cantidad de oro. No sabía si sería recibido pero no le importó. Ël encontraría la manera, probaria su valía. Nadie podía ignorar la fuerza de sus brazos ni la efectividad de su mazo. Porque en realidad no era lo que llevaba en las manos su prueba. El mazo era él, el que yacía debajo de las pieles y la pechera de cuero endurecido. El que había sido invicto en todos los torneos. Y había recorrido a salvo todos los caminos. Llevara una espada o un hacha, una lanza o un madero. Nada cambiaría su naturaleza. El seguiría siendo siempre el mazo de hierro.


sábado, 15 de septiembre de 2018

Xamu "inquebrantable" caricia de guerra



Si le preguntas al rebelde de las montañas por su familia dirá que la encontrarás en sus amigos. Fue repudiado por su aldea por atentar contra el líder de su tribu. Intentó raptar a su prometida y al verse cercado y no pudiendo salirse con la suya en tan detestable crimen la terminó matando. Luego haría lo mismo con el jefe tribal. Los demás guerreros se presentaron ante la guardia del jefe que pronto organizó una partida para darle caza. Lo enfrentaron en desparejo duelo, luego de dar con él, ya que no había abandonado la aldea. En ese cruento enfrentamiento resultó malherido. Eran una docena en su contra pero logró vencer a la mayoría. Sin embargo sus heridas eran muchas y terminó cayendo en el fango del camino que lleva a las montañas. Llovía copiosamente esa noche. Todos lo dieron por muerto y dejaron el cuerpo allí para enterrarlo por la mañana. Lo habían herido con saña y se lo consideró ajusticiado. A la mañana siguiente no había cuerpo allí. De alguna manera, y según parece, con la ayuda de un mago verde sobrevivió. Se refugió en las montañas y allí formó una banda de forajidos, que pronto asoló los caminos conocidos. Dicen que se vengó de la guardia del jefe de la tribu, que escribió en sus cuerpos una historia distinta a la que ellos contaron, pero nadie confiaba en el rebelde.
No tardó en trenzarse en lucha con las patrullas del este que vigilaban las montañas. El imperio no tardó en ponerle precio a su cabeza, y este aumentó con el tiempo. Fue el bandolero más buscado de esa región. Y esto ponía una sonrisa en el altivo rostro de Xamu. Sus cicatrices se multiplicaron con el tiempo y el las llevaba con orgullo. Eran su más preciado trofeo. Señal de que no habían podido con él. Nunca lo habían quebrado. El permanecía siempre a pesar del enemigo que enfrentara y con el tiempo dejaron de desafiar sus dominios. Pronto trabó amistad con otros indeseables que moraban en el valle del dragón. Entre bandoleros se entendían al parecer y formó parte de la hermandad fantasma, aunque muchos descreen que en realidad existan. Sólo se sabe que deambula por la montaña y que su victima preferida son los soldados imperiales. Pocos se animan a desafiar el sendero alto para comerciar, prefieren el largo rodeo del camino a Yurzhani. La ruta de las montañas sigue abierta allí.
Nadie sabe como es, solo saben que lleva el cuerpo plagado de cicatrices. Y dicen que si encuentras a un hombre así en las montañas es que no debías estar allí. Y que debes alabar sus marcas ya que está orgulloso de ellas, ya que son testimonio de su vida. De hecho te dirá que no son cicatrices. Para él son caricias de guerra.