jueves, 23 de mayo de 2019
La caja vacía
Prekass no había dormido esa noche. Esa noche prefería no soñar. El alba lo encontró puliendo por enésima vez su espada. Alistando su armadura. Pasando el tiempo antes de emprender el regreso a los llanos. La línea de fuertes había resistido. Sin pertrechos ni refuerzos, pero el costo había sido altísimo en hombres. Le quedaba un tercio de sus tropas. Los bóreos casi habían logrado romper la línea y masacrarlos.
Un escudero le trajo el desayuno pero no quiso comer. Preguntó si la caravana estaba lista y el muchacho asintió con temor. A nadie le gustaba estar cerca del general. Decían que era al único al que la tribu de la luna no conmovía. Que tenía hielo en las venas. Que ya no era hombre.
─Empaca mi caja.
El muchacho tomó una caja de madera oscura. rodeada de herrajes herrumbrados que parecía vieja y maltratada. Pero liviana al punto de parecer vacía. Quiso preguntar muchas veces pero no tuvo el valor. Esa sería la despedida así que tomó coraje y preguntó.
─General, no pretendo incomodarlo pero si acaso no es demasiado atrevimiento quería...
─¿Saber que significa la caja?
El muchacho asintió con timidez.
─Un recuerdo. Nada más ─dijo tomándola entre sus manos. Quitó la tapa y como siempre le pasaba sintió un estúpido e insensato alivio al verla vacía. Pensó por un momento en si debía decirle algo al muchacho. Su pueblo merecía ser honrado alguna vez. Finalmente desistió y despidió al muchacho sin muchas más explicaciones. Uno de los mayordomos, que observó discretamente la situación, llamó al joven parte y pretendió reprenderle.
─¿Acaso has enloquecido muchacho? ...Tú eres visovi como yo...¿conoces la historia de tu pueblo? ¿has oído hablar del mandato de Kartos?
─No mucho, me enviaron aquí apenas cumplí 12 inviernos . Creo recordar algo de pelear en todo el mundo.
El mayordomo rió por lo resumido de la sentencia.
─Nosotros, como el general, descendemos de una orgullosa familia de las montañas del oeste. Los visoi. Una que nunca se doblegó ante nadie. Los hijos de la forja no serían la excepción cuando llegaron desde el sur. Dicen las crónicas que eran un pueblo numeroso como la langosta. Avanzaron hacia el oeste venciendo a todo pueblo que se les interpusiera. Reclutaban a los que se hincaban y mataban al resto. Eran muchos y tenían el acero que nosotros no sabíamos forjar todavía. Nuestro pueblo salió a su encuentro para no permitir que la ciudad fuera sitiada. En las afueras pelearon su última batalla esa mañana. Pasada la tarde solo quedaban un puñado de los nuestros protegiendo al rey a las puertas de la ciudad. Estaba rodeado y sabía que su suerte estaba echada. Cuentan las historias que ese rey no entregó la espada. Kartos, tigre de la bruma le llamaban. Le gritó a su gente..."una sangre por muchas es buen precio"...
Lo cierto es que la guerra tocaba a nuestras puertas y que no quedaba más opción que recibir la visita pero los guerreros habían salido de la ciudad para que no llegara y sabían que si eran vencidos deberían marchar llevándosela con ellos. Los visovis eso hicieron. Llevarla lejos de allí. Cada día un poco más. Y todo comenzó y terminó cuando le mandaron a Kartos hincarse ante ellos. Los orgullosos hombres enfundados en hierro. Entonces clavó su espada en el suelo y dobló la rodilla por primera y única vez, mientras miraba fijamente a esos hombres invasores. Entonces apretó su cuello contra el filo y se desangró allí mismo. A los hijos de la forja no les gustó eso pero respetaban a los hombres de guerra. Se llevaron su cabeza en una caja pero como la ciudad abrió sus puertas y les proveyó para la marcha fue perdonada. Desde ese día todo aquel que los desafía se gana la suya. Nuestro pueblo se enroló en su conquista finalmente. Los visovis luchamos valerosamente y nos ganamos nuestro estandarte y nuestras marcas. También nos ganamos nuestra caja de madera. Ellos creen firmemente que peleamos para cumplir el mandato de Kartos, que nunca pelearemos por ellos realmente...y tienen razón...
─¿Entonces esa caja es un recuerdo?
─La guarda porque cada tanto vienen a querer tomarla. Y no pretenden llevarla vacía.
─Pero es un general. Sería traición.
─Para ellos somos extranjeros. Siete veces vinieron por él, y siete veces se negó con acero. Luego recibió el grado de general y fue enviado aquí, al norte, a fracasar y morir. Pero resistió. Estableció la linea de fuertes. Ahora le quitan el mando para privarlo de la gloria ya que ha prevalecido. Pero la caja sigue vacía muchacho, la caja sigue vacía...ahora ve a tus labores, preparemos la estancia para el próximo general.
miércoles, 1 de mayo de 2019
La niña del prado
La mañana era fría cuando la sombra se escabulló por el bosque.
Le costaba moverse con libertad. Desde que había escapado de sus captores en los llanos había tenido que lidiar con las secuelas de su estadía con los voyanas.
Amanecía dolorido. El costado le apretaba y le quitaba el aire. Sentía que las fuerzas se le escapan de a ratos pero disimulaba ante los demás. Por eso aceptó quedarse atrás cuando los demás partieron a la incursión a Lurzt. Vigilaría el portezuelo. El camino alto. El valle, que ahora estaba desprotegido. No había mucho más por hacer. Jenny partió a su recorrida por las aldeas. Ella no estaba interesada en la batalla pero nunca estaba lejos de los problemas. Y la gente del valle hace tiempo que no recibía asistencia alguna de Lurzt.
Trepó por senderos pedregosos buscando alcanzar algún peñasco desde el cuál cubrir distancia con su vista. No volvería hasta la noche al campamento. Se había propuesto mantenerse en movimiento todo el día. Tenía que empezar a ponerse en forma cuanto antes. Todavía le costaba entrenar con la espada por mucho tiempo y su pulso para el arco era un desastre. Estaba rastreando un oso pardo que cazaba cerca, tratando de no hacerse notar ya que eran muy territoriales y no tenía ganas de pasar el resto del día trepado a un árbol. Escuchó unos pasos suaves a su espalda. Parecía ser alguien liviano o que sabía aligerar la pisada. Se arrastró hacia un arbusto esperando que se acerque. Era cuestión de tiempo que pudira verlo...
─Te veo.
Una voz infantil se oyó a su lado mientras él buscaba con la vista entre la espesura. Guardó suavemente su daga para no asustarla. Una niña con cara manchada de hollín y vestida con harapos lo observaba curiosa. Tenía un cayado que era más alto que ella y estaba descalza.
─¿Eres un fantasma bueno?
Crow tuvo que ponerse de pie. Estaba haciendo el ridículo desde que decidió abandonar el campamento sin estar en condiciones. Esa mañana hasta una partorcilla lo había emboscado.
─Niña, no deberías estar sola aquí afuera. Estoy rastreando un oso pardo. Es peligroso.
─¿Uno enorme y marrón que andaba por aquí?
─¿Lo has visto?
─Si...¿quieres que te lleve con él?
─Son animales peligrosos niña. No deberías acercarte a ellos.
─Ven, te mostraré. No va a lastimarnos.
Caminaron un buen tramo hasta hundirse entre matorrales espesos. Era una parte densa de bosque. Se sentía un olor desagradable en el aire allí donde el sol no puede romper la bruma.
Crow vio un claro y respiró aliviado. No podía ni ver el cielo y seguía a una niña que posiblemente estuviera tan perdida como él.
─Es allí ─dijo señalando al claro. Crow sacó de nuevo su daga, aunque dudaba de si podría usarla antes de que el animal cayera sobre él.
Apenas se asomó lo vio. Enorme con su pelaje oscuro y su mueca feroz. Completamente muerto.
Se acercó con cuidado. El olor era incipiente. No llevaba mucho tirado allí. No parecía estar herido. Lo picó con su arco buscando alguna reacción pero ya estaba tieso. Una herida en una de sus garras estaba negra y despedía un humor viscoso. Se había herido y esa herida se había infectado. Pensar que no había potencia en ese bosque capaz de enfrentarlo y sin embargo, bastó una mala herida para acabar con él. Alejó esos pensamientos lo más lejos posible ya que él estaba en condiciones similares al malogrado animal.
─Lloró mucho cuando se moría. Yo le traje agua pero estaba muy enojado. Nunca me molestó ni a mí ni a Lucy.
─¿Lucy es tu hermana?
─Mi cabra.
Decidió acompañarla a su cabaña, no sin antes buscar a Lucy que estaba encaramada en un roble seco gritando su disconformidad al mundo. La cabaña donde vivía la niña estaba un tanto alejada así que aprovechó para cazar una liebre que llevarle a la familia.
Le costó mucho encontrar el lugar. La mayoría de las casas, por pobre que fueran, siempre se asentaban sobre un claro que los moradores ganaban al bosque, pero aquí la vegetación había ganado ese espacio y apenas se podía vislumbrar que alguien vivía allí. Una mujer tan demacrada y andrajosa como la niña los recibió en la puerta. Se sorprendió por la visita. Nadie parecía llegar hasta ese rincón tan remoto del bosque.
La madre miró con reproche a su hija pero esta parecía contenta de haber traído al extraño. Enseguida quiso meter conversación.
─Murió el don oso mamá, pobrecito...ya no llora.
─Habíamos hablado algo Sammy, y parece que no me has entendido.
─No te enojes mamá, es un fantasma bueno, le podemos preguntar.
La madre negó con vehemencia y le señaló la puerta de la cabaña para que entrara. Crow sintió que no debía estar ahí así que dejó la liebre cerca del pozo de agua y se dio media vuelta.
─¿Eres de la hermandad no es así?
Crow detuvo la marcha pero no se volteó para responder.
─No le diré a nadie donde están, debo irme.
─No quise ser tan brusca, sólo que mi hija se ha pasado todo este año buscando quién le cuente de su padre.
─¿Que le sucedió?
─Lo que a la mayoría de los hombres de por aquí, quiso ser como ustedes.
Crow no tuvo más remedio que darse vuelta y enfrentarla.
─No le entiendo.
─Todos quieren luchar. Quieren subir a las montañas y traerse la cabeza de un voyana. Y ya sabemos como termina eso. Este valle debería llamarse "rincón de las viudas" ─dijo con una mezcla de resignación y fastidio ─lávate un poco en el pozo, cocinaré esa liebre.
La niña volvió a salir cambiada. Ahora tenía un vestido raído que le quedaba enorme, pero lo presumía como si fuera una princesa. Seguía descalza y con la cara sucia a pesar de los retos de su madre.
─Veo que te has puesto de gala Sammy. Así que así te llamas...
La niña asintió con una sonrisa cómplice.
─¿Y tú fantasma? ¿tienes nombre?
─Me llaman Crow, como crecí en un templo me llamo igual que muchos.
Sammy lo miró con ojos llenos de ilusión pero no se animó a preguntar. Crow no sabía muy bien que decir si le preguntaba sobre su padre. Fue la madre la que rompió la tensión cuando la vio afuera.
─Lávese esa cara señorita, que hay visitas y comeremos pronto. Y ponte tus zapatos de una vez.
Sammy volvió a entrar a buscar su calzado. Crow interrogó con la vista a la madre. No sabía que decirle a la niña.
─Todo esto es culpa de su padre. ─comenzó a relatar ─Le dijo que unos fantasmas buenos cuidaban de nosotros en las montañas, y que si algún día él no volvía era porque le tocaba cuidar de todos junto con ellos. Ella quiere saber cuantos niños más debe cuidar antes de volver con ella...¿tienes tú una respuesta para eso?
─Estás segura de que él...
─Tan segura como para decirte donde lo enterré. ─dijo con la vista empañada. ─Una partida de voyanas había incendiado algunas granjas y él se juntó con otros para ir tras ellos. No volvió. Lo encontré hace un tiempo. Eran apenas tres voyanas y ellos siete. Los números quedaron parejos según vi.
─Lamento mucho que...
─No te esfuerces. Ninguno de ustedes tiene familia o no podrían hacer lo que hacen.
─Eso no significa que no me pese todo esto.
─Dejé que la senda se pierda en la espesura. Que el bosque nos trague para que no nos encuentren esas bestias. No supe que más hacer.
─No sería fácil dar con este lugar.
─Lo lloré por semanas a escondidas, lo maldije por dejarnos en esta situación. Era un leñador apenas pero estaba tan excitado con la idea de la guerra que esa excursión fue casi una excusa. Tenía pájaros en vez de pensamientos en esa maldita cabeza. La guerra es el juguete de muchos hombres.
─¿Piensas quedarte aquí sola?
─Guárdate tu lástima soldado. Recojo casi tanta leña como él y la vendo en el mercado del castillo. Sólo que no quiero que Sammy crezca como un animalillo aquí en el bosque. Eso me pesa en el alma. Pero ella ama este lugar. Los animales. Los fantasmas buenos de la montaña. Y piensa esperarlo.
La comida le supo amarga. Hace apenas un rato se estaba compadeciendo de si mismo, tanto como para olvidar lo triste que era la vida para los que sufren en silencio esa guerra.
Se sintió impotente a un grado que hacía tiempo no experimentaba. No tenía nada que ofrecerles ni promesas que pudiera cumplir. Parecían destinados a no poder dar ni siquiera una promesa. Ni siquiera una promesa.
─Si hubiera algo que...
─Tranquilo soldado, come tu estofado y ponte ungüento en esas heridas, se nota tu dolor
─¿Como supo que soy de fiar? ¿pude ser cualquiera?
─¿Quién te dijo que se puede confiar en ti? ─contestó entre risas entrecortadas para luego señalar su zurrón ─Reconocí el olor...llevas el ungüento de la dama de verde encima.
Crow recordó que Jenny le dió un unguento para sanar sus heridas. También recordó que no cumplió demasiado con lo que ella le había dicho y no se lo había puesto esa mañana. Tenía miedo de que los animales lo huelan, pero lo llevaba con él.
─Sanó a Sammy hace un tiempo cuando le vinieron las fiebres. Hasta yo perdí la esperanza y empecé a construir un altar para ella. Vino por una semana y hasta se quedó con nosotras un par de noches. Nunca dejó de buscar la poción adecuada hasta que dio con ella. Ella la salvó. No se si podemos confiar en ustedes, pero haríamos cualquier cosa por ella. Sabemos que no pasaran muchos días sin que baje al valle a buscar sus hierbas y a preguntar como estamos.
Crow asintió con la cabeza. Desconocía que Jenny fuera tan cercana con ellos pero era cierto que jamás nadie los había delatado estando tan cerca del valle. Y sabía que la dama de verde andaba en busca de hierbas y raíces la mayoría del tiempo.
La comida pasó rápido y hasta hubo tiempo para que ella hirviera una raíces para mejorar la digestión antes de que él parta. Cuando el juntó sus cosas para partir Sammy tomó valor mientras lo acompañaba hasta un claro del bosque. Se la notaba ansiosa por algo y Crow creyó apropiado tomar la iniciativa.
─Creo que se lo que me vas a preguntar. Hay muchos fantasmas en la montaña cuidándonos a todos, incluso a mí. Y creo que entre ellos hay alguien que conoces...
Sammy lo miró extrañada pero se quedó callada por un momento mientras Crow elegía con cuidado las palabras tratando de no decir algo que la lastimara.
─A veces la gente que queremos debe irse. Pero realmente siguen cuidándonos desde otro lugar...
─No se que te ha dicho mamá. Mi papá se murió. No quería decírtelo cerca de ella porque llora a escondidas todo el tiempo. Yo le digo que se fue a las montañas para que no esté triste. Lo extraña mucho. Quiero unirme a los fantasmas para matar a los que se lo llevaron. Para matar a los hombres malos.
Crow no se esperaba nada de eso que estaba escuchando y tardó un segundo en recomponerse.
─Se que me ves pequeña pero puedo hacer trampas...he cazado un zorro enorme una vez que se llevó nuestras gallinas.
─Sammy, ojalá que nunca debas hacer algo parecido a lo que nosotros hacemos. Debes cuidar a tu madre ahora que...
─¿Ahora que estamos solas?
─...
─No estamos solas Crow. Cuando mi papá se fue estuve cerca de donde te llevé hoy. Allí donde el bosque da miedo. Escuché aullar a unos lobos y me asusté. Entonces apareció don oso, todo enorme y marrón y rugió fuerte y los lobos callaron. Se quedó por allí pero no me hizo nada. De hecho mientras él estuvo no tenía miedo en el bosque. Me cuidaba como mi papá cuando lo acompañaba a buscar leña. Pienso que don oso era mi papá cuidándome un poco más. Pero tenía que irse en algún momento.
Aunque buscó no demostrarlo Sammy por primera vez mostró el dolor de la pérdida. Sin embargo no lloró. A Crow le impresionó mucho la entereza que mostraba a tan temprana edad. Había estado pensando en algo todo ese día desde que lo llevó al cadáver del animal. Quizás todavía pudiera hacer algo por ella.
─Llévame de vuelta adonde don oso.
Sammy asintio, aunque su gesto fue de intriga. Les llevó un tiempo llegar pero dieron con el lugar cuando todavía el sol mitigaba en parte la bruma. Allí tuvieron que espantar a los cuervos y a algunos carroñeros. Crow volvió a revisar el cuerpo y sus sospechas se confirmaron. Se incorporó y miró a su alrededor. Frotó sus manos en el pelaje del animal y se lo pasó por la cara. Un fuerte olor rancio se impregnó en él. Sammy lo imitó. Luego comenzaron a buscar rastros en el lugar hasta encontrar las pisadas. Encontraron las que estaba buscando. Las que se repetían de ida y vuelta y las siguió hasta la guarida.
Bajo el tocón de un gigantesco árbol que las lluvias habían terminado por derribar se veía una cueva excavada con gigantescas garras. Se agachó en la entrada y esperó. Un llanto que se fue intensificando no tardó en oírse .
─Sammy...don oso en realidad era doña osa. Estaba cuidando de su bebé. Sabía que estaba enferma y si se quedaba aquí los animales vendrían por ella y encontrarían a su cría. Por eso se fue lejos, donde la encontramos.
El osezno apareció tímidamente en la entrada. Se lo notaba asustado pero el olor le era familiar aunque su madre no estaba allí. Sammy se acercó a el tratando de ganarse su confianza mientras Crow se alejaba. El resto de la tarde se gastaría en la aventura de intentar llevarlo a la cabaña. Para el anochecer ya retozaba en el corral de Lucy que no estaba de acuerdo con compartir habitación y se encaramó en el techo gritando su disconformidad. Los gatos de Sammy miraban aterrados a ese extraño ser rugiente que ahora no les permitía salir a andar libremente por el patio.
Crow se despidió de la madre que intentaba deducir como harían para criar a semejante animal. Las arduas negociaciones con Sammy se cerraron en que solo lo tendrían hasta que pudiera valerse por si mismo.
─Hace rato que no la veía contenta. Creo que puedo decir que algo bueno podemos sacar de esto soldado.
─Al menos, un oso en las cercanías evitará que otros animales se acerquen demasiado. Espero que no sea demasiada carga.
Los dos se despidieron mientras Sammy buscaba paja para hacerle una cama que el osezno agradeció retozando aún antes de que estuviera terminada. Luego la niña corrió a abrazarlo.
─Gracias Crow. Lo cuidaré mucho.
─Yo criaba cuervos cuando tenía tu edad. Aún recuerdo como aprendían a repetir malas palabras y comían semillas de mi mano. No puedes alejarte demasiado de aquí hasta que crezca así que nada de andar planeando matar gente. Tienes suficiente trabajo por aquí.
─¿Me visitarás alguna vez?
─Siempre andaré cerca. Pero la próxima vez no dejaré que me descubras. Ya verás
Anochecía cuando finalmente llegó al campamento. Jenny estaba cerca del camino. Tenía cara de preocupación. Cara que se disipó cuando lo vio aparecer entre la espesura.
─Parece que no tendré que ir a buscar tus huesos por ahí finalmente.
─Tranquila Jenn, sólo me estaba poniendo en forma otra vez.
─Pues deberás lavarte un poco en el arroyo si quieres entrar. Apestas a oso.
Crow suspiró y enfiló hacia el agua mientras dejaba su zurrón en las manos de la maga verde.
─Otra vez no te has puesto el ungüento, crees que no me doy cuenta.
Crow se encogió de hombros y le sonrió mientras agitaba la pequeña ánfora que ella le había dado. Dobló por el sendero que llevaba al arroyo y se perdió de vista mientras Jenny entraba llevando leña para el fuego.
viernes, 26 de abril de 2019
El largo camino del hombre
Hiperión y Vallekano salieron apenas al trote de caballo pasado el mediodía. No había prisas. La hermandad partió al alba y no sería sino hasta el otro día que llegarían a Lurzt por el camino real desde el sur. Vestían incómodas armaduras sureñas, dignas de hombres que nunca habían entrado en batalla.
El arquero siempre había guardado sus reservas sobre el mercenario. Demasiadas historias se contaban sobre él. Sanguinario. Impiadoso. El azote del este. La daga de los reyes.
¿Por qué sería ahora confiable justo ahora, para dictar los destinos de una de las pocas defensas del valle del dragón?. ¿Por qué sus hermanos habían confiado en él justo en el peor momento, cuando más débiles se encontraban? ¿Acaso no era posible que los guiara a todos a una muerte segura llevándolos a la ciudad donde no eran queridos para que el príncipe disponga de ellos?
--Te noto pensativo, demasiado pensativo esta mañana Vallekano, escúpelo de una vez por los dioses!
--Ya sabes como pienso, este plan no me gusta.
--¿El plan...o quién lo ejecuta?
--Misma cosa Hiperión.
--Jamás te pediría que confíes en mí.
--Esas cosas no se piden
--Entonces... ¿por qué aceptaste venir conmigo?
--A cada uno le toca su parte supongo. --dijo y montó su arco de pronto. La liebre nunca supo del peligro. Pronto colgó de su montura, lista para ser despellejada cuando llegaran a la aldea vecina.
La charla se había interrumpido abruptamente y apenas vio el movimiento, Hiperión atinó a sacar la espada corta. Era un viejo reflejo, hijo de las épocas cuando dormía con ojo abierto. Vallekano sonreía. Había sido a propósito obviamente.
--Una vez, cuando era joven --comenzó a decir Hiperión --y todavía no sabía bien de que se trataba todo esto de vender la espada, acepté la propuesta de un hombre para defender su castillo en el norte. Recuerdo que era un noble del este. Un hombre harto de la guerra. Uno que solo volvería a desenvainar por su hogar. Me sentó en un amplio salón y me preguntó lo mismo que yo a tí.
--"¿Que estás haciendo aquí muchacho?" y debo decir que lo preguntó muy en serio --dijo mientras afirmaba las riendas de su montura que buscaba desviarse del camino. --al principio le respondí cosas como "necesito tu oro anciano" o "debo llenar la tripa y no sirvo para criar cerdos" pero al final se hizo un silencio mientras el anciano caballero me miraba fijo.
--"Para mañana necesitaré una respuesta convincente muchacho o te echaré del forro del culo de aquí.
No necesito el llanto de un mocoso gritando por su madre o maldiciéndome cuando el infierno se desate."
--Recuerdo que no pude dormir esa noche. Era un muchacho rico, hambriento de aventuras..bah hambriento en toda línea escapado de mi hogar y de un padre déspota. Robé una espada de mi casa y un par de piedras preciosas para hacerme una armadura. Me habían educado para la lucha pero jamás había tenido una causa que defender. No lo entendía así. Así que no tenía respuesta para la pregunta que me salvó la vida...
--Supongo que esa pregunta te hizo examinar tu vida y tus decisiones futuras Hiperión. ¿Así fue como te salvó?...
--Nah, fue mucho más simple. Si no hubiera estado desvelado no hubiera escuchado cuando esos cinco se levantaron de noche para intentar matarme y robar mi espada. Maté a su líder y el resto pidió clemencia, decidieron seguirme y no me negué. De hecho peleaba mejor que cualquiera en esa barraca. Se dieron cuenta rápido.
Les hice la pregunta del viejo a ellos para ver si me daban alguna pista. Hambre fue toda la respuesta. Yo casi no había comido así que les repartí mi ración. Esa fue mi primer banda.
--¿Y que le contestaste al viejo esa mañana?
--Bueno, yo había leído palabras de muchos sabios cuando fuí educado. Había un mago oscuro que decía que la medida del hombre es pararse frente a frente con las cosas que no tienen medida. Que hay situaciones que nos vuelven insignificantes. Yo no le podía decir al viejo eso de que era insignificante. Le iba a decir que me iba a parar frente a la muerte para saber que tipo de hombre era. O algo así, supongo.
--Yo te hubiera sacado del forro del culo del castillo si me vienes con eso --dijo Vallekano entre risas
--Lo se, lo se...la cosa es que esa mañana busqué al viejo por todo el castillo. Quería terminar con eso pronto y si no era bienvenido tenía que irme antes de que el enemigo llegara a asediar el castillo. Se decía que un señor norteño estaba dispuesto a decapitar a todos los que encontrara cerca de allí. Los del norte se toman muy en serio eso del territorio. Cuando lo encontré estaba fortificando las afueras. Montando empalizadas en el camino. Le dije que quería hablar pero estaba demasiado ocupado y no me prestó atención. Para esa noche ya eran dos señores los que marchaban contra él y los rumores empezaron. Eran dos ejércitos, no muy numerosos pero decididos a quemarlo todo. Muchos se pusieron ansiosos por desertar pero una avanzadilla se había apostado en el camino. Para escapar habia que abrirse paso luchando así que desistieron. Entonces decidieron tomar el castillo y entregar al viejo a sus enemigos para librar la vida. Caí con mi banda sobre ellos en las barracas cuando discutían detalles de su plan. Eran treinta los reunidos así que maté a los cabecillas y a algunos más. Me quedé con diez que sabían luchar. Me interesaba sobre todo un norteño que parecía bastante asustado.
--Siempre te ha gustado la gente con habilidades.
--Recursos Vallekano, recursos, con eso ganas batallas, y si ganas suficientes te llevas la guerra.
Vallekano tenía sus dudas con eso. El imperio del este había ganado muchas batallas en su campaña pero estaba cada vez más lejos de ganar la guerra
--La cosa es que los norteños les temen a los bóreos. Esos locos que se creen lobos y se comen a sus enemigos. Dicen que algunos se convierten en animales. Empecé a hablar de la gran loba con ellos y en un momento le dije a todos que dejen escapar al cobarde, que no me servía ni siquiera para comerlo, que nunca sería realmente un lobo. Fue muy gracioso verlo correr hacia las puertas. Al resto le dije que esa noche seríamos bóreos, que nos cubriríamos de pieles y nos pintaríamos de negro la cara. Y así fue Vallekano, esa noche caímos sobre la avanzadilla del camino.
--Pudieron vencerlos por lo que veo.
--Nos los comimos de hecho. Eso cuentan en el norte.
Vallekano lo miró extrañado.
--No hizo falta --dijo Hiperión entre risas --sólo tuve que arrancarle el corazón a uno y morderlo ahí mismo. Los que quedaban dejaron sus espadas ahí mismo y solo corrieron. Lo había inmovilizado con un par de tajos. Lo que me llamó la atención es que ese tipo no me mostró miedo. Se dió cuenta de que todo era una farsa. Por eso debía morir. Los que escaparon contaron extrañas historias a los que venían marchando, un poco por miedo y otro poco para que no los mataran por cobardes. Otro tanto hizo ese miedoso que solté primero. No dejó de ir de aldea en aldea contando sobre que los bóreos ahora tenían castillos. Al final los ejércitos nunca llegaron a sitiar aquel lugar. Solo le impusieron al viejo caballero un impuesto que rara vez fueron a cobrar, en eso quedó todo.
--Imagino que siempre alimentas esas historias Hiperión
--Me hubiera gustado haber hecho la mitad de las cosas que se cuentan de mí Vallekano. De hecho le dije a ese señor que dijera que me había pagado el triple por contratar a mi banda. Luego me requerían muchos nobles dispuestos a pagar fortunas por asuntos de poca monta...además que me gané mi mote..."pecho rojo" que luego cambió a "coraza roja"
--No entiendo Hiperión... ¿como es que te nombraron así?
--Imagina que sostienes un corazón caliente y palpitante. Que lo muestras en alto para que todos lo vean y que luego le das un buen mordisco...¿adónde piensas que va a parar la sangre?
domingo, 21 de abril de 2019
El comodín de Davan
Solot cenaba en el salón central de templo cuando de pronto tuvo que dejar de comer. Fue el olor. Ese aroma que despedía uno de sus enemigos más acérrimos. Olor a magia vieja. A ungüento y grasa. A piel quemada, normal en un piromante.
─¿A que debo el honor de tu visita dedo negro?
─Siempre has tenido buen olfato, lo reconozco.
Davan se sentó pesadamente. El viaje había sido agotador cabalgando sin freno apenas acabó su reunión con Hiperión. Tenía que ver como iba su otro plan, el que dependía de la vigilancia del alto sacerdote. Había intereses en común por el que ambos debían velar.
─Viajará al norte pronto. Encontró demasiada resistencia más alla del valle negro. Va a extender la linea de fortalezas. Y sabemos que antes de que vuelva el innombrable atacará. No hay demasiado por lo que preocuparse. Un príncipe nuevo en Lurzt será un detalle del que se ocupará recién cuando logre estabilizar los frentes. Y eso no es fácil de lograr.
Davan se sirvió un poco de vino. Ese vino que había viajado leguas marinas desde recónditos lugares para llegar a las bodegas de Solot. Ese que tomaba solo cuando estaba solo. Ese vino que Davan despreciaba porque valía demasiado.
─Que no venga no significa que no mande alguien a que se ocupe. Eso lo sabes bien.
─Zorros Negros, Paño Morado...algún rastreador y arqueros, lo usual.
─No me gusta que me mientas ─dijo mirándolo fijamente mientras empujaba la jarra de vino hasta el borde de la mesa.
La mirada de ansiedad del sacerdote divirtió a Davan. Quería más a sus vinos que a cualquier persona en ese templo. No soportaba la idea de que se desperdiciara.
─Hubo un rumor...
─Estoy escuchando.
─Prekass...dicen que bajó hace unos días del norte. No me imagino para que. La campaña está más dura que nunca y necesitan sostener el frente.
─He visto a un leopardo huir de un lobo en un sueño Solot. Quizás tengas ganas de interpretarlo.
─Ese hombre no es de los que huyen. ─dijo Solot, negando con la cabeza.
─Pensemos un rato entonces...supongo que ha sido obligado.Le han dado la orden. Una orden semejante después de todo lo que atravesó suena a castigo. Lo han humillado. Es astuto Turbarión al despojarlo de todo mérito y enviarlo aquí. El viejo problema del sur. Tendrá que resolverlo para recuperar la confianza.
─¿Un comandante a la baja te preocupa?
─Me preocupa uno demasiado motivado.
Prekass era uno de los mas ambiciosos comandantes de guarnición de los que Turbarión disponía. Se había destacado en el inicio de la campaña del norte. Había ganado mucho terreno y se había instalado muy profundo en el traicionero norte. Pronto estuvo rodeado y aislado. Nadie sabe a ciencia cierta como rompió el asedio. Por la cantidad de soldados que pudo salvar se piensa que tuvo que ofrendar a la loba la mayoría de sus hombres. Pero sus fuertes se sostuvieron y desde allí se montaran las siguientes ofensivas. En cierta manera había logrado su cometido.
─Lo que me preocupa es que el general anticipó lo que la hermandad va a hacer en estos días. ¿Acaso tuviste algo que ver Solot?
─Mi único trato es contigo. No estoy obligado a controlar todo lo que se rumorea. Siempre se sospechó que la hermandad tenía un espía...eso hasta tú lo sabes.
─Lo se, pero hasta los espías saben cuando deben callar.
─Parece que ya no. ─dijo con un dejo de impotencia el alto sacerdote. ─una hermandad destruida no es lo que Turbarión pretendía, al menos, no todavía.
─Pero un rival debilitado al que imponer condiciones si es algo tentador para él. Todavía no nos han doblegado Solot.
El alto sacerdote sabía que sin la hermandad él también perdía. Era en parte el garante de la estabilidad que se sostenía en el sur. Siempre hubo rumores de que los señores del sur algún día se levantarían desoyendo el consejo de la puerta de los dioses. El concilio había dicho que el destino del sur era preservarse de la guerra. La estricta neutralidad era la única protección a la que podían aspirar. Los nobles sureños no pensaban igual. No habían dejado de pagar mercenarios y disponerlos en la frontera, cosa que solo sirvió para dolores de cabeza ya que sin control se dedicaron al pillaje y a atacar los pocos mercaderes que aún se aventuraban cerca de Lurzt.
─Nunca debiste hacer tratos con él dedo negro. Si tus hermanos se enteran te colgaran sin juicio.
─No me preocupa mi cuello, sólo saber cuando me traicionará.
─¿Aún crees que sacarás algo de todo esto? Nunca cumplirá su palabra Davan
─Fue una tregua, no un trato. No tergiverses las cosas. Tengo un trato contigo sin embargo, si él me gana la espalda tendré tiempo de venir por tí.
─No sería una charla agradable si no me amenazaras de muerte amigo mío. Yo tampoco puedo confiar en él asi que tendremos que seguir juntos un poco más...y quién sabe, quizás entiendas que puedo serte más útil de lo que piensas.
─Cada vez que un enemigo se muestra débil ante tí es porque ya tiene confianza en sus fuerzas escribió un sabio Solot, lo leí en tu biblioteca.
─Conozco la cita Davan, y conozco la suerte que corrió ese sabio, a veces escribimos mejor de lo que obramos...
─Pues que tus obras sean mejores que tus escritos Solot. ─dijo alzando su copa.
─Pues la tengo fácil Davan. No he escrito nada en mi perra vida.
Dedo negro le hizo un gesto con la cabeza y salió del salón justo antes de que entrara un criado a traerle un poco más de vino pero Solot tapó la copa con su mano. No era tiempo de beber, aún tenía cosas por hacer esa noche. Sobre todo era tiempo de enviar emisarios a Turbarión contándole las novedades del reino. Al menos aquellas que le convenían.
domingo, 14 de abril de 2019
La as de Hiperión
El mercenario no quedó conforme con la reunión. Davan no era confiable según su criterio. Hacía falta muy poco para que su plan fracasara y la vida de sus hombres se viera comprometida. Debía acelerar los tiempos y lanzar la ofensiva sobre el palacio ahora que todavía tenía la iniciativa. Parabel ya estaba en las mazmorras. José ya había acomodado a los leales en el turno matutino y Kurz había logrado acceder a la misma guardia de la torre. Era tiempo de poner en marcha el secuestro del príncipe. Obligarlo a abdicar en favor del muchacho Oren o matarlo. Ya no importaba.
La hermandad lo estaba esperando en el camino cuando volvió al campamento. Tenían un carromato preparado donde viajarían los falsos artistas mientras el resto oficiaría de custodia. Hizo una señal y Vallekano lanzó su flecha negra. La caravana partió de inmediato sin siquiera esperar su presencia. Debían dar un largo rodeo para aparentar venir desde el sur. Acamparían en el bosque cerca de alguna aldea para dar la idea de que llegaban luego de un largo viaje. No podían dejar ningún asunto librado a la suerte. Al despuntar el alba tendrían que dirigirse a palacio. Tenían todo ese día y la noche para simular su viaje. Las agotadoras jornadas le darían al grupo el semblante justo de cansancio para completar el timo.
Mientras tanto en Lurzt el juglar no había perdido el tiempo. Había pasado las horas cantando y maldiciendo a los guardias. El resto de los cautivos empezó a vivarlo cuando entonó conocidas canciones en contra del príncipe y su casa. El alboroto pronto hizo reaccionar a los carceleros. No era conveniente un disturbio de ese tipo cuando llegaba la época en la que el príncipe abandonaba la torre y bajaba a la plaza principal. Podían acabar el día colgados de alguna torre. La golpiza fue feroz y para coronarla le pusieron la capucha negra que usaban con los reos más revoltosos. La total oscuridad solía ser un buen apaciguador de ánimos. El juglar se volvió a estirar sobre la paja maloliente buscando algo de confort. Todavía le dolía la paliza anterior así que de la nueva no tenía registro exacto. Suspiró y se dispuso a dormir un poco. Al menos sus manos estaban bien, las necesitaría luego. La próxima vez que viera la luz tendría sabor a libertad. Ese era su único alivio.
Kurz y José se reunieron en un salón desierto mirando un tosco dibujo del castillo y sus pasajes.
─¿Quién te enseñó a dibujar José?
─Tu madre ─contestó con fastidio ante la sonrisa socarrona del guerrero de la flor.
─Sabemos como llegar a la torre. Tomaremos por sorpresa a la guardia. Allí es cuando tú deberás dirigirlos hacia el salón de los visitantes. Los encerraremos allí...
─Soy nuevo para ellos, ¿que pasa si no me siguen cuando los alerte del peligro?
─Supongo que deberás sonar convincente mi amigo, o el plan fracasará y todos seremos colgados.
Kurz suspiró y la sonrisa se le escapó del rostro. Todavía no sabía si podría lograr aquello. Estaba decidido que la compañía de la estrella del sur ganara el premio máximo y se presentaran ante el príncipe. Habían sumado a los mayordomos que hacían el recuento a la causa. Odiaban a José los escoltaría y los perdería en los pasillos mientras Parabel y los demás tomaban su lugar y se dirigían a la torre. Para ese momento, más hermanos deberían haber llegado a las mazmorras para completar el número de la compañía de artistas. Era sabido que que nunca superaban la decena. La guardia no permitía demasiados extraños cerca de la torre. Las entradas estaban vigiladas con mucho recelo. El único lugar donde la hermandad podía ocultarse era en las mazmorras. El camino desde ellas hasta la torre del principe era largo pero no había mucha opción. Demasiado podía salir mal pero era el único momento en que la guardia de la torre, los mejores de todo Lurzt, estaban más preocupados en el itinerario del principe que en controlar el resto del castillo.
La causa había ganado aliados insólitos. De alguna manera se sabía que algo pasaría esas fiestas y todos querían participar. El odio era especialmente intenso hacia los Astrim en el palacio. Hacia la casa del príncipe y hacia los protegidos por ellos. Amadir, jefe de los mayordomos era uno de los que más pasiones despertaba. Había más de un mayordomo que no sabía nada de los planes de la hermandad pero que apenas oyó rumores de cambio se ofreció a cortar las cabezas de cuanto noble le pusieran delante. Y la de su jefe.
El juglar, a pesar de la capucha, escuchó como seguían llegando revoltosos al calabozo. Algunos en especial le hicieron gracia. La gitana que timaba a los aldeanos en la plaza con sus adivinaciones sonaba demasiado parecida a Jenny. La arrojaron a una celda cercana sin siquiera dirigirle la palabra aunque ella los maldecía por generaciones. Luego llegaron un par de borrachos que peleaban por una mujer y creyó distinguir las voces de Emithan y Asi mientras de fondo se oía el llanto de...¿Silvia? tratando de explicarles a los guardias que todo era un error. Los tres compartirían celda y seguirían discutiendo mientras los guardias se alejaban. Parabel sonrió a medias ya que el costado le dolía horrores. Parece que el plan había sido adelantado. Debían ir llegando con el correr de los días y ahora estaban todos allí en el transcurso de una mañana. Algo había cambiado y parecía necesario quemar etapas. Eso siempre le había parecido peligroso, porque lo era.
La caravana había llegado al valle de la conjura. Era lo más al sur que podían llegar antes de emprender el retorno. Valkiria miró con algo de melancolía el camino real perdiéndose entre las colinas. Algunos días de camino más la hubieran depositado en los enormes arcos de piedra que daban la bienvenida a la tierras sin guerra. Verbogón. La puerta de los dioses. Y en lo alto de una colina el templo de la luna. Sus hermanas, su camino trastocado por la maldad de los hombres. La luz de la guardiana que se opacó hasta que solo quedó el brillo de su acero. Todos los pensamientos atropellándose en su cabeza por un instante. No era tiempo aún. Su corazón no brillaba todavía. Le habían robado la luz pensó mientras acariciaba las dagas que tenía en el cinto.
─Todavía no puedo hermanas. Todavía no...
La caravana dio un tortuoso rodeo y emprendió el regreso. Nadie los había seguido. Ahora eran una caravana de artistas. La compañía de espectáculos espectaculares, venidos desde las lejanas tierras de Mediamar a Meridia para satisfacer los caprichos de un príncipe ignoto.
Todos cambiaron sus atuendos y guardaron en los cofres de vestuario sus armaduras y espadas. Sólo la escolta se mantuvo tal como estaba. Alex, Brian, Sharra, Valkiria, Raluk y Wonder. Seis serían suficientes para imponer respeto. No había reportes de bandas demasiado cerca del valle del dragón pero estos caminos estaban alejados de sus dominios. Todos se mantuvieron alertas mientras lentamente emprendían el regreso. Todos deseaban que terminara siendo una marcha triunfal. Sobre todo Hiperión que acechaba Lurzt desde los bosques a la espera de ellos. Esta era su carta de triunfo, aunque había muchas más en la baraja.
Mientras tanto en Lurzt el juglar no había perdido el tiempo. Había pasado las horas cantando y maldiciendo a los guardias. El resto de los cautivos empezó a vivarlo cuando entonó conocidas canciones en contra del príncipe y su casa. El alboroto pronto hizo reaccionar a los carceleros. No era conveniente un disturbio de ese tipo cuando llegaba la época en la que el príncipe abandonaba la torre y bajaba a la plaza principal. Podían acabar el día colgados de alguna torre. La golpiza fue feroz y para coronarla le pusieron la capucha negra que usaban con los reos más revoltosos. La total oscuridad solía ser un buen apaciguador de ánimos. El juglar se volvió a estirar sobre la paja maloliente buscando algo de confort. Todavía le dolía la paliza anterior así que de la nueva no tenía registro exacto. Suspiró y se dispuso a dormir un poco. Al menos sus manos estaban bien, las necesitaría luego. La próxima vez que viera la luz tendría sabor a libertad. Ese era su único alivio.
Kurz y José se reunieron en un salón desierto mirando un tosco dibujo del castillo y sus pasajes.
─¿Quién te enseñó a dibujar José?
─Tu madre ─contestó con fastidio ante la sonrisa socarrona del guerrero de la flor.
─Sabemos como llegar a la torre. Tomaremos por sorpresa a la guardia. Allí es cuando tú deberás dirigirlos hacia el salón de los visitantes. Los encerraremos allí...
─Soy nuevo para ellos, ¿que pasa si no me siguen cuando los alerte del peligro?
─Supongo que deberás sonar convincente mi amigo, o el plan fracasará y todos seremos colgados.
Kurz suspiró y la sonrisa se le escapó del rostro. Todavía no sabía si podría lograr aquello. Estaba decidido que la compañía de la estrella del sur ganara el premio máximo y se presentaran ante el príncipe. Habían sumado a los mayordomos que hacían el recuento a la causa. Odiaban a José los escoltaría y los perdería en los pasillos mientras Parabel y los demás tomaban su lugar y se dirigían a la torre. Para ese momento, más hermanos deberían haber llegado a las mazmorras para completar el número de la compañía de artistas. Era sabido que que nunca superaban la decena. La guardia no permitía demasiados extraños cerca de la torre. Las entradas estaban vigiladas con mucho recelo. El único lugar donde la hermandad podía ocultarse era en las mazmorras. El camino desde ellas hasta la torre del principe era largo pero no había mucha opción. Demasiado podía salir mal pero era el único momento en que la guardia de la torre, los mejores de todo Lurzt, estaban más preocupados en el itinerario del principe que en controlar el resto del castillo.
La causa había ganado aliados insólitos. De alguna manera se sabía que algo pasaría esas fiestas y todos querían participar. El odio era especialmente intenso hacia los Astrim en el palacio. Hacia la casa del príncipe y hacia los protegidos por ellos. Amadir, jefe de los mayordomos era uno de los que más pasiones despertaba. Había más de un mayordomo que no sabía nada de los planes de la hermandad pero que apenas oyó rumores de cambio se ofreció a cortar las cabezas de cuanto noble le pusieran delante. Y la de su jefe.
El juglar, a pesar de la capucha, escuchó como seguían llegando revoltosos al calabozo. Algunos en especial le hicieron gracia. La gitana que timaba a los aldeanos en la plaza con sus adivinaciones sonaba demasiado parecida a Jenny. La arrojaron a una celda cercana sin siquiera dirigirle la palabra aunque ella los maldecía por generaciones. Luego llegaron un par de borrachos que peleaban por una mujer y creyó distinguir las voces de Emithan y Asi mientras de fondo se oía el llanto de...¿Silvia? tratando de explicarles a los guardias que todo era un error. Los tres compartirían celda y seguirían discutiendo mientras los guardias se alejaban. Parabel sonrió a medias ya que el costado le dolía horrores. Parece que el plan había sido adelantado. Debían ir llegando con el correr de los días y ahora estaban todos allí en el transcurso de una mañana. Algo había cambiado y parecía necesario quemar etapas. Eso siempre le había parecido peligroso, porque lo era.
La caravana había llegado al valle de la conjura. Era lo más al sur que podían llegar antes de emprender el retorno. Valkiria miró con algo de melancolía el camino real perdiéndose entre las colinas. Algunos días de camino más la hubieran depositado en los enormes arcos de piedra que daban la bienvenida a la tierras sin guerra. Verbogón. La puerta de los dioses. Y en lo alto de una colina el templo de la luna. Sus hermanas, su camino trastocado por la maldad de los hombres. La luz de la guardiana que se opacó hasta que solo quedó el brillo de su acero. Todos los pensamientos atropellándose en su cabeza por un instante. No era tiempo aún. Su corazón no brillaba todavía. Le habían robado la luz pensó mientras acariciaba las dagas que tenía en el cinto.
─Todavía no puedo hermanas. Todavía no...
La caravana dio un tortuoso rodeo y emprendió el regreso. Nadie los había seguido. Ahora eran una caravana de artistas. La compañía de espectáculos espectaculares, venidos desde las lejanas tierras de Mediamar a Meridia para satisfacer los caprichos de un príncipe ignoto.
Todos cambiaron sus atuendos y guardaron en los cofres de vestuario sus armaduras y espadas. Sólo la escolta se mantuvo tal como estaba. Alex, Brian, Sharra, Valkiria, Raluk y Wonder. Seis serían suficientes para imponer respeto. No había reportes de bandas demasiado cerca del valle del dragón pero estos caminos estaban alejados de sus dominios. Todos se mantuvieron alertas mientras lentamente emprendían el regreso. Todos deseaban que terminara siendo una marcha triunfal. Sobre todo Hiperión que acechaba Lurzt desde los bosques a la espera de ellos. Esta era su carta de triunfo, aunque había muchas más en la baraja.
jueves, 11 de abril de 2019
Cartas nuevas, baraja gastada
Hiperion odiaba tener que atravesar los húmedos pasadizos en el interior de la montaña para llegar hasta el infame balcón de piedra donde Davan se refugiaba. Nunca había compartido la idea de que el anciano misterioso se mantuviera aislado del resto, pero era un pacto antiguo con la hermandad. Con los antiguos líderes, y no tenía potestad para romperlo.
Había pospuesto la charla lo más posible pero llegaba el momento de tenerla. Era el único escollo en su plan. Y el único con suficiente poder para frustrarlo.
Davan ya tenía bastante información del asunto pero mantuvo las apariencias apenas vio aparecer a coraza roja. Cambiar el balance de poder en el reino echaba sombras sobre sus propios planes. Ahora mismo sabía que esperar de cada uno de los que tomaban decisiones. Sería un error perder esa certeza. Lurzt era adversa pero inofensiva. Muy temerosa como para llamar la atención del general Turbarión. El imperio no temía por su retaguardia. ¿Por qué llamar a las fuerzas del este al valle?
─¿Debo sorprenderme de tu visita?
─Para nada mago, ya sabes que nos debemos esta charla. Pero podrías haberte acercado al campamento.
─Demasiados oídos mercenario. Aquí tendremos algo de privacidad.
Hiperión miró en dirección a Barbeta que aplastaba hierbajos en un mortero de piedra pero supuso que esa sería toda la privacidad que se podía encontrar allí.
El mercenario sacó un paño de seda con un emblema bordado de su chaqueta de cuero endurecido. Era un escudo. De una casa muy famosa y antigua. Desenvolvió lo que resultó ser una daga ornamentada. Davan se puso a examinarla con detenimiento. Empuñadura con incrustaciones de piedras preciosas y la hoja grabada con runas negras que contrastaban con el acero bruñido.
─¿Hace cuanto que la tienes?
─Lo suficiente como para saber que llegó el momento de usarla.
─¿Sábes lo que dice aquí?
─Mi antiguo meridio está un poco oxidado pero entiendo lo suficiente,
─¿Que te hace pensar que es verdadera?
─He saqueado ciudades sureñas y conozco sus emblemas. Quién hubiera querido falsificar la daga hubiera optado por su escudo de armas más conocido. El dragón sobre la montaña, pero si conoces la historia de los Oren sabes que al principio era un escudo cruzado por un hacha. La marca de los defensores se perdió cuando empezó a correr esa profecía de que el dragón vivía en la montaña y velaba por el valle. Y pocos conocen el lema original...
─Debería contratarte como escriba Hiperión ─dijo con un dejo irónico Davan mientras giraba la daga entre sus dedos.
─Todos repiten sin saber "el nacido del dragón viene" Davan ─continuó explicando el mercenario sin prestar atención a las burlas. ─Lo han traducido mal o lo han cambiado por conveniencia, tú sabes que originalmente decía "el que ha vencido al dragón viene" ya que esperaban que Vikan descienda del fuerte para expulsar a los corruptos del trono
─Supongamos que tienes a un heredero de la casa Oren Hiperión. Y que tu gran plan es sentarlo en el trono de Lurzt... ¿Y luego que? ─preguntó mirándolo fijamente...¿que piensas que hará Turbarión cuando peligre su retaguardia, cuando el valle se vuelva una amenaza? ¿crees que seguirá jugando a la guerra con nosotros, que seguirá usando voyanas y mercenarios para mantenernos ocupados?
Porque la imagen más real será la de muchas más compañias bajando por el camino alto dispuestas a convertir todo esto en un yermo.
─¿Yo soy el ingenuo? estoy tratando que una de las ciudades con más ejército de todo el sur se proponga defender el valle. Estoy hablando de sostener una línea de frontera ya que el terreno nos favorece. Hacer al enemigo dudar y que deba negociar con nosotros en igualdad. Pero tú dices que confiemos en el enemigo. Que no estamos en sus planes cuando ya han muerto tantos de nosotros que no sabemos si estaremos aquí el próximo invierno.
¿Seguir a merced de los caprichos de un tirano que espera que sus hermanos mueran en el oeste para tomar el poder?
─Cuarenta y cuatro Hiperión. cuarenta y cuatro.
─¿Que significa eso?
─El número de compañías destacadas del otro lado del Espinazo. Al final del camino alto.
─Muchas están en el norte Davan, nadie tiene el número exacto. Además de que en la retaguardia no todas son campañías guerreras. Hay rastreadores, porteadores. Hasta los que cocinan tienen la suya.
─Cierto. Nadie lo tiene. Y puede que no todas sean tan diestras como los zorros negros o los tortuga pero ponte un momento en su lugar. Tiene la fuerza del número. ¿Por qué desperdiciar esa ventaja?
─¿Si tuviera en mente invadir el sur Davan...como piensas detenerlo?
─No detienes a un enemigo así Hiperión. Lo infiltras, los carcomes, lo disminuyes día a día...conviertes su tamaño en su debilidad.
─¿Eso no es acaso lo que hemos estado haciendo hasta ahora, mientras morimos aquí?
Las últimas palabras hicieron eco en la montaña. Ambos habían alzado la voz. Barbeta se levantó. Pacientemente dejó el mortero a un lado mientras hacia ese gesto tan característico en él de cansancio y tomó la palabra.
─Señores míos, ambas estrategias son maravillosas...pero incompletas. Uno busca engordar la resistencia, el número, mientras el otro pretende seguir sin llamar la atención. Perseguir a los que entren al valle pero no mucho más. De alguna manera ambas han funcionado juntas hasta ahora. Hemos reclutado y hemos mantenido en tinieblas al enemigo. Hemos estado ensayando en base a lo que creemos que el enemigo hará. La guerra sigue en el oeste y si empeora para ellos Turbarión deberá responder y movilizar el grueso en apoyo. La respuesta no está en Lurzt, aunque un cambio de mando podría quitar presión sobre toda la región. Estar a merced de un millar de compañías tampoco se ve demasiado apetecible. Debemos intentar acercarnos a ese poder que se cierne sobre todos y viene del portal.
─¿Estás borracho Barbeta? ¿quieres reclutar dragones?
─No solo son bestias sin mente las que cruzan. Imagina que son distintas razas escapando de un gran peligro. Si un incendio se desatara en el valle ahora mismo verías animales correr, antes de divisar nuestras carretas por el camino. Todo lo demás es válido, asaltar el trono mientras mantenemos en secreto nuestra fuerza. Pero la diferencia estará en conseguir un aliado que verdaderamente pese en la balanza.
Por un instante Davan contempló a Barbeta como algo más que un ayudante. A veces olvidaba que era uno de los más importantes sabios del portal. Desterrado del mismo templo del ocaso por tener demasiada cercanía con las criaturas que habían cruzado a los llanos. Por algo había arriesgado la vida para sacarlo de una oscura mazmorra meridia.
─¿Que has descubierto en la biblioteca del templo Barbeta?...¿y por qué te has guardado todo esto? ─preguntó Davan sintiéndose traicionado.
─Porque no estaba seguro de que fuera realmente posible. Sólo puedo decir que es una idea que he llevado por años en mi cabeza pero...finalmente dí con ellos. Hay ciertos escritos que han permanecido ocultos. Pergaminos antiguos que hablan de un pacto. Y nombran a uno que venció al dragón.
─¿Vikan Oren? ─preguntó Hiperión. Barbeta asintió.
─Estos escritos estaban disimulados entre miles de pergaminos sin traducir, las llamaron "crónicas del alba" y hablan del hombre que pudo vencer a una poderosa bestia para luego sentarse de igual a igual con sus amos y negociar un pacto. Este pacto permitía cruzar a ciertas bestias pero no a toda la manada. Sería un proceso lento que aseguraría la supervivencia de ellos y de nosotros. Equilibrio era la clave del pacto. Equilibrio que el este rompió al invadir los llanos meridios. Cuando el portal peligró los magos oscuros decidieron quitar toda barrera mágica y ya sabemos que pasó. Nadie sabía lo que vendría del otro lado.
─¿Quienes son esos amos? ¿dónde podemos encontrarlos?...ya hemos vencido a suficientes bestias como para que nos presten atención. ─Reclamó Hiperión con intensidad.
─No es tan fácil. Esas criaturas aún permanecen del otro lado. Y allí no somos bienvenidos. Además sólo hemos vencido a una criatura realmente poderosa. No son los dragones ni nada parecido. Hay algo en los pergaminos que pude traducir como el poder incontestable. solo nos hemos topado con una criatura de ese tipo. Yo participé de esa misión, y me traje su cabeza. Con ella podremos sentarnos a negociar me parece.
─¿Hablas de la gorgona? ¿acaso no matamos muchas como ella?
─Esa era especial. Podía encantar a hombres y bestias por igual. La encontramos antes de que se vuelva demasiado poderosa. Pero hay muchos otros seres con igual o mayor poder que todavía no han cruzado. Esperan que las bestias sin mente les allanen el camino. Luego vendrán. Esa será la noche que se come el mundo. La profecía de la magia oscura.
Por un momento Hiperión y Davan sintieron que sus planes eran vanos. Demasiados frentes de guerra atentaban contra sus planes. Quizás Turbarión no era la principal amenaza que se cernía sobre ellos, aunque si era la más real y palpable. El anciano misterioso tomó la palabra finalmente.
─Has lo que tengas que hacer en Lurzt. Yo no interferiré. Debemos unir fuerzas si pensamos inclinar la balanza. Todavía no estoy seguro de que podamos negociar con las criaturas del abismo. Nunca fueron muy confiables.
─Yo tampoco quiero tratos con ellos Davan. Pero en un futuro quizás sean lo único que nos quede. Dile a tu ayudante que siga investigando.
Se despidieron fríamente. Cada uno tenía sus propios planes y las revelaciones de Barbeta sólo habían traído cartas nuevas a una baraja gastada. Cada uno seguiría con la mano que le había tocado jugando su propio juego. Ninguno se caracterizaba por trazar alianzas duraderas pero estaban allí. Atrapados entre las alturas y el valle buscando ganar la partida, tratando de aparentar que la fortuna les había sonreído. Y los dos sabían que estaban mintiendo.
viernes, 22 de marzo de 2019
El buen humor de los dioses
Parabel había pensado en todos los detalles. Las compañías grandes de teatro y variedades eran demasiado conocidas, además de que estaban bien defendidas por mercenarios, pero una que estuviera haciendo sus primeros pasos podía ser fácilmente reemplazada por ellos. Conocía a todos los taberneros de la región así que dejó su promesa de oro para quién tuviera información de los artistas que estuvieran viajando y se cruzaran con ellos. No tuvo que esperar mucho para empezaran a llegarle mensajes. Era querido por todos y además solicitado para cantar alguna vez en lugares donde la alegría no reinaba. El juglar solía intentar cumplir los pedidos en agotadoras jornadas, presentándose en distantes lugares. Pero era algo que la hermandad siempre había permitido. El verdadero motivo era recabar información sobre las intrigas del reino y los movimientos de bandas armadas. Hasta las acciones de los hijos del mar llegaban a él. Los saqueos de piratas en las ciudades costeras eran comunes en el sur. Quequir era testimonio de ello.
Esa mañana Parabel llegó después de haber pasado la noche recorriendo tabernas. Estaba visiblemente demacrado cuando Vallekano lo recibió. También traía una incipiente borrachera que hizo temer a sus hermanos que hubiera olvidado el motivo de su misión.
─Vallekano...mi hermano preferido...¿como está tu rebaño?
─Se lo comió un dragón, juglar...pero gracias por preguntar
─¿Y cuando pasó eso? vayamos tras él y hagámoslo sangrar un poco
─Tranquilo, que ya lo he matado yo.
─Buen trabajo Vallekano, buen trabajo...
Lo ayudó a sentarse, sacó un poco de tallo amargo y se lo puso en la boca para que lo mastique.
El juglar arrugó la cara y pretendió escupirlo pero Vallekano le aconsejó que lo saboreara un rato ya que tendría que presentarse con Hiperión.
─Es mejor que te aclares antes de dar tu parte juglar, hazme caso.
Después de una noche fría, el arquero había tenido que beber un poco para soportar la guardia y mascaba eso para despejar su cabeza. Era un viejo truco de los pastores de montaña, obligados a pasar el frío bebiendo pero necesitados de todos sus sentidos para no terminar rodando montaña abajo.
Sharra que entrenaba temprano para no tener que compartir demasiado con los demás se acercó al puesto y contempló al espía en su momento menos favorable.
─Veo que ha sido una dura noche cantor. Envidio la pasión que le pones a tus misiones. ─dijo y se alejó riendo.
Pronto fue el mismo coraza roja el que se acercó al puesto. Seguramente informado por alguno de los que había visto llegar al juglar. Sabía que a veces debía beber pero no era frecuente que llegara a emborracharse. Algo más debía haber pasado para que tuviera que caer en ello. Bastó con una mirada a Vallekano para que este los dejara solos.
─¿Que ha pasado Parabel? ¿por qué llegas en este estado?
─Hola mercenario ─dijo haciendo una reverencia. ─resulta que me he cruzado con una banda de piratas que escolta una compañía de espectáculos sureña. Andaban en busca de un guía que sepa de estas tierras como ninguno y beba como marino...¿y quién mejor que yo para esas lides?
─Lo más seguro es que te hayan subestimado juglar y piensen matarte luego de llegar a Lurzt
─Seguramente. Hasta allí no eran más que unos simples bravucones tratando de sacar provecho. Pero cuando empezaron a hablar de la tumba de Vikan Oren me dio curiosidad...
Hiperión se sentó junto al juglar que lucía bastante mejorado. Sabía que el juglar bebería solo cuando tuviera información valiosa. Esa que obliga a estar cerca del alcohol, cuando las lenguas empiezan a aflojarse.
─¿Y para que quieren encontrar la fortaleza abandonada? ─dijo Hiperión, consciente de que allí habían decidido enterrar al mítico capitán.
Parabel se encogió de hombros. Aquel lugar se había vuelto un cementerio. Ya nadie vivía en la ciudadela. Era última morada de los guerreros más renombrados del sur. Que te entierren allí era un honor reservado a los verdaderos defensores del reino. Hacía mucho que ninguno terminaba allí. Hubiera sido el destino lógico del capitán cavernario pero nunca encontraron su cuerpo. Sin embargo era un lugar que al producir veneración se volvía un escondite ideal. Se podía controlar una vasta porción de los llanos meridios y tener acceso privilegiado al valle del dragón. Lo que quedaba oculto era el camino alto que no existía como tal cuando la ciudadela se fundó. En ese tiempo era solo un sendero de cabras, estrecho y sinuoso.
─No encuentro más motivo que el de vigilarnos a nosotros juglar. Tenemos que atacar a esa compañía antes de que llegue a Lurzt, no podemos darle la ciudadela en bandeja...
─Esa es la cuestión Hiperión. No hay artistas allí. Son mercenarios actuando mal simplemente. Supongo que debemos trabajar para vernos mejor que ellos si queremos engañar a alguien . Sólo es un grupo interesado en viajar sin levantar sospechas. Creo que no irán a las fiestas, al menos no a presentarse. He visto un laúd con tres cuerdas Hiperión...¡con tres cuerdas! ¿me entiendes? Y si no estuviéramos pensando en hacer lo mismo no nos hubiéramos cruzado con ellos...
Hiperión asintió sin saber muy bien cuál era el problema de que le faltaran cuerdas a un instrumento pero entendió que para un músico era escandaloso.
─A veces los dioses están de buen humor juglar. Aprovechemos eso. Duerme un poco. Por la tarde tenemos que planear muy bien todo esto. Recuerda que en un par de días debes ir a Lurzt a hacer tu presentación.
─Lo se, lo se, después no habrá manera de detener esto. Es tiempo de hacerlo...
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